Entre las brumas de la historia y el eco de la memoria colectiva, emerge la figura de Don Pelayo, caudillo convertido en mito, cuyo nombre marca el inicio de un destino compartido. Su recuerdo no solo evoca la génesis del Reino de Asturias, sino también el símbolo de resistencia que inspiró a generaciones. En él convergen poder, fe y política, dando forma a un relato que trasciende siglos. ¿Acaso no es la leyenda tan decisiva como la verdad histórica? ¿No define el mito la identidad de un pueblo?
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Don Pelayo, Primer Rey de Asturias y Fundador del Reino Cristiano en la Península Ibérica
Don Pelayo, también conocido como Pelayo I, ocupa un lugar central en la historia medieval española como el mítico fundador del Reino de Asturias. Figura envuelta en tradición, leyenda y documentación histórica, representa no solo al primer monarca asturiano, sino también al prócer que dio origen a la larga línea de los Reyes de España. Su nombre se asocia indisolublemente con la Batalla de Covadonga, acontecimiento que simboliza el inicio de la Reconquista, la empresa militar y espiritual que durante siglos definió el devenir peninsular.
El origen de Pelayo continúa siendo objeto de debate entre los historiadores. Algunas fuentes lo presentan como un noble visigodo de alta alcurnia, posiblemente vinculado a la corte de Toledo antes de la invasión musulmana del 711. Otros lo identifican como miembro de la aristocracia local astur, con raíces en las montañas del norte. Esta ambigüedad contribuye a su carácter legendario, pues lo sitúa tanto como heredero del poder visigodo perdido como defensor de las tradiciones indígenas que resistieron a Roma, a los suevos y luego al Islam.
Tras la derrota de los visigodos en la Batalla de Guadalete, la península ibérica quedó bajo el dominio del Califato Omeya. Sin embargo, las abruptas montañas asturianas ofrecieron un refugio natural contra el avance musulmán. Fue allí donde Pelayo, convertido en caudillo local, comenzó a articular un movimiento de resistencia. En este contexto, la elección de Pelayo como líder en torno al 718 no fue solo un acto político, sino también un acto simbólico: un pueblo sometido buscaba en él una esperanza de libertad y continuidad histórica.
La Batalla de Covadonga, ocurrida alrededor del año 722, marca el momento culminante de su figura. Aunque la magnitud militar de esta victoria puede haberse exagerado en los relatos posteriores, su relevancia espiritual y política es indiscutible. Según las crónicas, Pelayo y un reducido grupo de combatientes lograron vencer a las tropas musulmanas gracias al terreno montañoso y a la moral religiosa que los animaba. Covadonga se transformó así en mito fundacional: la primera piedra de un reino cristiano que, aunque pequeño, contenía el germen de la futura unidad peninsular.
La creación del Reino de Asturias bajo Pelayo no fue inmediata ni plenamente consolidada. El nuevo monarca enfrentó desafíos internos derivados de la diversidad de clanes locales y la necesidad de legitimar su autoridad. Sin embargo, la asociación con la tradición visigoda le otorgó un elemento clave: la continuidad institucional. Al proclamarse rey, Pelayo no solo era un caudillo militar, sino también el sucesor simbólico de los reyes visigodos, uniendo pasado y presente en una misma misión: preservar la fe cristiana en tierras hispánicas.
El impacto de Pelayo en la historia medieval española trasciende su tiempo. Aunque su reinado fue limitado en extensión territorial, su figura cimentó la idea de que la resistencia contra el Islam no era una mera revuelta local, sino el inicio de una empresa colectiva. Así, Covadonga y Pelayo fueron recordados siglos más tarde como el comienzo oficial de la Reconquista de España, una gesta que se extendería hasta 1492 con la toma de Granada. Esta reinterpretación histórica consolidó la legitimidad de las monarquías posteriores y de la construcción nacional española.
No puede pasarse por alto el elemento religioso que rodea la memoria de Pelayo. Los cronistas medievales presentaron la victoria de Covadonga como una intervención divina, en la cual la Virgen María habría protegido a los combatientes cristianos desde su cueva sagrada. Este relato reforzó el vínculo entre fe y monarquía, otorgando a Pelayo un aura de elegido por la providencia. De esta forma, su liderazgo se convirtió en modelo de reyes posteriores que asumieron la defensa del cristianismo como parte esencial de su legitimidad.
La historiografía moderna, no obstante, invita a matizar la imagen idealizada de Pelayo. Existen dudas sobre la magnitud de la batalla y la exactitud de las crónicas escritas siglos después. Algunos autores sostienen que Covadonga pudo haber sido un enfrentamiento menor, elevado a mito en el marco de la construcción de la memoria colectiva. Aun así, la trascendencia simbólica permanece: el mito de Pelayo funcionó como una poderosa herramienta de cohesión, proyectando un pasado glorioso para reforzar la identidad cristiana frente al dominio islámico.
En el terreno político, Pelayo inauguró una dinastía que aseguró la supervivencia del Reino de Asturias durante más de un siglo. Su descendencia directa consolidó la monarquía asturiana y permitió la expansión territorial hacia Galicia, León y la meseta norte. De este modo, lo que comenzó como un refugio en las montañas se transformó en un núcleo político estable, capaz de resistir y, con el tiempo, expandirse. Sin Pelayo y su primera victoria, difícilmente se habría articulado la continuidad cristiana en la península.
La figura de Don Pelayo, por tanto, no se reduce a la de un guerrero montañés, sino que encarna la transición entre la desintegración del reino visigodo y la gestación de los reinos cristianos medievales. Su legado es doble: histórico y legendario. Histórico, porque efectivamente dirigió una resistencia real y fundó un reino. Legendario, porque su imagen fue moldeada a lo largo de los siglos como símbolo de origen, heroísmo y esperanza. La combinación de ambos aspectos le asegura un lugar único en la tradición de los Reyes de España.
Hoy, la memoria de Pelayo sigue viva en Covadonga, donde la basílica y la Santa Cueva atraen a peregrinos y visitantes. Allí, el recuerdo del caudillo se une a la devoción mariana y al orgullo regional asturiano. Su imagen también ocupa un lugar importante en la construcción de la identidad nacional española, donde se lo considera no solo como el primer Rey de Asturias, sino como un prócer fundacional de toda la monarquía hispánica. El mito se ha transformado en patrimonio cultural y político.
Don Pelayo simboliza el inicio de un proceso histórico de gran envergadura. Su papel como primer Rey de Asturias y su victoria en Covadonga representan el germen de la resistencia cristiana en la península ibérica, que siglos más tarde desembocaría en la unidad de los Reyes Católicos. Más allá de los debates historiográficos, su figura conjuga mito, fe e historia en un relato que explica los orígenes del poder cristiano en España. Así, Pelayo permanece como un referente esencial en la memoria cultural, política y espiritual de la nación.
Referencias
- Collins, R. (1989). The Arab Conquest of Spain, 710–797. Blackwell.
- Barbero, A., & Vigil, M. (1982). La formación del feudalismo en la península ibérica. Crítica.
- Fletcher, R. (1991). Moorish Spain. University of California Press.
- Martínez Díez, G. (2005). El condado de Castilla (711–1038). Marcial Pons.
- Menéndez Pidal, R. (1980). La España del Cid. Espasa-Calpe.
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