Entre selvas, rituales y pueblos originarios, una pelota de caucho natural rodaba por las plazas de las reducciones jesuíticas del siglo XVII en el corazón del Paraguay guaraní. Mucho antes de que Inglaterra codificara el fútbol moderno, los guaraníes ya practicaban un juego colectivo, vibrante y espiritual: el mangapé. Esta historia, silenciada por siglos, revela un legado fascinante. ¿Fue el verdadero origen del fútbol? ¿Por qué la historia lo ha ignorado?
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El pre-fútbol guaraní: raíces indígenas del juego de pelota en Paraguay
Entre los muchos elementos culturales que han sido invisibilizados por la historia oficial, el origen de los juegos de pelota en América del Sur ocupa un lugar de relevancia creciente. Particularmente en el territorio que hoy corresponde a Paraguay, los registros históricos revelan una práctica ancestral de juegos colectivos con pelotas elaboradas por los guaraníes. Esta actividad, profundamente enraizada en la vida cotidiana y espiritual de estos pueblos, representa un antecedente legítimo del fútbol moderno, aunque con diferencias esenciales.
Documentos de gran valor histórico han salido a la luz para apoyar esta afirmación. En 2010, el diario oficial del Vaticano, L’Osservatore Romano, publicó fragmentos de las Cartas Anuas de los jesuitas que datan de 1639. En ellas se describen con detalle las actividades recreativas de los pueblos guaraníes dentro de las reducciones jesuíticas. Entre las prácticas mencionadas, destaca el uso de una pelota hecha de caucho natural, con la que los indígenas participaban en juegos grupales.
La pelota utilizada por los guaraníes no era un objeto improvisado. Se fabricaba a partir del látex extraído de árboles como el mbocayá o el palo borracho, especies nativas de la región. El material era trabajado hasta formar una esfera compacta, elástica y resistente. Este conocimiento técnico sobre el uso del caucho antecede, incluso, a los descubrimientos europeos sobre la goma. La pelota tenía un gran valor simbólico y lúdico, y su fabricación revelaba una notable comprensión de los materiales naturales.
Los juegos guaraníes con pelota eran colectivos y espontáneos. Se jugaban al aire libre, en plazas comunales o espacios amplios dentro de las reducciones. Se empleaban principalmente los pies, el pecho y los muslos para manipular la pelota, evitando en muchas ocasiones el uso de las manos. Esta forma de juego se caracterizaba por la agilidad física, el ritmo, la resistencia y el equilibrio. En ocasiones, los juegos incluían cantos rituales, danzas y ceremonias, lo que demuestra su dimensión espiritual.
Para los misioneros jesuitas, estos juegos ofrecían una valiosa oportunidad pedagógica. Aunque su objetivo principal era la evangelización, reconocían que la actividad física promovía valores como la cooperación, la convivencia y la disciplina. Así, lejos de reprimir estas prácticas, muchos jesuitas las alentaron dentro del sistema de las reducciones, integrándolas como forma de socialización y herramienta educativa. Esta visión pragmática facilitó la supervivencia de una tradición indígena milenaria.
En cuanto a su estructura, el juego conocido como “mangapé” (o simplemente “juego de pelota”) se organizaba en torno a desafíos entre grupos. No existían reglas fijas ni sistemas de puntuación formales. Era un juego libre y recreativo, muchas veces impulsado por el entusiasmo colectivo más que por la competencia. Sin embargo, la dinámica del movimiento del balón con los pies, el uso de una cancha abierta y la interacción entre equipos son elementos que resuenan con fuerza en el fútbol contemporáneo.
Aunque es necesario evitar anacronismos, es válido señalar las similitudes entre el mangapé y el fútbol. Ambas prácticas involucran la manipulación de una pelota usando principalmente los pies, el carácter colectivo del juego, el uso de espacios comunitarios abiertos, y una dimensión social o ritual. Las diferencias son igualmente notables: en el mangapé no existían reglas codificadas, no había árbitros ni uniformes, ni objetivos formales como marcar goles en arcos delimitados.
La relevancia de este antecedente cultural guaraní radica no en adjudicarle la invención del fútbol, sino en reconocer la existencia de formas autóctonas de juegos de pelota en América del Sur mucho antes de la codificación inglesa del deporte en el siglo XIX. Tal como lo han demostrado los estudios del antropólogo Bartomeu Melià y otros especialistas en cultura guaraní, las reducciones jesuíticas fueron centros de intensa producción cultural donde lo indígena y lo europeo se fusionaron con gran originalidad.
La historia oficial del fútbol atribuye su creación a las reglas de Cambridge de 1848 y la fundación de la Football Association en 1863. Sin embargo, esta historia ignora los antecedentes no europeos que comparten principios básicos con el fútbol: juego grupal, uso de pelota, habilidades con los pies, sentido festivo. Esta omisión no es casual, sino parte de una narrativa eurocentrista que ha silenciado las aportaciones culturales de los pueblos originarios de América Latina.
