Entre los albores de la modernidad y el vértigo de los avances científicos, surgió una inquietud capaz de transformar la imaginación colectiva. La electricidad, fuerza invisible y fascinante, se alzó como símbolo de poder y misterio, alimentando relatos donde la frontera entre lo posible y lo prohibido se desdibujaba. ¿Podría la ciencia reclamar el secreto de la vida? ¿Y a qué costo moral estaría dispuesta la humanidad a pagarlo?
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Imagen creada por inteligencia artificial por Chat-GPT para El Candelabro.
Los experimentos científicos reales que inspiraron a Frankenstein
Cuando Mary Shelley publicó Frankenstein o el moderno Prometeo en 1818, el mundo se encontraba en plena efervescencia científica. La Revolución Industrial transformaba la sociedad y los avances en física, química y anatomía abrían horizontes insospechados. Entre los temas que más capturaban la imaginación pública se hallaba la electricidad y su misteriosa relación con la vida. En ese contexto, el galvanismo no era solo un fenómeno de laboratorio, sino un asunto de debates filosóficos y morales sobre los límites del poder humano.
El médico italiano Luigi Galvani había descubierto, a finales del siglo XVIII, que al aplicar corriente eléctrica a los nervios de una rana muerta, sus patas se contraían con fuerza. Este hallazgo se interpretó como prueba de una “electricidad animal” inherente a los seres vivos. Aunque Galvani no pretendía resucitar a los muertos, sus experimentos sugerían que la electricidad era una fuerza vital, una idea que sedujo tanto a científicos como a escritores. La noción de que la vida podía ser manipulada mediante tecnología electrizante comenzó a tomar forma.
El sobrino de Galvani, Giovanni Aldini, llevó estas ideas a un nuevo nivel. A inicios del siglo XIX, realizó demostraciones públicas donde aplicaba descargas eléctricas a cadáveres humanos recientemente ejecutados. En una célebre sesión en Londres en 1803, el cuerpo de George Forster, un criminal ahorcado, fue sometido a intensas corrientes. Los músculos se tensaron, los párpados se abrieron y el rostro adoptó expresiones que recordaban el sufrimiento. El público, sobrecogido, presenció lo que parecía una resurrección parcial.
Estas demostraciones no revivían a la persona, pero sí activaban impulsos nerviosos residuales que producían movimientos complejos. En un tiempo en que la línea entre ciencia y espectáculo era difusa, estos eventos reforzaban la idea de que la vida podía estar al alcance de la experimentación humana. Para Mary Shelley, que estaba inmersa en un círculo intelectual interesado en los avances médicos y filosóficos, tales experimentos fueron un caldo de cultivo para imaginar una criatura animada artificialmente.
Además del galvanismo, otros experimentos contemporáneos influenciaron su obra. Investigadores como Humphry Davy exploraban el potencial de la química para comprender la estructura de la materia y su relación con la energía. Los avances en anatomía, impulsados por la disección de cadáveres, generaban debates sobre el origen de la conciencia y la naturaleza del alma. El clima cultural estaba impregnado de preguntas sobre si la vida era un fenómeno puramente físico o si requería de un principio espiritual irreductible.
En este contexto, Frankenstein se erige como una metáfora de la ambición científica y sus riesgos. Shelley no describe con precisión técnica el proceso mediante el cual Victor Frankenstein da vida a su criatura, pero sugiere la utilización de la electricidad como catalizador. Esta ambigüedad permitía que los lectores proyectaran sus propias concepciones sobre la ciencia, al tiempo que mantenía el misterio narrativo. El uso de la electricidad en la novela reflejaba un imaginario popular alimentado por décadas de experimentación real.
El impacto de estos experimentos en la opinión pública fue profundo. El galvanismo, como término y como fenómeno, pasó a simbolizar el poder de la ciencia para manipular lo más íntimo de la existencia. La visión de un cuerpo inerte moviéndose bajo el influjo de una chispa eléctrica evocaba tanto esperanza como temor. Por un lado, prometía avances en medicina, como la reanimación de personas ahogadas o en paro cardíaco; por otro, planteaba dilemas éticos sobre el respeto a la vida y la muerte.
En la Inglaterra de Shelley, los periódicos y revistas científicas difundían estos debates con entusiasmo. Las narraciones sobre cuerpos que “volvían a la vida” eran leídas tanto por médicos como por un público general ávido de maravillas. La literatura gótica, en auge en ese periodo, se nutrió de este ambiente, incorporando elementos científicos reales para dotar de verosimilitud a sus tramas. Shelley, consciente de este recurso, combinó la erudición con el dramatismo para crear una obra que trasciende su tiempo.
Es importante destacar que el galvanismo no desapareció tras la publicación de Frankenstein. Durante el siglo XIX, los estudios sobre electricidad y fisiología continuaron, derivando en avances como la electroterapia y la comprensión de la transmisión nerviosa. Aunque la “chispa vital” no resultó ser una propiedad mágica, las investigaciones sentaron bases para la neurociencia moderna. Así, el mito literario de Frankenstein y la ciencia real evolucionaron en paralelo, alimentándose mutuamente en el imaginario cultural.
Mary Shelley, a través de su novela, no solo narró una historia de horror y tragedia, sino que planteó un debate vigente: ¿hasta dónde debe llegar la ambición científica? Los experimentos de Galvani y Aldini demostraban que la frontera entre lo posible y lo impensable podía desplazarse rápidamente. Al inspirarse en estos episodios, Shelley ofreció una advertencia velada sobre el uso irresponsable del conocimiento, una lección que aún resuena en la era de la biotecnología y la inteligencia artificial.
La conexión entre ciencia y literatura en este caso muestra cómo los avances técnicos no solo transforman el mundo material, sino también el simbólico. El galvanismo inspiró miedo, fascinación y debates que trascendieron los laboratorios. Frankenstein cristalizó estas tensiones, convirtiéndose en un espejo de las aspiraciones y temores humanos frente al poder de alterar la naturaleza. El hecho de que hoy sigamos analizando esta relación prueba que la novela de Shelley no es solo un relato del pasado, sino una reflexión atemporal sobre el futuro.
En suma, los experimentos que inspiraron a Mary Shelley representan un momento crucial en la historia del pensamiento científico y literario. El galvanismo, las investigaciones en química y anatomía, y el clima intelectual del siglo XIX se combinaron para dar forma a una de las obras más influyentes de la cultura occidental. Frankenstein no es solo una advertencia moral, sino un recordatorio de que la ciencia, al igual que la electricidad que movía las ranas de Galvani, puede ser tanto una fuerza de creación como de destrucción.
Referencias
- Galvani, L. (1791). De viribus electricitatis in motu musculari commentarius. Bologna: Tipografia Instituti Scientiarum.
- Aldini, G. (1803). An Account of the Late Improvements in Galvanism. London: Cuthell and Martin.
- Davy, H. (1802). Elements of Chemical Philosophy. London: Johnson.
- Shelley, M. (1818). Frankenstein; or, The Modern Prometheus. London: Lackington, Hughes, Harding, Mavor & Jones.
- Finger, S., & Piccolino, M. (2011). The Shocking History of Electric Fishes: From Ancient Epochs to the Birth of Modern Neurophysiology. Oxford University Press.
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