Entre la década de 1970 y la irrupción del presente, el arte performativo fracturó la noción tradicional de obra, desplazándola hacia el terreno de la experiencia ética. Marina Abramović, pionera de esa quiebra, convierte su cuerpo en instrumento crítico y en espejo de la cultura, exponiendo la trama invisible que enlaza mirada y responsabilidad. Este trabajo indaga los límites de la libertad estética y la tensión entre norma y deseo colectivo. ¿Cuánto resiste nuestra moral sin tutela?¿Dónde empieza la violencia que legitimamos hoy día?
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Imagen creada por inteligencia artificial por Chat-GPT para El Candelabro.
El experimento de Marina Abramović y la fragilidad de la moral humana
En 1974, Marina Abramović llevó al extremo el concepto de arte performativo con una propuesta inquietante titulada Rhythm 0. Durante seis horas, su cuerpo se convirtió en un objeto pasivo, ofrecido sin resistencia al juicio y a la voluntad del público. Este gesto radical no solo cuestionó los límites del arte contemporáneo, sino que puso en evidencia aspectos oscuros de la psicología humana. ¿Qué ocurre cuando se nos otorga poder absoluto sobre otro ser humano, sin consecuencias?
La artista serbia colocó 72 objetos sobre una mesa. Algunos eran inocentes: una pluma, una flor, una copa de vino. Otros, en cambio, podían causar daño: una cuchilla, una tijera, una cuerda y una @rma de fuego real con una bala. Abramović dejó claro que no respondería a nada. Sería un recipiente del deseo ajeno. Esta acción artística despojó al individuo de su rol activo y lo ofreció como un lienzo sobre el que proyectar impulsos y frustraciones.
Las primeras interacciones fueron suaves. El público parecía consciente del carácter simbólico de la performance. Le colocaron flores, la acariciaron, le sonrieron. Sin embargo, con el paso del tiempo, el anonimato, la permisividad y la ausencia de límites comenzaron a corromper la dinámica. La multitud pasó de la curiosidad al sadismo. El comportamiento humano sin consecuencias comenzó a mostrar su verdadera cara.
Le cortaron la ropa. Le rasgaron la piel con objetos punzocortantes. Le clavaron espinas. La tocaron de manera sexual. Incluso, alguien cargó la @rma y se la colocó en la cabeza. Nadie intervino. Nadie defendió a Abramović. Aquellos que no participaban, miraban en silencio. Esta escalada de v!olenc!a en el arte no fue un accidente: fue una revelación profunda sobre la moral colectiva.
Este experimento nos obliga a mirar con crudeza el concepto de civilización. Bajo la superficie de normas y leyes, ¿cuánto control real tenemos sobre nuestros impulsos más oscuros? La performance demostró que, en ausencia de límites externos, incluso personas comunes pueden infligir sufrimiento. Es una pregunta inquietante: ¿cuán delgada es la línea entre la humanidad y la crueldad cuando no hay consecuencias?
Abramović ha dicho que, al final, cuando volvió a moverse y dejó de ser un “objeto”, el público no supo cómo reaccionar. Muchos huyeron. Otros no podían mirarla a los ojos. Esta disonancia —el contraste entre la impunidad y la vergüenza— revela que los espectadores sabían lo que habían hecho. El acto no fue inconsciente: fue una elección facilitada por la permisividad de la situación.
Desde una perspectiva psicológica y filosófica, Rhythm 0 se alinea con los hallazgos de experimentos como el de Stanford de Philip Zimbardo o el de obediencia de Stanley Milgram. En ambos casos, se muestra que el contexto y la autoridad pueden moldear profundamente el comportamiento. En este caso, la “autoridad” fue la estructura del performance: Marina había renunciado a su autonomía, y el público, legitimado por el marco artístico, actuó sin miedo al castigo.
En términos éticos, la performance plantea un dilema radical. ¿Somos naturalmente buenos, como sostenía Rousseau? ¿O, como sugería Hobbes, sin reglas externas, el ser humano cae en un estado de brutalidad? Abramović no da respuestas, pero su cuerpo se convierte en un espejo implacable. El arte aquí no es representación: es vivencia, es carne y sangre. Y en esa carne se inscriben las preguntas más incómodas sobre la naturaleza humana.
Rhythm 0 también problematiza la mirada del espectador. El público no solo observa: participa, se transforma, se prueba. La performance convierte al otro en un medio para explorar los propios límites. La línea entre víctima y objeto se difumina. Así, el arte performativo deja de ser contemplación pasiva y se convierte en una prueba moral. El espectador como actor de la violencia es un concepto que subvierte la distancia estética tradicional.
Cabría preguntarse si hoy, cincuenta años después, el resultado sería diferente. ¿Hemos avanzado éticamente? ¿O más bien hemos encontrado nuevas formas de violencia simbólica, digital, estructural? Las redes sociales, el anonimato en línea, los linchamientos mediáticos: todos son escenarios donde el castigo sin consecuencias se reproduce. La crueldad no desaparece; muta. El experimento de Abramović podría repetirse virtualmente a diario en plataformas digitales.
Este trabajo también se inscribe en la genealogía del arte como provocación. En lugar de belleza o consuelo, Abramović ofrece incomodidad. Su gesto radical no busca aprobación, sino confrontación. El arte como experiencia límite se vuelve una herramienta poderosa para sacudir nuestras certezas. Nos expone no solo al dolor ajeno, sino al potencial de infligirlo. No observamos la performance: nos observamos a través de ella.
A nivel conceptual, Rhythm 0 marca un punto de inflexión en la historia del arte contemporáneo. Destruye las barreras entre el cuerpo y la obra, entre artista y público, entre ética y estética. Lo que se pone en juego no es la técnica, ni el objeto artístico, sino la relación. El arte ya no está en el museo, sino en el comportamiento que genera. Lo que cuenta no es lo que se ve, sino lo que se hace.
Abramović no solo denunció la posibilidad del daño: la hizo real. Asumió un riesgo extremo que la acercó a la muerte. Pero ese riesgo no fue gratuito. Fue una apuesta radical por mostrar el rostro más inquietante de la libertad humana. En ese sentido, Rhythm 0 no es solo un experimento artístico, sino una intervención ética. Nos obliga a mirarnos sin máscaras y a preguntarnos quiénes somos cuando nadie nos observa.
El silencio que queda tras la performance es tal vez lo más perturbador. No hay redención, ni moraleja clara. Solo el eco de una pregunta sin respuesta: si tuvieras permiso para hacer lo que quieras, ¿qué harías? Esa interrogante, formulada desde el arte, desestabiliza cualquier certeza sobre el bien, el mal y la moral. Nos recuerda que la civilización no es un estado permanente, sino una delgada capa que puede romperse en cualquier momento.
Así, la obra de Marina Abramović trasciende lo artístico y se convierte en un test social, en un espejo de nuestras contradicciones más profundas. Nos muestra que, incluso en un contexto supuestamente controlado, los impulsos primarios pueden emerger con fuerza devastadora. Que la moral no siempre es inherente, sino aprendida. Y que, cuando se suspenden las reglas, lo que surge no siempre es libertad, sino dominación.
Referencias
- Abramović, M. (2010). Walk Through Walls: A Memoir. Crown Archetype.
- Zimbardo, P. (2007). The Lucifer Effect: Understanding How Good People Turn Evil. Random House.
- Milgram, S. (1974). Obedience to Authority: An Experimental View. Harper Perennial.
- Jones, A. (1998). Body Art: Performing the Subject. University of Minnesota Press.
- Butler, J. (2004). Precarious Life: The Powers of Mourning and Violence. Verso.
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