Entre la decisión política y el relato fundacional, el 4 de julio se impuso como símbolo nacional, eclipsando la votación del 2 de julio que marcó la independencia efectiva de Estados Unidos. No fue el día del acto, sino el del mensaje. Un documento impreso, más que un voto sellado, forjó el mito. ¿Es la historia lo que sucede o lo que elegimos conmemorar? ¿Vale más el acto en sí o la fecha que grabamos en la memoria colectiva?


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Imagen creada por inteligencia artificial con ChatGPT para El Candelabro.

¿Por qué Estados Unidos celebra su independencia el 4 de julio y no el 2 de julio?


Entre la tinta fresca de las imprentas coloniales y los ecos de un continente en ebullición, la fecha del 4 de julio emergió no por el acto de independencia en sí, sino por el símbolo que imprimió en la conciencia nacional. ¿Qué peso tiene una fecha frente a un documento? ¿Qué conmemoramos: el momento de la decisión o el de su proclamación?

El 2 de julio de 1776, el Congreso Continental votó a favor de la independencia, adoptando la Resolución de Lee que declaraba la separación formal de las Trece Colonias del Imperio británico. John Adams, convencido de la trascendencia de ese acto, escribió a su esposa que ese día sería “solemnizado con pompa y desfile” durante generaciones. Sin embargo, la historia se decantaría por otra fecha.

El 1 de julio se celebró una votación inicial donde aún no existía consenso. Algunos estados no estaban listos para romper con la metrópoli, como Pensilvania y Carolina del Sur, y Nueva York se abstuvo. Pero el 2 de julio, tras intensos debates, todas las colonias (excepto Nueva York, que se sumaría días después) votaron a favor de la independencia. En términos legales y políticos, ese fue el día de la ruptura.

No obstante, el Congreso sabía que la historia no se escribe solo con votos, sino también con palabras. La Declaración de Independencia, redactada por Thomas Jefferson y revisada por el Comité de los Cinco, se convertiría en el documento fundacional del nuevo país. Su versión final fue adoptada oficialmente el 4 de julio, tras dos días de edición y deliberación.

Es por esta razón que el encabezado de la Declaración lleva la fecha “En Congreso, 4 de julio de 1776”. Ese fue el día en que el Congreso aprobó el texto que explicaba al mundo por qué Estados Unidos había decidido separarse de Gran Bretaña. Lo que se conmemora, entonces, no es la decisión política del 2 de julio, sino la proclamación pública y escrita del 4.

La imprenta de John Dunlap produjo unas 200 copias del documento aprobado, conocidas como las “copias de Dunlap”. Estas fueron distribuidas a los estados y al ejército. Su fecha, 4 de julio, quedó registrada como el nacimiento simbólico de la nueva nación, a pesar de que el documento no fue firmado hasta semanas después, el 2 de agosto en su mayoría.

El culto al 4 de julio comenzó temprano. Las celebraciones en Filadelfia ese mismo verano incluyeron fuegos artificiales, campanas y discursos patrióticos. A lo largo de los años, esta fecha eclipsó la del 2 de julio, aunque Adams siempre sostuvo que se conmemoraba el día erróneo. Sin embargo, las fechas simbólicas no siempre coinciden con los hechos jurídicos.

El 4 de julio se transformó así en una construcción cultural. Al portar la fecha del documento que explicaba los ideales del nuevo país –igualdad, libertad, búsqueda de la felicidad–, adquirió un valor emocional y retórico superior al de la votación original. Lo que se celebraba era tanto la independencia como su justificación moral.

La historia de esta discrepancia no es única. Muchas naciones eligen conmemorar actos simbólicos antes que los actos legales. Lo que distingue al caso estadounidense es la claridad con que se recuerda una fecha distinta a la de la decisión real. El mito fundacional necesitaba una fecha clara, un emblema, y esa fue la del 4 de julio.

Adams, visionario y firme defensor de la independencia, subestimó el poder de la comunicación pública. Mientras él veía el 2 como el verdadero acto fundacional, la posteridad prefirió la fecha del mensaje, no del gesto. La narrativa patriótica necesitaba una fecha impresa, visible, compartida por todos: el 4 de julio.

En efecto, el 4 de julio representa el nacimiento no solo de una república, sino de un relato: un país que se autodefine desde sus principios y no solo desde su ruptura con el pasado. En un mundo donde los símbolos pesan tanto como los hechos, la Declaración de Independencia marcó un parteaguas de civilización más allá de sus efectos inmediatos.

El propio Jefferson reconocería después el peso de su texto más que el de cualquier ley o batalla. Aunque el Congreso modificó el contenido original –eliminando, por ejemplo, la crítica a la esclavitud–, el espíritu del documento sobrevivió como piedra angular del imaginario estadounidense. Su fecha de aprobación fue la que se fijó en la conciencia nacional.

Los aniversarios no solo recuerdan lo sucedido, sino lo que queremos que haya sucedido. El 4 de julio, aunque técnicamente posterior a la votación decisiva, se convirtió en una fecha cargada de sentido, un símbolo de unidad, libertad y futuro compartido. Fue, en definitiva, una elección de narrativa nacional.

Esta preferencia por la fecha de proclamación sobre la de decisión tiene ecos modernos. En política contemporánea, la fecha en que se firma una ley suele pesar más que la de su aprobación legislativa. Lo mismo sucede en tratados internacionales. Lo que se comunica es tan importante como lo que se resuelve.

Así, el 4 de julio no solo celebra una independencia, sino una forma de entender la historia. Los Estados Unidos decidieron nacer no en el acto silencioso de una votación cerrada, sino en la afirmación pública de sus principios. El documento fue el umbral entre la revolución y la nación.

En ese gesto se vislumbra una lección política: la legitimidad no solo surge del poder, sino de la expresión pública de una causa. El 4 de julio condensa esa verdad. Es el día en que un grupo de colonos dejó de ser súbditos y empezó a pensarse como ciudadanos. Ese cambio ocurrió en el papel, pero transformó el mundo real.

La elección del 4 de julio sobre el 2 nos recuerda que la historia es tanto un hecho como una narración. Jefferson no fundó la nación con espadas ni cañones, sino con palabras. Por eso, en cada celebración, los fuegos artificiales iluminan tanto la memoria del pasado como la idea de un país que, cada año, renace en su propio relato.

La persistencia de esta fecha revela también cómo los símbolos nacionales se construyen en diálogo entre el acto político y la memoria colectiva. En Estados Unidos, esta sinergia entre historia y mito sigue siendo un motor potente. El 4 de julio no solo celebra una independencia: celebra la manera en que fue contada.


Referencias:

Ellis, J. J. (2007). American Creation: Triumphs and Tragedies at the Founding of the Republic. Vintage Books.

Maier, P. (1997). American Scripture: Making the Declaration of Independence. Knopf.

Wood, G. S. (2002). The American Revolution: A History. Modern Library.

Ferling, J. (2007). Almost a Miracle: The American Victory in the War of Independence. Oxford University Press.

Middlekauff, R. (2005). The Glorious Cause: The American Revolution, 1763-1789. Oxford University Press.


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