Entre los múltiples hábitos que la modernidad ha transformado sin retorno, pocos son tan invisibles y decisivos como la manera en que dormimos. El sueño segmentado, lejos de ser una anomalía, fue durante siglos una forma legítima de descansar, profundamente integrada al ritmo natural del cuerpo humano. Sin embargo, hoy esa práctica yace olvidada, sepultada bajo la lógica del rendimiento continuo. ¿Y si no dormimos como deberíamos? ¿Y si la historia guarda un secreto que aún puede despertarnos?
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Imagen creada por inteligencia artificial por Chat-GPT para El Candelabro.
Cuando dormíamos en dos turnos: el sueño segmentado antes de la modernidad
Durante siglos, la humanidad no durmió como lo hace hoy. En lugar de un bloque continuo de descanso, lo más común era el llamado sueño bifásico o sueño segmentado, un patrón dividido en dos fases nocturnas. Esta forma de dormir, documentada ampliamente en Europa desde la Edad Media hasta bien entrado el siglo XIX, revela una relación muy distinta con la noche, el cuerpo y el tiempo. Entender esta práctica ofrece una perspectiva invaluable sobre cómo la modernidad ha moldeado incluso nuestros ritmos más íntimos.
Antes de la invención de la luz artificial, la noche estaba gobernada por la oscuridad total. Con la caída del sol, las actividades cesaban, y las personas se retiraban a dormir apenas entrada la noche. Sin embargo, al acostarse tan temprano, muchos se despertaban naturalmente tras unas tres o cuatro horas. Lejos de considerarlo un problema, este despertar intermedio era parte integral del descanso. Se levantaban, hablaban, rezaban, leían o meditaban, y luego volvían a la cama para el segundo sueño.
Este fenómeno del primer y segundo sueño aparece mencionado en cartas personales, novelas, diarios de viaje y textos médicos. El historiador Roger Ekirch, uno de los principales estudiosos del tema, encontró más de quinientas referencias directas al sueño segmentado en fuentes escritas entre los siglos XV y XVIII. La práctica estaba tan arraigada que muchos autores no se detenían a explicarla: simplemente la mencionaban como un hecho cotidiano, lo cual demuestra su normalidad.
Durante ese lapso nocturno, llamado “la vigilia” o “la contemplación”, las personas se dedicaban a actividades diversas. Algunos aprovechaban para realizar tareas domésticas menores, como remendar ropa o vigilar animales. Otros oraban, leían escrituras, escribían en sus diarios o mantenían conversaciones significativas. Era también un momento propicio para la intimidad conyugal, ya que el cuerpo se encontraba relajado tras el primer sueño profundo, y la mente, despejada.
La llegada del alumbrado público y de la electricidad doméstica transformó radicalmente esta dinámica. Las ciudades se encendieron tras la puesta del sol, y la jornada laboral se alargó. Con la luz artificial disponible, las personas comenzaron a retrasar su hora de dormir, comprimiendo el tiempo disponible para un segundo periodo de descanso. La presión de los nuevos horarios industriales exigió una noche de sueño consolidado y continuo, asociado a la productividad y al control del tiempo.
A medida que la sociedad se adaptaba a estos cambios, el sueño segmentado fue perdiendo terreno. Para el año 1900, esta antigua costumbre había desaparecido casi por completo de la cultura occidental. Lo que durante siglos fue la norma empezó a interpretarse como anomalía. Hoy en día, si alguien despierta a mitad de la noche, lo considera insomnio. Pero en el pasado, ese despertar era una experiencia esperada, incluso bienvenida, y estaba integrada a la rutina de vida.
Paradójicamente, el avance tecnológico que nos ha permitido vivir más allá del ritmo solar también ha provocado una creciente crisis del sueño. El insomnio moderno, los trastornos del ritmo circadiano y la dependencia de somníferos son cada vez más comunes. Investigaciones actuales han comenzado a revalorizar el modelo de sueño bifásico, no como una rareza histórica, sino como una alternativa natural y fisiológica a la rigidez contemporánea del descanso nocturno.
