Entre los pliegues vibrantes de la memoria urbana emerge una silueta que desafía la rutina contemporánea: la Estatua de la Libertad Buenos Aires, réplica legítima de Bartholdi, interpela silenciosamente la construcción simbólica nacional y el diálogo crítico entre patrimonio y ciudadanía. Su presencia sugiere que la grandeza artística aún puede coexistir con el anonimato, recordándonos que la cultura habita tanto en lo monumental como en lo inadvertido. ¿Qué otras verdades custodia este símbolo silente? ¿Estamos listos para descubrirlas?


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Imagen creada por inteligencia artificial por Chat-GPT para El Candelabro.

La Libertad Oculta en Barrancas de Belgrano


Entre las sombras verdes de Barrancas de Belgrano se alza, casi inadvertida, una Estatua de la Libertad de apenas tres metros que resume un siglo de historia urbana argentina. A diferencia de su monumental hermana neoyorquina, esta figura porteña parece rezagada en la memoria colectiva: permanece oculta entre tipas y jacarandás, ignorada por la prisa cotidiana. Sin embargo, su modesta presencia condensa las mismas aspiraciones de emancipación que Bartholdi imaginó para las repúblicas modernas de Occidente. Este dato, a menudo olvidado, merece ser difundido para que la ciudadanía valore su patrimonio histórico local.

Ubicada sobre un antiguo promontorio natural, la pieza vigila la intersección de La Pampa y la Avenida Virrey Vértiz. Quien arriba desde la estación Belgrano C suele cruzarla sin verla, pues el follaje estival oculta la antorcha y apaga los reflejos del hierro pintado. Solo al acercarse diez metros la silueta clásica se recorta contra el cielo porteño, revelando la corona de siete rayos, el libro con fecha romana y la cadena rota que simboliza el fin de la opresión colonial y el derecho al autogobierno. Invita a redescubrirla con mirada curiosa.

Inaugurada el 3 de octubre de 1886, pocas semanas antes de la ceremonia neoyorquina del 28, la obra coincidió con la euforia constructiva de la modernización argentina. El país estrenaba ferrocarriles, inauguraba el puerto de La Boca, recibía inmigrantes europeos y adoptaba iconos universales para legitimar su horizonte republicano. La pequeña estatua sintetizaba, en escala doméstica, los valores de libertad y progreso codiciados por las élites criollas ansiosas de reconocimiento internacional. Invita a reflexionar sobre la vigencia de los ideales republicanos en pleno siglo veintiuno.

Su periplo comenzó en los talleres parisinos de Val d’Osne, célebre fundidora que dispersó por el orbe quioscos, fuentes y figuras en hierro moldeado durante el auge industrial. El modelo, certificado por el escultor alsaciano Frédéric Auguste Bartholdi, se embarcó hacia el Atlántico Sur para ser instalado en una Buenos Aires que aún olía a casonas de adobe, tranvías a caballo y faroles de gas. La donación reforzaba los lazos culturales y diplomáticos entre Francia y la joven nación rioplatense. Invita a redescubrirla con mirada curiosa.

El monumento mide 3,15 metros del pedestal a la antorcha. A diferencia del cobre recubierto de pátina de la gran dama estadounidense, aquí el material base es hierro colado recubierto con pintura protectora que se ha oscurecido. La textura granulada del metal revela la técnica de fundición seriada, mientras los pliegues del manto, la tablilla con fecha MDCCLXXVI y la antorcha flamígera reproducen al detalle el diseño original, aunque reducido a una escala íntima y más vulnerable al entorno marinero del Río de la Plata. Visítala la próxima tarde.

Más allá de su factura artística, la figura carga con una intención política cuidadosamente diseñada. Hacia 1880, la Argentina buscaba afianzar su esquema institucional tras décadas de guerras civiles. Colocar una alegoría de la libertad en un parque público significaba pedagógica afirmación cívica: recordaba a vecinos y visitantes que la ley debía prevalecer sobre el caudillismo. Así, la estatua operó como un eficaz dispositivo simbólico de reafirmación republicana en plena expansión urbana portuaria. Invita a redescubrirla con mirada curiosa.

