Entre acordes celestiales y símbolos velados, Mozart trazó un camino que trascendió la música para adentrarse en los misterios de la masonería. Su genio no solo brilló en teatros y salones, sino también en templos donde la sabiduría se codificaba en ritos y silencios. Fue más que un compositor: fue un iniciado, un buscador de verdad envuelto en notas y secretos. ¿Puede la música ser un puente hacia lo sagrado? ¿Hasta qué punto una partitura puede revelar una filosofía oculta?


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Mozart, un Masón Complejo: Música, Iniciación y Misterio


Wolfgang Amadeus Mozart, genio indiscutible del clasicismo europeo, no solo revolucionó la música clásica occidental, sino que también dejó una profunda huella en los círculos masónicos de la Viena del siglo XVIII. Su afiliación a la masonería austríaca no fue un episodio marginal en su vida, sino una dimensión espiritual, filosófica y artística que marcó su producción compositiva y su cosmovisión humanista.

Mozart fue iniciado el 14 de diciembre de 1784 en la logia “Zur Wohltätigkeit” (“La Beneficencia”), cuando contaba con 28 años. Desde entonces se comprometió con los valores de fraternidad, igualdad y búsqueda del conocimiento, que la masonería ilustrada cultivaba. En poco tiempo ascendió al grado de maestro masón, alcanzando ese rango antes del 22 de abril de 1785, según los registros oficiales de su logia.

En un contexto donde la Iglesia católica romana prohibía la participación en logias, la pertenencia de Mozart a este círculo secreto representó un acto de autonomía intelectual. Su compromiso fue tan profundo que introdujo en la orden a su padre, Leopold Mozart, y a su amigo Franz Joseph Haydn. En la logia entabló amistad con figuras como Emanuel Schikaneder, dramaturgo y también hermano masón.

Mozart no fue un masón pasivo. Compuso más de una decena de obras específicamente para ceremonias masónicas, algunas de ellas aún interpretadas en logias contemporáneas. Entre estas, destaca la “Música fúnebre masónica” (K. 477), una de las piezas más solemnes de su catálogo. También destacan cantatas como “Die Maurerfreude” (K. 471) o “Ihr unsre neuen Leiter” (K. 484), compuestas para homenajes e iniciaciones.

La relación entre Mozart y la masonería se expresa no solo en la intención ritual de sus obras, sino en su lenguaje simbólico y espiritual. La célebre ópera La flauta mágica (K. 620), con libreto de Schikaneder, es probablemente la obra más masónica de toda su producción. Su estructura, personajes y temas reflejan el rito de iniciación del sistema Zinnendorf, entonces vigente en Viena.

Esta ópera inicia con tres potentes acordes que remiten directamente a las “baterías masónicas”, un elemento musical ritual presente en muchas logias. El enfrentamiento entre la luz y las tinieblas, tema central de la obra, evoca el camino del masón hacia el conocimiento, la virtud y la liberación interior, en una alegoría que conjuga religión, razón y esoterismo ilustrado.

Antes incluso de su iniciación, Mozart había puesto música a textos con contenido masónico. Su temprano interés por esta corriente espiritual se refleja en composiciones como “Thamos, rey de Egipto” (K. 345), drama con resonancias rituales profundas. Esta obra, estrenada en 1773, es una primera aproximación a los símbolos de la fraternidad universal.

Durante sus años como hermano masón, Mozart participó en al menos dos logias distintas: “Zur Wohltätigkeit” y “Zur wahren Eintracht” (“Concordia Verdadera”), esta última considerada como la más aristocrática de Viena. Ambas seguían el Rito Zinnendorf, una variante del rito escocés rectificado con inclinaciones filosóficas y místicas propias de la tradición germánica.

Entre las obras más representativas de su repertorio masónico encontramos piezas como “Die ihr einem neuen Grade” (K. 468), dirigida a los hermanos que ascendían de grado, y “Dir, Seele des Weltalls” (K. 429), cantata que exalta al “alma del universo”. También compuso piezas más introspectivas como el Adagio para instrumentos de viento (K. 411), ideal para momentos de recogimiento en las tenidas.

