Entre los silencios cotidianos y el bullicio de la existencia, emerge la palabra como acto de conciencia, y en ella, la poesía se convierte en brújula interior. Alberto Cortez, con voz firme y mirada serena, transforma lo simple en revelación: vivir es un privilegio que merece ser nombrado. En un mundo que a menudo olvida la gratitud, su obra nos recuerda la urgencia de contemplar la vida con asombro. ¿Acaso no es un acto de sabiduría reconocer el milagro de haber nacido? ¿Qué sentido tendría vivir sin gratitud?
El CANDELABRO.ILUMINANDO MENTES

Imagen creada por inteligencia artificial por Chat-GPT para El Candelabro.
*QUE SUERTE HE TENIDO DE NACER*
Sí, qué suerte he tenido de nacer
Para estrechar la mano de un amigo
Y poder asistir como testigo
Al milagro de cada amanecer.
Qué suerte he tenido de nacer
Para tener la opción de la balanza
Sopesar la derrota y la esperanza
Con la gloria y el miedo de caer.
Qué suerte he tenido de nacer
Para entender que el honesto y el perverso.
Son dueños por igual del universo
Aunque tengan distinto parecer.
Qué suerte he tenido de nacer
Para callar cuando habla el que más sabe.
Aprender a escuchar, ésa es la clave
Si se tiene intenciones de saber.
Qué suerte he tenido de nacer
Y lo digo sin falsos triunfalismos
La victoria total, la de mi mismo
Se concreta en el ser y en el no ser.
Qué suerte he tenido de nacer
Para cantarle a la gente y a la rosa
Y al perro y al amor y a cualquier cosa
Que pueda el sentimiento recoger.
Qué suerte he tenido de nacer
Para tener acceso a la fortuna
De ser río en lugar de ser laguna
De ser lluvia en lugar de ver llover.
Qué suerte he tenido de nacer
Para comer a conciencia la manzana
Sin el miedo ancestral a la sotana
O a la venganza final de Lucifer.
Sí, qué suerte he tenido de nacer...
Pero sé, bien que sé...
Que algún día también me moriré
Y si ahora vivo contento con mi suerte
Sabe Dios, qué pensaré cuando mi muerte,
Cuál será en la agonía mi balance, no lo sé.
Nunca estuve en ese trance
Pero sé, bien que sé...
Que en el viaje final escucharé
El ambiguo tañir de las campanas
Saludando mi adiós, y otra mañana
Y otra voz, como yo, con otro acento
Cantará a los cuatro vientos
¡¡¡Qué suerte... Qué suerte he tenido de nacer!!!
Alberto Cortez.
La conciencia poética del privilegio de existir en la obra de Alberto Cortez
En el poema Qué suerte he tenido de nacer de Alberto Cortez, se despliega una meditación profunda sobre el valor de la vida desde una perspectiva serena y agradecida. Lejos de la queja o la arrogancia, el texto se instala en un espacio poético donde el reconocimiento de la existencia se transforma en celebración reflexiva. Cortez no busca adornar el vivir con eufemismos, sino registrar la experiencia humana con una claridad humilde y resonante que roza lo filosófico.
Cada estrofa del poema es un microcosmos de sentido, un canto a la dignidad de vivir en su forma más auténtica. El yo lírico manifiesta gratitud por haber nacido, pero lo hace desde una perspectiva ética, donde el vivir no es solo respirar, sino comprender, escuchar, elegir, cantar y sentir. Esta visión convierte la existencia en un compromiso activo con el entorno, con los otros y con uno mismo. La suerte de nacer se convierte así en una responsabilidad vital, no en un privilegio pasivo.
Uno de los aspectos más significativos de este poema es cómo combina una estructura repetitiva con un desarrollo progresivo de ideas. La reiteración de “qué suerte he tenido de nacer” funciona como ancla emocional y rítmica, mientras que cada verso posterior introduce un nuevo matiz de la experiencia humana consciente. Esta estructura rítmica otorga musicalidad, pero también reflexión acumulativa, donde cada línea suma una capa más al mensaje ético del poema.
El poeta valora nacer no por el hecho biológico, sino por lo que ese nacimiento le ha permitido realizar: estrechar manos, ser testigo de amaneceres, elegir entre esperanza y derrota, e incluso callar ante quien más sabe. En esto se distingue un claro humanismo, una fe en la posibilidad moral y estética del ser humano. Vivir no es simplemente existir, sino ejercer la libertad de aprender, de errar, de crear sentido en medio de lo efímero.
Asimismo, Alberto Cortez introduce una dicotomía existencial entre el ser y el no ser que recuerda ecos de Hamlet, pero sin el dramatismo trágico del príncipe danés. El “ser” no es aquí una pregunta angustiante, sino una afirmación tranquila, una aceptación lúcida de la transitoriedad y la grandeza del vivir. El poeta parece abrazar con serenidad tanto la gloria como la caída, señalando que ambas son partes necesarias del viaje humano hacia la autenticidad.
