Entre el estruendo de los misiles y el zumbido incesante de los drones, la guerra en Ucrania se ha transformado en un símbolo brutal de la erosión del orden global. No se trata solo de una confrontación armada, sino del colapso progresivo de las herramientas diplomáticas, de la impotencia institucional frente a la violencia organizada. La sangre derramada se mezcla con la indiferencia internacional, y el silencio es cada vez más ensordecedor. ¿Cuánto vale la soberanía en un mundo indiferente? ¿Quién detendrá a quienes ya no temen nada?
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La guerra en Ucrania: persistencia del conflicto y el fracaso de la disuasión internacional
La guerra en Ucrania continúa su escalada, arrastrando consigo no solo destrucción material, sino también una creciente sensación de impunidad por parte de quienes la perpetúan. La reciente ofensiva masiva con más de 400 drones y misiles lanzados por Rusia contra Ucrania evidencia, una vez más, que el Kremlin no está dispuesto a modificar su estrategia militar. El presidente Volodímir Zelenski ha denunciado reiteradamente esta postura, alertando al mundo de la sistemática violación de normas internacionales.
La intensificación de los ataques no es un fenómeno aislado, sino parte de una campaña bélica sostenida. Moscú ha demostrado con hechos que no se siente atado a las advertencias de la comunidad internacional, ni siquiera ante amenazas directas de figuras con influencia global como el expresidente estadounidense Donald Trump. El conflicto Rusia-Ucrania ha entrado en una fase donde la retórica política ya no surte efecto frente al poderío armamentístico desplegado.
Trump, en un intento por reinsertarse en la diplomacia internacional, lanzó un ultimátum de 50 días para alcanzar un acuerdo de paz bajo la amenaza de sanciones económicas severas. Esta medida fue rápidamente descartada por altos funcionarios rusos como un acto de “teatro político”, subrayando que “a Rusia no le importa lo que diga Trump”. El desprecio manifiesto por tal advertencia revela un cambio profundo en el equilibrio de poder y en la percepción de autoridad de los actores globales.
Este rechazo ruso a la presión externa refleja una nueva lógica de confrontación: una en la que las viejas herramientas de disuasión pierden eficacia. Las sanciones económicas, que alguna vez fueron el arma favorita de Occidente, hoy parecen tener un efecto marginal frente a un régimen que ha reconfigurado su economía y su aparato de propaganda para soportar el aislamiento internacional. La autarquía moderna, fortalecida por vínculos con potencias no alineadas, es ahora un escudo real.
En este contexto, la población civil ucraniana sigue siendo la principal víctima. La más reciente serie de ataques dejó al menos 15 heridos y provocó daños a infraestructura crítica, hospitales y sistemas energéticos. Más allá del conteo de víctimas, el mensaje geopolítico es claro: Rusia no tiene intención de detener su ofensiva militar, y cada nuevo bombardeo es un recordatorio brutal de que la paz no está en el horizonte cercano. El conflicto se normaliza, se prolonga y se intensifica.
La comunidad internacional ha sido incapaz de responder con unidad y contundencia. Si bien la OTAN y la Unión Europea han proporcionado apoyo militar y financiero a Kiev, lo han hecho bajo condiciones que muchas veces llegan tarde o resultan insuficientes frente a la magnitud de la agresión. Esta lentitud ha sido interpretada por el Kremlin como debilidad, reforzando su percepción de que el tiempo juega a su favor. La guerra de desgaste favorece a quien impone la agenda.
La falta de resultados concretos también ha erosionado la credibilidad de los organismos multilaterales. Las resoluciones de condena en Naciones Unidas no pasan de ser gestos simbólicos, y la Corte Penal Internacional, aunque ha emitido órdenes de arresto, carece de los medios efectivos para ejecutar sus decisiones. Este vacío de autoridad jurídica y diplomática refuerza una narrativa peligrosa: que el uso de la fuerza sigue siendo un instrumento legítimo de política exterior.
