Entre la repetición hipnótica de un solo sonido y la vastedad milenaria de un sistema ideográfico, se libra una batalla invisible: la de la romanización del chino mandarín contra la integridad de sus caracteres tradicionales. Zhao Yuanren no necesitó discursos para demostrar lo que podía exhibir con arte: que no toda lengua puede reducirse al oído. ¿Qué se pierde cuando el significado se disuelve en el sonido? ¿Y qué revela un idioma cuando exige ser visto, no solo escuchado?
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Romanización y caos: el poema “Shi Shi Shi Shi” como defensa del chino clásico
室詩士施氏, 嗜獅, 誓食十獅。氏時時適市視獅。十時, 適十獅適市。是時, 適施氏適市。氏視是十獅, 恃矢勢, 使是十獅逝世。氏拾是十獅屍, 適石室。石室濕, 氏使侍拭石室。石室拭, 氏始試食是十獅。食時, 始識是十獅, 實十石獅屍。試釋是事。
Una lengua no es solo un código para comunicarse: es una arquitectura del pensamiento. Así lo entendió Zhao Yuanren (1892-1982), el gran defensor del chino escrito tradicional. En su célebre poema 《施氏食獅史》, Zhao construyó una sátira lingüística perfecta: un relato lógico y detallado que, al ser transcrito fonéticamente, se vuelve un festival de la homofonía. ¿El resultado? Una masa uniforme e incomprensible de sílabas: shi shi shi shi shi…, como un mantra del absurdo.
El texto completo, transliterado a pinyin, suena así:
“Shī Shì shí shī shǐ. Shíshì shīshì Shī Shì, shì shī, shì shí shí shī…”, y continúa sin cesar en esa misma secuencia de “shi”. La intención de Zhao no es burlarse de la lengua, sino del intento de reducirla a un sistema puramente fonético, lo que haría colapsar su semántica. El poema es una trampa fonética: un texto que exige ver para comprender, que se niega a ser escuchado sin desmoronarse.
Lo que Zhao pone en evidencia es una característica esencial del chino mandarín: su escasa variedad de sílabas posibles. Con apenas 400 sílabas básicas y un total de unas 1.300 con tonos, la cantidad de homófonos es altísima. El poema aprovecha este rasgo para demostrar que, sin los caracteres escritos, el idioma se convierte en un caos imposible de descifrar. La fonetización sin apoyo visual colapsa en la redundancia sonora del shi infinito.
El poema tiene 92 caracteres, pero cada uno de ellos es un ideograma único con su propio significado. La escritura china no representa sonidos, representa ideas. En este sentido, Zhao no está simplemente mostrando una dificultad técnica, sino defendiendo la integridad filosófica del sistema logográfico. El carácter chino no es un adorno visual; es el alma del idioma. Su desaparición implicaría una amputación de la cultura y la historia que porta.
La escena del poema es tan sencilla como absurda: un poeta llamado Shi, que vive en una cueva de piedra, decide comerse diez leones. Los mata con flechas, los lleva a casa, limpia la cueva y se dispone a devorarlos. Pero al final descubre que los leones eran en realidad estatuas de piedra. La narrativa es coherente, pero queda completamente oculta si se suprime la forma escrita. Shi mata shi y come shi, en un mundo construido de shi. ¿Quién puede entender algo ahí?
Zhao Yuanren era un lingüista de formación occidental, doctor por Harvard, y conocía bien los argumentos a favor de la romanización. Pero también sabía que la lengua china no podía sobrevivir intacta si se separaban sus formas gráficas de su significado. Por eso, el poema no es solo una crítica: es una defensa estratégica, construida desde dentro, contra el utilitarismo pedagógico que buscaba hacer del chino un idioma más accesible a costa de su identidad estructural.
La repetición de “shi” genera un efecto casi performático. Leer el poema en voz alta produce confusión, risa, molestia e incluso desesperación. Es como si la lengua se volviera contra el lector. Pero esa es precisamente la enseñanza: cuando se pierde la escritura, la lengua se transforma en ruido, y no en comunicación. La crítica de Zhao es tan radical que no necesita explicación: el lector que intenta entender el poema solo en pinyin ya ha recibido la lección.
Este efecto cobra aún más fuerza en el contexto de los debates del siglo XX sobre la reforma del idioma. En la China de Mao, se promovió el uso del pinyin para aumentar la alfabetización. Aunque esto ayudó a millones, también planteó riesgos de uniformización. Zhao, con su poema, advierte que la alfabetización no puede consistir en reducir el idioma a lo legible por el oído. Hay significados que solo pueden verse, no escucharse. Hay ideas que se dibujan, no se pronuncian.
Desde una perspectiva semiótica, el poema nos recuerda que el significado no es solo acústico. En el chino, cada carácter porta un campo semántico específico, una raíz histórica y una imagen mental. Al sustituirlos por letras latinas, se borra toda esa riqueza. El poema “shi shi shi…” se convierte entonces en un campo minado de ambigüedad. Zhao no destruye el idioma: lo deja en su esqueleto sonoro para mostrar lo que ocurre cuando se arranca su carne simbólica.
El poema también es un gesto de resistencia cultural. En tiempos donde la tecnología y la globalización presionan por la estandarización, Zhao responde con un texto imposible de digitalizar sin perder su esencia. Incluso hoy, el poema es un reto para la inteligencia artificial, la traducción automática y los lectores electrónicos. Para entenderlo, se necesita conocimiento visual, contexto cultural y atención al detalle. No es un texto para oídos: es un poema para ojos chinos.
No es casual que el poema termine con un gesto metalingüístico: “intenta explicar este asunto”. Ese cierre es un desafío. Zhao ha construido un rompecabezas con las piezas repetidas, pero ninguna encaja si se las ve solo como sonidos. Su obra funciona como una defensa de lo irreductible: del trazo, de la forma, del sistema ideográfico como patrimonio intelectual. Su poema es un virus lógico contra la fonetización simplista, una obra maestra que demuestra, sin explicaciones, que a veces, escuchar no basta.
Así, “Shi Shi Shi Shi Shi…” no es un error de impresión ni una provocación absurda: es una defensa brillante de un idioma milenario. Zhao Yuanren no solo hizo poesía, hizo teoría lingüística con forma de fábula. Dejó un monumento literario que sólo se revela si se acepta que no todo puede traducirse, y que la belleza de una lengua a veces está en su complejidad irreductible. No hay atajos para entender el chino. Como el poema de Zhao lo demuestra: hay cosas que sólo se ven.
Nota:
La romanización del chino mandarín convierte su pronunciación en letras del alfabeto latino, como en el sistema pinyin. Aunque útil para aprender a hablar, pierde el sentido visual y semántico de los caracteres, ya que muchas palabras suenan igual pero significan cosas distintas. Sin los ideogramas, el idioma se vuelve ambiguo y difícil de entender. Romanizar facilita la fonética, pero sacrifica la precisión y profundidad del chino escrito.
Referencias
Zhao, Y. R. (1982). Selected Works of Yuen Ren Chao. Foreign Language Teaching and Research Press.
Norman, J. (1988). Chinese. Cambridge University Press.
DeFrancis, J. (1984). The Chinese Language: Fact and Fantasy. University of Hawaii Press.
Ramsey, S. R. (1987). The Languages of China. Princeton University Press.
Mair, V. H. (1991). Script and Society: The Role of Writing in Chinese Civilization. University of Pennsylvania.
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