Entre las turbulentas aguas de la Revolución Francesa emergen figuras que encarnan fuerzas opuestas: Jean-Paul Marat, símbolo de la ira popular, y Antoine Lavoisier, faro de la ciencia moderna. Sus destinos entrelazados revelan el choque entre razón y violencia, conocimiento y resentimiento. La memoria de aquel último parpadeo inspira aún hoy una pregunta incómoda: puede la política silenciar al saber? o es la ciencia la que finalmente trasciende a la historia?


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Marat y el último parpadeo de Lavoisier


Jean-Paul Marat y Antoine-Laurent de Lavoisier representan, cada uno a su manera, dos caras antagónicas de la Revolución Francesa: la furia política y la serenidad científica. Marat, periodista apasionado y voz incendiaria de los sectores más radicales, fue símbolo de la violencia justificada en nombre del pueblo. Lavoisier, en cambio, encarnó la racionalidad ilustrada y la búsqueda inagotable del conocimiento. Su encuentro, marcado por la animadversión, terminó por sellar la trágica suerte del químico más influyente de su tiempo.

La figura de Marat, retratada inmortalmente en el lienzo de Jacques-Louis David tras su asesinato en la bañera, oscila entre el martirio político y la exaltación ideológica. Sin embargo, detrás de esa imagen casi beatífica se escondía un hombre vehemente, convencido de que el terror era un instrumento legítimo. Frases como aquella en la que reclamaba “quinientas o seiscientas cabezas cortadas” ilustran su convicción de que la violencia podía cimentar la libertad. Tal perspectiva lo convirtió en símbolo de la “ira del pueblo”, pero también en enemigo de quienes se aferraban a ideales distintos.

El enfrentamiento con Lavoisier no se entiende únicamente en clave política, sino también personal. Marat, que había intentado cultivar una carrera científica antes de dedicarse al periodismo revolucionario, sentía hacia el químico un rencor particular. En uno de sus proyectos, supuestamente innovador pero desacreditado, recibió de Lavoisier un juicio severo y hasta humillante. Aquel rechazo, lejos de quedar como un desacuerdo académico, se convirtió en semilla de resentimiento que germinaría en acusaciones políticas durante el periodo más sangriento de la Revolución.

Lavoisier, por su parte, era ya para entonces una figura consagrada. Sus estudios sobre la composición del aire, la combustión y la conservación de la materia lo habían convertido en “padre de la química moderna”. No obstante, su vinculación con la Ferme Générale, institución encargada de recaudar impuestos, lo convirtió en blanco fácil para quienes deseaban asociar la ciencia con los privilegios aristocráticos. Marat, con su pluma afilada, no dudó en señalarlo como símbolo de corrupción, aunque sus acusaciones estaban menos sustentadas en pruebas que en resentimientos personales.

La Revolución Francesa, con su Tribunal Revolucionario, convirtió en cotidianos los juicios sumarios y las ejecuciones rápidas. Ni la eminencia intelectual de Lavoisier pudo salvarlo. Se alegaron sus contribuciones al conocimiento, se recordaron los proyectos en curso que prometían beneficios a la humanidad, pero los jueces fueron implacables. Una frase célebre de la época resumió el clima de intolerancia: “La República no necesita ni científicos ni químicos, el curso de la justicia no puede ser detenido”. La ciencia, en ese contexto, fue vista como un lujo, y la guillotina no discriminó entre nobles, políticos o sabios.

El 8 de mayo de 1794, a las cinco de la tarde, Lavoisier fue conducido a la guillotina. Su ejecución fue un acto más en la maquinaria del terror, pero con un peso simbólico inmenso: el sacrificio de la razón ilustrada en el altar de la violencia revolucionaria. Su muerte no fue solo la de un individuo, sino la de un paradigma que buscaba armonizar el progreso científico con el bienestar social. El contraste entre la serenidad de su pensamiento y la brutalidad de su final ha hecho de su historia un relato perdurable.

Sin embargo, la leyenda de Lavoisier no terminó en la guillotina. Existe una narración que, aunque carece de pruebas documentales, ilustra la naturaleza de su espíritu científico: la idea de transformar su propia ejecución en un experimento. Según el relato, Lavoisier habría acordado con un discípulo parpadear tantas veces como pudiera tras ser decapitado, para así medir el tiempo en que la consciencia permanecía activa en la cabeza separada del cuerpo. Se dice que llegó a hacerlo quince veces. Aunque tal historia bordea lo mítico, encarna perfectamente la esencia de un hombre que buscaba respuestas hasta en el umbral de la muerte.

Más allá de la veracidad del experimento, el relato posee un poder metafórico indiscutible. El parpadeo de Lavoisier simboliza la continuidad del pensamiento frente a la violencia, la persistencia de la razón en medio del caos. El científico, incluso despojado de su cuerpo, aparece como un mártir del conocimiento, dispuesto a transformar la tragedia en aportación. Su actitud recuerda su célebre máxima: “Nada se crea, nada se destruye, todo se transforma”. Su último parpadeo fue, de algún modo, la prueba de esa transformación inevitable.

El contraste entre Marat y Lavoisier es revelador de las tensiones de toda revolución. Marat representa el ímpetu destructivo, la fe en que la justicia se alcanza a través de la eliminación del adversario. Lavoisier, en cambio, encarna la paciencia constructiva, la certeza de que el progreso humano se cimenta en la acumulación de conocimiento. En ese choque de visiones, la balanza se inclinó momentáneamente hacia la violencia, pero el tiempo terminaría reivindicando al científico frente al agitador.

Joseph-Louis Lagrange, matemático y amigo cercano de Lavoisier, expresó tras su ejecución una sentencia que se volvería célebre: “Un segundo bastó para separar su cabeza del cuerpo, pasarán siglos para que una cabeza como aquella vuelva a ser llevada sobre los hombros de un hombre de ciencias”. Estas palabras no solo resumen el vacío dejado por la muerte de Lavoisier, sino que también reflejan la conciencia de que la humanidad había perdido, en un instante, a una de sus mentes más brillantes.

La historia de Marat y Lavoisier nos recuerda que el progreso humano no es lineal ni pacífico. El conocimiento, aunque invaluable, puede ser despreciado por sociedades dominadas por el miedo o la ira. El parpadeo de Lavoisier, real o legendario, permanece como metáfora de resistencia intelectual. La Revolución Francesa terminó, el terror se disipó y la guillotina dejó de funcionar, pero los principios científicos que Lavoisier defendió siguen vivos. En última instancia, su sacrificio reafirma que la razón, aunque a veces silenciada, siempre acaba transformando al mundo.


Referencias

  • Bell, M. (2005). The French Revolution and the Unfinished Revolution. Oxford University Press.
  • Holmes, F. L. (1985). Lavoisier and the Chemistry of Life. University of Wisconsin Press.
  • Schama, S. (1989). Citizens: A Chronicle of the French Revolution. Vintage Books.
  • McKie, D. (1984). Antoine Lavoisier: Scientist, Economist, Social Reformer. Springer.
  • Andress, D. (2015). The Terror: Civil War in the French Revolution. Little, Brown & Company.

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