En una velada embriagada por el vino y la palabra, Alcibíades descorcha la esencia de Sócrates, revelando un filósofo que contradice toda expectativa. Entre anécdotas personales y comparaciones mitológicas, descubrimos a un Sócrates grotesco en apariencia, pero monumental en espíritu, cuya singularidad trasciende la historia misma.
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Imágenes DALL-E de OpenAI
La Singularidad de Sócrates: Un Análisis del Elogio de Alcibíades en El Banquete
En el discurso de Alcibíades, al final del Banquete de Platón, se revela una perspectiva única y profundamente humana sobre Sócrates, uno de los filósofos más influyentes de la historia. Este testimonio, expresado bajo los efectos del vino, se vuelve una pieza clave en la comprensión de la figura socrática, pues es a través de las palabras del joven Alcibíades que Platón nos ofrece una visión más íntima y menos idealizada de su maestro. El elogio se da en un contexto informal, desprovisto de la solemnidad de los discursos filosóficos típicos, lo que añade una capa de autenticidad que es difícil de encontrar en otros diálogos platónicos.
La descripción de Sócrates como un hombre grotesco y antiheroico, tanto en su aspecto físico como en su comportamiento, refleja no solo la personalidad única del filósofo, sino también la paradoja de su grandeza. Alcibíades comienza destacando el aspecto físico de Sócrates, comparándolo con el sátiro Sileno, una figura mitológica que, aunque grotesca en apariencia, era considerada portadora de sabiduría. Esta comparación no es gratuita; encierra una profunda contradicción entre la imagen externa de Sócrates y su grandeza interna. La belleza de los filósofos, parece decir Alcibíades, no reside en la forma física, sino en la cualidad de sus pensamientos y acciones.
El carácter desinhibido y sincero de Alcibíades en este contexto nos brinda un relato único de la vida cotidiana de Sócrates, particularmente en el ámbito militar. El joven ateniense relata cómo Sócrates, a pesar de sus peculiaridades, mostraba una resistencia física y mental extraordinaria durante la campaña de Potidea, una cualidad que lo distinguía incluso en medio de las dificultades de la guerra. En su descripción, Sócrates no solo soportaba las privaciones del frío o el hambre con estoicismo, sino que también se comportaba de manera admirable cuando la abundancia estaba disponible, manteniendo un equilibrio entre moderación y disfrute que sorprendía a sus compañeros de campaña.
Esta capacidad de adaptación y resistencia no proviene, según Alcibíades, de una motivación externa, como el patriotismo o la vanidad, sino de una aceptación radical del presente, una presencia absoluta en el “aquí y ahora”. Sócrates no luchaba por alcanzar algún ideal o por cumplir con una causa heroica; su comportamiento en la batalla no era el de un hombre con una agenda, sino el de alguien que comprendía su circunstancia y la asumía con serenidad. Esta es una de las claves de la personalidad filosófica de Sócrates, que contrasta fuertemente con los héroes tradicionales de la épica griega, como Aquiles o Héctor, quienes están motivados por la gloria o el honor.
Alcibíades continúa con su descripción, afirmando que Sócrates es absolutamente irrepetible. No solo lo considera un individuo sin igual entre sus contemporáneos, sino que tampoco ve una figura comparable en la historia. Para Alcibíades, personajes como Pericles, Brasidas o Aquiles tienen sus equivalentes, ya sea en épocas pasadas o futuras. Estos hombres, por muy grandes que sean, representan arquetipos que pueden encontrarse en diferentes culturas y momentos históricos. Sin embargo, Sócrates escapa a esta categorización: no hay precedentes ni sucesores que puedan compararse con él, ni en su manera de pensar ni en su forma de vivir.
