En un mundo donde el hambre aguza el ingenio y la honra es una máscara, La vida de Lazarillo de Tormes (1554) nos sumerge en las entrañas de una sociedad fracturada. Lázaro, un niño astuto y desamparado, narra su ascenso desde la miseria hasta un precario acomodo social, desvelando la corrupción del clero, la decadencia de la nobleza y la falsa moral de su tiempo. Con humor ácido y realismo descarnado, esta obra anónima no solo inaugura la novela picaresca, sino que cuestiona las bases de un sistema que premia la hipocresía y castiga la honestidad.


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“La vida de Lazarillo de Tormes: Un espejo socavón de la hipocresía en la España del siglo XVI”


En el laberinto literario del Siglo de Oro español, La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades (1554) emerge como una piedra angular que fractura los ideales caballerescos y religiosos de su época. Anclada en la tradición picaresca, esta obra anónima no solo inaugura un género, sino que despliega una crítica mordaz a las estructuras de poder, la corrupción eclesiástica y la mitología de la honra, todo ello a través de los ojos de un antihéroe cuyo único patrimonio es la astucia. La novela, escrita en forma de carta autobiográfica dirigida a un destinatario enigmático —«Vuestra Merced»—, funciona como un testimonio clandestino que desnuda las contradicciones de una sociedad obsesionada con las apariencias. Mientras Lázaro narra su ascenso desde la miseria hasta un precario acomodo social, el lector descubre que su «éxito» es, en realidad, una derrota moral, un pacto con la hipocresía que refleja la podredumbre sistémica del mundo que habita.

El Lazarillo rompe con los paradigmas heroicos del Renacimiento al presentar a un protagonista marginal, cuyo linaje es la pobreza y cuyas hazañas se reducen a engañar o ser engañado. A diferencia de los caballeros de las novelas de caballerías, Lázaro no busca gloria, sino un mendrugo de pan. Su vida es una sucesión de servicios a amos que encarnan los pilares corruptos de la sociedad: un clérigo avaro, un hidalgo arruinado, un buldero fraudulento. Cada episodio, más que una anécdota, es una alegoría punzante. El primer amo, el ciego, le enseña que la supervivencia exige trampear al prójimo: «El mozo de un ciego un punto ha de saber más que el diablo». La escena del vino que el ciego guarda en una jarra —y que Lázaro sorbe con una cañita— no solo es un chascarrillo, sino una metáfora de cómo los débiles roban migajas a los que ya roban. La ceguera física del amo contrasta con la ceguera moral de un sistema que normaliza la explotación.

La relación con el clérigo de Maqueda profundiza en la sátira anticlerical. Mientras la Iglesia predicaba caridad, este personaje guarda los panes bajo llave en un arca, dejando a Lázaro morir de hambre. El muchacho, tras encontrar una llave falsa, roba las hostias, acto que parodia la transubstanciación: el pan sagrado se convierte en sustento para un estómago vacío. La crítica aquí es doble: denuncia la avaricia del clero y cuestiona los rituales religiosos vacíos, reducidos a mercancías de intercambio. No es casual que el Tratado III, dedicado al escudero, exponga la crisis de la nobleza. El hidalgo, obsesionado con su honra, prefiere ayunar a trabajar, mientras Lázaro mendiga para mantenerlo. La ironía es feroz: el siervo alimenta al amo, invirtiendo los roles feudales. La honra, ese valor sacralizado, se revela como un teatro ridículo que esconde miseria.

El hambre, leitmotiv de la obra, opera como un dispositivo literario y social. Más que una necesidad fisiológica, es el hilo que teje la trama y simboliza la deshumanización de las clases bajas. Cuando el clérigo afirma que «los ratones no entran en esta tierra para más de comer lo que hallan», proyecta su propia avaricia en unas criaturas que, como Lázaro, solo buscan sobrevivir. El estómago vacío del protagonista se convierte en un juez implacable: en un mundo donde la religión y la ley fallan, el instinto de supervivencia justifica el engaño. Así, la moralidad se relativiza. Lázaro no es un rebelde consciente, sino un producto de su entorno, un superviviente que internaliza la corrupción. Su «ascenso» final como pregonero de Toledo —casado con una criada del arcipreste, objeto de chismes— muestra que la movilidad social es una ilusión: alcanza cierta estabilidad, pero al precio de convertirse en un objeto de burla y de vender su dignidad.

La estructura episódica de la novela no es casual. Cada amo representa una institución fracasada: la Iglesia, la nobleza, la burocracia. El buldero del Tratado V, por ejemplo, es un embaucador que vende bulas papales mediante trucos teatrales, incluyendo un falso milagro con un alguacil cómplice. Este pasaje, a menudo leído como comicidad, es en realidad una denuncia de cómo la fe se mercantiliza. La Reforma protestante estaba sacudiendo Europa, y el Lazarillo, con su sátira de las indulgencias, se alinea indirectamente con las críticas luteranas, algo peligroso en la España contrarreformista. De hecho, la obra fue prohibida por la Inquisición en 1559, y solo se publicaría expurgada en 1573. La elección del anonimato del autor podría no ser solo un recurso literario, sino una necesidad para eludir la censura.

El estilo llano y coloquial del texto, alejado del lenguaje culterano, refuerza su carácter subversivo. Lázaro narra su vida con un realismo descarnado, usando refranes y giros populares —«más da el duro que el desnudo»— que acercan la crítica al pueblo llano. Este tono confesional, cargado de ironía, crea una complicidad con el lector, quien, a través de la risa, accede a una verdad incómoda: la sociedad entera está construida sobre el engaño. Hasta el arcipreste, figura respetada, es cómplice de relaciones adúlteras, como sugiere el matrimonio conveniente de Lázaro. La honra, pues, no es virtud, sino fachada.

Pero la genialidad del Lazarillo trasciende la denuncia social. En su ambigüedad moral reside su modernidad. Lázaro no es un mártir ni un revolucionario; es un hombre común que se adapta a un mundo hostil. Su transformación de víctima a cómplice —acepta los rumores sobre su esposa a cambio de seguridad— lo humaniza y lo condena al mismo tiempo. El antihéroe picaresco no busca cambiar el sistema, sino encontrar un hueco dentro de él, aunque eso implique traicionarse. Esta resignación activa es quizá la crítica más amarga: el individuo no puede vencer a la maquinaria social, pero al narrar su propia degradación, la expone. La carta a «Vuestra Merced», cuyo motivo nunca se aclara, convierte al lector en juez de una sociedad donde todos son cómplices.

La obra también dialoga con la filosofía de su tiempo. En una época en que Erasmo de Róterdam cuestionaba los rituales vacíos y la doble moral, el Lazarillo encarna el escepticismo ante las instituciones. La escena donde el hidalgo limpia con hierba los zapatos para aparentar limpieza es un eco erasmista: la virtud como performance. Incluso el nombre «Lázaro», que evoca al mendigo bíblico resucitado por Cristo, adquiere tonos irónicos: este Lázaro no resucita a la vida eterna, sino a una existencia secular marcada por el cinismo.

Hoy, cinco siglos después, el Lazarillo sigue interrogándonos. ¿Hasta qué punto las estructuras de poder nos moldean? ¿Es la corrupción una elección individual o un mal sistémico? La novela no ofrece respuestas, pero su vigencia yace en plantear estas preguntas con una honestidad desgarradora. En un mundo donde la desigualdad y la hipocresía siguen siendo urgentes, la voz de Lázaro, astuta y desencantada, nos recuerda que la literatura puede ser un espejo que, al reflejar las fealdades de su tiempo, ilumina las nuestras.


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