Entre incertidumbres y certezas, el ser humano navega una época marcada por cambios vertiginosos. La transformación constante no es ya una anomalía, sino el nuevo marco de existencia. En este escenario, adaptarse no es opcional: es un imperativo vital que redefine cómo pensamos, sentimos y actuamos. La resistencia puede parecer lógica, pero ¿a qué costo? Más allá de lo cómodo, se esconde el terreno fértil de lo posible. ¿Estamos preparados para dejar atrás lo conocido? ¿O seguiremos levantando muros ante cada viento que sopla?
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Imagen creada por inteligencia artificial por Chat-GPT para El Candelabro.
PROVERBIO CHINO
"Cuando los vientos del cambio soplan, algunas personas construyen muros, y otras construyen molinos de viento."
Significado:
Hay una diferencia entre quienes temen el cambio y quienes lo usan como una oportunidad de crecimiento.
Cuando soplan los vientos del cambio: resistencias y oportunidades
Cuando los vientos del cambio soplan, el instinto natural de muchos seres humanos es buscar protección. Ante lo incierto, se levantan muros. Este comportamiento refleja una resistencia profundamente arraigada al proceso de transformación. El miedo al cambio no es un defecto de carácter, sino una reacción ancestral vinculada al instinto de supervivencia. Sin embargo, en sociedades complejas, ese instinto puede volverse un obstáculo para el desarrollo personal y colectivo.
El proverbio chino que afirma que “algunas personas construyen muros y otras molinos de viento” condensa con precisión una verdad universal: hay quienes enfrentan lo nuevo con defensividad, y hay quienes ven en ello una oportunidad para crecer. Esta divergencia de actitudes no solo define trayectorias individuales, sino que también traza el destino de comunidades enteras. La adaptación al cambio es una habilidad que puede cultivarse, aunque implique un proceso arduo de desaprendizaje.
Construir muros ante lo desconocido es cómodo. La rigidez da la sensación de control. Las estructuras rígidas, sin embargo, se agrietan cuando el entorno cambia con rapidez. El estatus quo se convierte en una trampa dorada: seguro, familiar, pero cada vez menos efectivo para dar respuestas reales. La persona que se aferra al pasado termina desconectada del presente y paralizada frente al futuro. El inmovilismo emocional y cognitivo es una forma de declive lento, pero constante.
En cambio, quienes construyen molinos de viento no niegan la fuerza de los vientos. La reconocen, la estudian y diseñan mecanismos para canalizarla. Ven en la turbulencia no una amenaza, sino energía. Esta actitud requiere una mentalidad abierta, disposición al riesgo y la voluntad de perder la comodidad por la posibilidad de algo mejor. Las personas con esta visión rara vez se aferran a certezas; comprenden que todo es provisional, que la estabilidad es relativa y que toda crisis contiene potencial.
El concepto de resiliencia encuentra aquí una de sus expresiones más profundas. Ser resiliente no es solo resistir la tormenta, sino saber usar su energía. En contextos personales, profesionales o sociales, esto se traduce en una forma activa de enfrentar la incertidumbre. En lugar de ser víctimas de los acontecimientos, los constructores de molinos se convierten en agentes de transformación. Ven el cambio como una herramienta, no como una amenaza existencial.
En el mundo contemporáneo, marcado por la aceleración tecnológica y las disrupciones constantes, la capacidad de construir molinos de viento se ha vuelto un rasgo imprescindible. En lo laboral, los profesionales que se reinventan constantemente son los que prosperan. En lo social, las comunidades que dialogan con la diferencia y adoptan la innovación logran sobrevivir y crecer. La inteligencia adaptativa se ha convertido en una forma de poder silencioso, pero decisivo.
Desde una perspectiva filosófica, este proverbio también plantea una reflexión sobre la naturaleza de la libertad. El muro representa el encierro voluntario, la limitación autoimpuesta. El molino, en cambio, simboliza la agencia: la capacidad de decidir cómo actuar ante lo inevitable. Elegir construir un molino no significa ignorar los desafíos, sino responder a ellos con creatividad y audacia. Esa es la diferencia entre vivir con miedo y vivir con propósito.
