Entre manuscritos olvidados y muros de piedra en la Barcelona del siglo XII, emergió una figura clave que desafió el olvido: Abraham Bar Ḥiyya, el primer científico en escribir en hebreo sobre geometría, astronomía y lógica. Su legado, puente entre tres culturas, se alzó como una torre de pensamiento riguroso y espiritual. ¿Cómo es posible que su nombre siga ausente en los relatos populares de la historia de la ciencia? ¿Por qué hemos silenciado a quienes tradujeron el universo a nuevas lenguas?


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Abraham Bar Ḥiyya Ha-Nasi: pionero hebreo de la ciencia en la Barcelona medieval


Abraham Bar Ḥiyya Ha-Nasi fue un científico hebreo-español cuya obra se desarrolló en la vibrante Barcelona del siglo XII, entre los años 1133 y 1145. Representa una figura clave en la transmisión del saber árabe al mundo hebreo, consolidándose como uno de los primeros pensadores en sistematizar en lengua hebrea el conocimiento científico. Su producción intelectual marca un punto de inflexión en la historia del pensamiento judío medieval, al integrar elementos de óptica, aritmética, geometría y filosofía natural.

Entre sus trabajos más destacados se encuentra el compendio enciclopédico titulado Yesod ha-Tevunah u-Migdal ha-Emunah (“Fundamentos de la inteligencia y torre de la creencia“), obra de gran valor no solo por su contenido, sino por su intención didáctica. A través de esta síntesis, Bar Ḥiyya ofreció un corpus científico accesible a lectores hebreos, que hasta entonces dependían del árabe o del griego para acceder al conocimiento matemático. Fue un acto tanto intelectual como político, en favor del renacimiento cultural judío.

Su tratado se considera el primer texto científico en lengua hebrea. No se trató de una mera traducción literal, sino de una profunda reelaboración filosófica y pedagógica de fuentes árabes. Bar Ḥiyya absorbió, adaptó y reinterpretó las enseñanzas de autores musulmanes como Al-Khwarizmi o Avicena, brindando una estructura coherente que facilitaba el aprendizaje. Esta labor de intermediario cultural lo posiciona como figura bisagra entre Islam, judaísmo y cristianismo, en una época de efervescencia intelectual.

Barcelona fue, en este contexto, más que un escenario geográfico: fue el crisol donde las corrientes árabe, cristiana y judía convergieron. Bar Ḥiyya supo capitalizar esta coyuntura, rodeado de académicos y traductores que colaboraban en la Escuela de Traductores de Toledo y otros centros urbanos peninsulares. A diferencia de otros sabios de la época, su foco no fue el comentario religioso, sino el desarrollo de una ciencia útil, matemática, racional, al servicio de la comprensión del mundo natural.

Además de su enciclopedia, Bar Ḥiyya escribió sobre astronomía, astrología, álgebra y geometría euclidiana. En su obra Tzurat ha-Aretz (“Forma de la Tierra”), ofreció una descripción geográfica del mundo conocido, basada en coordenadas astronómicas y cálculos matemáticos. Este texto introdujo por primera vez en hebreo nociones como la esfericidad de la Tierra, los climas, las latitudes y la influencia de los astros en los fenómenos terrestres, elementos revolucionarios para una comunidad aún atada al simbolismo místico.

Bar Ḥiyya también desarrolló innovaciones en el campo de la aritmética decimal, adelantándose en algunos aspectos a los tratados cristianos posteriores. Introdujo conceptos como el uso del cero, las fracciones, y el valor posicional en cálculos complejos. Su obra sirvió como modelo para pensadores judíos posteriores como Abraham ibn Ezra o Gersonides, quienes retomaron y profundizaron su legado. El impacto de Bar Ḥiyya fue tan decisivo que muchas de sus expresiones pasaron al lenguaje cotidiano de la ciencia hebrea medieval.

La fuerza de su pensamiento no radicaba solo en su capacidad analítica, sino también en su concepción humanista del saber. Para Bar Ḥiyya, la ciencia era un medio para elevar el alma. Al aprender geometría o astronomía, el hombre se acercaba a la perfección divina. Esta visión integradora entre razón y fe consolidó un modelo de intelectual comprometido con el conocimiento como forma de virtud. En él se anticipa el ideal renacentista del sabio que combina la erudición con la búsqueda espiritual.

