Entre las ruinas del pensamiento racional y las sombras del pasado, emergen relatos silenciados por siglos: testimonios arqueológicos que exponen cómo el miedo colectivo moldeó prácticas funerarias insólitas. En el corazón de Europa, el temor a los muertos vivientes no fue una metáfora, sino una fuerza social capaz de reescribir la muerte. Estos restos no sólo cuentan historias; interpelan a una humanidad que aún busca sentido en el terror. ¿Hasta dónde puede llevarnos el miedo? ¿A quién decidimos temer incluso después de muerto?
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Imagen creada por inteligencia artificial por Chat-GPT para El Candelabro.
El legado oscuro de los “comedores de mortajas”: arqueología del miedo en Europa medieval
En una pequeña isla de la laguna veneciana, llamada Lazzaretto Nuovo, arqueólogos italianos realizaron un hallazgo perturbador que reabrió un capítulo olvidado del imaginario medieval europeo. Entre restos de víctimas de la peste, apareció el esqueleto de una mujer con un ladrillo incrustado en la boca, un acto intencional y cargado de simbolismo. Esta escena macabra refleja antiguas prácticas funerarias basadas en el temor a los muertos vivientes o “revenants”.
Durante siglos, el miedo a los cadáveres que regresaban de la tumba recorrió Europa. La figura del vampiro medieval dista mucho del aristócrata romántico de la literatura decimonónica. En su lugar, el monstruo era alguien cercano: un vecino, un pariente, un cuerpo infectado por la peste, que tras la muerte continuaba contaminando, devorando y corrompiendo. Este miedo atávico dio lugar a rituales apotropaicos, acciones destinadas a impedir que ciertos difuntos se levantaran de su tumba.
Los arqueólogos identifican estos casos por elementos precisos: estacas clavadas, decapitaciones rituales, piedras en la boca o incluso cuerpos asegurados con cadenas de hierro. En Bulgaria, Polonia, Austria e Italia, múltiples hallazgos han confirmado la existencia de esta práctica. El término “comedores de mortajas” hace alusión a la creencia de que algunos muertos se alimentaban del sudario o incluso de otros cadáveres, extendiendo la peste desde la tumba y propagando el terror más allá del plano vital.
El cuerpo de Lazzaretto Nuovo no fue enterrado con honores. Fue arrojado a una fosa común, en compañía de otras víctimas de la peste. Pero su tratamiento fue distinto. La colocación de un ladrillo en su boca implica que fue considerada peligrosa incluso en la muerte. No se trataba de una criminal ni de una figura pública. Era una mujer común, marcada quizás por una deformidad, una mirada inquietante o simplemente por la desesperación colectiva que envolvía a Europa en tiempos de peste bubónica.
Estos rituales no surgieron por crueldad gratuita. Reflejan el intento desesperado de comprender y controlar lo incomprensible. En un mundo donde la muerte masiva era cotidiana y los sistemas sanitarios inexistentes, el imaginario sobrenatural llenaba los vacíos explicativos. La figura del vampiro era, en cierto modo, una metáfora del contagio: un muerto que continuaba matando. El miedo se convertía en herramienta de contención social y de justificación ritual.
El caso de la mujer del ladrillo no es aislado. En Polonia, en el yacimiento de Drawsko, se hallaron cadáveres con hoces colocadas sobre el cuello o el abdomen, en clara señal de prevención ante posibles levantamientos post mortem. En Bulgaria, algunos esqueletos presentaban clavos de hierro atravesando el corazón. Estas prácticas evidencian un pensamiento común en Europa medieval: el cuerpo debía ser silenciado, inmovilizado y neutralizado para evitar su regreso.
El miedo al retorno del muerto es universal y atemporal, pero adopta formas distintas según el contexto cultural. En la Europa del siglo XIV, el vampiro era un reflejo del trauma colectivo, una proyección del miedo a la peste negra, a la descomposición del orden social y a la fragilidad de la vida. Este vampiro no era seductor ni inmortal. Era un cadáver hinchado, putrefacto, a menudo el primero en morir en una casa, señalado por la superstición y ejecutado simbólicamente para salvar a los vivos.