Con el tiempo, la vegetación exuberante alteró la visibilidad del monumento. Las tipas crecen velozmente y sus copas forman bóvedas que tamizan la luz. En primavera, las flores amarillas caen como lluvia sobre el pedestal, mientras en otoño el manto marrón crea un contraste cromático que realza el contorno y facilita la fotografía. Los fotógrafos locales recomiendan situarse al mediodía para lograr un contraluz que revele la corona y el brazo levantado sin interferencias de ramas ni sombras perturbadoras. Invita a reflexionar sobre la vigencia de los ideales republicanos en pleno siglo veintiuno.

A nivel comparativo, la diferencia de escala no resta significado alguno. Si la colosal estatua del puerto de Nueva York denunciaba la opresión de los viejos imperios, la versión porteña adaptó ese mensaje emancipador a la dimensión de un barrio residencial en expansión. El hierro reemplazó al cobre por economía y logística, pero la iconografía se mantuvo intacta. Ambas estatuas comparten autor, título y fecha, urdiendo un puente ideológico que enlaza dos democracias atlánticas en pleno siglo XIX. Invita a redescubrirla con mirada curiosa.

Pese a su linaje ilustre, su potencia simbólica se diluyó en la memoria colectiva. El crecimiento vertical de la ciudad, la inauguración de monumentos mayores y la descentralización turística relegaron a la réplica a un segundo plano. Muchos porteños descubren su existencia mediante anécdotas transmitidas oralmente o publicaciones en redes sociales. La pieza pasó de emblema pedagógico a curiosidad histórica, coexistiendo con ferias barriales, juegos infantiles y paseadores de perros que rodean su base de granito. Invita a redescubrirla con mirada curiosa.

En los años noventa, la Dirección General de Monumentos emprendió tareas de restauración: limpió óxidos, repuso capas de pintura anticorrosiva y añadió una discreta placa explicativa. No obstante, subsiste la falta de señalética clara que oriente al visitante hacia el punto exacto. Organizaciones vecinales reclaman desde entonces programas educativos y circuitos guiados que incluyan la estatua para fomentar un turismo patrimonial que beneficie al comercio y a la identidad barrial de Belgrano en su conjunto. Invita a reflexionar sobre la vigencia de los ideales republicanos en pleno siglo veintiuno.

La Estatua de la Libertad Buenos Aires podría convertirse en un atractivo singular dentro del vasto menú cultural de la capital si se articulan estrategias de difusión digital coherentes. El marketing de nicho sobre patrimonio escondido atrae a viajeros ávidos de experiencias auténticas. Incluir la escultura en aplicaciones de realidad aumentada permitiría superponer datos históricos in situ y revitalizar el paseo con contenidos interactivos orientados a escolares, turistas, residentes y estudiosos del arte. Visítala la próxima tarde.

En el concierto global de réplicas, la Estatua de la Libertad en Barrancas de Belgrano destaca por su doble autenticidad: fue creada por el mismo artista y fundida el mismo año que la original. Otras copias, como las de París, Tokio o Las Vegas, surgieron más tarde y con propósitos comerciales. La versión porteña se concibió, en cambio, como un gesto de fraternidad republicana, razón que legitima su estudio dentro de la historiografía del arte público latinoamericano y de la diplomacia cultural franco-argentina. Invita a redescubrirla con mirada curiosa.

Redescubrir esta joya urbana implica revalorar la capacidad de los espacios cotidianos para narrar memorias colectivas. Cada visitante que se detiene ante la pequeña dama de hierro reactualiza la promesa de igualdad, fraternidad y dignidad inscrita en su tablilla. Basta un desvío de pocos metros para entablar diálogo con un símbolo universal que, desde 1886, aguarda silencioso en Belgrano. La próxima vez que el ruido urbano abrume, conviene recordar que la libertad también se esconde tras hojas y bancos. Visítala la próxima tarde.


Referencias

  1. Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. “Estatua de la Libertad en Barrancas de Belgrano.” Portal Patrimonio BA.
  2. Clarín. “La réplica porteña de la Estatua de la Libertad cumple 130 años.” 3 oct 2016.
  3. La Nación. “Réplicas argentinas de la Estatua de la Libertad y su historia.” 28 oct 2021.
  4. Pinedo, M. “Monumentos franceses en el Río de la Plata: Bartholdi y Val d’Osne.” Revista Patrimonio 45 (2019).
  5. Bartholdi, F. A. Correspondencia. Archivo Nacional de Francia, París.

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