La originalidad de Sócrates, tal como la describe Alcibíades, no es la originalidad convencional que se busca por contraste con lo establecido; es más bien una consecuencia natural de su esencia. Sócrates no es original porque intente serlo, sino porque está completamente alineado con su naturaleza, lo que le permite pensar y actuar de manera auténtica. Esta autenticidad, que es el sello de los verdaderos filósofos según Alcibíades, no se encuentra en aquellos que buscan emular a otros o seguir un patrón preexistente. En Sócrates, lo que vemos es una manifestación pura de su ser, lo que en términos filosóficos podría denominarse un “ser-ahí” (Dasein), un concepto que mucho más tarde desarrollaría Martin Heidegger, y que en Sócrates se anticipa de manera sorprendente.
Platón utiliza el elogio de Alcibíades para plantear una crítica sutil al concepto tradicional de héroe en la cultura griega. Al decir que Pericles es comparable con Néstor y que Brasidas puede medirse con Aquiles, Alcibíades insinúa que el ideal heroico ha perdido parte de su significado en su tiempo. Estos hombres, por grandes que sean, son figuras repetibles, eco de héroes anteriores que, en última instancia, no hacen sino perpetuar un modelo ya gastado. Sócrates, por el contrario, no es parte de esta cadena de imitaciones. En lugar de aspirar a la grandeza heroica, Sócrates se ocupa de vivir su vida de acuerdo con principios que están más allá del heroísmo tradicional. Al rechazar la fama y la gloria, Sócrates redefine lo que significa ser grande, sugiriendo que la verdadera grandeza radica en la autenticidad del ser.
Lo que hace que Sócrates sea tan difícil de imitar, o incluso de clasificar, es precisamente su resistencia a los roles y expectativas preestablecidos. Mientras que otros filósofos o políticos de su tiempo podían ser encasillados dentro de categorías familiares (el sofista, el orador, el estratega), Sócrates permanece en el margen, desafiando constantemente las normas y tradiciones de su época. Este es uno de los motivos por los que Alcibíades lo considera único: Sócrates no se esfuerza por destacarse, y sin embargo lo hace precisamente porque su forma de vida es intrínsecamente diferente. En un mundo donde las apariencias y las convenciones lo son todo, Sócrates se distingue por su indiferencia ante ellas.
El relato de Alcibíades sobre la noche que pasó con Sócrates refuerza este punto. Alcibíades, famoso por su belleza y atractivo, esperaba que Sócrates cediera a sus avances. Sin embargo, Sócrates permaneció inmutable, mostrándole que su interés por él no era de naturaleza física, sino intelectual y moral. Este episodio es emblemático no solo por lo que revela sobre la continencia de Sócrates, sino también porque subraya la naturaleza de su sabiduría: Sócrates no busca placer en el sentido común del término, sino que encuentra satisfacción en un plano más elevado, en la búsqueda del conocimiento y la virtud.
Finalmente, la admiración de Alcibíades por Sócrates culmina en una afirmación que va más allá de lo personal: la singularidad de Sócrates es una singularidad filosófica, que pone de manifiesto la naturaleza misma del verdadero filósofo. Sócrates, a diferencia de los sofistas o de otros pensadores de su tiempo, no tiene una agenda oculta, no pretende ganar seguidores ni establecer una escuela de pensamiento en su nombre. Su vida es su enseñanza, y su enseñanza es inseparable de su vida. La ironía socrática, tan evidente en sus diálogos, no es una estrategia retórica, sino una manifestación de su profunda comprensión de la ignorancia humana. Al afirmar que “sólo sé que no sé nada”, Sócrates no está jugando con las palabras, sino que está señalando una verdad fundamental: el conocimiento verdadero comienza con el reconocimiento de los propios límites.
En conclusión, el elogio de Alcibíades no es solo un tributo personal a su maestro, sino también una reflexión sobre la naturaleza del verdadero filósofo. Sócrates, según este testimonio, es un ser irrepetible no porque haya alcanzado la perfección en términos tradicionales, sino porque ha logrado algo mucho más difícil: ser completamente fiel a sí mismo. En un mundo donde las comparaciones y las imitaciones son inevitables, Sócrates se destaca por su originalidad esencial, una originalidad que nace de su profunda aceptación de la vida tal como es.
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