El hebreo que empleaba era sofisticado pero accesible, y adaptó con habilidad terminologías técnicas que hasta entonces no existían en dicha lengua. Creó neologismos, acuñó términos científicos y estableció equivalencias lingüísticas entre los universos árabe, griego y hebreo. Su habilidad filológica le permitió fijar las bases del hebreo científico, una lengua que hasta entonces había sido casi exclusivamente religiosa o poética. Su trabajo permitió la emergencia de una literatura científica judía autónoma.

El carácter enciclopédico de su obra también resulta destacable. No se limitó a temas matemáticos, sino que abarcó la lógica, la ética, la física, la metafísica y la astronomía. En su concepción, la sabiduría debía ser integral, un entramado coherente donde los distintos saberes se conectaban como las ramas de un mismo árbol. Su labor recuerda a la de figuras como Avempace o Averroes, aunque adaptada a las particularidades culturales y teológicas del judaísmo hispano-medieval.

Bar Ḥiyya no fue solo un científico; también fue un líder comunitario, teólogo y visionario. Sus escritos reflejan una constante preocupación por el destino del pueblo judío, por su integración en una sociedad plural sin perder su identidad. En muchos pasajes exhorta al estudio como herramienta de redención y renovación espiritual. En este sentido, su obra trasciende la técnica para convertirse en un proyecto cultural de largo alcance: elevar la conciencia del pueblo judío a través del conocimiento.

A pesar de su importancia, Abraham Bar Ḥiyya ha sido históricamente opacado por otras figuras del pensamiento medieval. Sin embargo, su papel como pionero del pensamiento científico en lengua hebrea resulta hoy indiscutible. Fue el primero en sentar las bases de una tradición científica que florecería en los siglos siguientes. Sin su esfuerzo por traducir, interpretar y adaptar la ciencia árabe, el mundo hebreo habría permanecido excluido de una de las corrientes más ricas del saber medieval.

Recuperar la figura de Bar Ḥiyya es también un acto de justicia intelectual. Nos recuerda que la historia de la ciencia no fue lineal ni exclusivamente occidental, sino un tapiz tejido por sabios de múltiples culturas, credos y lenguas. La ciencia que hoy consideramos universal fue en realidad fruto del trabajo paciente de mediadores como él, que cruzaron fronteras culturales para traducir el universo a nuevos idiomas. Su legado perdura, aunque invisibilizado, en muchas de las bases matemáticas que seguimos usando.

En un tiempo marcado por la fragmentación del conocimiento, Bar Ḥiyya representa un modelo de unidad intelectual. Su visión no separaba lo racional de lo espiritual, lo técnico de lo ético. El saber era una herramienta para ordenar el mundo y, al mismo tiempo, para comprender el lugar del ser humano en el cosmos. En su obra se combinan precisión matemática, profundidad filosófica y fervor religioso, dando lugar a una forma de ciencia que no era solo cálculo, sino también sabiduría y compromiso.

Sus ideas circularon por siglos a través de manuscritos, influyendo no solo en autores judíos, sino también en pensadores cristianos como Pedro Alfonso o Ramon Llull, que encontraron en sus textos una síntesis útil entre la lógica aristotélica y la visión religiosa del mundo. A través de estos canales, su pensamiento llegó incluso al Renacimiento europeo, aunque sin siempre mencionar su nombre. El verdadero impacto de Bar Ḥiyya no se mide en citas, sino en el modo en que ayudó a transformar la estructura del conocimiento medieval.

Abraham Bar Ḥiyya Ha-Nasi es, en definitiva, una figura clave en la historia de la ciencia medieval, cuya importancia trasciende los límites del judaísmo. Fue un pionero que abrió caminos, un traductor de mundos, un tejedor de lenguajes. Su obra nos invita a repensar los orígenes del conocimiento moderno como el resultado de un diálogo entre civilizaciones, no como el producto exclusivo de una sola tradición. Y en ese diálogo, Bar Ḥiyya fue una de las voces más claras y valientes.


Referencias (APA)

  1. Gutas, D. (2001). Greek Thought, Arabic Culture: The Graeco-Arabic Translation Movement in Baghdad and Early ‘Abbasid Society. Routledge.
  2. Steinschneider, M. (1893). Die Hebraeischen Uebersetzungen des Mittelalters und die Juden als Dolmetscher. Berlin: Kommissionsverlag.
  3. Tannery, P. (1900). La science arabe et son rôle dans l’histoire des sciences. Paris: Librairie Scientifique.
  4. Sirat, C. (1990). A History of Jewish Philosophy in the Middle Ages. Cambridge University Press.
  5. Millás Vallicrosa, J. M. (1943). Estudios sobre historia de la ciencia española. Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

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