Moisés ben Maimón, más conocido como Maimónides, fue un judío sefardí considerado uno de los mayores estudiosos de la Torá en época medieval. Conocido en el judaísmo, y por tanto en hebreo, por el acrónimo Rambam, ejerció de médico, filósofo, astrónomo y rabino en al-Ándalus, Marruecos y Egipto.


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ÉTICA DE MAIMÓNIDES: CARTA DE MOSHÉ BEN MAIMÓN A RABÍ SAMUEL IBN TIBBON


Yo vivo en Fustat y el Sultán reside en el Cairo; estos dos lugares están a una distancia de 2 límites sabáticos (alrededor de 2 km). El Sultán me hace trabajar mucho; debo visitarlo todos los días, temprano en la mañana, y cuando él, o alguno de sus hijos, o concubinas, están indispuestos, no puedo dejar El Cairo, y debo permanecer la mayor parte del día en el palacio. Frecuentemente sucede que uno o dos de sus oficiales se enferma, y debo atenderlos y tratarlos.

Por lo tanto, voy a El Cairo, todos dos días al rayar el alba y, si nada me retiene allí y si no sucede nada imprevisto, puedo volver a casa por la tarde, pero nunca antes. Y cuando llego aquí, muerto de hambre, me encuentro la antecámara (la sala de espera, diríamos hoy) está llena de gente, tanto judíos, como gentiles, nobles. y gente de pueblo, jueces y funcionarios, amigos y enemigos, una multitud heterogénea, que me estaba esperando.

Desciendo de mi cabalgadura, me voy a lavar las manos, después me dirijo a ellos, para consolarlos, y aplacarlos, y pedirles que por favor, esperen que coma algo ligero, que constituye mi única comida en toda la jornada…

Luego voy a atender a mis pacientes, les escribo sus prescripciones y las indicaciones para sus afecciones. Ellos entran y salen, sin interrupción hasta el anochecer, y a veces —lo juro por la Torá—hasta las 2 de la madrugada.

Yo los instruyo y converso con ellos hasta caer agotado; cuando a la noche estoy tan exhausto que apenas puedo hablar. A tal punto ninguno puede conversar conmigo ni hacerme compañía, ni siquiera mantener una conversación privada, salvo los sábados.

En ese día, toda la congregación o casi la mayoría, me viene a ver después de la plegaria de la mañana, y les instruyo en procedimientos para toda semana. Estudiamos algo juntos, hasta el mediodía, y después se van. Algunos de ellos vuelven y leen conmigo, luego del servicio de la tarde, hasta la plegaria de la noche.

De esta manera paso los días. Pero te he explicado parte de lo que tú mismo verás, si vienes, con ayuda de Dios.

Cuando hayas concluido la explicación y traducción para nuestros hermanos (se refiere a la tarea que ben Tibbon estaba realizando en Lunel, Francia)de traducir al hebreo La guía de perplejos que Maimónides había escrito en árabe, para su difusión entre los estudiosos judíos de Europa) entonces ven a mí en alegría… El Señor del Universo sabe en qué estado escribo estas líneas.

Me he apartado de la gente y he buscado paz y sosiego para que nada me moleste, a veces me apoyo en la pared, a veces sigo escribiendo y estoy tan débil que tengo que estar echado casi siempre el cuerpo frágil, se ha aliado con la edad.

Fin

Ética de Maimónides: Un Análisis de la Carta de Moshé ben Maimón a Rabí Samuel ibn Tibbon


