Entre fórmulas matemáticas y teorías cuánticas, Ernesto Sabato descubrió que el conocimiento no siempre basta para colmar el alma humana. Formado en la rigurosidad científica, su tránsito hacia la literatura existencialista no fue una renuncia, sino una búsqueda más honda de sentido. Desde la cúspide del saber académico, eligió el abismo de la incertidumbre creativa. ¿Puede la ciencia explicar lo que el espíritu calla? ¿O es la literatura el último refugio del hombre frente al vacío?
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Imagen creada por inteligencia artificial por Chat-GPT para El Candelabro.
Ernesto Sabato: De la física cuántica al existencialismo literario
El caso de Ernesto Sabato representa una de las trayectorias más fascinantes de la historia intelectual argentina. Su vida, dividida entre la rigurosidad de la ciencia y la sensibilidad de la literatura, ilustra cómo un pensamiento inquieto puede migrar de la exactitud matemática hacia los territorios ambiguos del arte. Sabato no solo fue un notable físico teórico, sino también un escritor de profunda influencia existencialista y filosófica.
Nacido en Rojas, Provincia de Buenos Aires, en 1911, Sabato mostró desde joven una disposición excepcional para los estudios. Tras formarse en el Colegio Nacional de La Plata, ingresó a la Facultad de Ciencias Físico-Matemáticas, donde pronto destacó por su brillantez académica. Su pasión inicial se dirigió hacia la física teórica, una disciplina que, en los años treinta, atravesaba una revolución con el desarrollo de la mecánica cuántica y la teoría de la relatividad.
Su tesis doctoral lo consolidó como una joven promesa del ámbito científico. Fue el propio Bernardo Houssay, Premio Nobel de Medicina, quien lo recomendó para continuar sus estudios en Europa. Sabato se trasladó a París, donde trabajó en el prestigioso Instituto Curie. También recibió una invitación para perfeccionarse en el Massachusetts Institute of Technology (MIT), institución de vanguardia en la investigación científica global.
En este contexto, cabría esperar que Sabato se encaminara hacia una carrera de alto impacto en la ciencia internacional. Sin embargo, comenzó a experimentar una creciente desazón. En sus propias palabras, en el Laboratorio Curie se sintió “vacío de sentido”. Aunque se encontraba en la cúspide de lo que un físico teórico podía alcanzar, su alma se rebelaba ante la inercia del conocimiento despojado de humanidad. Esta grieta interior marcaría el inicio de su ruptura con el mundo científico.
Lo que Sabato buscaba no era precisión ni resultados, sino respuestas existenciales. La ciencia, en su forma objetiva, no podía proporcionarle herramientas para abordar el sufrimiento humano, la angustia o el absurdo. Fue entonces cuando comenzó a escribir, primero ensayos, luego novelas, encontrando en la palabra literaria el espacio para explorar preguntas que la física había dejado sin respuesta. Su primer libro, Uno y el universo (1945), fue una fuerte crítica a la deshumanización tecnológica.
Ese ensayo fue el germen de una transformación radical. Para Sabato, la literatura no era un mero arte decorativo, sino un instrumento para indagar en las zonas oscuras del ser. Su primera novela, El túnel (1948), se convirtió en un hito de la narrativa existencialista latinoamericana. En ella, la mirada introspectiva del protagonista, Juan Pablo Castel, encarna la alienación del individuo moderno, atrapado entre la incomunicación y la lucidez que lo destruye.
El túnel recibió elogios de figuras de la talla de Albert Camus, quien promovió su traducción al francés a través de la editorial Gallimard. No era casualidad: tanto Camus como Sabato compartían una preocupación por la condición humana bajo regímenes de racionalidad excesiva, donde la lógica se convierte en jaula y la libertad interior, en condena. Ambos escritores planteaban un rechazo visceral al positivismo y a la tecnocracia, reivindicando la duda, el dolor y la esperanza como ejes del pensamiento.
A diferencia de muchos científicos devenidos intelectuales, Sabato nunca negó su formación científica. Por el contrario, la incorporó a su visión del mundo, dotando a sus obras de una intensidad reflexiva singular. Su literatura, aunque cargada de emociones, conserva un fondo de precisión conceptual que proviene de su entrenamiento como físico. En este sentido, logró una síntesis infrecuente entre ciencia y humanismo, entre el rigor lógico y la exploración emocional.
Sin embargo, lo que realmente distingue a Sabato es su capacidad para reconocer los límites del conocimiento. “Yo creo que la verdad es perfecta para las matemáticas, la química, la filosofía, pero no para la vida”, afirmaba. Esta frase resume su paso del universo empírico al universo simbólico. En la vida, según él, operan fuerzas como el deseo, la imaginación y la esperanza, imposibles de cuantificar pero esenciales para la existencia.
En obras posteriores como Sobre héroes y tumbas (1961) y Abaddón el exterminador (1974), Sabato profundiza esta tensión entre el caos del mundo y la necesidad de sentido. Su mirada se vuelve cada vez más crítica frente a la civilización tecnocrática, denunciando la deshumanización en nombre del progreso. Pero, al mismo tiempo, mantiene viva una llama de espiritualidad laica, un anhelo de redención que no se apoya en dogmas sino en la capacidad de resistir desde la compasión y la lucidez.
La vida de Ernesto Sabato desafía los compartimentos estancos del saber. No fue un científico que abandonó la ciencia, ni un escritor que renegó de su formación técnica. Fue ambas cosas a la vez, y su legado está justamente en haber mostrado que el conocimiento humano es un continuo que no se reduce a metodologías ni disciplinas. En él confluyen la lógica del laboratorio y la incertidumbre del alma, la exactitud del cálculo y la vaguedad de los símbolos.
Hoy, cuando la inteligencia artificial y la tecnociencia avanzan a velocidades inéditas, la figura de Sabato adquiere una relevancia renovada. Su testimonio recuerda que el progreso sin ética puede devenir catástrofe, y que sin una comprensión profunda del sufrimiento humano, todo adelanto corre el riesgo de ser una sofisticación del vacío. Sabato no fue un reaccionario contra la ciencia, sino un humanista que supo ponerle límites necesarios.
El camino que emprendió, de la física cuántica a la introspección literaria, no fue un abandono sino una expansión. Sabato no dejó de buscar la verdad: simplemente cambió de instrumento. Cambió el microscopio por la metáfora, el cálculo por el lenguaje, la certeza por la pregunta. En ese tránsito dejó una de las obras más poderosas del siglo XX en lengua española, una obra que no solo analiza el mundo, sino que también lo interroga desde sus fracturas más profundas.
Quizá lo más admirable de su figura no es la coherencia, sino la contradicción aceptada como modo de conocimiento. Sabato nunca pretendió ofrecer respuestas cerradas. Su literatura está hecha de grietas, de dilemas sin solución, de personajes rotos que buscan desesperadamente un sentido. Y en ese proceso, ofrece al lector no una fórmula, sino un espejo. Un espejo donde, como él, uno puede reconocer la insuficiencia del mundo y, sin embargo, persistir en la búsqueda.
Referencias
- Sabato, E. (1945). Uno y el universo. Editorial Sur.
- Sabato, E. (1948). El túnel. Editorial Sudamericana.
- Camus, A. (1951). L’homme révolté. Gallimard.
- Houssay, B. (1947). La ciencia argentina. Academia Nacional de Medicina.
- Tenti Fanfani, E. (2006). Sabato: ciencia y conciencia. Fondo de Cultura Económica.
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