Entre los pliegues de la canción latinoamericana, pocas obras han logrado conjugar con tanta sutileza la sensibilidad poética con una visión del mundo profundamente humana como No soy de aquí ni soy de allá. Este himno existencial, interpretado por Alberto Cortez y escrito por Facundo Cabral, escapa a los géneros y desafía los moldes culturales. Su vigencia no radica en lo anecdótico, sino en lo esencial. ¿Qué significa realmente pertenecer? ¿Y qué perdemos al definirnos demasiado?
El CANDELABRO.ILUMINANDO MENTES

Imagen creada por inteligencia artificial por Chat-GPT para El Candelabro.
No soy de aquí
Versión de Alberto Cortez ‧ 1976
Me gusta andar
Pero no sigo el camino
Pues lo seguro ya no tiene misterio
Me gusta ir con el verano
Muy lejos
Pero volver donde mi madre en invierno
Y ver los perros que jamás me olvidaron
Y los abrazos que me dan mis hermanos
Me gusta el sol
Y la mujer cuando llora
Las golondrinas y también las señoras
Saltar balcones y abrir las ventanas
Y las muchachas en abril
Me gusta el vino, tanto como las flores
Y los amantes, pero no los señores
Me encanta ser amigo de los ladrones
Y las canciones en francés
No soy de aquí ni soy de allá
No tengo edad ni porvenir
Y ser feliz es mi color de identidad
No soy de aquí ni soy de allá
No tengo edad ni porvenir
Y ser feliz es mi color de identidad
Me gusta estar tirado siempre en la arena
O en bicicleta, perseguir a Manuela
O todo el tiempo para ver las estrellas
Con la María en el trigal
No soy de aquí ni soy de allá
No tengo edad ni porvenir
Y ser feliz es mi color de identidad
Compositor: Rodolfo Enrique Cabral
No soy de aquí, ni soy de allá: un canto a la identidad errante
En la canción No soy de aquí, ni soy de allá, interpretada por Alberto Cortez y compuesta por Facundo Cabral, se condensa una filosofía de vida que desafía las convenciones sociales modernas sobre el arraigo, la edad, el éxito y el porvenir. Con una poética cargada de simbolismo, esta obra musical se erige como una declaración de libertad personal, un manifiesto de desapego que rehúye las categorías tradicionales de pertenencia, nacionalidad o propósito vital.
El verso inicial —“me gusta andar, pero no sigo el camino”— revela una postura estética y existencial: la del espíritu libre, que elige el misterio por encima de la certeza. En una sociedad obsesionada con la planificación, el control y los resultados, este comienzo tiene una carga subversiva. Cortez entona una preferencia por lo imprevisible, por el errar con propósito difuso, lo cual conecta con una noción antigua del homo viator, el ser humano como viajero del mundo.
Esta canción no es una simple exaltación del nomadismo físico, sino del desarraigo voluntario, esa actitud interna de no pertenecer del todo a ningún sitio, ni siquiera a uno mismo. El “volver donde mi madre en invierno” no contradice el viaje; al contrario, lo complementa. En este ciclo de ida y vuelta, la figura materna y los “perros que jamás me olvidaron” representan un ancla afectiva, no territorial. El hogar, entonces, no es un lugar fijo, sino un momento afectivo al que se regresa sin que ello implique renunciar a la libertad.
Desde esta perspectiva, la letra construye una nueva forma de identidad fluida, donde el sujeto no se define por un pasaporte, un estatus o una biografía lineal. “No tengo edad ni porvenir” elimina dos de los pilares sobre los que se sustenta la vida moderna: el tiempo cronológico y la productividad. Cabral —y por extensión Cortez— nos propone una ontología alternativa: la felicidad como núcleo identitario, la alegría como afirmación existencial.
Este enfoque entronca con ciertas filosofías orientales, especialmente el budismo zen, que rechaza el deseo como motor de vida y abraza la atención plena. También remite al pensamiento estoico, para el cual lo único verdaderamente valioso es lo que depende de nosotros: en este caso, el gozo, el asombro, el amor por lo simple. Cuando el protagonista dice “me gusta el sol y la mujer cuando llora”, está expresando una sensibilidad que no discrimina entre lo bello y lo doloroso; todo es experiencia digna de ser vivida.
En la misma línea, la mención de “las golondrinas y también las señoras” rompe con cualquier forma de clasismo emocional. El hablante no privilegia lo natural sobre lo humano, ni lo joven sobre lo viejo. Le gusta “saltar balcones y abrir las ventanas”, es decir, descubrir lo oculto, abrirse a lo nuevo, desafiar la quietud. Su felicidad está en el movimiento, no en la posesión. Esa es quizás la enseñanza más poderosa de esta canción: el desapego como plenitud.
