Entre transacciones comunes y silenciosas injusticias, lo cotidiano revela los dilemas más profundos de la ética, la justicia y la moralidad práctica. Un simple acto en la fila de un supermercado puede desencadenar preguntas sobre propiedad, reciprocidad y la fragilidad del contrato social. ¿Hasta qué punto nuestras decisiones diarias reflejan principios reales? ¿Estamos perdiendo la brújula moral bajo el disfraz de la astucia y la indiferencia?
El CANDELABRO.ILUMINANDO MENTES


Imágenes realizadas con IA, por ChatGPT para el Candelabro.
ESTOY MUY INDIGNADO
Fui a comprar al supermercado y cuando estaba en la fila para pagar, se me cayeron ₡5000 al suelo... la vieja delante de mi se agacha y los junta, cuando voy a darle las gracias y estiro la mano para que me los dé, me dice..."lo que se encuentra en el suelo es de quien se lo encuentra" y se fue como si nada.
Miré a la persona que estaba detrás de mí y estaba en shock igual que yo. La vieja se retira como si nada, llevándose mis 5000 cañas, así que la sigo hasta el parqueo reclamando mi plata y ni caso me hacía la muy hpta.
Cuando llegó a su carro, un chuzo por cierto, puso sus bolsas en el suelo para poder abrirlo, así que me avivé y decidí seguir su regla de "quien se lo encuentra en el suelo se lo queda" Entonces agarré sus bolsas de la compra y le dije...."lo que se encuentra en el suelo es de quien se lo encuentra" y me fui con unos nervios!!...pero con un sentimiento de satisfacción que no se pueden imaginar. 😂😂😂
3 kilos de bistec de lomo
2 pollos enteros
2 six-pack de Silver
Jamón, queso,
Y lo mejor.....
2 botellas de Whisky etiqueta negra.
Pensé wow, no esta mal por ₡5000 pesos 😂 y aquí estoy tomándome unos tragitos a su salud.
La ética del hallazgo: propiedad, justicia y reciprocidad en el espacio público
Entre bromas, agravios y bistec de lomo, esta historia viral encierra algo más que un simple acto de venganza cómica: plantea una pregunta profunda sobre la ética, la propiedad privada, y el sentido común que rige nuestras interacciones cotidianas. ¿Qué ocurre cuando los códigos morales se quiebran en nombre de la oportunidad? ¿Hasta qué punto nuestras acciones reflejan principios justos o simplemente estrategias de supervivencia en un entorno competitivo?
La frase “lo que se encuentra en el suelo es de quien lo encuentra” parece una regla tácita del oportunismo. Sin embargo, detrás de su tono pragmático se esconde una renuncia implícita a valores como la empatía, la solidaridad y la justicia básica. En contextos públicos, donde la convivencia depende del respeto mutuo, ese tipo de lógica puede abrir las puertas a una sociedad donde todo vale mientras no sea ilegal, aunque sí profundamente inmoral.
La pérdida de ₡5000 colones, aunque pequeña en términos económicos, representa en este caso un símbolo de violación del acuerdo social no escrito: el de actuar con decencia. Cuando alguien ignora el gesto de quien busca recuperar lo que legítimamente le pertenece, no solo comete un acto cuestionable, sino que rompe la confianza tácita que permite la convivencia civilizada. En filosofía, este tipo de ruptura se estudia desde teorías del contrato social.
Autores como Jean-Jacques Rousseau o John Rawls hablaron de la legitimidad de las normas en función del bien común. En un mundo donde lo público es escenario constante de microdecisiones morales, perder el norte ético en un supermercado parece trivial, pero tiene implicaciones graves: naturaliza el egoísmo y normaliza el cinismo. ¿Qué sociedad queremos construir si celebramos la astucia en lugar de la justicia?
La reacción de la protagonista, por más que parezca un acto de justicia poética, entra en una zona moral gris. No se trata solo de recuperar el equivalente económico de lo perdido, sino de replicar la lógica del oportunismo, adoptando la misma regla injusta de la contraparte. Aquí entra en juego la reflexión de Nietzsche sobre el resentimiento: ¿acaso responder al mal con otro mal nos libera realmente o solo nos iguala a quienes criticamos?
Desde una perspectiva kantiana, toda acción debería guiarse por máximas que podamos querer como ley universal. Si todos actuaran como la señora que se quedó con el dinero, la confianza en el espacio público colapsaría. Si todos respondieran como la protagonista —tomando lo que no es suyo para equilibrar el daño—, perpetuaríamos un ciclo interminable de venganza e injusticia. Es la clásica trampa del “ojo por ojo”.
Aun así, este relato también pone sobre la mesa el valor subjetivo de la dignidad. El sentimiento de satisfacción final que experimenta quien se siente reivindicado no se basa en la justicia objetiva, sino en un ajuste emocional. El problema es que esta justicia emocional rara vez construye sociedades sanas: responde a impulsos inmediatos, no a principios éticos sostenibles. La filosofía lo llama justicia retributiva, y suele ser incompatible con la equidad racional.
