Entre montañas y cauces, la memoria de Tepic se articula en una trama donde el mito conversa con la geología. Esta introducción propone leer la leyenda como cartografía moral: nombres que fijan rumbos, afectos que delinean riberas. En el espejo de Mololoa y Sangangüey, la topografía se vuelve relato y el relato, brújula cívica. Aquí indagamos su vigencia, su pedagogía y su poder identitario. Examinamos su cruce con historia, ciudad y cuidado del agua. Ahora **¿Qué nos exige este paisaje? ¿De qué pasado bebemos cuando nombramos el río?**


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Mitos de Tepic: guerreros convertidos en cerros y una princesa en río


En el antiguo Valle de Matatipac, el paisaje cuenta una historia: dos montañas que se miran de reojo y, entre ellas, un hilo de agua que nunca se cansa. Hoy las llamamos Cerro de San Juan, Sangangüey y río Mololoa, pero su genealogía —según la tradición— es la memoria mineral de un amor interrumpido. La geografía presta sus formas a los mitos, y viceversa: en Tepic, esa convivencia entre vulcanismo y relato es visible a simple vista.

Gobernaba entonces el sabio rey Trigomil, cuyo palacio nacía de la misma roca. De su casa brotaba la belleza de Mololoa: piel morena, ojos hondos, cabellera de obsidiana. Llegaban emisarios de tierras lejanas a pedir su mano con trofeos y promesas, pero la princesa exigió algo inusual: elegir por sí misma. En ese gesto, el mito dejó un rastro de modernidad; el consentimiento se volvió condición y la libertad, argumento.

El encuentro con Tépetl ocurrió sin ceremonia, como suceden las cosas inevitables. Guerrero de mirada amplia, más dado a imaginar futuros que a contar victorias, halló en Mololoa una interlocutora. Conversaban a la sombra de las ceibas: sembraban pactos, trazaban rutas, ensayaban el nosotros. El pueblo decía que el aire, al pasar junto a ellos, salía perfumado. Y la corte, viendo crecer un amor sin decreto, aceptó el rumor de una boda próxima.

Entonces irrumpió Sangangüey. Corpulento, célebre por su ferocidad, cargaba con la fama de un poder extraño: fuego en la boca, humo en los ojos. No entendió la negativa; la interpretó como un desafío. “Será mía”, juró, confundiendo deseo con dominio. El mito preserva aquí una advertencia: hay pasiones que, cuando no saben escuchar, sólo conciben poseer. Y de esa confusión nacen las tragedias que luego el relieve guarda.

El rapto sucedió al alba. Sangangüey atravesó los patios como un vendaval y arrebató a la princesa. La corte quedó aturdida, pero Tépetl no. Siguiendo huellas, plumas, fragmentos de tela, se internó en el monte. Creyó escuchar el llanto de Mololoa filtrarse entre los bejucos. Caminó hasta que el bosque se volvió un corredor de sombras y, al final, un claro con dos destinos: rescatar o perecer.

La batalla fue feroz. Sangangüey arrojaba llamaradas que doblaban los árboles; Tépetl respondía con astucia, cubriéndolo de piedras. Cada roca, al tocar el fuego, se volvía vidrio; cada respiro, un rugido. Peleaban como quien decide el clima de una estación. La tierra tembló, se abrieron grietas, brotó un olor acre a mineral despierto. El combate convirtió la tarde en fragua, y el fragor en una lengua que el valle aún recuerda.

Vencido por la estrategia, Sangangüey quedó sepultado bajo un túmulo ardiente. El calor soldó las piedras hasta volverlas cuerpo único. Allí, dicen, empezó a levantarse el cerro que hoy lleva su nombre, vigilando la capital nayarita desde el sureste. La materia del mito se volvió horizonte. La violencia que pretendió poseer se transformó en guardia silenciosa, como si la naturaleza corrigiera la intención con una forma más alta.