Psicológicamente, las personas que construyen muros tienden a tener un estilo de apego inseguro, evitan la exposición emocional y prefieren la previsibilidad a la posibilidad. Su resistencia al cambio suele estar ligada al temor al fracaso o al juicio externo. En cambio, quienes construyen molinos suelen tener mayor tolerancia a la ambigüedad, más confianza en su capacidad de aprender y una actitud más positiva frente al error. La diferencia está en cómo interpretan la amenaza.
A nivel educativo, formar personas que construyan molinos implica replantear nuestras prácticas pedagógicas. No basta con transmitir contenidos; hay que fomentar el pensamiento crítico, la capacidad de aprender a desaprender, y la flexibilidad frente a lo nuevo. Las habilidades blandas para el cambio no son complementarias, son esenciales. Preparar a alguien para el futuro es, en esencia, entrenarlo para navegar el cambio con integridad, ingenio y coraje.
El cambio es la única constante, decía Heráclito. Pero el modo en que nos posicionamos frente a él sí es una elección. El muro es pasividad; el molino, estrategia. Mientras uno consume recursos para resistir lo inevitable, el otro los emplea para aprovecharlo. Esta distinción, aunque simbólica, tiene consecuencias muy reales: determina quién evoluciona y quién se estanca. En ese sentido, el proverbio chino es tanto un diagnóstico como una advertencia.
Históricamente, los momentos de transformación han distinguido a los innovadores de los conservadores, no en términos ideológicos, sino actitudinales. Las grandes invenciones, los movimientos sociales, y los avances científicos no surgieron de contextos estables, sino de crisis catalizadoras. El caos y la oportunidad son dos caras de la misma moneda. Saber ver una en la otra es un arte que define a quienes dejan huella en el mundo.
Desde una mirada existencial, resistirse al cambio es una forma de negar la vida misma. Nada vivo permanece inalterable. Incluso lo que parece estable, como una montaña, cambia con el tiempo. La vida es flujo, transformación constante. Por eso, abrazar el cambio no es solo un acto de valentía, sino de autenticidad. Es aceptar nuestra condición humana como algo dinámico, imperfecto, pero lleno de potencial. Aprovechar el cambio para crecer es un acto profundamente vital.
En un mundo interconectado, donde lo local y lo global se entrelazan a velocidades inéditas, los muros se vuelven cada vez más obsoletos. Lo que antes parecía una amenaza ahora es una posibilidad de alianza, de aprendizaje mutuo. La colaboración en tiempos de cambio se convierte en una estrategia clave para cualquier organización, comunidad o nación. El molino ya no es una metáfora personal: es una exigencia colectiva para construir futuros viables.
La invitación, entonces, no es a negar el temor natural que el cambio provoca, sino a no permitir que ese temor nos paralice. El molino se construye con dudas, errores y tropiezos, pero también con visión, confianza y perseverancia. Y cuando gira, demuestra que lo que parecía una amenaza era, en realidad, energía disponible. Esa es la lección más poderosa del proverbio: que el cambio, bien leído, es una fuente inagotable de fuerza.
En última instancia, el muro y el molino representan dos filosofías de vida. Una basada en la defensiva y el repliegue; la otra en la apertura y la acción. Una busca preservar a toda costa lo conocido; la otra se atreve a inventar lo posible. Elegir entre ambas no es un asunto menor. Es una decisión que moldea nuestro carácter, nuestras relaciones y nuestro legado. Cuando el viento sople —y siempre sopla—, ¿qué elegirás construir?
Referencias
- Bauman, Z. (2000). Liquid Modernity. Polity Press.
- Sennett, R. (2006). The Culture of the New Capitalism. Yale University Press.
- Taleb, N. N. (2012). Antifragile: Things That Gain from Disorder. Random House.
- Goleman, D. (1995). Emotional Intelligence. Bantam Books.
- Heidegger, M. (1927). Sein und Zeit. Niemeyer.
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