Entre las grandes civilizaciones de la antigüedad, pocas supieron mirar el cielo con tanta profundidad como los mayas y los griegos. Lejos de limitarse a la contemplación, ambos pueblos convirtieron la astronomía en un puente hacia la comprensión del orden universal y del lugar del ser humano en él. Este ensayo explora cómo dos mundos distintos dieron sentido a las estrellas, dejando huellas imborrables en la historia del pensamiento. ¿Qué significa realmente entender el cosmos? ¿Medirlo o vivirlo?
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Mayas y Griegos: Dos Miradas al Cielo
A lo largo de la historia, el ser humano ha buscado comprender el universo que lo rodea. En distintas civilizaciones, la observación de los astros fue no solo una herramienta de orientación, sino también una forma de interpretar la existencia misma. Entre las culturas que más destacaron en este campo se encuentran los griegos, en el ámbito europeo, y los mayas, en el continente americano. Aunque separados por miles de kilómetros y sin contacto entre sí, ambos pueblos desarrollaron visiones del cosmos que aún hoy sorprenden por su sofisticación y profundidad.
La astronomía griega se enraizó en el afán de comprender el orden del universo mediante la razón y la matemática. Filósofos y astrónomos como Tales, Anaximandro o Pitágoras fueron los primeros en relacionar los fenómenos celestes con principios geométricos y proporciones armónicas. Con el tiempo, figuras como Hiparco de Nicea y Claudio Ptolomeo construyeron modelos complejos que explicaban los movimientos planetarios a través de cálculos y observaciones precisas, estableciendo las bases de lo que sería la ciencia astronómica occidental.
Por otro lado, los mayas concibieron el cielo como una red sagrada que regía la vida terrenal. Su cosmovisión estaba marcada por la necesidad de sincronizar las actividades humanas con los ciclos astronómicos. El calendario maya, con sus diferentes sistemas como el Tzolk’in y la Cuenta Larga, permitía medir el tiempo con gran exactitud y prever fenómenos como eclipses y fases lunares. Para ellos, el estudio del cielo no era un fin en sí mismo, sino un medio para armonizar la sociedad con el orden cósmico.
La diferencia esencial entre ambas tradiciones radica en el propósito de su conocimiento. Mientras que los griegos buscaban explicar el universo a través de la lógica y el cálculo, los mayas pretendían vivir de acuerdo con él. Así, el saber astronómico griego se tradujo en teorías abstractas y modelos geométricos, mientras que el conocimiento maya se plasmó en prácticas rituales, arquitectónicas y agrícolas, vinculando directamente la vida comunitaria con los movimientos del firmamento.
Un ejemplo ilustrativo de la aproximación griega es la obra de Hiparco, quien descubrió la precesión de los equinoccios, fenómeno que evidencia el desplazamiento gradual del eje de rotación terrestre. Este hallazgo marcó un hito en la historia de la astronomía, pues reveló que el cielo no era inmutable, como muchos pensaban. Hiparco también elaboró un catálogo con más de mil estrellas, clasificándolas según su brillo aparente, lo que sentó las bases para observaciones más sistemáticas.
En contraste, la observación de Venus entre los mayas ilustra su enfoque práctico y simbólico. Este planeta, conocido como la “estrella de la mañana”, tenía un papel central en su cosmovisión. Su ciclo de 584 días era seguido con precisión y se relacionaba con eventos agrícolas y militares. Según las inscripciones en códices como el de Dresde, los mayas podían calcular con exactitud las apariciones y desapariciones de Venus, lo cual influía en la planificación de guerras y ceremonias religiosas.
La arquitectura es otro campo donde se evidencian las diferencias. Los griegos no construyeron edificios específicamente orientados a fenómenos astronómicos, aunque sí reflexionaron sobre la proporción y la armonía como principios universales. En cambio, los mayas levantaron observatorios como el Caracol en Chichén Itzá, diseñado con alineaciones que marcaban solsticios, equinoccios y otros eventos celestes. Estos espacios funcionaban como verdaderas “computadoras solares” en piedra, que integraban observación, ritualidad y poder político.
Ambas tradiciones también difieren en la transmisión de su saber. La astronomía griega quedó registrada en textos como el Almagesto de Ptolomeo, obra escrita en griego y luego traducida al árabe y al latín, lo que permitió su conservación y desarrollo en Europa. En el caso maya, gran parte de su conocimiento se transmitía de manera oral y a través de códices, muchos de los cuales fueron destruidos tras la llegada de los conquistadores. Esto limita hoy nuestra comprensión de la amplitud real de su saber astronómico.
Resulta importante subrayar que ambos sistemas presentaban limitaciones. El modelo geocéntrico griego, aunque preciso para su tiempo, se basaba en la idea de que la Tierra ocupaba el centro del universo, lo cual sería corregido siglos después por Copérnico. Por su parte, la astronomía maya no buscaba una explicación abstracta del cosmos, por lo que carecía de teorías matemáticas universalizables, aunque su exactitud en la predicción de fenómenos sigue siendo sorprendente para los estándares actuales.
La comparación invita a reflexionar sobre lo que significa “entender” las estrellas. Los griegos, con su énfasis en la razón y el cálculo, aspiraban a descifrar el cosmos como si fuese un gran mecanismo regido por leyes matemáticas. Los mayas, en cambio, interpretaban el cielo como un lenguaje que debía guiar la vida humana, impregnando con su ritmo las decisiones políticas, religiosas y agrícolas. Dos caminos distintos hacia una misma meta: otorgar sentido a la existencia mediante la contemplación del universo.
Al evaluar quién “entendía mejor” las estrellas, la respuesta depende del criterio adoptado. Si se considera la construcción de modelos teóricos, los griegos dieron pasos más decisivos hacia la ciencia moderna. Pero si el parámetro es la integración del conocimiento astronómico en la vida cotidiana, los mayas lograron una simbiosis cultural sin precedentes. En lugar de contraponer ambos enfoques, es más enriquecedor entenderlos como expresiones complementarias de la capacidad humana para buscar sentido en el cielo.
La lección que nos dejan griegos y mayas es que la observación de los astros puede dar lugar tanto a la ciencia como a la espiritualidad. Uno de los legados fundamentales de ambas culturas es mostrar que el cielo no es solo un espacio distante e indiferente, sino un espejo en el que la humanidad ha proyectado sus anhelos, miedos y aspiraciones. Al final, mirar hacia arriba fue también una forma de mirarse hacia adentro, de encontrar en las estrellas un orden que permitiera comprender el lugar del ser humano en el universo.
Así, griegos y mayas desarrollaron formas distintas pero igualmente valiosas de astronomía. Los primeros sentaron las bases de una ciencia matemática del cosmos, mientras que los segundos crearon un sistema cultural en el que la vida cotidiana estaba en permanente diálogo con el cielo. Más que decidir quién entendió mejor las estrellas, lo importante es reconocer que ambos legados, al complementarse, nos muestran la riqueza y diversidad de la experiencia humana frente al misterio del universo.
Referencias
- Aveni, A. (2001). Skywatchers: A Revised and Updated Version of Skywatchers of Ancient Mexico. University of Texas Press.
- Evans, J., & Berggren, J. L. (2006). Geminos’s Introduction to the Phenomena: A Translation and Study of a Hellenistic Survey of Astronomy. Princeton University Press.
- Pannekoek, A. (1961). A History of Astronomy. Interscience Publishers.
- Milbrath, S. (1999). Star Gods of the Maya: Astronomy in Art, Folklore, and Calendars. University of Texas Press.
- Toomer, G. J. (1984). Ptolemy’s Almagest. Princeton University Press.
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