También se puede leer esta historia desde la óptica de la ética de la reciprocidad, principio que aparece en casi todas las tradiciones religiosas y filosóficas del mundo. El famoso “trata a los demás como deseas ser tratado” se subvierte cuando se cambia por “hazle al otro lo que él te hizo”. Esa versión degradada del principio moral básico revela cómo el contexto y las emociones pueden erosionar los fundamentos de la ética universal.
El problema es más profundo aún si lo analizamos desde la psicología moral. Estudios en neurociencia social muestran que las personas son más proclives a justificar actos cuestionables cuando sienten que han sido víctimas. Se activa un sesgo de “licencia moral”: como me hicieron daño, tengo derecho a salirme de mis propias normas. El problema de esta lógica es que, al final, todos terminan viéndose a sí mismos como víctimas con licencia para dañar.
En este tipo de situaciones, lo ideal sería que la norma social informal se impusiera mediante la presión del grupo. Si el resto de personas en la fila hubiese reaccionado con firmeza, la mujer que recogió el dinero habría sentido más difícil irse impunemente. Pero el silencio o el “shock” de los testigos funciona aquí como complicidad pasiva. El espacio público también se regula con gestos pequeños: indignación cívica, solidaridad espontánea, voz colectiva.
Este pequeño episodio de supermercado ilustra una paradoja de la moral contemporánea: a veces, lo legal y lo justo no coinciden. Aunque tomar dinero del suelo puede no ser delito, sigue siendo un acto inmoral si sabemos de quién es. De la misma forma, vengarse aplicando la misma regla puede parecer astuto, pero no construye una ética más sólida. La justicia verdadera no es solo equilibrio de pérdidas, sino construcción de un principio común.
Entonces, ¿cómo responder éticamente ante una injusticia menor en un entorno cotidiano? No existe una fórmula perfecta, pero algunos principios pueden orientar: mantener la coherencia interna, no ceder al resentimiento, buscar el diálogo antes que la revancha. Las pequeñas injusticias no justifican acciones contrarias a nuestros valores. Lo que sí justifican es la reflexión, la crítica y, en última instancia, la construcción de mejores hábitos sociales.
Desde un punto de vista utilitarista, incluso, la acción vengativa podría parecer aceptable: si disuade a futuros aprovechados, podría tener un beneficio colectivo. Pero eso nos lleva a una lógica peligrosa, donde el castigo se convierte en medio para la educación moral. El riesgo es que se normalicen las represalias como método de enseñanza. Y en ese terreno, los límites entre justicia y venganza se vuelven borrosos.
En el fondo, este relato funciona como una fábula moderna que expone nuestras tensiones morales más comunes. Por un lado, el deseo de justicia inmediata; por otro, el imperativo de actuar con principios. No basta con indignarse: es necesario educar en ética práctica, desde lo doméstico hasta lo institucional. Porque lo que se juega en una fila de supermercado es lo mismo que se juega en una sociedad entera: la posibilidad de vivir en confianza.
Podemos reírnos del chiste, del bistec robado, del brindis final. Pero también podemos detenernos y pensar: ¿estamos celebrando una victoria moral o simplemente un golpe de astucia? ¿Estamos formando ciudadanos justos o solo más hábiles para defenderse en un mundo de reglas difusas? Lo público necesita valores claros, y cada acto cuenta, incluso si ocurre entre jamones y etiquetas negras.
Así, esta historia que comienza con un desliz de ₡5000 y termina con una cena inesperada puede servir como espejo. Refleja lo mejor y lo peor de nosotros: nuestra capacidad de respuesta, de adaptación, de indignación… pero también nuestras zonas grises, donde la línea entre justicia y venganza se vuelve difusa. El desafío es aprender de esas zonas, no repetirlas sin crítica, y sobre todo, no convertirlas en norma.
En última instancia, cada vez que uno se encuentra algo en el suelo —sea dinero, una oportunidad o una injusticia—, se encuentra también frente a una decisión ética. La pregunta no es solo “¿puedo tomar esto?” sino “¿quién quiero ser al hacerlo?” Y esa es la verdadera enseñanza que el supermercado nunca factura, pero siempre cobra con intereses.
Referencias (APA):
- Kant, I. (1785). Fundamentación de la metafísica de las costumbres. Editorial Gredos.
- Nietzsche, F. (1887). La genealogía de la moral. Alianza Editorial.
- Rawls, J. (1971). Teoría de la justicia. Fondo de Cultura Económica.
- Haidt, J. (2012). The Righteous Mind: Why Good People Are Divided by Politics and Religion. Pantheon Books.
- Rousseau, J. J. (1762). El contrato social. Alianza Editorial.
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