Entre los logros más celebrados de la modernidad, pocos parecen tan indiscutibles como el avance tecnológico. Su precisión, rapidez y alcance nos deslumbran, moldeando nuestras rutinas, aspiraciones y valores. Sin embargo, en ese deslumbramiento, corremos el riesgo de no advertir lo que se oculta tras su aparente neutralidad. La tecnología moderna no solo transforma el mundo: transforma al ser humano. ¿Hemos pensado lo suficiente en lo que nos exige a cambio? ¿Qué perdemos cuando todo parece estar ganado?


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Imagen creada por inteligencia artificial por Chat-GPT para El Candelabro.
Todo funciona. Eso es precisamente lo inquietante. Todo funciona, y ese funcionar nos empuja más y más en el sentido de un mayor funcionamiento, y la tecnología arrastra a la gente, y la desarraiga cada vez más de la tierra. No sé si ustedes tienen miedo, yo ciertamente lo tuve cuando vi hace poco esas fotos de la Tierra enfocada desde la Luna. No es necesaria una bomba atómica; el desarraigo de los seres humanos ya está teniendo lugar. Lo único que resta son condiciones puramente tecnológicas.

Martin Heidegger,
entrevista con Der Spiegel.

El desarraigo tecnológico en la visión de Heidegger


Entre los pensadores del siglo XX que reflexionaron con mayor lucidez sobre la tecnología moderna, Martin Heidegger se destaca por haber anticipado los peligros más profundos de su lógica interna. En su entrevista póstuma con Der Spiegel, señala con inquietud que “todo funciona”, y que ese funcionamiento no es neutro, sino que nos arrastra hacia una transformación radical del ser humano. La eficiencia tecnológica, lejos de liberarnos, amenaza con convertirnos en engranajes impersonales.

La tecnología, en la lectura heideggeriana, no es solo un conjunto de herramientas útiles, sino una forma de revelación del mundo. A diferencia de otras épocas donde la naturaleza se mostraba como un misterio, hoy todo debe estar disponible, ser extraíble, almacenable y útil. Este modo de ser del mundo, lo que Heidegger llama Gestell o “armazón”, convierte todo en recurso técnico, incluida la vida humana misma. Esa conversión despoja de sentido a la existencia.

La famosa fotografía de la Tierra tomada desde la Luna, que Heidegger menciona con temor, no es solo una imagen científica: es un símbolo del desarraigo moderno. La humanidad, al observarse desde fuera del planeta, se piensa a sí misma como objeto. La desvinculación con la Tierra ya no es solo simbólica; se vuelve estructural. El planeta entero se vuelve un archivo de datos, un globo cartografiado y explotable, no una morada. Lo humano se aleja de su centro.

Este fenómeno no requiere ya de violencia directa, como una bomba atómica. La amenaza es más silenciosa, más eficiente: opera por medio de una estructura tecnológica totalizante. La transformación del entorno en sistema funcional y optimizado convierte al ser humano en función del sistema. Heidegger lo vio con claridad: no es el uso de máquinas lo que nos amenaza, sino que la lógica técnica se impone como única racionalidad posible, anulando otras formas de comprensión.

Para Heidegger, el verdadero peligro no está en las máquinas en sí, sino en la imposición de un pensamiento técnico que reduce todo a cálculo. Lo real se vuelve manejable solo si puede medirse, reproducirse o programarse. Esta racionalidad técnica, que domina desde la economía hasta la medicina, no deja espacio para lo no calculable: la poesía, el misterio, la verdad. El resultado es una vida dominada por algoritmos, por redes, por necesidades simuladas y por automatismos.

Lo inquietante es que este proceso es celebrado. En lugar de resistir, lo normalizamos. Nos sentimos más conectados, más informados, más capaces, pero menos arraigados. Las comunidades tradicionales se disuelven, el lenguaje se degrada en instrucciones, y el tiempo se fragmenta en ciclos de productividad. Heidegger advierte que este proceso genera una alienación profunda, una pérdida del habitar auténtico, del vínculo con el ser, con la tierra y con los otros.