El cuerpo humano, de hecho, parece adaptarse fácilmente a este patrón segmentado. Estudios realizados en condiciones controladas de oscuridad durante 14 horas por noche muestran que los participantes tienden, espontáneamente, a dormir en dos fases. Esta evidencia sugiere que el sueño dividido podría ser una disposición biológica innata, reprimida por el ritmo artificial de la sociedad industrial. Dormir de un tirón podría no ser el patrón natural, sino el aprendido.
En este contexto, muchas prácticas que hoy llamamos “alternativas”, como el sueño polifásico o el descanso en ciclos, no son inventos modernos sino herencias olvidadas. Incluso culturas no occidentales mantuvieron durante siglos patrones segmentados, sin experimentarlos como problemas. La medicina tradicional china, por ejemplo, reconoce momentos energéticos diferenciados durante la noche, en armonía con los órganos del cuerpo, lo que sugiere una comprensión más matizada del descanso.
Recuperar la memoria del sueño segmentado no significa necesariamente abandonar los horarios modernos. Sin embargo, permite cuestionar la medicalización excesiva del insomnio y abrir la puerta a ritmos más humanos. En lugar de forzar el cuerpo a dormir bajo una lógica mecánica, podríamos aprender a escucharlo mejor, a observar sus ciclos naturales y a repensar lo que consideramos una “noche de sueño saludable”. Dormir dos veces no era un síntoma de enfermedad, sino una forma distinta de vivir el tiempo.
La historia del sueño revela, en última instancia, que el descanso también es cultural. Lo que hoy nos parece normal fue antes impensable, y lo que antes fue costumbre puede hoy parecernos disfunción. Esta lección invita a una visión crítica sobre el presente: si el modelo actual de sueño no funciona para millones de personas, tal vez no sea porque estén enfermas, sino porque estamos exigiendo a sus cuerpos una adaptación antinatural al ritmo del mundo moderno.
Desde el punto de vista académico, el reconocimiento del sueño segmentado en la Edad Media también desafía los relatos progresistas que asocian cada cambio histórico con una mejora. No todo lo antiguo es inferior ni todo lo nuevo, superior. En algunos aspectos, los pueblos preindustriales disfrutaban de una relación más libre y orgánica con su cuerpo. Dormir de forma interrumpida no era una patología, sino una forma viable de existir en sincronía con la noche.
Hoy, en plena era digital, la restauración de un patrón bifásico sería difícil sin cambios profundos en las estructuras sociales y laborales. Pero al menos, saber que dormir en dos fases fue alguna vez la norma puede aliviar la ansiedad de quienes despiertan en la madrugada. En lugar de desesperarse, podrían tomar ese momento como una pausa legítima: leer, escribir, respirar. Tal vez el insomnio no sea siempre un enemigo, sino un eco ancestral que resiste a desaparecer.
La investigación en neurociencia y cronobiología apenas empieza a comprender la profundidad de estos ciclos. El sueño, lejos de ser un simple mecanismo de apagado, es una dimensión compleja y vulnerable de la vida humana. Repensar cómo dormimos es también repensar cómo vivimos. La oscuridad no es solo ausencia de luz, sino un espacio de recogimiento, de pausa, de encuentro consigo mismo. Y, quizás, de un descanso más sabio, dividido en dos.
Referencias
- Ekirch, R. A. (2005). At Day’s Close: Night in Times Past. W. W. Norton & Company.
- Wehr, T. A. (1992). In short photoperiods, human sleep is biphasic. Journal of Sleep Research, 1(2), 103–107.
- Ekirch, R. A. (2001). Sleep We Have Lost: Pre-Industrial Slumber in the British Isles. The American Historical Review, 106(2), 343–386.
- Worthman, C. M., & Melby, M. K. (2002). Toward a comparative developmental ecology of human sleep. In Adolescent sleep patterns (pp. 69–117). Cambridge University Press.
- Aveni, A. (2008). The Book of the Year: A Brief History of Our Seasonal Holidays. Oxford University Press.
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