La recuperación de este legado no solo tiene valor histórico, sino también simbólico y político. Reconocer que los guaraníes practicaban juegos de pelota estructurados, con objetivos lúdicos y valores comunitarios, es una forma de honrar su sabiduría, creatividad y resistencia cultural. Además, permite revisar críticamente la genealogía del fútbol, abriendo paso a una visión más plural y diversa sobre su evolución.
En Paraguay, esta herencia sigue viva en muchas formas. Las comunidades guaraníes mantienen juegos tradicionales, algunos de los cuales aún incluyen el uso de pelotas hechas a mano con materiales vegetales. Esta continuidad cultural evidencia que el juego colectivo con pelota no fue una simple curiosidad colonial, sino una práctica arraigada en la identidad del pueblo. Incluso en el fútbol contemporáneo paraguayo, el espíritu comunitario y la pasión colectiva remiten, en cierto modo, a aquel juego ancestral.
En el campo académico, la investigación sobre el pre-fútbol guaraní ha ganado atención en los últimos años. Autores como León Cadogan, Guillermo Sequera y José Luis Appleyard han documentado la riqueza simbólica de los juegos indígenas. El análisis antropológico de estos juegos permite entender no solo su estructura física, sino también su función social, ritual y educativa. En ese sentido, el juego de pelota guaraní no era solo entretenimiento, sino una manifestación integral del tejido cultural.
Los registros jesuíticos y los testimonios etnográficos coinciden en señalar que el juego era practicado con entusiasmo por jóvenes y adultos. No era exclusivo de una clase social ni de un género, lo que demuestra su papel democratizador. La pelota no era un objeto cualquiera: al estar hecha de caucho natural, poseía elasticidad y rebote, lo que implicaba destrezas físicas complejas. Estas características anticipan, con asombrosa coincidencia, las cualidades esenciales de la pelota moderna de fútbol.
En este contexto, resulta inevitable plantearse una pregunta fundamental: ¿por qué la historia oficial del fútbol no reconoce estos antecedentes americanos? La respuesta está en la hegemonía cultural de Europa y en su pretensión de universalizar sus creaciones sin considerar los aportes paralelos de otros continentes. En contraposición, el rescate del juego de pelota guaraní contribuye a una lectura más justa y amplia del desarrollo de los deportes colectivos.
Además, en el plano educativo, este conocimiento puede convertirse en una herramienta valiosa para fortalecer la identidad cultural de Paraguay. Incluir el estudio de los juegos tradicionales en los programas escolares permitiría a las nuevas generaciones comprender que la historia del fútbol no comienza en Inglaterra, sino que tiene raíces profundas en su propio territorio. Esta comprensión puede fomentar el orgullo por la cultura guaraní y su legado humanista.
El caso paraguayo se suma a otros ejemplos en América Latina donde los pueblos originarios practicaban juegos con pelotas mucho antes de la colonización. Los mayas y aztecas, por ejemplo, tenían el pok-ta-pok y el tlachtli, juegos rituales complejos que también incluían el uso del caucho. Estas coincidencias no implican una relación directa con el fútbol moderno, pero sí demuestran que la idea de un juego de pelota con funciones sociales y simbólicas es una constante cultural americana.
En síntesis, los juegos de pelota guaraníes representan una de las expresiones más tempranas de prácticas deportivas colectivas en Sudamérica. Su relevancia histórica y cultural exige que sean reconocidos como parte del patrimonio inmaterial del Paraguay y como un eslabón valioso en la evolución de los juegos con pelota a nivel mundial. La práctica del mangapé no inventó el fútbol, pero sí reveló un modo de jugar, celebrar y convivir que resuena con el espíritu del deporte más popular del planeta.
Frente a la hegemonía de las narrativas eurocéntricas, el pre-fútbol paraguayo emerge como una muestra de la creatividad de los pueblos originarios y su capacidad de generar formas complejas de interacción, diversión y comunión. Este reconocimiento no busca reemplazar una historia por otra, sino integrar la pluralidad de aportes que han dado forma al juego que hoy une al mundo entero.
Fuentes consultadas:
- L’Osservatore Romano (2010). Cartas Anuas jesuíticas y juegos en Paraguay. Vaticano.
- Melià, Bartomeu. La lengua guaraní y el alma de América. Asunción: CEADUC, 2006.
- Cadogan, León. Ayvu Rapyta. Asunción: Biblioteca Paraguaya de Antropología, 1959.
- Sequera, Guillermo. Los juegos tradicionales del Paraguay indígena. Asunción: Archivo Nacional, 1998.
- UNESCO. Patrimonio cultural inmaterial y reducciones jesuíticas de Paraguay. Informe técnico, 2013.
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