Entre los pliegues íntimos de la literatura argentina, existen relatos que no se encuentran en los libros, pero que laten con fuerza en el imaginario colectivo. Uno de ellos es el vínculo silente, apasionado y finalmente trágico entre Jorge Luis Borges, Norah Lange y Oliverio Girondo. Este episodio no solo revela las tensiones humanas detrás de las grandes obras, sino que plantea una incómoda verdad: a veces, el genio nace del dolor. ¿Qué obra nace sin herida? ¿Y qué amor no correspondido se vuelve eternidad?


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Imagen creada por inteligencia artificial por Chat-GPT para El Candelabro.

El triángulo literario: Borges, Norah Lange y Oliverio Girondo



En la vasta constelación de la literatura latinoamericana, pocos nombres brillan con la intensidad de Jorge Luis Borges, figura enigmática que, sin embargo, no escapó a los vaivenes del amor. En el año 1927, cuando aún se debatía entre la vanguardia criollista y su precoz erudición, Borges conoció a Norah Lange, joven escritora argentina de origen noruego. Esta relación marcó uno de los ejes emocionales más importantes de su vida, pese a que la historia de amor que él proyectaba nunca se concretó.

Borges quedó inmediatamente fascinado por la figura de Norah, no solo por su belleza peculiar, sino por lo que ella simbolizaba: un cruce entre lo nórdico y lo argentino, un eco de antiguas sagas que resonaba con su afición por la mitología germánica y las literaturas anglosajonas. En Norah, Borges no solo vio una mujer, sino también una encarnación de su propio universo simbólico. Así, se gestó una devoción callada, delicada, casi ascética, como muchas de las emociones que Borges permitió aflorar.

Durante años, el autor de El Aleph frecuentó a Norah en los círculos literarios de Buenos Aires, acompañándola en caminatas, tertulias y veladas poéticas. Pero nunca se atrevió a confesarle su amor de manera directa. En cambio, su pasión se transformó en ensoñaciones literarias, en ideas de una vida futura en común que sólo existieron en la intimidad de su imaginación. Borges, tímido hasta la exasperación, fue incapaz de tomar la iniciativa.

Este espacio de indecisión fue aprovechado por Oliverio Girondo, poeta de actitud opuesta. Cosmopolita, provocador, dueño de una presencia magnética, Girondo entró a la vida de Norah con la audacia que a Borges le faltaba. La relación entre Norah y Girondo se consolidó con rapidez, hasta desembocar en matrimonio en 1943. El triángulo entre estos tres escritores quedó sellado en la historia secreta de la literatura argentina, no por lo que se dijo, sino por lo que se escribió.

La derrota amorosa dejó a Borges devastado emocionalmente. No es aventurado afirmar que esta pérdida funcionó como catalizador de su transformación literaria. El Borges de los años veinte, autor de textos influenciados por el criollismo, el ultraísmo y el tango, dio paso a una figura cada vez más abstracta, conceptual, metafísica. La herida personal se convirtió en semilla creativa, y su literatura comenzó a desplazarse hacia una poética del infinito, del laberinto y del tiempo.

Hacia 1934, año en que Borges finalmente acepta que Norah ya no será suya, su obra experimenta una mutación radical. Aparece el Borges que hoy reconocemos como fundador de la literatura moderna en Latinoamérica. El que antes intentaba ser una suerte de Walt Whitman porteño se convierte en el autor de Ficciones y El Aleph, textos en los que la emocionalidad se transmuta en alegoría, y el dolor se vuelve arquitectura verbal. La tristeza fue materia prima para su grandeza.

Los ecos de esta pérdida se reflejan incluso en sus textos más tardíos. En Ulrica (1975), uno de los pocos cuentos donde Borges se permite narrar una historia de amor consumado, la protagonista es una mujer noruega, vinculada a un universo de runas, escudos y nombres germánicos. Para muchos, Ulrica no es otra que una Norah resucitada en la ficción, un fantasma dulce que, al fin, Borges logra abrazar. La ficción reparó, aunque simbólicamente, lo que la realidad le negó.

Se ha hablado también de un presunto intento de suicidio de Borges hacia 1934, cuando su frustración alcanzó niveles insoportables. Aunque no existen pruebas concluyentes, varias biografías sugieren que el escritor, atrapado entre la enfermedad física y la desesperación afectiva, llegó a contemplar la muerte. En el prólogo de Discusión, escribe la famosa frase: “Vida y muerte le han faltado a mi vida”. La línea es ambigua, pero parece encerrar un grito silente, casi terminal.

De haberse suicidado en ese entonces, la literatura universal habría perdido a uno de sus más brillantes exponentes. Es justo preguntarse si no debemos, paradójicamente, la existencia del Borges literario a la traición emocional que sufrió. Si Girondo no hubiese seducido a Norah, ¿habría Borges alcanzado las cimas de abstracción y profundidad que conocemos? Tal vez, de haber sido correspondido, su obra habría seguido otra dirección, más lírica, menos filosófica, quizás incluso más banal.

La idea de que Norah funcionó como una suerte de Beatriz dantesca no es nueva. El hispanista Edwin Williamson ha sostenido que Borges estructuró parte de su vida emocional y simbólica alrededor de ella. Como musa ausente, Norah se volvió más poderosa que como amante real. Es posible que esta pérdida no sólo haya moldeado la sensibilidad del autor, sino que también le haya permitido articular una literatura que busca lo absoluto a través de la ausencia.

Este tipo de influencia literaria emocional no es exclusiva de Borges, pero en su caso adquiere un matiz especial. El escritor argentino convirtió el fracaso íntimo en un mapa de posibilidades estéticas. Allí donde la mayoría habría caído en la melancolía estéril, Borges encontró símbolos, estructuras, metáforas. En vez de escribir sobre el dolor directamente, lo convirtió en espejo, en tiempo cíclico, en biblioteca infinita. El alma rota devino método.

Por eso, el triángulo Borges-Norah-Girondo no es una simple anécdota amorosa. Es una clave de lectura de una obra entera. El que busque en Borges pasiones explícitas, se equivocará de puerta. Pero si uno lee entre líneas, encontrará que la pasión está en todas partes: en la nostalgia por un tiempo no vivido, en los amores imposibles, en los laberintos que nunca se resuelven. Y Norah, como centro gravitacional invisible, está siempre ahí, silenciosa y definitiva.

En última instancia, este episodio nos recuerda que los grandes escritores no están exentos de las dudas, los miedos y los fracasos de cualquier ser humano. Pero lo que los distingue es su capacidad de transmutar esas vivencias en símbolos universales. Borges no vivió el amor de Norah, pero lo escribió como si lo hubiera vivido en infinitas versiones. Girondo ganó en la vida real. Borges, en cambio, ganó la eternidad.

Así, el desamor se transformó en arte. La renuncia, en mito. Y el silencio, en lenguaje. Borges tal vez fue un hombre que no supo decidirse por la vida, pero al menos supo darle forma al vacío. En ello reside su genio. Y tal vez también, su tragedia.


Referencias:

  1. Williamson, Edwin. Borges: A Life. Penguin Books, 2004.
  2. Urrutia, Cristina. Norah Lange: El fuego de la escritura. Ediciones La Flor, 1999.
  3. Katra, William H. The Argentine Generation of 1927. Bucknell University Press, 1996.
  4. Borges, Jorge Luis. Discusión. Editorial Sur, 1932.
  5. Balderston, Daniel. El deseo, enorme cicatriz luminosa. FCE, 2009.

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