Entre los pliegues más crudos de la historia militar, emergen figuras que desafían toda lógica, no por lo que destruyeron, sino por lo que resistieron. Adrian Carton de Wiart no fue un símbolo de conquista, sino de pura obstinación humana ante la fragilidad del cuerpo. Su vida interpela el límite entre lo posible y lo real, entre el instinto de supervivencia y el deseo de volver al frente. ¿Hasta dónde puede llegar la voluntad de un solo hombre? ¿Qué impulsa a alguien a elegir el peligro una y otra vez?
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Imagen creada por inteligencia artificial por Chat-GPT para El Candelabro.
Adrian Carton de Wiart: el soldado inmortal que desafió a la muerte
Entre los nombres que figuran en la historia militar del siglo XX, pocos resultan tan desconcertantes y fascinantes como el de Adrian Carton de Wiart. Soldado británico de origen belga, fue testigo y protagonista de algunas de las guerras más devastadoras del mundo moderno. Su vida parece escrita con tinta de ficción: cuatro guerras, múltiples heridas de bala, amputaciones, accidentes, prisiones y conspiraciones. Pero más allá del mito, lo que persiste es la figura de un hombre que hizo del combate su forma de existencia.
Entre los hechos que más asombran está su precoz decisión de combatir. En 1899, con solo 19 años, abandonó Oxford y mintió sobre su edad para unirse a la Guerra de los Bóer. Esta decisión temprana dejó clara su inclinación natural hacia la guerra, no como último recurso, sino como una vocación ardiente. Esta visión del conflicto como destino lo aleja del arquetipo común del soldado y lo sitúa más cerca del guerrero mitológico que del oficial moderno.
Entre la Guerra de los Bóer, la Primera y la Segunda Guerra Mundial, y su paso por frentes en África, Europa y Asia, Carton de Wiart vivió una de las carreras más longevas y sangrientas del siglo XX. En lugar de buscar reposo tras cada campaña, parecía lanzarse con más determinación a la siguiente. Su lealtad a la corona británica y su obstinación en desafiar la muerte le otorgaron una reputación que atravesó fronteras.
Entre las heridas que sufrió, se cuentan disparos en el rostro, cráneo, estómago, pierna, cadera y mano. Perdió el ojo izquierdo por una esquirla de metralla y la mano derecha por una granada. Ante la negativa de los médicos a amputarle la mano, él mismo se arrancó los dedos heridos con los dientes. Este gesto, brutal y casi inverosímil, encarna el núcleo de su identidad: un soldado indomable, sin espacio para la queja ni la debilidad.
Entre los años más oscuros del siglo XX, en los campos de batalla de Europa, Carton de Wiart era conocido tanto por su ferocidad como por su estoicismo. A pesar de las mutilaciones, siempre buscaba regresar al frente. Llevaba un parche negro en el ojo, usaba una prótesis en lugar de mano y, sin embargo, inspiraba respeto no por lástima, sino por su temple. Su figura encarnaba la esencia más dura del espíritu militar británico.
Entre sus misiones más inusuales destaca su papel como prisionero durante la Segunda Guerra Mundial. Capturado por los italianos tras la caída de su avión en el Mediterráneo, fue encerrado en un campo de prisioneros. Intentó fugarse cinco veces, lo que lo convirtió en una leyenda viviente incluso entre sus captores. La quinta vez, al parecer, solo desistió porque el cansancio superó por fin su determinación de acero.
Entre sus más célebres relaciones políticas está la que tuvo con Winston Churchill, quien lo consideraba un aliado de inteligencia feroz y carácter inquebrantable. Churchill lo envió como emisario especial a China, en plena Segunda Guerra Mundial, para negociar con Chiang Kai-shek y observar de cerca los movimientos del Imperio japonés. Carton de Wiart, lejos de sentirse fuera de lugar, abrazó con entusiasmo este nuevo teatro de operaciones.
Entre los diplomáticos y generales de la época, Carton de Wiart destacaba como una figura ajena a la burocracia. Despreciaba las formalidades, hablaba con franqueza y confiaba más en la acción que en las palabras. En China, estuvo involucrado en conspiraciones, operaciones encubiertas y análisis geoestratégicos, demostrando que su genio militar no se limitaba al campo de batalla, sino que abarcaba también el ajedrez político internacional.
Entre los enemigos, incluso, era respetado. Algunos generales del Eje, al enterarse de su captura, expresaron admiración por su historial. Fue liberado en 1943 en un intercambio de prisioneros, más por la reputación que por el protocolo. Su retorno fue recibido como el de una leyenda que ni el cautiverio ni las heridas pudieron quebrar. Parecía que nada podía matar a Adrian Carton de Wiart, salvo el paso sereno del tiempo.
Entre los testimonios más valiosos de su carácter está su autobiografía, Happy Odyssey. Allí declara sin ambages: “Francamente, disfruté la guerra. Me encanta el combate”. Lejos de glorificar la violencia gratuita, sus palabras revelan una naturaleza forjada en el conflicto, un espíritu para el cual la paz representaba más bien un limbo. En su caso, la guerra no era una anomalía, sino un medio de realización personal.
Entre la fascinación pública y el respeto militar, Carton de Wiart representa un caso excepcional de resiliencia bélica. En una era de sufrimiento masivo y trauma colectivo, él se erigió como un símbolo de desafío y supervivencia. No por insensibilidad, sino por una capacidad sobrehumana de persistencia. Su nombre se pronuncia hoy como el de un guerrero de otra época, quizá de otro mundo.
Entre los muchos soldados que sirvieron en los dos grandes conflictos mundiales, pocos pueden ser comparados con él. La mayoría sucumbió al horror o se retiró para reconstruir su vida. Carton de Wiart no solo volvió una y otra vez, sino que lo hizo mutilado, herido y cada vez más decidido. Su existencia desafía la lógica de la autoconservación y lo convierte en una leyenda militar de alcance global.
Entre los años finales de su vida, lejos de los frentes y las trincheras, podría esperarse que hubiese caído en el olvido o la depresión. Pero no fue así. Se retiró a Irlanda, donde vivió con serenidad hasta los 83 años. Murió en su cama en 1963, una muerte anticlimática para alguien que tantas veces había mirado a la parca a los ojos. Su fallecimiento fue casi una rendición de la muerte, no del hombre.
Entre mito y realidad, la figura de Adrian Carton de Wiart se consolida como una de las más singulares del siglo XX. En tiempos en los que la guerra deja cicatrices mentales tanto como físicas, él parecía inmune a todo, excepto al paso del calendario. Su historia, más allá de lo anecdótico, plantea interrogantes profundos sobre el valor, la voluntad y los límites del cuerpo humano cuando están subordinados a una causa.
Entre el heroísmo y la locura, su figura escapa a las categorías convencionales. Algunos lo llaman adicto al combate, otros, encarnación del valor. Ambos pueden tener razón. En cualquier caso, el legado de Carton de Wiart trasciende los informes militares: es un recordatorio viviente —y luego histórico— de lo que un solo ser humano puede soportar, y de cómo la voluntad puede imponerse incluso al cuerpo más herido.
Referencias:
1. Carton de Wiart, A. (1950). Happy Odyssey. Jonathan Cape.
2. Hastings, M. (2011). All Hell Let Loose: The World at War 1939–1945. HarperPress.
3. Holmes, R. (2005). The World at War: The Landmark Oral History. Ebury Press.
4. Keegan, J. (1998). The First World War. Vintage Books.
5. Churchill, W. (1948). The Second World War. Houghton Mifflin.
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