La carta de Moshé ben Maimón, conocido universalmente como Maimónides o Rambam, a Rabí Samuel ibn Tibbon ofrece una ventana privilegiada hacia la vida, el carácter y la ética de uno de los pensadores más influyentes de la Edad Media. Escrita desde Fustat, cerca de El Cairo, en un momento de madurez y fragilidad física, esta misiva no solo detalla las exigencias cotidianas de un hombre dividido entre sus deberes como médico del sultán, líder espiritual y erudito, sino que también revela una ética profundamente arraigada en la responsabilidad, la humildad y el servicio a los demás. Este texto, impregnado de una humanidad cruda y una introspección conmovedora, trasciende su carácter circunstancial para convertirse en un testimonio de los principios que guiaron la existencia de Maimónides, reflejados tanto en su monumental obra filosófica, La Guía de los Perplejos, como en su práctica diaria. A través de un análisis exhaustivo, este ensayo explora cómo la carta encapsula la síntesis entre acción y contemplación que define su pensamiento, al tiempo que sitúa su ética en el contexto de su época y su legado perdurable.

El relato de Maimónides comienza con una descripción vívida de su rutina, marcada por la tensión geográfica y temporal entre Fustat y El Cairo, separados por dos “límites sabáticos” (aproximadamente 2 kilómetros). Esta distancia, aunque corta, simboliza el peso de sus múltiples roles: médico de la corte del sultán ayubí Salahuddin (Saladino) o su familia, atendiendo a nobles y oficiales, y rabino dedicado a una comunidad diversa de judíos y gentiles. La necesidad de visitar al sultán cada mañana, a menudo retenido por imprevistos, y su regreso hambriento a Fustat, donde lo espera una multitud heterogénea —nobles, plebeyos, jueces, amigos y enemigos—, pinta un cuadro de abnegación extrema. Este agotamiento físico, que lo lleva a trabajar hasta las dos de la madrugada, no es mera queja; es una afirmación de su compromiso ético con el bienestar colectivo, un eco del principio talmúdico de tikkun olam (reparación del mundo), que Maimónides interpreta como una obligación práctica hacia todos, sin distinción de credo o estatus.

La ética de Maimónides se manifiesta en su actitud hacia esta carga. Lejos de resentirla, la abraza con una mezcla de resignación y propósito. Cuando describe su única comida del día —un bocado ligero tomado bajo la presión de una sala llena de pacientes— y su ruego a la multitud para que le permita sustentarse, emerge una humildad que contrasta con su prestigio como médico y filósofo. Esta humildad no es pasiva; es activa, expresada en su disposición a consolar y aplacar a quienes lo esperan, incluso en su propio detrimento. Aquí se percibe una influencia aristotélica, filtrada por su síntesis judía: la virtud como un término medio no entre extremos de carácter, sino entre el egoísmo y el sacrificio absoluto. Maimónides, en su práctica, encarna el ideal del tzadik, el justo que sirve como puente entre lo divino y lo humano, un concepto que él mismo desarrolla en su Mishné Torá (Hiljot Deot 1:5), donde aboga por una vida equilibrada dedicada al servicio.

El sábado, día de descanso en la tradición judía, ofrece un contrapunto revelador. Aunque podría reclamar este tiempo para sí, Maimónides lo dedica a su congregación, instruyéndolos tras la plegaria matutina y estudiando con ellos hasta la noche. Este acto subraya su concepción del liderazgo espiritual como una extensión de su ética médica: ambos son formas de curación, física y moral. La referencia a la Torá como testigo de su agotamiento —“lo juro por la Torá”— no es un mero énfasis retórico; es una declaración de la santidad que atribuye a su labor, alineada con su creencia, expresada en La Guía de los Perplejos (III:27), de que el conocimiento y la acción deben converger en la perfección del alma y la comunidad. Este agotamiento, que lo deja incapaz de hablar, contrasta con el silencio contemplativo que busca al escribir la carta, apoyado en la pared o postrado por la fragilidad de la edad. En esta dualidad entre el frenesí público y la quietud privada se vislumbra la lucha de Maimónides por reconciliar su vocación intelectual con las demandas del mundo.

