Entre las sombras del siglo XX, pocas imágenes han calado tan hondo como el Guernica de Picasso, un grito silente contra la barbarie de la guerra. Lo que para algunos fue solo una pintura, para el mundo se convirtió en símbolo de resistencia, dolor y memoria histórica. No se trata solo de arte: es testimonio, juicio y legado. ¿Qué ocurre cuando la violencia se convierte en símbolo? ¿Y cuándo el arte asume la responsabilidad de narrar lo que el poder intenta borrar?
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Imágenes DeepAI
Guernica de Picasso: el bombardeo de Gernika y la memoria herida de la Guerra Civil Española
El bombardeo de Gernika, perpetrado el 26 de abril de 1937 por la Legión Cóndor nazi bajo petición del general Francisco Franco, marcó un hito en la historia de la Guerra Civil Española y en la conciencia colectiva de la humanidad. Esta operación aérea convirtió en ruinas a la cuna espiritual del pueblo vasco y dejó centenares de muertos civiles, convirtiéndose en uno de los primeros experimentos de la guerra relámpago que luego devastaría Europa durante la Segunda Guerra Mundial.
Gernika no era un objetivo militar estratégico, sino un símbolo de la identidad vasca, donde se hallaba el árbol de Gernika, emblema de las libertades tradicionales del País Vasco. El ataque fue, por tanto, un mensaje doble: técnico, como ensayo de armamento y táctica; y simbólico, como castigo a la resistencia republicana y a la autonomía vasca. Las bombas incendiarias y explosivas arrasaron el casco urbano en apenas tres horas, dejando una estela de muerte, fuego y horror.
Las imágenes de la devastación no tardaron en recorrer Europa. La prensa internacional denunció la matanza, mientras el régimen franquista intentaba culpar a los republicanos del desastre. Sin embargo, los testimonios y los reportes de periodistas como George Steer desenmascararon la verdad. El mundo fue testigo de un nuevo tipo de guerra: una que no distinguía entre combatientes y civiles, una que usaba el terror como herramienta política y militar.
En ese contexto, Pablo Picasso, conmocionado por las noticias desde España, comenzó a trabajar en el mural que representaría la tragedia de Gernika. El resultado fue el colosal y desgarrador lienzo “Guernica”, una de las obras más emblemáticas del arte contemporáneo y una denuncia universal contra la barbarie de la guerra. El cuadro, en blanco y negro, con figuras distorsionadas por el dolor, se transformó en una alegoría visual de la violencia, el sufrimiento y la muerte.
El caballo herido, la madre que grita con su hijo muerto en brazos, la lámpara que lo ilumina todo con una luz de interrogación y juicio: cada figura en el Guernica de Picasso tiene un valor simbólico poderoso. La obra fue expuesta por primera vez en la Exposición Internacional de París de 1937, convirtiéndose en una voz muda pero estridente contra el franquismo y la violencia totalitaria. El arte se alzó como arma ética frente a los crímenes de guerra.
Desde su creación, Guernica ha recorrido el mundo como símbolo de denuncia, resistencia y memoria. En su periplo internacional, generó debates, inspiró a generaciones y se convirtió en un icono político. Picasso dejó claro que el lienzo no regresaría a España mientras existiera la dictadura. Solo tras la muerte de Franco y la restauración de la democracia, la obra fue trasladada al Museo Reina Sofía en Madrid en 1992, aunque algunos sectores aún reclaman su traslado al País Vasco.
La importancia de Gernika y de Guernica no es solo histórica o artística, sino profundamente política. Ambos nombres encarnan la lucha por la memoria histórica, por el reconocimiento de las víctimas de la Guerra Civil y por una visión ética del pasado. En España, el recuerdo del bombardeo fue silenciado durante décadas, como lo fue todo lo relacionado con los crímenes del franquismo. Solo recientemente, gracias a leyes de memoria y al trabajo de asociaciones civiles, se ha logrado rescatar del olvido esa jornada de horror.
Hoy, el bombardeo de Gernika es estudiado como un paradigma de violencia contra civiles y como uno de los antecedentes más claros del uso del terror aéreo en conflictos armados. La técnica empleada por la Luftwaffe en Gernika sería perfeccionada más tarde en Varsovia, Rotterdam y Londres, mostrando el carácter experimental del ataque. La ciudad vasca fue laboratorio y víctima, convertida en símbolo por el arte y en advertencia por la historia.
En la actualidad, visitar Gernika implica recorrer no solo un espacio físico sino también uno espiritual y ético. El Museo de la Paz de Gernika, el mural cerámico del “Guernica”, y el viejo roble aún en pie, invitan a reflexionar sobre el pasado y sus lecciones. El arte de Picasso sirve como umbral: nos confronta, nos sacude, nos obliga a mirar la violencia sin filtros ni consuelo. La pintura no ofrece respuestas, pero impide la indiferencia.
El recuerdo de Gernika también interpela a las nuevas generaciones. En tiempos de guerras retransmitidas en vivo, de bombardeos que vuelven a repetirse sobre poblaciones civiles, el mensaje de Picasso y la memoria de las víctimas sigue siendo urgente. La historia se repite cuando se olvida. Por eso, mantener viva la memoria de Gernika no es un acto nostálgico, sino un deber democrático, una exigencia moral y una forma de resistencia.
La fuerza de “Guernica” como obra de arte radica en su capacidad de conmover sin necesidad de mostrar sangre ni banderas. En sus trazos angustiosos late el grito universal contra el sufrimiento humano provocado por el poder sin límites. El cuadro se mantiene vigente porque su verdad es permanente: la guerra deshumaniza, destruye lo sagrado, arrasa la vida cotidiana, convierte al ser humano en escombro.
Hablar de Gernika hoy es hablar del vínculo entre arte, historia y ética. Es evocar una ciudad mártir y un pintor lúcido. Es recordar que la memoria colectiva necesita imágenes que la enciendan, palabras que la sostengan y gestos que la reparen. Frente al olvido, frente a la banalización de la violencia, el nombre de Gernika y el grito de “Guernica” siguen siendo faros encendidos en medio de la oscuridad.
Así como los bombardeos en Ucrania, Gaza o Siria nos golpean con la brutalidad de su actualidad, el recuerdo de Gernika sirve de espejo y advertencia. Los contextos cambian, pero la lógica destructiva persiste. El cuadro de Picasso permanece colgado no solo en los muros del Reina Sofía, sino en la conciencia de quienes se niegan a aceptar la guerra como normalidad. La memoria histórica es, hoy más que nunca, una forma de resistencia.
Con Gernika aprendimos que el arte puede ser testimonio, refugio y protesta. Que una ciudad puede convertirse en símbolo global de paz y dignidad. Y que una pintura puede hablar por quienes no tuvieron voz. Por eso, mantener viva la historia de Gernika no es solo tarea de historiadores o artistas, sino de toda sociedad que aspire a ser justa. El legado de Guernica continúa, y con él, la esperanza de que jamás se repita.

Imágenes realizadas con IA, por ChatGPT para el Candelabro.
Referencias
- Steer, G. (1937). The tragedy of Guernica. The Times.
- Chipp, H. B. (1988). Picasso’s Guernica: History, Transformations, Meanings. University of California Press.
- Preston, P. (2006). The Spanish Civil War: Reaction, Revolution and Revenge. Harper Perennial.
- Southworth, H. R. (1977). Guernica! Guernica! A Study of Journalism, Diplomacy, Propaganda, and History. University of California Press.
- Juliá, S. (2006). Víctimas de la Guerra Civil. Taurus.
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