Entre el flujo eterno del devenir y la quietud del ser inmutable se despliega uno de los debates más profundos de la filosofía occidental. Heráclito, con su visión del cambio constante, desafía la idea de una realidad fija, mientras que Tomás de Aquino defiende una esencia eterna que sostiene el universo. ¿Es posible reconciliar un universo dinámico con una verdad absoluta? ¿O estamos destinados a elegir entre movimiento y permanencia?


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El Dilema del Ser y el Devenir: Heráclito y Tomás de Aquino ante la Naturaleza de la Realidad


La historia del pensamiento filosófico occidental se encuentra marcada por una tensión perenne entre la percepción del cambio constante y la búsqueda de una realidad fundamental e inmutable. Dos figuras titánicas que encarnan esta dicotomía son Heráclito de Éfeso y Tomás de Aquino. Mientras el primero, el “Oscuro” de Éfeso, proclamaba el devenir incesante como la única constante del cosmos con su célebre “Panta Rhei” (todo fluye), el Doctor Angélico, anclado en la metafísica aristotélica y la teología cristiana, defendía la existencia de un orden divino inmutable y una esencia eterna como fundamento último de todo lo existente. Este ensayo explorará la profundidad de su choque conceptual, analizando si un universo en constante cambio, como el que describe Heráclito, puede ser compatible con la noción de una verdad absoluta y eterna propuesta por Tomás de Aquino, un debate que resuena hasta nuestros días en la filosofía contemporánea.

Heráclito, activo alrededor del siglo V a.C., observó la naturaleza y concluyó que la transformación es su rasgo definitorio. “No puedes bañarte dos veces en el mismo río”, sentenció, pues nuevas aguas fluyen constantemente. Para él, la realidad no es un conjunto de sustancias estáticas, sino un proceso dinámico, una guerra perpetua entre opuestos (calor-frío, día-noche) cuya tensión genera armonía y movimiento. Este flujo constante no es caótico, sino que está regido por el Logos, un principio ordenador intrínseco al universo, una especie de razón universal que gobierna el devenir. La esencia de las cosas, por tanto, no reside en una forma fija, sino en su capacidad de transformarse, en su participación en este dinamismo cósmico. La verdad para Heráclito se encuentra en la comprensión de este cambio perpetuo y del Logos que lo subyace, una verdad que es, paradójicamente, la constancia del cambio mismo.

En el otro extremo del espectro filosófico, casi dos milenios después, Tomás de Aquino (siglo XIII) erigió un sistema metafísico que buscaba conciliar la razón filosófica, principalmente aristotélica, con la revelación cristiana. Para Aquino, el cambio es una realidad innegable en el mundo sensible, pero este mundo contingente y mutable no puede ser la explicación última de sí mismo. Debe existir un Ser Necesario, Dios, que es Acto Puro (Actus Purus), es decir, perfección absoluta sin potencialidad alguna de cambio, y por ende, inmutable y eterno. Este Dios no solo es el creador del universo, sino también la fuente de toda verdad y de toda esencia. Las esencias de las cosas creadas son participaciones de las ideas divinas, y aunque las cosas individuales cambien y perezcan, sus esencias arquetípicas en la mente divina son eternas. La verdad absoluta reside en la adecuación del intelecto a esta realidad divina inmutable.

El choque entre estas dos cosmovisiones plantea la pregunta fundamental: ¿Son el devenir heraclíteo y la esencia eterna tomista irreconciliables? ¿Puede un universo en flujo albergar o ser compatible con una verdad absoluta? Desde una perspectiva tomista, el cambio observado por Heráclito no niega la existencia de un fundamento inmutable. De hecho, Tomás de Aquino argumentaría que el movimiento y el cambio en el mundo creado requieren un Primer Motor Inmóvil, un ser que es causa de todo cambio sin ser él mismo cambiado: Dios. Así, el orden divino inmutable no solo es compatible con un universo en constante cambio, sino que es su condición de posibilidad. Las leyes que rigen el cambio, como el Logos heraclíteo podría interpretarse en cierto modo, serían expresiones de la sabiduría divina eterna. La verdad absoluta no se encontraría en la negación del cambio, sino en la comprensión de su origen y finalidad en el plan divino eterno.

Heráclito podría contraargumentar que la postulación de un ser inmutable fuera del flujo cósmico es una abstracción innecesaria, una huida de la realidad palpable del cambio. Si el Logos es intrínseco al devenir, entonces la verdad es inherente al proceso mismo, no a una entidad trascendente. Sin embargo, la noción de un Logos que ordena el cambio implica una cierta constancia o ley subyacente, lo que podría abrir una vía de diálogo. Si el Logos es la estructura del cambio, ¿es este Logos mismo sujeto a cambio, o es el principio permanente que permite y dirige la transformación? Si es lo segundo, se acerca a una forma de verdad estable, aunque no necesariamente a la concepción personal y trascendente del Dios tomista. La compatibilidad entre el devenir y la esencia eterna podría explorarse distinguiendo niveles de realidad: el nivel fenoménico del cambio constante y un nivel metafísico de principios o esencias ordenadoras.

Consideremos la naturaleza de la verdad científica. Las leyes de la física, por ejemplo, describen patrones constantes en un universo que, en muchos niveles, está en flujo continuo. Estas leyes, ¿son meras descripciones de hábitos del universo o reflejan una estructura ontológica más profunda y estable? Tomás de Aquino vería en la regularidad de las leyes naturales una manifestación de la Ley Eterna, que reside en la razón divina. Para él, la verdad de estas leyes es absoluta porque deriva de la naturaleza inmutable de Dios. Un heraclíteo moderno podría argumentar que estas “leyes” son aproximaciones humanas a un Logos dinámico, y que nuestra comprensión de ellas evoluciona, sugiriendo que incluso nuestra aprehensión de la verdad está sujeta al devenir. No obstante, la aspiración a una verdad objetiva parece implícita en la propia empresa científica y filosófica.

En última instancia, la aparente incompatibilidad podría resolverse parcialmente si se considera que Heráclito se enfoca primordialmente en la realidad empírica y procesual, mientras que Tomás de Aquino se orienta hacia el fundamento metafísico último. El universo en constante cambio es el escenario donde se despliegan las potencialidades de los seres creados, pero estas potencialidades y las formas hacia las que tienden estarían, para Aquino, ancladas en la mente divina eterna. La verdad absoluta no sería una negación del cambio, sino la comprensión del orden inteligible que lo subyace y lo dirige, un orden que emana de una fuente inmutable. El Logos heraclíteo, como principio de inteligibilidad dentro del flujo, podría ser visto como una intuición de este orden divino, aunque despojado de la trascendencia y personalidad que le atribuye Aquino. La filosofía perenne sigue debatiendo si el ser precede al devenir o si el devenir es la única forma del ser, un testimonio de la profundidad de las intuiciones de estos dos colosos del pensamiento. La síntesis no es sencilla, pero la exploración de sus posturas enriquece nuestra comprensión de la compleja relación entre cambio y permanencia, temporalidad y eternidad, en la búsqueda incesante de la verdad.


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