Entre las sombras de la literatura contemporánea surge una advertencia lúcida: la convicción absoluta puede convertirse en cárcel y abismo. La metáfora de la atalaya, elevada y frágil, nos confronta con la tensión entre seguridad y vulnerabilidad, mostrando que lo inmutable suele ocultar la semilla de la ruina. Este dilema no es ajeno a nuestra época, marcada por certezas rígidas y frágiles equilibrios. ¿Puede el ser humano sostenerse sin convicciones? ¿O es su revisión constante la única vía para no caer?


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📸 Imagen generada por ChatGPT IA — El Candelabro © DR
“𝐋𝐚𝐦𝐞𝐧𝐭𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐞𝐬𝐭𝐞 𝐮𝐬𝐭𝐞𝐝 𝐬𝐮𝐛𝐢𝐝𝐨 𝐞𝐧 𝐥𝐚 𝐚𝐭𝐚𝐥𝐚𝐲𝐚 𝐝𝐞 𝐬𝐮𝐬 𝐩𝐫𝐨𝐩𝐢𝐚𝐬 𝐜𝐨𝐧𝐯𝐢𝐜𝐜𝐢𝐨𝐧𝐞𝐬. 𝐃𝐞𝐬𝐝𝐞 𝐚𝐡𝐢́ 𝐥𝐚 𝐜𝐚𝐢́𝐝𝐚 𝐞𝐬 𝐦𝐨𝐫𝐭𝐚𝐥 𝐝𝐞 𝐧𝐞𝐜𝐞𝐬𝐢𝐝𝐚𝐝.”

Obra: 𝐄𝐥 𝐞𝐬𝐩𝐢́𝐚 𝐝𝐞 𝐃𝐢𝐨𝐬. Año: 2006. Autor: 𝐉𝐮𝐚𝐧 𝐆𝐨́𝐦𝐞𝐳-𝐉𝐮𝐫𝐚𝐝𝐨.

La atalaya de las convicciones: entre la certeza y la caída


Lamento que esté usted subido en la atalaya de sus propias convicciones. Desde ahí la caída es mortal de necesidad.” Esta frase de El espía de Dios (2006), de Juan Gómez-Jurado, condensa con fuerza literaria un dilema humano y filosófico fundamental: el riesgo de la rigidez ideológica. La metáfora de la atalaya —un lugar alto, erguido, desde el cual se observa pero también se aísla— representa la seguridad ilusoria que ofrecen las convicciones absolutas. Quien se aferra a ellas puede sentirse protegido frente al caos, pero queda a merced de la fatal caída cuando esas certezas se tambalean.

El tema de las convicciones no es nuevo. Desde Sócrates hasta Nietzsche, pasando por Descartes y Hannah Arendt, la tradición filosófica ha debatido sobre la tensión entre la duda y la certeza, entre el pensamiento abierto y el dogma cerrado. Las convicciones, necesarias para orientar la acción y dotar de sentido a la vida, se transforman en trampas cuando impiden la autocrítica. La metáfora de Gómez-Jurado sugiere que la altura alcanzada no es en sí un mérito, sino un peligro si no se admite la posibilidad de descender, dialogar y revisar.

En el plano psicológico, esta metáfora dialoga con lo que la psicología cognitiva denomina sesgo de confirmación. Quien habita en su atalaya de convicciones selecciona y filtra la información que confirma lo que ya cree, rechazando lo que lo contradice. Tal aislamiento intelectual genera una visión cada vez más estrecha, que convierte la convicción en una prisión. La caída se vuelve inevitable cuando la realidad, compleja y cambiante, derrumba los muros de esa fortaleza ilusoria.

La literatura ha explorado este tema reiteradamente. Personajes trágicos como Edipo, que confía ciegamente en su poder para escapar del destino, o el capitán Ahab, cuya obsesión lo conduce a la destrucción, son ejemplos de cómo la convicción férrea se transforma en hybris, en exceso de orgullo que precede a la caída. Gómez-Jurado, heredero de esta tradición narrativa, introduce la metáfora en un contexto contemporáneo, mostrando que incluso en un mundo moderno la rigidez dogmática conserva su capacidad destructiva.

