Entre ruinas y reconstrucciones, algunas ideas florecen con más fuerza que los propios edificios. En la Italia de posguerra, Loris Malaguzzi concibió una manera radicalmente distinta de pensar la educación infantil, no como instrucción, sino como un acto poético, político y profundamente humano. Su legado cuestiona lo que damos por hecho en las aulas y lo que entendemos por aprender. ¿Qué pasaría si la escuela dejara de ser un molde y se convirtiera en un espejo? ¿Estamos realmente escuchando lo que los niños tienen que decir?
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Imagen creada por inteligencia artificial por Chat-GPT para El Candelabro.
Loris Malaguzzi y el método Reggio Emilia: la pedagogía del laberinto creativo
En el corazón de la posguerra italiana, un pequeño pueblo llamado Reggio Emilia fue el escenario de una revolución silenciosa en el ámbito educativo. Su artífice, Loris Malaguzzi, psicólogo y pedagogo, entendió que la infancia merecía algo más que aulas rígidas y conocimiento envasado. Frente a la devastación, propuso un modelo que celebraba la curiosidad infantil, el trabajo en comunidad y la belleza como herramientas fundamentales del aprendizaje. En lugar de una autopista educativa, trazó un laberinto fecundo donde cada niño pudiera encontrar su propio camino.
La visión de Malaguzzi rompió con la concepción lineal de la enseñanza. Para él, la educación tradicional era un trayecto predecible y empobrecido, mientras que su propuesta invitaba a perderse y encontrarse, a experimentar con el entorno, a construir significado a través del diálogo y la exploración. El método Reggio Emilia se gestó no como un manual cerrado, sino como una filosofía en evolución que da protagonismo absoluto al niño como sujeto activo y competente en su proceso de formación.
Uno de los pilares fundamentales de esta pedagogía es la imagen del niño como portador de cien lenguajes. Esta metáfora educativa simboliza las múltiples formas en que los infantes expresan su comprensión del mundo: desde el juego hasta la pintura, desde la música hasta la construcción. Para Malaguzzi, reducir esos lenguajes a solo uno —la palabra— era una forma de amputación cultural. Por eso, su enfoque recupera el valor de lo simbólico, lo corporal y lo artístico como expresiones válidas de inteligencia y pensamiento.
El ambiente escolar se convierte en un maestro más. Las escuelas Reggio Emilia están diseñadas para inspirar, no para imponer. Cada espacio, cuidadosamente dispuesto, invita a la investigación y al encuentro. No hay pupitres en fila, sino mesas compartidas, rincones para la creatividad y materiales naturales accesibles. La estética del entorno no es una frivolidad, sino una necesidad pedagógica: un niño rodeado de belleza aprende a valorar la armonía, el orden y la expresión sensible.
La relación con los adultos también se redefine. El maestro deja de ser una figura autoritaria para convertirse en un guía, un investigador junto al niño. No se trata de transmitir conocimientos cerrados, sino de generar contextos en los que surjan preguntas significativas. En este sentido, el docente adopta una actitud de escucha activa, documentando procesos, reflexionando en comunidad y ofreciendo recursos sin ahogar la iniciativa infantil. Se cultiva así una pedagogía de la relación donde el adulto aprende del niño tanto como el niño del adulto.
Otro elemento distintivo es la participación de las familias en el proceso educativo. Lejos de ser espectadores pasivos, los padres son considerados coeducadores. Sus perspectivas enriquecen el desarrollo de proyectos, fortalecen los lazos entre escuela y hogar y consolidan una comunidad de aprendizaje. Esta colaboración trasciende lo formal y se convierte en una práctica continua de corresponsabilidad pedagógica y afectiva. La escuela deja de ser una institución aislada para convertirse en el reflejo vivo de la ciudadanía activa.
La documentación pedagógica es una práctica central en el método. Mediante registros fotográficos, transcripciones de diálogos y muestras de trabajo, se visibiliza el pensamiento infantil y se genera memoria compartida. Estos documentos no solo sirven para evaluar procesos, sino que se convierten en instrumentos para reflexionar, dialogar y hacer visibles los pasos del aprendizaje. La educación deja de centrarse en resultados estandarizados para enfocarse en la trayectoria del descubrimiento.
La propuesta de Reggio Emilia se articula también con una fuerte dimensión ética. El respeto por la infancia implica no apresurarla, no instrumentalizarla, no someterla a presiones ajenas a su naturaleza. Se reconoce al niño como sujeto de derechos, como constructor de cultura y no como un ser por educar. Este enfoque humanista y democrático cobra especial relevancia en contextos donde la educación tiende a ser tecnificada, homogeneizante y alienante. Frente a esa tendencia, Malaguzzi nos recuerda que educar es, ante todo, un acto político.
En un tiempo donde la productividad y la evaluación cuantitativa colonizan las escuelas, el modelo Reggio Emilia propone una resistencia poética y radical. No se trata de evadir el conocimiento, sino de revalorizar el proceso sobre el producto, la pregunta sobre la respuesta, la diferencia sobre la norma. Esta pedagogía se despliega como un tejido vivo, cambiante, profundamente situado, en el que cada niño encuentra su lugar sin perder su identidad. El aprendizaje se convierte en una experiencia estética, relacional y comunitaria.