El pensamiento técnico promueve una ilusión de libertad. Nos promete control, comodidad, rapidez. Pero a cambio exige adaptación total: ser usuarios eficientes, consumidores constantes, identidades programables. El ser humano se vuelve un nodo más en una red funcional, no alguien que pueda decir “no”. Esa falta de resistencia es lo que más preocupa a Heidegger: el olvido del ser, la renuncia a preguntar por lo esencial, por lo que da sentido más allá del uso inmediato.

Este olvido del ser no es accidental, sino producto de una historia de pensamiento que comenzó con Platón y se consolidó con la metafísica moderna. Desde Descartes hasta la cibernética, la realidad se convirtió en representación, y el sujeto en medida de todo. Heidegger denuncia que hemos llegado al límite de ese proceso: todo está disponible, pero nada tiene arraigo. Hemos conquistado el planeta, pero hemos perdido el mundo. Y sin mundo, no hay lugar para el habitar humano.

El desarraigo, entonces, no es solo geográfico ni cultural; es ontológico. Es la pérdida del suelo en el que el ser humano puede echar raíces, hablar un lenguaje que no sea puro instrumento, encontrar sentido en lo que no se puede explotar. Heidegger invita a pensar otro modo de habitar: uno que no se base en el dominio, sino en la apertura; no en la acumulación, sino en la escucha; no en la eficiencia, sino en la verdad como desocultamiento. Solo así se puede resistir al armazón.

Esta crítica no es un llamado al rechazo total de la técnica, sino a una relación más libre con ella. Heidegger propone una actitud poética: dejar que las cosas sean, en lugar de forzarlas a ser útiles. Esa actitud implica una transformación profunda en nuestra manera de pensar y de vivir. Requiere silencio, contemplación, límites. En lugar de preguntar cómo hacer más, deberíamos preguntarnos por qué, para qué, y desde dónde actuamos. Volver al asombro ante lo que simplemente es.

En un mundo donde todo funciona, pensar lo que no funciona se vuelve un acto revolucionario. Resistir no es destruir la técnica, sino evitar que se convierta en destino. Heidegger no ofrece soluciones técnicas, sino una actitud filosófica. Su pensamiento nos recuerda que lo esencial no es lo funcional. Que el hombre no es solo un fabricante o un gestor, sino un ser capaz de habitar poéticamente, de establecer un vínculo con lo que lo trasciende y lo funda.

La pregunta por el ser, que es el núcleo de su filosofía, se vuelve hoy más urgente que nunca. No porque esté de moda, sino porque todo conspira para que la olvidemos. En un mundo saturado de información, necesitamos pensamiento. En un mundo hiperconectado, necesitamos arraigo. Y en un mundo donde todo se puede calcular, necesitamos lo incalculable: el amor, la muerte, el arte, el misterio. La técnica no debe expulsar al ser; debe ser puesta en su lugar.

Heidegger nos ofrece un pensamiento incómodo, pero necesario. Nos advierte que la crisis del mundo moderno no es solo ecológica ni económica, sino espiritual. La tecnología no es neutral: moldea nuestros deseos, nuestras decisiones, nuestras formas de vida. Si no hay un pensamiento que le ponga límite, si no hay un arte de vivir que le haga contrapeso, terminaremos siendo piezas de una maquinaria sin rostro. Es ahí donde el desarraigo se consuma, no como catástrofe, sino como normalidad.

Pensar, entonces, es resistir. Pensar es volver a preguntar. Y en esa pregunta puede abrirse un camino de retorno, no al pasado, sino a una forma más libre y humana de estar en el mundo. No hay que destruir la técnica, sino desautomatizarla. No hay que renunciar al futuro, sino abrirlo a otras posibilidades que no estén dictadas por la lógica del “todo funciona”. Solo entonces, quizás, podamos reencontrar el sentido perdido y habitar nuevamente la Tierra como hogar.


Referencias APA:

1. Heidegger, M. (1977). The Question Concerning Technology and Other Essays. Harper & Row.

2. Heidegger, M. (2000). Tiempo y ser. Ediciones del Serbal.

3. Han, B. C. (2015). La agonía del eros. Herder.

4. Sloterdijk, P. (2006). Normas para el parque humano. Pre-Textos.

5. Arendt, H. (1958). The Human Condition. University of Chicago Press.


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