Pero el fuego no se resigna. En su último aliento, Sangangüey lanzó una bocanada que alcanzó a Tépetl. La llama le atravesó el pecho y, al tocar el aire, lo mineralizó. El guerrero, al que el relato había hecho delgado como un camino, se volvió montaña maciza: el Cerro de San Juan, domo que domina el poniente de Tepic y ancla de su silueta urbana. Así se fijó en piedra la paridad trágica de los rivales.

Desde lo alto de una roca, Mololoa vio el desenlace. Comprendió que ninguna victoria devuelve lo perdido. Lloró sin pausa; lágrimas que primero fueron hilo, luego arroyo, por fin río. Cuando su cauce tocó el valle, encontró gente y oficios, canoas, risas, lavaderos, puentes. La ciudad creció a su costado y, con los años, también su herida: descargas, sedimentos, olvidos. De tanto cargar con nosotros, el río pidió cuidados que a veces no supimos darle.

Hoy, al recorrer Tepic, cualquiera puede leer esta cartografía sentimental: al oeste, San Juan; al sureste, Sangangüey; entre ambos, Mololoa dibujando una coherencia líquida. Las cumbres son parte del Cinturón Volcánico Transmexicano, un sistema de volcanes que modeló el relieve local; San Juan forma un complejo volcánico con domos intracaldera y Sangangüey conserva decenas de conos parasitarios en sus flancos. Roqueríos que piensan lento, como si recordaran.

Como toda leyenda de origen, ésta explica y educa. De un lado, ordena el mapa: da nombre humano a los pliegues de la tierra, asigna un carácter a cada accidente y convierte tres referencias geográficas en parentesco. Del otro, establece ética: el amor exige libertad; el poder que no reconoce límites termina petrificado; el duelo deja cicatrices que, con suerte, se vuelven ríos donde la vida puede volver a empezar.

También ofrece un juego de espejos lingüísticos. “Tépetl” suena a piedra y altura; “Mololoa” se oye fluir; “Sangangüey” vibra como un tambor antiguo. En su fonética hay pistas: el guerrero llamado a elevarse, la princesa llamada a regar; el rival que retumba. Así, el mito alfabetiza el territorio: quien pronuncia sus nombres aprende a orientarse. Cada sílaba es brújula; cada eco, archivo. Decirlos en voz alta es convocar su geografía íntima.

El valle mismo parece escrito para la leyenda. Ubicado en el eje de la fosa Tepic-Zacoalco, suelos volcánicos y materiales cuaternarios le dieron perfiles blandos donde el agua serpenteara y domos firmes donde posara la mirada. No extraña que un relato de metamorfosis encaje en una región modelada por presiones lentas y erupciones súbitas. La tectónica aquí también es literatura, sólo que en otra velocidad.

A la luz contemporánea, el cuento deja nuevas tareas. Si el río nace de un dolor, cuidarlo es honrar el duelo y convertirlo en promesa. Las políticas de saneamiento y vigilancia no son actos prosaicos: son reescrituras morales de la leyenda. Del mismo modo, conservar las áreas protegidas del entorno volcánico defiende no sólo la biodiversidad, sino el alfabeto que permite leernos en el paisaje sin perder el hilo.

Finalmente, la triada enseña a elegir sin romperse: libertad que no huye; fuerza que no domina; memoria que no se fosiliza. En la voz de Mololoa, el cuidado; en el silencio de San Juan, la templanza; en la sombra de Sangangüey, el recordatorio de lo que no debe repetirse. Cuando el sol cae sobre Tepic y las cumbres se tiñen de cobre, la historia vuelve a contarse sola: el valle respira, el río sigue, la piedra piensa.


Referencias

  1. Global Volcanism Program, Smithsonian Institution. “Sangangüey (341024).”
  2. Global Volcanism Program, Smithsonian Institution. “San Juan (341810).”
  3. Luhr, J.F. (2000). “The geology and petrology of Volcán San Juan (Nayarit, Mexico).” Journal of Volcanology and Geothermal Research.
  4. Ortiz-Vega, M.I., et al. (2019). “Calidad del agua para uso agrícola del río Mololoa, México.” Terra Latinoamericana/SciELO.
  5. “Princesa Mololoa (La Leyenda).” El Vigía del Pacífico / Nayarit Digital, 2020.

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