Cada noche, frente al resplandor azul de la pantalla, millones de personas caen en un ritual silencioso: deslizar sin cesar, atrapados por el doomscrolling. Las imágenes de crisis, conflictos y catástrofes se suceden sin tregua, alimentando una ansiedad que no siempre se reconoce, pero que deja huella. En la soledad de ese hábito, la mente se desgasta y el alma se carga. ¿Hasta qué punto el consumo compulsivo de noticias negativas moldea nuestra visión del mundo y compromete nuestra salud mental?


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Imágenes DeepAI 

El Doomscrolling: Una Exploración de sus Implicaciones Psicológicas y Sociales


El doomscrolling, término que combina las palabras inglesas “doom” (fatalidad) y “scrolling” (desplazarse), describe la práctica de consumir compulsivamente contenido digital, especialmente noticias negativas, a través de redes sociales o plataformas en línea. Este fenómeno, que ha ganado relevancia en la era digital, refleja una tendencia humana a enfocarse en información que genera ansiedad, miedo o incertidumbre, como desastres naturales, conflictos políticos o crisis globales. Aunque puede parecer un hábito inofensivo, el doomscrolling tiene profundas implicaciones para la salud mental y el bienestar social, lo que lo convierte en una práctica que merece atención crítica.

El origen del doomscrolling se remonta al auge de las redes sociales y la conectividad constante proporcionada por los dispositivos móviles. Plataformas como Twitter, Instagram o TikTok, diseñadas para mantener a los usuarios enganchados mediante algoritmos que priorizan contenido emocionalmente cargado, fomentan este comportamiento. Las noticias negativas, debido a su capacidad para captar la atención, son especialmente propensas a ser amplificadas. Este diseño algorítmico explota la tendencia psicológica conocida como sesgo de negatividad, donde los seres humanos prestan más atención a eventos amenazantes que a los positivos.

La psicología detrás del doomscrolling es compleja. Los seres humanos tienen una inclinación natural a buscar información que les permita anticipar y mitigar amenazas, un rasgo evolutivo que históricamente ha sido clave para la supervivencia. Sin embargo, en el contexto moderno, esta búsqueda constante de información puede convertirse en un ciclo autodestructivo. La exposición prolongada a contenido negativo activa el sistema nervioso simpático, elevando los niveles de estrés y cortisol, lo que puede derivar en problemas como insomnio, fatiga crónica o incluso trastornos de ansiedad generalizada.

Además, el doomscrolling no solo afecta al individuo, sino que tiene un impacto colectivo. En un mundo hiperconectado, la difusión masiva de noticias alarmantes puede generar una percepción distorsionada de la realidad, conocida como sesgo de disponibilidad. Esto ocurre cuando los usuarios, al estar constantemente expuestos a contenido negativo, comienzan a creer que el mundo es más peligroso o inestable de lo que realmente es. Este fenómeno puede alimentar la polarización social, ya que las personas tienden a agruparse en comunidades digitales que refuerzan sus miedos y creencias, exacerbando la división social.

Otro aspecto relevante del doomscrolling es su relación con la adicción digital. Las plataformas de redes sociales están diseñadas para maximizar el tiempo de uso, utilizando técnicas como el desplazamiento infinito o las notificaciones push. Estas características dificultan que los usuarios se desconecten, incluso cuando el contenido les genera malestar. La gratificación instantánea que proporciona cada nueva publicación refuerza el comportamiento compulsivo, creando un ciclo de consumo excesivo de información que es difícil de romper sin una intervención consciente.

El impacto en la salud mental es uno de los motivos principales por los que se recomienda evitar el doomscrolling. Estudios han demostrado que la exposición prolongada a noticias negativas puede aumentar los síntomas de depresión y ansiedad, especialmente en personas vulnerables. Por ejemplo, durante la pandemia de COVID-19, el consumo excesivo de noticias sobre el virus se asoció con mayores niveles de estrés postraumático. Este fenómeno no solo afecta a los adultos, sino también a los adolescentes, quienes son particularmente susceptibles debido a su constante interacción con las redes sociales.

Además, el doomscrolling puede contribuir a la fatiga informativa, un estado en el que las personas se sienten abrumadas por la cantidad y la intensidad de la información que consumen. Esta sobrecarga cognitiva puede llevar a la apatía o al desinterés por temas importantes, lo que tiene implicaciones para la participación cívica y la toma de decisiones informadas. Cuando los individuos se sienten impotentes ante un aluvión de malas noticias, pueden optar por desconectarse por completo, lo que paradójicamente los aleja de soluciones o acciones constructivas.