Resulta también notable la crítica velada al dogma y a los miedos heredados. Cortez expresa su libertad de “comer a conciencia la manzana / sin el miedo ancestral a la sotana”, lo que sugiere un distanciamiento de los temores religiosos que han inhibido durante siglos la plenitud vital. Esta alusión bíblica a la manzana, símbolo del conocimiento, es resignificada como una victoria del pensamiento crítico frente al castigo simbólico que alguna vez impuso la tradición.
La última parte del poema introduce una meditación sobre la muerte, que no resulta sombría, sino complementaria de la vida. El yo poético no teme su fin, sino que lo contempla con la misma lucidez con que celebra su nacimiento. No hay dramatismo, solo una duda honesta: “¿Cuál será en la agonía mi balance, no lo sé?”. La muerte no es negación, sino frontera. Cortez sugiere que así como él canta al milagro de existir, otros lo harán después, con otros acentos, en otras mañanas, perpetuando el ciclo de la conciencia humana.
El poema también dialoga sutilmente con la idea del legado poético y humano. No se trata solamente de una autobiografía lírica, sino de un acto de siembra cultural. La última voz del poema no es la suya, sino la de otro. Alguien que, como él, reconocerá que la existencia no es un accidente, sino un regalo que merece ser cantado. De esta manera, Cortez no escribe un epitafio, sino un canto perpetuo, una afirmación transgeneracional de que vale la pena vivir con los ojos abiertos y el alma receptiva.
Desde una perspectiva estética, el texto se sostiene sobre una dicción sencilla pero profunda. No hay excesos retóricos ni adornos innecesarios. La belleza proviene de la sinceridad, de la precisión emocional con que Cortez nombra las cosas simples: el amigo, la rosa, el perro, la lluvia. En esto reside una de las grandes fortalezas del poema: la capacidad de elevar lo cotidiano a la categoría de lo sagrado, sin perder la cercanía del lenguaje.
En términos de optimización semántica, el poema toca varias dimensiones esenciales de la experiencia humana: la filosofía existencial, la espiritualidad crítica, el humanismo ético, y la poesía como forma de pensamiento. Por eso, resulta pertinente como contenido de alto valor para motores de búsqueda interesados en términos como reflexiones sobre la vida, poesía de Alberto Cortez, filosofía del ser y del no ser, y valor existencial de la gratitud.
Además, el poema tiene gran resonancia para lectores que buscan respuestas fuera de las estructuras dogmáticas. El rechazo al “miedo ancestral a la sotana” puede conectarse con búsquedas relacionadas con libertad espiritual, autonomía ética o crítica al pensamiento religioso tradicional. Así, la obra se presenta como un punto de confluencia entre la lírica emocional y la reflexión filosófica accesible, una cualidad que le otorga permanencia y valor universal.
El impacto del poema no se limita al análisis literario o filosófico. También puede considerarse una herramienta terapéutica. En un mundo saturado de incertidumbres y tensiones, la afirmación vital de Cortez opera como bálsamo. Su voz calma, que no ignora la muerte ni el error, sino que los integra en el flujo de la vida, puede ofrecer a muchos lectores una alternativa serena frente al caos contemporáneo, reforzando el mensaje de que vivir, en sí, ya es un acto de fortuna.
Por último, es imprescindible reconocer que esta obra no fue escrita desde la ingenuidad. Cortez era un hombre de mundo, de pensamiento crítico, de experiencias intensas. Justamente por eso su poema conmueve: porque la gratitud que expresa no es producto de la ignorancia del dolor, sino del aprendizaje profundo que ofrece el tiempo vivido. La suerte de nacer, en su pluma, no es consuelo ni euforia ciega, sino una forma de sabiduría.
El poema Qué suerte he tenido de nacer es, en definitiva, una celebración consciente, una plegaria sin dios, una ética del vivir que no se encierra en la autoayuda ni en el lamento. Es poesía elevada, sí, pero también profundamente humana. En un mundo que a menudo nos exige velocidad, éxito y ruido, Cortez nos invita a detenernos, mirar el amanecer, y decir —con voz propia, con honestidad radical—: qué suerte he tenido de nacer.
Referencias:
- Cortez, Alberto. Qué suerte he tenido de nacer. Letra original.
- Paz, Octavio. El arco y la lira. Fondo de Cultura Económica, 1956.
- Fromm, Erich. El arte de amar. Paidós, 1956.
- Camus, Albert. El mito de Sísifo. Gallimard, 1942.
- Zambrano, María. Claros del bosque. Siruela, 1977.
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