Entre la razón y la insensatez humana existe una contradicción profunda que marca el destino de nuestra especie. A pesar de nuestro avance tecnológico y conocimiento científico, seguimos tomando decisiones que ponen en riesgo nuestro bienestar y el del planeta. Esta autodestrucción racional refleja una paradoja inquietante: ¿cómo puede la inteligencia convertirse en su peor enemigo? ¿Estamos conscientes de las consecuencias reales de nuestras acciones? ¿Podremos revertir este camino autodestructivo?


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La insensatez humana: un espejo de nuestra fragilidad


Desde que el ser humano comenzó a dejar huella sobre la tierra, ha demostrado una capacidad asombrosa para imaginar, construir y transformar su entorno. Hemos erigido civilizaciones enteras, hemos conquistado el espacio, descifrado los genes que moldean la vida y creado sistemas de conocimiento capaces de explicar desde el movimiento de los astros hasta las leyes que rigen la conciencia. Sin embargo, detrás de esta aparente grandeza camina una sombra constante: la insensatez humana. Esa tendencia irracional, a menudo autodestructiva, que parece contradecir todo lo que sabemos, todo lo que aprendemos y todo lo que soñamos posible.

La insensatez no es únicamente ignorancia o error; es mucho más que eso. Es la negación consciente de la evidencia, es actuar contra el bien común incluso cuando se sabe qué es lo correcto, es repetir errores ya costosos, es alimentar conflictos que podrían evitarse, es priorizar intereses inmediatos por encima del futuro colectivo. Y aunque a menudo se presenta como algo individual, su manifestación más peligrosa es la colectiva: guerras innecesarias, políticas injustas, explotación ambiental desmedida, discriminación sistemática, entre otras.


Un legado histórico de errores repetidos


Si miramos hacia atrás, la historia nos muestra cómo la humanidad ha tenido que pagar precios altísimos por decisiones irracionales. Las dos Guerras Mundiales del siglo XX fueron un claro ejemplo de ello. Pese al horror sin precedentes que generaron —millones de muertos, ciudades arrasadas, sociedades fracturadas—, el siglo XXI no tardó en traer nuevos conflictos basados en ideologías extremas, ambiciones territoriales y fanatismos religiosos. El hombre, pese a todo su saber, sigue recurriendo a la violencia como solución primera, como si hubiera olvidado, o prefiriera ignorar, las lecciones del pasado.

También en el ámbito político, la insensatez se manifiesta con crudeza. Regímenes autoritarios han emergido y resurgido en distintas partes del mundo, a pesar de haber sido derrotados una y otra vez por su incapacidad para garantizar libertad, justicia y desarrollo sostenible. ¿Cómo explicar entonces que líderes con ideas claramente antidemocráticas sigan obteniendo poder y popularidad? Aquí entra en juego una de las formas más sutiles de la insensatez: la manipulación emocional. El miedo, la promesa de seguridad absoluta, la seducción del nacionalismo excluyente, pueden cegar incluso a mentes cultas, convirtiéndolas en cómplices silenciosos o activos de regímenes opresores.


El medio ambiente: una tragedia anunciada


Uno de los ejemplos más claros de insensatez colectiva es el tratamiento que damos al planeta. Desde mediados del siglo XX, científicos de todo el mundo han alertado sobre el cambio climático, la contaminación, la pérdida de biodiversidad y la sobreexplotación de recursos naturales. Los datos son contundentes, las proyecciones alarmantes, y aún así, grandes sectores del poder político y económico continúan actuando como si el mañana fuera ajeno a nuestras responsabilidades.

Esta forma de locura colectiva tiene nombre propio: negacionismo ecológico. No se trata solo de ignorancia, sino de una deliberada omisión de los hechos, muchas veces respaldada por intereses económicos de corto plazo. Empresas multinacionales invierten millones en campañas publicitarias que venden “sostenibilidad” mientras sus prácticas reales son devastadoras. Gobiernos firman acuerdos internacionales y luego incumplen compromisos. Mientras tanto, el hielo se derrite, los bosques desaparecen, los océanos se acidifican y millones de especies están al borde de la extinción. Todo esto ocurre ante nuestros ojos, y aún así seguimos conduciendo hacia el precipicio con los ojos abiertos.


La razón frente a la irracionalidad


El ser humano ha sido definido tradicionalmente como un animal racional, una criatura dotada de inteligencia, de lenguaje, de pensamiento abstracto. Pero este título parece hoy más una aspiración que una realidad. Poseemos herramientas intelectuales extraordinarias, pero también somos presa fácil de emociones intensas, de creencias irracionales, de mitos simplistas que ofrecen respuestas fáciles a preguntas complejas.

Filósofos y pensadores han intentado entender este fenómeno. Sócrates decía que “nadie obra mal a sabiendas”, sugiriendo que el error nace siempre de la ignorancia. Pero en muchos casos, la insensatez no proviene de desconocimiento, sino de una voluntad consciente de ignorar lo que se sabe. Esto es lo que Freud llamaba el impulso de muerte: una pulsión oscura que lleva al ser humano a destruir, incluso cuando sabe que se está destruyendo a sí mismo.


¿Insensatez o ceguera voluntaria?