La relación entre peste y superstición es íntima. La peste devastó Europa en múltiples olas, y con cada brote, se reactivaron creencias arcaicas. En Lazzaretto Nuovo, antiguo lazareto veneciano, se confinaban a los sospechosos de contagio. Era un espacio liminal entre la vida y la muerte, lo civilizado y lo salvaje. Allí, enterrar a alguien como un vampiro tenía tanto de castigo como de protección ritual. El ladrillo en la boca se convirtió en un símbolo del control social sobre el cuerpo muerto.
Esta historia nos recuerda que el miedo no solo actúa en vida, sino que se proyecta sobre los cuerpos inertes. El terror a lo invisible, al contagio, a lo inexplicable, llevó a la humanidad a crear monstruos para poder enfrentarlos. Así nacieron los “comedores de mortajas”, fantasmas culturales que aún hoy nos interpelan. ¿Qué dice de nosotros que temamos más al cadáver que a la enfermedad? ¿Por qué elegimos ritualizar la muerte cuando no podemos controlar la vida?
El estudio arqueológico de estos cuerpos permite recuperar narrativas excluidas de la historia oficial. Nos habla de mujeres y hombres comunes, marginados incluso en la muerte, víctimas de superstición y desesperación. A través de sus huesos, comprendemos que el miedo social puede ser más letal que cualquier patógeno. Puede justificar prácticas extremas, transformar el duelo en castigo y convertir al difunto en enemigo.
Paradójicamente, estas medidas no erradicaban la peste ni salvaban vidas. Pero sí ofrecían una ilusión de control, un marco narrativo para explicar lo inexplicable. La colocación de objetos en la boca, las estacas, las decapitaciones, funcionaban como sellos mágicos frente al caos. El ladrillo en la boca de la mujer del Lazzaretto es hoy una evidencia arqueológica, pero también una advertencia: el miedo desbocado puede legitimar acciones inhumanas, incluso siglos después de la muerte.
A diferencia del vampiro moderno, nacido de la pluma de escritores como Bram Stoker o Polidori, estos vampiros históricos carecían de erotismo o sofisticación. Eran producto del olor de la carne en descomposición, del silencio en las aldeas arrasadas, del murmullo de los enfermos que morían en soledad. Eran la manifestación simbólica de un trauma colectivo, y su neutralización respondía a la lógica de la desesperación, no de la ciencia.
Hoy, gracias a la arqueología y a la antropología forense, podemos reconstruir estas narrativas olvidadas. Lo que en su momento fue un acto de superstición, hoy es una ventana al pensamiento medieval. Los “comedores de mortajas” son testigos del poder del imaginario colectivo, de cómo el ser humano convierte el miedo en liturgia, y la muerte en teatro simbólico. En su mandíbula rota resuena aún el eco de una humanidad perdida entre la peste y el mito.
Es crucial recordar que estas prácticas no son exclusivas del pasado. En tiempos de crisis sanitaria, el ser humano tiende a buscar culpables, a ritualizar el dolor, a revivir arquetipos oscuros. La historia de la mujer del ladrillo, del “vampiro de Venecia”, nos advierte sobre la persistencia de los miedos colectivos y su capacidad de mutar, adaptarse y resurgir en nuevas formas. Hoy no colocamos ladrillos, pero seguimos temiendo al otro, al contaminado, al diferente.
En última instancia, este ensayo es un llamado a mirar al pasado sin romanticismo, con la lucidez que nos da el tiempo y la ciencia. A entender que, tras cada mito, yace una verdad histórica. Y que, en el cruce entre la peste y el ritual, el verdadero monstruo no es el muerto que regresa, sino el miedo que nunca se va.
Nota:
“Puede que no existieran vampiros, pero los humanos actuaron como si sí, y eso basta para que su huella permanezca en la tierra.”
Referencias:
- Barrowclough, D. A. (2014). Vampires: A New Archaeology. Oxford University Press.
- Sugg, R. (2011). Mummies, Cannibals and Vampires: The History of Corpse Medicine from the Renaissance to the Victorians. Routledge.
- Caciola, N. (1996). “Wraiths, Revenants and Ritual in Medieval Culture”. Past & Present, 152(1), 3-45.
- Borrini, M., & Gino, S. (2010). “A case of post-mortem ritual in a plague burial of Venice”. Journal of Forensic Sciences, 55(6), 1631–1633.
- Lecouteux, C. (2015). The Secret History of Vampires: Their Multiple Forms and Hidden Purposes. Inner Traditions.
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