En la política, la atalaya de las convicciones se refleja en los regímenes autoritarios y en las posturas ideológicas inflexibles. Líderes que se aferran a su propia visión, incapaces de reconocer la pluralidad de perspectivas, terminan aislados del pueblo que dicen representar. La caída “mortal” no siempre significa la muerte física, sino la ruina del prestigio, la legitimidad o la confianza social. La historia está plagada de ejemplos: desde los absolutismos monárquicos hasta los totalitarismos del siglo XX, todos revelan que la altura alcanzada por la convicción puede convertirse en el abismo de la caída.

En contraste, la democracia y la ciencia encarnan formas institucionales que asumen la falibilidad. La democracia funciona bajo el principio de la deliberación y el cambio de opinión; la ciencia, bajo la lógica de la refutación y la revisión constante. Ambas proponen que la atalaya nunca sea definitiva, sino provisional. La convicción científica o política solo se justifica en la medida en que resiste la crítica, y debe ceder cuando la evidencia o la razón imponen nuevas perspectivas.

Desde una perspectiva existencial, la frase también plantea un dilema íntimo. Las convicciones personales —creencias religiosas, morales o filosóficas— son necesarias para dar coherencia a la identidad. Sin embargo, si se transforman en muros infranqueables, impiden el diálogo con los otros y el aprendizaje de la experiencia. Kierkegaard advirtió que la fe auténtica no es un refugio cómodo, sino un salto angustioso al vacío; en cambio, la fe convertida en atalaya es un gesto de soberbia que confunde seguridad con autenticidad.

En el ámbito contemporáneo, las redes sociales potencian este fenómeno. Los algoritmos refuerzan burbujas de opinión, creando torres de convicciones donde cada individuo se reafirma sin confrontar ideas distintas. La caída ocurre cuando la realidad —económica, social o política— desmiente esas certezas virtuales. El impacto suele ser devastador, porque el individuo no ha cultivado la flexibilidad necesaria para resistir la contradicción.

Sin embargo, sería ingenuo proponer una vida sin convicciones. Una existencia completamente abierta a la duda desembocaría en el escepticismo paralizante. La clave no está en renunciar a toda certeza, sino en sostener convicciones con humildad, conscientes de su carácter limitado y revisable. El filósofo Karl Popper insistió en que el verdadero racionalismo no consiste en no tener convicciones, sino en estar dispuesto a abandonarlas cuando la crítica demuestra su insuficiencia.

De ahí que la frase de Gómez-Jurado sea a la vez advertencia y exhortación. Advierte del peligro de elevarse demasiado en la seguridad propia, pero exhorta a la autocrítica constante. La metáfora de la caída mortal remite a la consecuencia de vivir en clausura intelectual: cuando la realidad desmiente lo que parecía inamovible, el golpe no se amortigua. Quien vive en el llano, abierto al diálogo y al error, tropieza pero no se destruye; quien vive en la torre de su certeza, cae desde demasiada altura.

La cita revela un aspecto esencial de la condición humana: la necesidad de convicciones y el peligro de absolutizarlas. La atalaya es tentadora, pues brinda sensación de seguridad y dominio, pero convierte al individuo en prisionero de su orgullo. La alternativa no es el escepticismo radical, sino la construcción de convicciones flexibles, revisables, capaces de dialogar con el mundo. Solo así se evita que la altura de nuestras certezas se convierta en la causa de nuestra caída inevitable.


Referencias

  1. Arendt, H. (1958). The Human Condition. University of Chicago Press.
  2. Popper, K. (1963). Conjectures and Refutations: The Growth of Scientific Knowledge. Routledge.
  3. Kahneman, D. (2011). Thinking, Fast and Slow. Farrar, Straus and Giroux.
  4. Nietzsche, F. (1882). Die fröhliche Wissenschaft. Verlag von E.W. Fritzsch.
  5. Kierkegaard, S. (1843). Fear and Trembling. C.A. Reitzel.

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