Muchas veces, la insensatez no es falta de inteligencia, sino una forma de ceguera autoimpuesta. Sabemos que el odio genera más odio, pero lo cultivamos. Sabemos que las desigualdades producen conflicto, pero las mantenemos. Sabemos que la verdad es necesaria para una sociedad saludable, pero preferimos mentiras cómodas. Este fenómeno tiene una dimensión psicológica profunda: aceptar ciertas verdades implica asumir responsabilidad, y eso puede resultar doloroso.

Por eso, muchas personas prefieren refugiarse en narrativas que les eximen de culpa, que les permiten culpar a otros antes de mirarse a sí mismas. En este sentido, la insensatez funciona como un mecanismo de defensa, como una forma de evitar el enfrentamiento con realidades incómodas. Y en un mundo cada vez más complejo, donde la información abunda pero la comprensión escasea, esta ceguera voluntaria se ha convertido en una epidemia cultural.


La cultura como antídoto (aunque parcial)


Afortunadamente, no todo es oscuridad. A lo largo de la historia, la humanidad ha desarrollado herramientas para combatir la insensatez: la educación, el arte, la filosofía, la ciencia. Estos instrumentos nos ayudan a pensar críticamente, a empatizar, a comprender mejor nuestras acciones y sus consecuencias. Pero su efecto no es inmediato ni garantizado.

La educación, por ejemplo, puede formar ciudadanos conscientes, pero también puede usarse como herramienta de adoctrinamiento. El arte puede iluminar la condición humana, pero también puede ser instrumentalizado por ideologías extremas. La ciencia puede salvar vidas, pero también puede ser utilizada para crear armas de destrucción masiva. Por eso, estas herramientas deben estar siempre acompañadas de ética, de reflexión y de humildad.

La literatura, en particular, ha sido un espejo implacable de nuestras contradicciones. En Don Quijote, Cervantes nos muestra la delgada línea entre la locura y la lucidez, entre el idealismo y la necedad. En 1984, Orwell denuncia cómo la insensatez puede institucionalizarse mediante sistemas totalitarios que manipulan la verdad. Estos relatos nos advierten, nos sacuden, nos invitan a no caer en los mismos errores. Pero no siempre logran detenernos.


Una esperanza crítica


A pesar de todo, existe la posibilidad de redención. La historia no es solo una cadena de errores, sino también de resistencias. Por cada dictador, surge un poeta que canta la libertad. Por cada guerra, aparece un diplomático que busca la paz. Por cada acto de barbarie, hay uno de compasión. El desafío es escuchar esas voces lúcidas, no cuando ya es demasiado tarde, sino cuando aún se puede evitar el desastre.

El primer paso hacia la superación de la insensatez es el reconocimiento. Debemos aceptar que somos vulnerables al error, que nuestras decisiones no siempre son racionales, y que necesitamos del otro —del diálogo, de la comunidad, del pensamiento colectivo— para mantenernos en el camino correcto. Tal vez la insensatez no pueda erradicarse por completo, pero sí puede ser contenida, comprendida y contrarrestada.


Conclusión


La insensatez humana no es un accidente ocasional, ni un defecto menor en nuestro funcionamiento social. Es una parte constitutiva de nuestra naturaleza, una sombra que acompaña a la luz de nuestra inteligencia. Nos recuerda que no somos dioses ni máquinas perfectas, sino seres complejos, contradictorios, capaces de lo mejor y lo peor.

Frente a ella, el único antídoto real es una vigilancia constante de nuestra conciencia, una humildad intelectual y una voluntad ética de actuar no solo por interés personal, sino por el bien común. La insensatez no es nuestro destino inevitable, pero sí una amenaza permanente. Reconocerlo ya es, en sí mismo, un acto de sabiduría.


Referencias:

1. IPCC – Sixth Assessment Report (AR6) (2023)

Autor: Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC)
Título: Climate Change 2023 — Synthesis Report
Relevancia: Compendio oficial y científico más completo sobre el cambio climático. Demuestra con evidencia empírica el impacto de la acción humana sobre el medio ambiente y la urgencia de actuar.


2. Jared Diamond – Colapso: Por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen (2005)

Autor: Jared Diamond
Editorial: Debate
Relevancia: Analiza cómo diferentes civilizaciones han desaparecido a causa de la degradación ambiental, extrayendo lecciones aplicables a la sociedad contemporánea.


3. Papa Francisco – Laudato Si’: Sobre el cuidado de la casa común (2015)

Autor: Papa Francisco
Editorial: Vaticano
Relevancia: Documento clave que denuncia el modelo económico insostenible y plantea una crítica ética y ecológica desde una perspectiva humanista y espiritual.


4. Naomi Klein – Esto lo cambia todo: El capitalismo contra el clima (2014)

Autor: Naomi Klein
Editorial: Paidós
Relevancia: Obra esencial para entender cómo el sistema económico actual está en conflicto directo con la sostenibilidad ambiental. Propone un cambio radical en la forma en que vivimos y producimos.


5. Rachel Carson – Primavera silenciosa (1962)

Autor: Rachel Carson
Editorial: Crítica
Relevancia: Libro pionero en la conciencia ambiental. Denunció los efectos devastadores de los pesticidas en los ecosistemas, y es considerado un punto de partida del movimiento ecologista moderno.


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