Entre los susurros de bosques olvidados y castillos envueltos en niebla, emerge una figura que precedió al mismísimo Drácula: Carmilla, la vampiresa que desafió normas, géneros y deseos en una era de represión. Su historia no solo redefinió la literatura gótica, sino que también abrió paso a nuevas formas de representar la sexualidad femenina y lo sobrenatural. ¿Cómo fue silenciada esta precursora del mito vampírico? ¿Por qué hoy más que nunca debemos recordarla?
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Carmilla: La Precursora Olvidada en la Literatura Vampírica
En el vasto panorama de la literatura gótica del siglo XIX, existe una figura clave que a menudo permanece eclipsada por la omnipresente sombra del Conde Drácula. Esta figura es Carmilla, protagonista de la novela homónima publicada por Joseph Sheridan Le Fanu en 1872, veinticinco años antes de que Bram Stoker inmortalizara su arquetipo vampírico en 1897. Este texto seminal no solo estableció convenciones fundamentales del género de terror, sino que introdujo innovaciones narrativas y temáticas que revolucionaron la representación de los no-muertos en el imaginario occidental, particularmente al presentar a una vampiresa femenina con evidentes inclinaciones homoeróticas como antagonista principal, desafiando así las convenciones literarias y sociales de la época victoriana.
La novela de Le Fanu, publicada originalmente por entregas en la revista “The Dark Blue”, relata la historia de Laura, una joven aristócrata que reside junto a su padre en un castillo de Estiria, región montañosa de Austria. La monotonía de su existencia se ve interrumpida por la llegada de Carmilla, una misteriosa joven que se instala como huésped tras sufrir un aparente accidente de carruaje en las inmediaciones de la propiedad. Lo que inicialmente se desarrolla como una intensa amistad femenina evoluciona gradualmente hacia una relación de naturaleza más compleja, caracterizada por un evidente subtexto erótico y una creciente dependencia psicológica, mientras la salud de Laura se deteriora progresivamente bajo la influencia de su enigmática compañera, revelándose eventualmente la verdadera naturaleza sobrenatural de Carmilla como una antigua condesa resucitada.
La representación de Carmilla como una seductora predadora nocturna estableció numerosos elementos que posteriormente se convertirían en tropos recurrentes de la mitología vampírica. Entre estos destacan la transformación física en forma animal (específicamente en un gran gato negro), la aversión a los símbolos religiosos, la necesidad de descansar en un ataúd, y la capacidad de manifestarse en forma etérea o nebulosa. Sin embargo, la obra de Le Fanu introduce también significativas desviaciones respecto a las tradiciones folclóricas previas, particularmente en lo referente a las limitaciones de la criatura: Carmilla puede moverse libremente durante las horas diurnas, aunque experimenta un notable letargo, y su naturaleza aristocrática la distancia considerablemente de las representaciones más primitivas y bestiales del vampiro en las leyendas populares de Europa Oriental, anticipando así la sofisticación y el refinamiento que caracterizarían posteriormente al personaje de Stoker.
Resulta particularmente significativo el tratamiento pionero que Le Fanu realiza de la sexualidad femenina a través del personaje de Carmilla. En una época caracterizada por la represión victoriana y la patologización de cualquier expresión sexual divergente, el autor crea una figura femenina que manifiesta abiertamente deseo hacia otras mujeres, fusionando magistralmente el erotismo con el horror sobrenatural. Las descripciones de los encuentros nocturnos entre Carmilla y Laura están cargadas de un lenguaje sensual apenas velado: “A veces después de una hora de apatía, me embargaba una sensación singular […] como si dos manos me hubieran asido los hombros, y me sacudieran hacia atrás […] En estos momentos imaginaba sentir la tibia presión de unos labios sobre mi cuello”. Esta codificación del deseo lésbico a través de la metáfora vampírica constituye una innovación literaria de considerable importancia histórica en la representación de sexualidades alternativas en la literatura occidental.
La complejidad psicológica de Carmilla trasciende su mera función como antagonista sobrenatural, convirtiéndola en un personaje multidimensional que experimenta un evidente conflicto interno entre su naturaleza depredadora y sus auténticos sentimientos hacia Laura. Sus frecuentes declaraciones de afecto (“Te amo demasiado”, “Tu pequeño corazón herido, mi querida”) y sus propias confesiones de sufrimiento sugieren una condición existencial trágica, una criatura condenada a destruir aquello que ama. Esta caracterización ambivalente, que oscila entre la monstruosidad y la vulnerabilidad emocional, establece un precedente fundamental para la humanización de la figura del vampiro que alcanzaría su máxima expresión en las reinterpretaciones del mito durante los siglos XX y XXI, desde las novelas de Anne Rice hasta las contemporáneas narrativas de romance paranormal.
