Entre los cimientos del pensamiento occidental, Platón erige una advertencia que resuena aún en la era digital: cuando el poder se divorcia del conocimiento, la democracia moderna se convierte en un escenario vulnerable al capricho colectivo. No se trata de una nostalgia autoritaria, sino de una exigencia ética: gobernar requiere más que votos, exige sabiduría. ¿Podemos sostener una democracia sin ciudadanos formados? ¿Estamos eligiendo líderes o sólo espejos de nuestras pasiones?


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Imagen creada por inteligencia artificial por Chat-GPT para El Candelabro.

¿Por qué Platón se opondría a la democracia moderna?


En la vasta arquitectura filosófica de Platón, la democracia no representa el ideal político, sino una forma degenerada de gobierno. Para el filósofo ateniense, el verdadero orden político es aquel que refleja la justicia en su estructura interna, y la democracia, lejos de alcanzarla, sería su antítesis disfrazada de libertad. En La República, Platón advierte sobre los peligros de una democracia mal entendida, donde la libertad se transforma en desenfreno y la igualdad en relativismo político.

Según Platón, la democracia surge cuando la oligarquía colapsa debido a su codicia, y el pueblo, harto de las desigualdades, toma el poder. Sin embargo, este nuevo orden no se guía por la razón, sino por el deseo. La masa, carente de educación filosófica, elige gobernantes no por su sabiduría, sino por su capacidad de agradar. Así, el poder se desplaza hacia los demagogos, expertos en manipular emociones, no en gobernar con justicia. La política se convierte en espectáculo y el saber en irrelevancia.

Este diagnóstico, formulado en el siglo IV a.C., resuena con fuerza en la democracia moderna, donde la popularidad frecuentemente supera a la virtud cívica. Las campañas electorales priorizan la imagen sobre el contenido, y las redes sociales convierten la opinión en moneda política. Para Platón, este escenario es un preludio al caos: cuando todos tienen derecho a opinar sin tener conocimiento, el bien común se diluye en una multitud de deseos personales enfrentados.

El problema central radica en la confusión entre doxa (opinión) y episteme (conocimiento). En una democracia que no diferencia entre ambas, la ignorancia adquiere la misma validez que la sabiduría. Esta equiparación no solo distorsiona las decisiones públicas, sino que socava la autoridad del saber. Platón sostenía que gobernar es un arte, no una improvisación, y como todo arte, requiere formación rigurosa y compromiso con el bien colectivo.

Aunque las democracias actuales han desarrollado mecanismos de división de poderes, derechos fundamentales y constituciones, Platón podría seguir considerando que estas estructuras no neutralizan la raíz del problema: la falta de educación filosófica y la dependencia de criterios emocionales. En su visión, una comunidad justa solo es posible cuando quienes gobiernan son capaces de discernir lo justo, lo verdadero y lo necesario. Y eso no nace de la mayoría, sino del entrenamiento intelectual.

La alternativa platónica no es una tiranía ilustrada, sino una aristocracia del saber: el gobierno de los más sabios, los filósofos-reyes. Estos no buscan el poder por ambición, sino por deber. Son formados desde la niñez en matemáticas, lógica, música, gimnasia, dialéctica y, sobre todo, en el amor a la verdad. Su misión no es imponer su voluntad, sino descubrir las formas eternas del bien y aplicarlas a la ciudad. La justicia, en este modelo, es el equilibrio entre las partes del alma y del Estado.

En contraste con la realidad contemporánea, donde la política está plagada de eslóganes, intereses económicos y luchas partidistas, la propuesta de Platón parece utópica. Sin embargo, su crítica nos obliga a reflexionar sobre nuestras propias instituciones. ¿Estamos formando a los ciudadanos para deliberar racionalmente? ¿O estamos fomentando un clima donde lo emocional prima sobre lo reflexivo? La democracia solo es sostenible si está acompañada de una cultura cívica exigente y crítica.

La desconfianza de Platón hacia el gobierno de las masas se sustenta en una concepción antropológica: el alma humana está dividida entre razón, espíritu y deseo. En una democracia, según él, domina el deseo, y eso lleva a la inestabilidad. Para evitar la tiranía que sigue a la democracia desordenada, es necesario restaurar el equilibrio mediante la educación del alma. No basta con votar; es preciso saber por qué y para qué se vota. La libertad sin dirección lleva a su negación.

Platón, por tanto, no está “cancelado”. Su voz filosófica sigue viva porque toca una fibra sensible del presente: la fragilidad democrática. La tecnocracia, la posverdad, el populismo y la indiferencia cívica son síntomas de una enfermedad que él ya diagnosticó: el desgobierno de la ignorancia organizada. Su ideal no fue destruir la participación, sino elevar su calidad. La participación sin conocimiento no es libertad, sino una forma distinta de esclavitud, disfrazada de elección.

La formación ética e intelectual de los líderes políticos es un tema que hoy resuena más que nunca. Las decisiones públicas requieren competencias que van más allá del carisma o la simpatía. Necesitan pensamiento crítico, capacidad de abstracción y compromiso con el largo plazo. Platón propuso que solo quienes conocen el bien en sí pueden gobernar con justicia. Y aunque su modelo parezca inalcanzable, su exigencia ética debe ser un horizonte para cualquier sistema político serio.

Más que rechazar la democracia como tal, Platón rechaza la trivialización de la política. Su obra interpela a las democracias modernas a tomarse en serio la educación filosófica, el cultivo de la razón y la defensa de la verdad. Solo así podrá evitarse el riesgo que él temía: que el deseo ilimitado de libertad conduzca, paradójicamente, a la pérdida de toda libertad. La verdadera amenaza para la democracia no es el autoritarismo externo, sino el vacío interno de sentido.

La tensión entre opinión pública y sabiduría filosófica es, en última instancia, una llamada a repensar nuestras prácticas. Platón no desprecia al pueblo; teme lo que puede pasarle cuando no tiene acceso al conocimiento. Su crítica es profundamente pedagógica: nos advierte que sin formación, la libertad se vuelve ingobernable. Y sin un propósito claro, el Estado democrático puede hundirse en el mismo abismo del que quiso escapar: el reino del capricho.

El futuro de la democracia depende, en buena medida, de que sus ciudadanos y gobernantes entiendan lo que Platón quiso transmitir: que la política es el arte más difícil porque busca ordenar lo múltiple bajo el signo de lo justo. No basta con querer el bien: hay que conocerlo. Y ese conocimiento no se improvisa, se cultiva. Por eso, su legado filosófico sigue siendo una brújula ética en un mundo que a menudo confunde el ruido con el pensamiento y la emoción con la verdad.


Referencias:

  1. Platón. La República. Trad. María Araujo y Carlos García Gual. Madrid: Gredos, 2007.
  2. Nussbaum, Martha. Not For Profit: Why Democracy Needs the Humanities. Princeton University Press, 2010.
  3. Reeve, C.D.C. Philosopher-Kings: The Argument of Plato’s Republic. Hackett Publishing, 1988.
  4. Ferrari, G.R.F. Listening to the Cicadas: A Study of Plato’s Phaedrus. Cambridge University Press, 1987.
  5. Annas, Julia. An Introduction to Plato’s Republic. Oxford University Press, 1981.

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