La respuesta de la sociedad civil global tampoco ha tenido la misma fuerza que en los primeros meses de la invasión. Con el paso del tiempo, la fatiga informativa se ha instalado en la opinión pública, relegando la tragedia ucraniana a un segundo plano en los medios. La empatía se diluye entre crisis sucesivas y el conflicto se convierte en un telón de fondo permanente, normalizado por la inercia del consumo mediático y por la ausencia de un desenlace cercano.
Mientras tanto, Ucrania continúa resistiendo, con una capacidad operativa admirable pero mermada por la desigualdad en recursos. La defensa aérea ucraniana, aunque efectiva en muchos frentes, no puede interceptar cada dron o misil. La constante reconstrucción de infraestructura vital, como plantas de energía y hospitales, exige una inversión titánica que difícilmente puede sostenerse sin un flujo constante de ayuda internacional. Esta realidad amenaza con agotar al país desde adentro.
En términos estratégicos, la guerra en Ucrania ha reconfigurado el tablero geopolítico. Ha acelerado la militarización de Europa, ha redefinido las alianzas energéticas y ha revelado la fragilidad del orden liberal internacional. También ha generado nuevos polos de poder, en los que China, India e Irán juegan un papel cada vez más influyente. En esta nueva configuración, la voz de Occidente ya no es incuestionable, y el conflicto en Europa del Este es el campo de prueba más crudo de esa transformación.
Desde el punto de vista humanitario, el conflicto ha provocado más de 10 millones de desplazamientos y decenas de miles de muertos, en su mayoría civiles. La destrucción masiva de ciudades enteras como Mariúpol o Bajmut, y los continuos ataques contra objetivos no militares, configuran un patrón de violaciones sistemáticas al derecho internacional humanitario. Las imágenes satelitales de barrios reducidos a escombros hablan con más elocuencia que cualquier comunicado diplomático.
La indiferencia de Moscú frente al sufrimiento humano, sumada a la pasividad de algunos actores internacionales, pone en cuestión el valor mismo de los compromisos multilaterales. ¿De qué sirven los tratados, las alianzas o las resoluciones, si no hay voluntad ni capacidad para hacerlos cumplir? Esta es la pregunta que subyace en cada misil que cae sobre Ucrania y que sigue sin encontrar respuesta en las mesas de negociación o en los foros internacionales.
A pesar de todo, Ucrania no ha cedido. Su resistencia es también simbólica: representa la defensa de la soberanía, del derecho a la autodeterminación y de la legalidad internacional frente a la ley del más fuerte. El coraje del pueblo ucraniano, su resiliencia frente al horror cotidiano y su determinación para reconstruir en medio del desastre, constituyen una denuncia viva contra la barbarie. Es también un llamado a no olvidar, a no aceptar la guerra como destino inevitable.
El camino hacia la paz no será corto ni lineal. Requiere algo más que sanciones o promesas. Necesita liderazgo ético, claridad estratégica y, sobre todo, compromiso político real. Mientras el mundo duda y se dispersa en su respuesta, la guerra en Ucrania sigue cobrando vidas. Cada día sin una solución concreta es un día más que el autoritarismo demuestra su poder destructivo. Y cada día sin una respuesta contundente, es un paso atrás en la defensa del orden internacional.
Referencias:
1. Reuters. (2025, julio 21). Russian attacks on Ukraine kill two, cause widespread damage. Reuters.
2. The Daily Beast. (2025, julio 20). Putin unleashes deadly strike after Trump’s ultimatum. The Daily Beast.
3. Business Insider. (2025, julio 19). Russian officials scoff at Trump’s 50-day ultimatum. Business Insider.
4. The Moscow Times. (2025, julio 15). “We don’t care”: Russian officials, media react to Trump’s Ukraine war ultimatum. The Moscow Times.
5. Naciones Unidas, Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos. (2024). Report of the Independent International Commission of Inquiry on Ukraine (A/HRC/55/65). Naciones Unidas.
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