La carta también refleja el contexto histórico y cultural de Maimónides como judío sefardí en el mundo islámico del siglo XII. Fustat, un centro cosmopolita bajo el dominio ayubí, era un crisol de tradiciones donde judíos, musulmanes y cristianos convivían bajo un pacto de tolerancia relativa. Su rol como médico del sultán lo inserta en esta dinámica intercultural, evidenciando la influencia del pensamiento islámico —especialmente de Al-Farabi y Avicena— en su filosofía. Sin embargo, su insistencia en escribir La Guía de los Perplejos en árabe, y su aliento a Ibn Tibbon para traducirla al hebreo, revela una doble misión: dialogar con el mundo musulmán mientras preserva la identidad judía en Europa. La carta, en este sentido, es un puente entre dos mundos, un acto de ayni (reciprocidad) intelectual que extiende su ética de servicio más allá de lo local hacia lo universal.

Un aspecto notable del texto es su dimensión autobiográfica, rara en la obra de Maimónides. A diferencia de sus tratados sistemáticos, aquí se muestra vulnerable, admitiendo que “el cuerpo frágil se ha aliado con la edad”. Esta confesión, escrita en un estado de debilidad física, humaniza al gigante intelectual y conecta con su ética de la moderación. En Mishné Torá (Hiljot Deot 3:1), aconseja cuidar el cuerpo como instrumento del alma, pero en la carta parece transgredir este principio, sacrificándose por los demás. Esta aparente contradicción resuelve en su visión teleológica: el cuerpo puede desgastarse si el fin es la elevación espiritual y social. Su invitación a Ibn Tibbon para visitarlo, “con ayuda de Dios”, no es solo una cortesía; es un reconocimiento de que su legado depende de discípulos que perpetúen su obra, un eco del mandato bíblico de transmitir la Torá de generación en generación (Deuteronomio 6:7).

El lenguaje de la carta, directo y despojado de ornamentación, contrasta con la densidad metafísica de La Guía. Esta simplicidad no es casual; refleja una ética de autenticidad, donde la verdad se comunica sin artificio. Al describir su antecámara como un espacio de “judíos y gentiles, nobles y gente de pueblo”, Maimónides trasciende las jerarquías sociales de su tiempo, prefigurando una universalidad que resonará siglos después en pensadores como Spinoza, quien también admiró su racionalismo. Su juramento por la Torá, su mención del sábado y su referencia a Dios como “Señor del Universo” anclan esta universalidad en una identidad judía inquebrantable, una síntesis que define su pensamiento ético.

En un nivel más profundo, la carta ilumina la relación entre ética y sufrimiento en la vida de Maimónides. Su agotamiento no es un fin, sino un medio para cumplir un propósito mayor: curar cuerpos, guiar almas y preservar el conocimiento. Este sufrimiento voluntario recuerda la tradición profética judía, donde figuras como Jeremías asumieron cargas por el bien de su pueblo. Sin embargo, Maimónides no se lamenta como un mártir; su tono es práctico, casi estoico, alineado con su admiración por Aristóteles y su rechazo a la autocompasión. Esta actitud resuena en su consejo a Ibn Tibbon de completar la traducción de La Guía, un acto que asegura la supervivencia de su pensamiento frente a la fragilidad de su cuerpo.

Así pues, la carta de Maimónides a Ibn Tibbon es mucho más que un relato de fatiga; es una ética vivida, un manifiesto de cómo la virtud se forja en la intersección entre el deber y la adversidad. A través de su dedicación incansable, su humildad ante la multitud y su búsqueda de sosiego para escribir, Maimónides encarna una síntesis única de acción y contemplación, de lo particular judío y lo universal humano. Su vida, como se refleja en estas líneas, no fue un ejercicio teórico, sino una lucha por alinear el mundo con los ideales de justicia, conocimiento y servicio que defendió. En su debilidad final, apoyado en la pared o postrado, emerge no un hombre derrotado, sino un faro de resistencia moral cuya luz sigue guiando a través de los siglos. Esta carta, escrita en el ocaso de su existencia, no solo testimonia su ética; la consagra como un legado eterno, un desafío a vivir con propósito en un mundo que nunca deja de demandar.


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