En una taberna andaluza, bajo la luz temblorosa de un candil, suena el rasgueo de una guitarra que parece hablar. Un zapateado firme rompe el silencio y una voz ronca entona un lamento antiguo. Es el fandango, un arte que no se aprende, se hereda. Nacido del cruce de caminos y pueblos, este baile y cante ha viajado por siglos, transformándose sin perder su alma. Lo que vas a descubrir no es solo música: es memoria viva, es fuego que no se apaga.


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El Fandango: Un Viaje Histórico y Musical a Través de sus Orígenes y Transformaciones


El fandango, un género musical y dancístico de profundo arraigo en la cultura ibérica, constituye una manifestación artística que trasciende fronteras temporales y geográficas. Sus orígenes, aunque debatidos, se remontan al siglo XVII, con influencias que podrían vincularse a tradiciones portuguesas, españolas e incluso latinoamericanas. Este ensayo explora la evolución del fandango, desde sus primeras formas como baile ternario hasta su consolidación como un cante andaluz emblemático, analizando sus características rítmicas, instrumentales y regionales, así como su impacto en la música culta.

El fandango se caracteriza por su ritmo ternario en compás de 3/4, un movimiento vivo que invita al baile y una estructura melódica que combina pasión y virtuosismo. En sus inicios, era un baile popular acompañado por guitarra y castañuelas, instrumentos que aportaban un color rítmico distintivo. Su coreografía, sensual y expresiva, reflejaba la interacción entre los bailarines, lo que lo convirtió en un símbolo de la cultura popular española. Durante el siglo XVIII, el fandango adquirió notoriedad en los salones aristocráticos, adaptándose a contextos más refinados.

La influencia portuguesa en el fandango es innegable, pues algunos estudiosos lo vinculan con danzas como el fado o el lundum, traídas a la Península Ibérica desde las colonias. Sin embargo, su desarrollo en España lo transformó en un género propio, con variantes regionales que enriquecieron su diversidad. En Andalucía, el fandango se fusionó con las tradiciones flamencas, dando lugar al cante jondo, una expresión vocal cargada de emotividad. Esta fusión marcó un punto de inflexión, consolidando al fandango como pilar del flamenco.

En el ámbito andaluz, el fandango presenta múltiples variantes regionales, cada una con características únicas. Las malagueñas, por ejemplo, destacan por su lirismo y su conexión con el verdial, un estilo rústico acompañado por pandero y violín. Las rondeñas, originarias de Ronda, se distinguen por su carácter introspectivo, mientras que las javeras y los verdiales reflejan la vitalidad de las fiestas populares malagueñas. Estas formas, aunque distintas, comparten el compás ternario y el uso de la guitarra como eje armónico.

En la región levantina, el fandango adopta matices propios, como los tarantos, granadinas, cartageneras y mineras, que integran influencias de las tradiciones mineras y portuarias. Los tarantos, con su dramatismo, evocan el sufrimiento de los trabajadores, mientras que las cartageneras incorporan elementos melódicos más ornamentados. Estas variantes levantinas, aunque menos conocidas que las andaluzas, son esenciales para comprender la riqueza del fandango como género polifacético.

En Huelva, los fandangos onubenses representan otra faceta del género, con un estilo más sobrio pero igualmente expresivo. Su interpretación, a menudo a cappella o con mínima instrumentación, resalta la voz del cantaor, quien imprime un sello personal a cada copla. Los fandangos de Huelva han influido en derivados como el fandanguillo gaditano, el charandé y la jerigonza, estilos que simplifican la estructura melódica pero conservan el espíritu festivo del original.

El fandango no solo se limitó al ámbito popular; su impacto alcanzó la música culta, especialmente en el siglo XIX. Compositores como Enrique Granados inmortalizaron el género en obras como el Fandango del candil, parte de su ópera Goyescas. Esta pieza, inspirada en los cuadros de Goya, captura la esencia del fandango tradicional, pero con una sofisticación armónica que lo eleva a la esfera del arte clásico. Granados utiliza el ritmo ternario y motivos melódicos que evocan la guitarra, creando una atmósfera nostálgica.

Otro ejemplo notable es la inclusión del fandango en la música europea por parte de Nikolai Rimsky-Korsakov, quien introdujo un fandango asturiano en su Capriccio Espagnol. Aunque esta obra se basa en una visión idealizada de España, el uso del fandango refleja su universalidad como símbolo de la música ibérica. La pieza combina el compás de 3/4 con orquestaciones exuberantes, demostrando cómo el fandango podía adaptarse a contextos sinfónicos sin perder su identidad.

El fandango también cruzó el Atlántico, influenciando géneros en América Latina. En países como México y Argentina, se desarrollaron fandangos criollos, que integraron elementos indígenas y africanos. Estos fandangos, aunque distintos del original español, conservan el baile ternario y el uso de instrumentos de cuerda, como el arpa o el guitarrón. Esta diáspora musical subraya la capacidad del fandango para dialogar con otras culturas, enriqueciéndose mutuamente.

A nivel técnico, el fandango exige un dominio tanto vocal como instrumental. En el cante flamenco, el intérprete debe manejar cambios dinámicos y ornamentaciones melódicas, mientras que el guitarrista aporta rasgueos y falsetas que dialogan con la voz. Las castañuelas, aunque menos comunes en el flamenco moderno, siguen siendo un símbolo del fandango tradicional, aportando un pulso rítmico que complementa la guitarra. Esta interacción crea una experiencia multisensorial única.

El fandango, como expresión cultural, también refleja las tensiones sociales de su tiempo. En el siglo XVIII, fue criticado por sectores conservadores debido a su sensualidad, lo que llevó a prohibiciones temporales en algunos contextos. Sin embargo, su arraigo popular aseguró su supervivencia, transformándolo en un vehículo de resistencia cultural. En el flamenco, el fandango se convirtió en un medio para expresar el dolor y la alegría de las comunidades marginadas, especialmente en Andalucía.

Hoy en día, el fandango sigue vivo en festivales, peñas flamencas y escenarios internacionales. Su capacidad para evolucionar sin perder su esencia lo convierte en un género atemporal. Las nuevas generaciones de cantaores y bailaores continúan explorando sus posibilidades, fusionándolo con estilos contemporáneos como el jazz o la música electrónica. Esta renovación asegura que el fandango permanezca relevante en el siglo XXI.

El fandango es mucho más que un baile o un cante; es un testimonio de la riqueza cultural de España y su diáspora. Desde sus orígenes portugueses hasta su consagración como pilar del flamenco, el fandango ha demostrado una asombrosa capacidad de adaptación. Sus variantes regionales, su influencia en la música culta y su diáspora transatlántica lo convierten en un género universal. A través de su ritmo ternario, su guitarra y su pasión, el fandango sigue encendiendo la chispa de la tradición y la innovación.


Referencias

  1. Cruces Roldán, C. (2003). El flamenco y la música andaluza: Antropología de la música popular. Sevilla: Signatura Ediciones.
  2. Manuel, P. (1989). “Andalusian, Gypsy, and Class Identity in the Contemporary Flamenco Complex.” Ethnomusicology, 33(1), 47-65.
  3. Mitchell, T. (1994). Flamenco Deep Song. New Haven: Yale University Press.
  4. Navarro, J. L. (2006). Historia del baile flamenco. Madrid: Almuzara.
  5. Steingress, G. (1998). Sociología del cante flamenco. Jerez: Centro Andaluz de Flamenco.

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