Desde una perspectiva sociohistórica, “Carmilla” emerge como un texto extraordinariamente subversivo que desafía múltiples convenciones de su época. La inversión de las dinámicas tradicionales de género, situando a una mujer en la posición de poder tradicionalmente masculina del depredador sexual, constituye una radical transgresión de los roles establecidos en la sociedad victoriana. Adicionalmente, la representación de una relación homoerótica en una época en que la homosexualidad no solo era considerada una perversión moral sino también perseguida legalmente, revela la utilización del género fantástico como vehículo para la exploración de temáticas prohibidas, aprovechando el distanciamiento que proporciona lo sobrenatural para abordar ansiedades culturales relacionadas con la sexualidad femenina no normativa y el temor a la emancipación de la mujer.
La influencia de “Carmilla” en obras posteriores resulta innegable, particularmente en la configuración del “Drácula” de Stoker. Elementos como la ambientación en Europa Central, la estructura narrativa epistolar, la figura del experto en ocultismo (el Barón Vordenburg como precursor del Doctor Van Helsing), y numerosos detalles relacionados con la mitología vampírica demuestran el profundo impacto de la creación de Le Fanu. No obstante, mientras el Conde Drácula se convertía en un icono cultural universal, Carmilla experimentaba un proceso de relativa marginación histórica, reflejo posible de las dinámicas de género operativas en la canonización literaria y, quizás más significativamente, de la incomodidad victoriana y postvictoriana con sus explícitas insinuaciones de homoerotismo femenino.
El legado cinematográfico de Carmilla, aunque menos extenso que el de su contraparte masculina, resulta igualmente significativo. Desde “Vampyr” (1932) de Carl Theodor Dreyer, adaptación libre de la novela, hasta “The Vampire Lovers” (1970) de Roy Ward Baker, primer filme de la trilogía Karnstein producida por Hammer Films, la figura de la vampiresa lésbica ha generado una tradición visual propia dentro del cine de horror. Estas adaptaciones cinematográficas, particularmente durante la década de los setenta, tendieron a enfatizar el elemento erótico de la narrativa original, reflejando tanto la progresiva liberalización de las actitudes hacia la sexualidad como la persistente fetichización de las relaciones lésbicas desde una perspectiva predominantemente masculina, evidenciando así la compleja recepción cultural del personaje a través de diferentes épocas y medios.
En décadas recientes, Carmilla ha experimentado una significativa revalorización, particularmente desde perspectivas académicas feministas y de estudios queer, que han reconocido su trascendencia como una de las primeras representaciones sustanciales de deseo homoerótico femenino en la literatura occidental. Simultáneamente, adaptaciones contemporáneas como la serie web canadiense “Carmilla” (2014-2016), que traslada la narrativa a un contexto universitario moderno, demuestran la persistente relevancia cultural del personaje y su capacidad para articular exploraciones contemporáneas de identidad, deseo y transgresión. Esta revitalización del interés por la obra de Le Fanu subraya la importancia de recuperar genealogías literarias marginadas y reconocer la complejidad de textos que, como “Carmilla”, desafiaron las estructuras normativas de su tiempo a través de la potencia subversiva de lo sobrenatural.
Así pues, Carmilla constituye una figura fundacional en la evolución de la literatura vampírica, cuya importancia trasciende su mera condición de precursora cronológica del Conde Drácula. Su caracterización como una vampiresa aristocrática con inclinaciones homoeróticas representa una innovación radical en el tratamiento literario tanto de lo sobrenatural como de la sexualidad femenina, estableciendo parámetros narrativos y temáticos que influirían decisivamente en el desarrollo posterior del género. La recuperación contemporánea de esta figura literaria desde múltiples disciplinas críticas evidencia no solo su valor histórico sino también su persistente capacidad para catalizar reflexiones sobre género, deseo y alteridad, confirmando así su lugar privilegiado en el canon de la literatura fantástica y su condición de pionera en la representación de la diversidad sexual en las narrativas occidentales.
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