En sus últimas composiciones, el tono masónico adquiere una densidad emocional particular. Su “Ave verum corpus” (K. 618) y el “Adagio y Rondó” (K. 617) revelan una sensibilidad espiritual aguda, posiblemente acentuada por la cercanía de su muerte. Estas piezas, aunque no masónicas en sentido estricto, condensan su anhelo por lo trascendente y lo eterno.

Cabe destacar que, dos días antes de enfermarse gravemente, Mozart dirigió en su logia su última obra masónica: “Lasst uns mit geschlungnen Händen” (K. 623a), conocida como la “Pequeña Cantata Masónica”. Este momento, cargado de simbolismo, ha sido interpretado por muchos estudiosos como su despedida del mundo profano, un gesto final de lealtad a los ideales de la orden.

Además de estas composiciones explícitas, muchas otras obras de Mozart llevan la huella de su pensamiento masónico. La Sinfonía en Mi bemol mayor (K. 543) incorpora progresiones armónicas que sugieren la búsqueda del equilibrio y la armonía interior, ejes fundamentales del pensamiento esotérico del siglo XVIII.

El vínculo entre Mozart y el pensamiento masónico no debe entenderse como una mera coincidencia estética. La masonería proporcionó al compositor un marco ético y espiritual desde el cual dar forma a su arte. La fraternidad, el respeto a la dignidad humana y la elevación del espíritu eran principios compartidos tanto por sus logias como por su música.

El carácter complejo de Mozart como masón se manifiesta también en sus relaciones personales. Su amistad con Otto von Gemmingen, figura influyente de la masonería vienesa, fue crucial para su admisión. Su vínculo con Haydn —quien también fue iniciado gracias a Mozart— muestra cómo la fraternidad masónica trascendía lo ceremonial, generando redes de apoyo entre artistas e intelectuales.

La masonería no solo influyó su obra, sino también su visión del mundo. En tiempos de censura, absolutismo y tensiones religiosas, la logia se convirtió en un refugio intelectual. Le permitió explorar con libertad ideas sobre la razón, la naturaleza y la moral, sin las restricciones de la ortodoxia ni del dogma eclesiástico.

Mozart vivió sus años masónicos en un contexto ambiguo. Aunque la masonería era legal en Austria, la presión eclesiástica se mantenía fuerte. Los masones eran vistos con sospecha por su hermetismo y sus vínculos con la filosofía ilustrada. Pese a ello, Mozart nunca ocultó su pertenencia ni sus simpatías. Su arte fue un vehículo para divulgar los ideales universales de la orden.

No es casualidad que muchas de sus obras masónicas se centren en la alegría, la luz y la unidad. Estos elementos reflejan la esencia del pensamiento humanista ilustrado, que veía en el arte un medio de transformación ética y social. En ese sentido, la obra de Mozart puede leerse como un himno continuo a la elevación del alma y la fraternidad universal.

El legado masónico de Mozart trasciende el hecho biográfico. Sus obras aún se interpretan en ceremonias, sus símbolos se estudian en las logias, y su figura se venera como ejemplo de artista iluminado, capaz de fusionar belleza, ética y misterio. Su paso por la masonería no fue una anécdota, sino una parte esencial de su identidad como hombre y como creador.

Wolfgang Amadeus Mozart representa uno de los casos más singulares de simbiosis entre música y esoterismo ilustrado. Su legado masónico no es solo estético: es una ética sonora, una filosofía hecha melodía, una invitación permanente al perfeccionamiento del ser humano a través del arte y el pensamiento.


Referencias:

  1. Deutsch, Otto Erich. Mozart: A Documentary Biography. Stanford University Press, 1965.
  2. Gutman, Robert. Mozart: A Cultural Biography. Harcourt, 1999.
  3. Tilson Thomas, Michael. Keeping Score: Mozart and the Freemasons. PBS, 2006.
  4. Solomon, Maynard. Mozart: A Life. Harper Perennial, 2005.
  5. Chailley, Jacques. La flûte enchantée: Opéra maçonnique. Fayard, 1996.

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