La filosofía de Malaguzzi no prescribe, provoca. No ofrece recetas, sino interrogantes. ¿Qué pasaría si dejamos de pensar en la educación como preparación para la vida y la concebimos como la vida misma? ¿Qué futuro podríamos construir si escucháramos verdaderamente a nuestros niños, si los viéramos como lo que ya son, y no como lo que todavía no han llegado a ser? En estas preguntas se cifra la potencia transformadora de su pensamiento, aún vigente, aún urgente.
En un mundo fragmentado por la prisa, el ruido y la estandarización, la propuesta de Malaguzzi sigue recordándonos que hay otra manera de estar con la infancia: una forma que abraza la lentitud, la incertidumbre, la cooperación. Que el aula sea un taller, no una fábrica. Que el error sea parte del juego, no una falla a corregir. Que la inteligencia no se mida, se descubra. Su pedagogía es un llamado a devolverle a la escuela su humanidad, su poesía y su rebeldía.
El impacto internacional de esta propuesta ha sido notable. Desde su origen en Italia, ha inspirado escuelas, programas y políticas educativas en todo el mundo. Países como Suecia, Estados Unidos, Nueva Zelanda y Argentina han adoptado elementos del enfoque Reggio Emilia, adaptándolos a sus contextos locales. Esta difusión pedagógica internacional demuestra que no se trata de una moda pasajera, sino de una alternativa sólida, coherente y profundamente sensible a las realidades contemporáneas de la infancia.
Sin embargo, no todo se resuelve con la adopción formal del método. El verdadero desafío está en su implementación auténtica, en no vaciarlo de contenido crítico, en evitar su conversión en simple decoración pedagógica. Porque más que un estilo o una estética, Reggio Emilia es una postura ante la vida, una forma de mirar y de escuchar. Se trata de confiar radicalmente en el niño, de sostener su derecho a ser protagonista y no accesorio del acto educativo. Solo así, la escuela podrá dejar de ser una carretera recta y repetitiva, para transformarse en un laberinto fértil de posibilidades.
Como escribió el propio Malaguzzi, “Nada sin alegría”. Esa consigna sintetiza la médula de su pedagogía. Alegría no como entretenimiento banal, sino como emoción que nutre el pensamiento, como impulso vital que sostiene el deseo de conocer. Cuando el aprendizaje se vincula con la alegría, florecen la creatividad, la resiliencia y la capacidad de construir sentido. En ese cruce entre emoción, razón y comunidad, se juega el porvenir de la educación.
En un siglo que reclama innovación, pero también raíces profundas, el legado de Loris Malaguzzi aparece como faro y brújula. Frente al reduccionismo tecnocrático, propone una mirada compleja. Frente a la despersonalización escolar, ofrece una educación situada en lo humano. Y frente a la ansiedad de resultados, invita a confiar en el proceso. Su llamado no ha perdido vigencia. Quizás hoy más que nunca, es necesario preguntarse: ¿estamos educando para la obediencia o para la libertad? ¿para la repetición o para la invención?
Breve Biografía de Loris Malaguzzi

Imagen creada por inteligencia artificial por Chat-GPT para El Candelabro.
Loris Malaguzzi (1920–1994) fue un pedagogo italiano, célebre por ser el fundador de la filosofía educativa Reggio Emilia, una propuesta centrada en el respeto, la creatividad y la autonomía de los niños. Nació el 23 de febrero de 1920 en Correggio, una pequeña ciudad de la región de Emilia-Romaña, al norte de Italia.
Su padre, Giuseppe Malaguzzi, era funcionario del gobierno y su madre, Brunilde Malaguzzi, ama de casa, desempeñó un papel clave en la formación afectiva e intelectual de Loris. Aunque la familia no era adinerada, valoraban profundamente la educación y el pensamiento crítico. Desde joven, Malaguzzi mostró una gran sensibilidad social, influida tanto por el entorno político de la Italia de entreguerras como por el fuerte sentido comunitario inculcado por sus padres.
Estudió psicología en la Universidad de Roma y se formó como maestro. Tras la Segunda Guerra Mundial, se involucró activamente en la reconstrucción social y educativa de su país. Fue en Reggio Emilia, una ciudad cercana a su lugar natal, donde comenzó a desarrollar un enfoque educativo innovador junto a padres y madres que, tras el fascismo, deseaban una escuela libre, democrática y participativa. Así nació la filosofía Reggio Emilia, basada en la idea de que el niño tiene “cien lenguajes” para expresarse, y que el entorno y la comunidad son elementos clave en su desarrollo.
Malaguzzi murió en 1994, pero su legado sigue vivo en escuelas de todo el mundo.
Referencias
- Malaguzzi, L. (1993). The hundred languages of children. Reggio Children.
- Edwards, C., Gandini, L., & Forman, G. (2012). The hundred languages of children: The Reggio Emilia experience in transformation. Praeger.
- Rinaldi, C. (2006). In dialogue with Reggio Emilia: Listening, researching and learning. Routledge.
- Dahlberg, G., Moss, P., & Pence, A. (2007). Beyond quality in early childhood education and care. Routledge.
- Vecchi, V. (2010). Art and creativity in Reggio Emilia: Exploring the role and potential of ateliers in early childhood education. Routledge.
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