En términos musicales, No soy de aquí, ni soy de allá se inscribe en el género de la canción de autor, caracterizado por la lírica reflexiva y el compromiso con una mirada crítica del mundo. En los años setenta, cuando la canción fue popularizada, América Latina atravesaba profundas crisis políticas y sociales. En ese contexto, esta pieza ofrecía una forma de resistencia sutil: no desde la denuncia explícita, sino desde la afirmación del individuo como sujeto soberano.
El hablante de la canción también establece una ética basada en el afecto y el disfrute estético. “Me gusta el vino tanto como las flores” expresa una equivalencia entre lo sensorial y lo simbólico, entre lo mundano y lo espiritual. Su gusto por “los amantes pero no los señores” revela una postura claramente anti-establishment. El amor libre y el arte —“las canciones en francés”— son aquí formas de resistencia frente a la rigidez institucional.
Esta actitud alcanza su clímax en el estribillo: “No soy de aquí ni soy de allá, no tengo edad ni porvenir y ser feliz es mi color de identidad”. La repetición refuerza el mensaje como un mantra. Frente a un mundo que exige definiciones claras, este sujeto se define por lo indefinido. La identidad, que en la modernidad se construye como un sistema cerrado de características, se convierte en esta canción en un espacio abierto, lúdico y siempre cambiante.
Es interesante cómo esta poética de la libertad también abraza lo cotidiano. El hablante no se pierde en abstracciones místicas, sino que encuentra la plenitud en actos tan simples como “estar tirado en la arena” o “ver las estrellas con la María en el trigal”. Esta proximidad a la naturaleza, lejos de idealizarla, la humaniza: el campo y el cielo no son lugares de contemplación pasiva, sino escenarios de ternura, erotismo y juego.
En esta visión del mundo, el viaje no tiene un destino, y eso es lo que lo hace valioso. El porvenir pierde importancia frente al presente expandido. Esta es una crítica implícita al paradigma capitalista, que mide la vida en función de metas, rendimientos y acumulación. En cambio, Cabral —y Cortez al interpretarlo— nos invita a una existencia sin acumulación, donde lo vivido no deja propiedad sino memoria, y donde la pertenencia no es a un país sino a un instante.
La influencia de esta canción se ha extendido a lo largo de las décadas como un himno de quienes se sienten ajenos al mundo moderno, ya sea por convicción filosófica o por exclusión social. Ha sido adoptada por nómadas, exiliados, artistas y soñadores de toda índole. Su éxito radica en que no impone un camino, sino que legitima todos los caminos. Es una canción que no exige nada, solo propone: la felicidad como única patria.
Más allá de su carga simbólica, No soy de aquí, ni soy de allá representa una ruptura con el nacionalismo sentimental y con la idea de que todo ser humano debe tener una raíz profunda. En lugar de enraizarse, el sujeto se expande. Esta idea, lejos de ser una negación de la historia o del vínculo afectivo, es una apuesta por una identidad nómada, abierta, hospitalaria y resistente al dogma.
En última instancia, este tema plantea una pregunta tan vieja como la humanidad: ¿qué nos define? Para Cabral, la respuesta no es una bandera, ni una profesión, ni una edad. Nos define aquello que amamos. Nos define la risa, el vino, las flores, las canciones. Y en esa enumeración tan sencilla y humana, radica una sabiduría profunda: la de no tomarse tan en serio, la de saber que, al final, todo lo demás es prescindible.
En una época donde las identidades tienden a volverse rígidas, defensivas y excluyentes, la propuesta de esta canción es casi revolucionaria. Ser feliz como única definición; el goce como única promesa. En tiempos de pasaportes, algoritmos y fronteras ideológicas, la voz de Alberto Cortez sigue resonando como un recordatorio urgente de que se puede vivir de otro modo: con más alegría, menos etiquetas y una infinita disposición al asombro.
Referencias:
- Cabral, F. (1976). No soy de aquí, ni soy de allá. Letra y música original.
- Cortez, A. (1976). No soy de aquí, ni soy de allá [Grabación musical]. Discos CBS.
- Martínez, E. (2004). La canción de autor en América Latina. Fondo de Cultura Económica.
- Bauman, Z. (2000). Modernidad líquida. Fondo de Cultura Económica.
- Deleuze, G. & Guattari, F. (1980). Mil mesetas. Ed. Pre-Textos.
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