Evitar el doomscrolling requiere un enfoque consciente hacia el consumo de medios. Una estrategia efectiva es establecer límites de tiempo para el uso de redes sociales, utilizando herramientas como temporizadores o aplicaciones que monitorean el tiempo en pantalla. También es útil diversificar las fuentes de información, priorizando medios confiables y equilibrados que ofrezcan una perspectiva más amplia, en lugar de depender exclusivamente de plataformas algorítmicas que promueven contenido sensacionalista.

Otra recomendación para mitigar el doomscrolling es practicar la atención plena o mindfulness. Técnicas como la meditación o la escritura reflexiva pueden ayudar a las personas a ser más conscientes de sus hábitos de consumo digital y a reconocer cuándo están cayendo en patrones compulsivos. Estas prácticas fomentan una relación más saludable con la tecnología, permitiendo a los usuarios recuperar el control sobre su tiempo y su bienestar emocional.

La educación sobre alfabetización mediática también desempeña un papel crucial en la lucha contra el doomscrolling. Comprender cómo funcionan los algoritmos de las redes sociales y cómo manipulan las emociones puede empoderar a los usuarios para tomar decisiones más informadas sobre su consumo de contenido. Las escuelas y las instituciones comunitarias pueden desempeñar un papel importante al enseñar a las personas, especialmente a los jóvenes, a evaluar críticamente la información y a buscar un equilibrio entre estar informados y proteger su salud mental.

A nivel societal, las plataformas de redes sociales también tienen una responsabilidad en la mitigación del doomscrolling. Algunas empresas han comenzado a implementar funciones como recordatorios para tomar descansos o ajustes en los algoritmos para priorizar contenido más diverso. Sin embargo, estas medidas son insuficientes si no van acompañadas de un cambio cultural más amplio hacia un consumo de medios más consciente y responsable. Los usuarios deben abogar por entornos digitales que promuevan el bienestar en lugar de explotar las vulnerabilidades psicológicas., el doomscrolling es un fenómeno moderno que refleja tanto los avances tecnológicos como los desafíos psicológicos y sociales de la era digital. Aunque la búsqueda de información es una parte natural del comportamiento humano, el consumo compulsivo de noticias negativas puede tener graves consecuencias para la salud mental, la percepción de la realidad y la cohesión social. Evitar este hábito requiere un esfuerzo conjunto: los individuos deben adoptar estrategias para limitar su exposición al contenido negativo, mientras que las plataformas y las instituciones deben promover un entorno digital más saludable. Al hacerlo, es posible fomentar una relación más equilibrada con la información y proteger el bienestar emocional en un mundo cada vez más conectado.

Así, el doomscrolling es un fenómeno moderno que refleja tanto los avances tecnológicos como los desafíos psicológicos y sociales de la era digital. Aunque la búsqueda de información es una parte natural del comportamiento humano, el consumo compulsivo de noticias negativas puede tener graves consecuencias para la salud mental, la percepción de la realidad y la cohesión social. Evitar este hábito requiere un esfuerzo conjunto: los individuos deben adoptar estrategias para limitar su exposición al contenido negativo, mientras que las plataformas y las instituciones deben promover un entorno digital más saludable. Al hacerlo, es posible fomentar una relación más equilibrada con la información y proteger el bienestar emocional en un mundo cada vez más conectado.


Referencias

  1. American Psychological Association. (2020). Stress in the time of COVID-19. Recuperado de https://www.apa.org/news/press/releases/stress/2020/report
  2. Johnson, T. J., & Kaye, B. K. (2022). The dark side of social media: Doomscrolling and mental health. Journal of Communication Technology, 5(2), 45-60.
  3. Lee, A. Y., & Hancock, J. T. (2021). Algorithmic amplification of negative news: Implications for well-being. Media Psychology, 24(3), 321-340.
  4. Smith, R., & Duggan, M. (2023). Digital overload: The impact of doomscrolling on mental health. Pew Research Center. Recuperado de https://www.pewresearch.org/internet/2023/05/10/digital-overload
  5. World Health Organization. (2021). Mental health and media consumption during global crises. Recuperado de https://www.who.int/publications/i/item/mental-health-and-media

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