Entre los múltiples legados que Mesoamérica ofrece al mundo, la pitaya prehispánica emerge como un símbolo de resistencia, identidad y diálogo profundo entre el ser humano y la naturaleza. Su presencia trasciende lo meramente biológico: evoca memoria, espiritualidad y la capacidad de las culturas originarias para interpretar su entorno con sensibilidad única. ¿Acaso no revela este fruto cómo la naturaleza puede convertirse en lenguaje sagrado? ¿Y no nos invita a repensar hoy nuestra relación con lo vivo?
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La Pitaya en la Época Prehispánica: Origen, Usos y Significado Cultural
La pitaya, conocida también como fruta del dragón o pitahaya en diversas regiones, representa uno de los tesoros botánicos de Mesoamérica. Esta fruta, perteneciente a la familia de las cactáceas, no solo destacaba por su sabor dulce y refrescante, sino también por su capacidad de adaptación a entornos hostiles. En la época prehispánica, civilizaciones como los mayas y los mexicas la valoraban profundamente, integrándola en su dieta diaria, prácticas medicinales y rituales simbólicos. Su presencia en la región data de milenios, y su cultivo silvestre reflejaba la estrecha relación entre las sociedades indígenas y su entorno natural. Este ensayo explora el origen, los usos alimenticios, medicinales y el simbolismo de la pitaya, destacando su relevancia cultural en el mundo prehispánico.
El origen de la pitaya se remonta a las zonas tropicales y subtropicales de América, con evidencia de su presencia en México, América Central y el norte de Sudamérica. Específicamente, especies como Hylocereus undatus y Hylocereus polyrhizus, comúnmente asociadas con la fruta del dragón, son nativas de regiones como el sur de México y Colombia, extendiéndose posiblemente hasta las Antillas. En el contexto prehispánico, la pitaya no se cultivaba de manera intensiva, sino que se recolectaba de forma silvestre en áreas áridas y semiáridas. Lugares como el valle de Tehuacán en Puebla, la Mixteca oaxaqueña y la cuenca del río Balsas en Guerrero eran ideales para su crecimiento, donde las cactáceas trepadoras se adherían a árboles o rocas para sobrevivir en condiciones de sequía extrema. 45 Esta adaptación natural la convertía en un recurso accesible para comunidades nómadas y sedentarias.
En estas regiones, la recolección de pitaya formaba parte de un sistema de subsistencia basado en la caza, la recolección y una agricultura incipiente. Los pueblos prehispánicos, como los grupos tehuacanos o los mixtecos, aprovechaban la estacionalidad de la fruta, que maduraba durante los meses de verano, coincidiendo con periodos de escasez hídrica. Aunque no hay evidencias directas de domesticación temprana, restos arqueológicos sugieren que su uso se remonta al periodo preclásico, alrededor de 1200-500 a.C., con piezas cerámicas que representan frutos similares en culturas andinas, pero con paralelos en Mesoamérica. 45 La pitaya silvestre no requería intervención humana intensiva, lo que facilitaba su integración en economías locales sin alterar significativamente el ecosistema.
En cuanto a su rol en la alimentación y nutrición, la pitaya era un alimento esencial para las civilizaciones mesoamericanas. Los mayas y mexicas consumían su pulpa jugosa, rica en agua, vitaminas y minerales, lo que la hacía ideal para mitigar la deshidratación en climas cálidos. Su alto contenido en vitamina C, fibra y antioxidantes proporcionaba energía sostenida, especialmente durante viajes largos o actividades rituales que demandaban resistencia física. 10 En una era donde la dieta se basaba en maíz, frijoles y calabazas, la pitaya aportaba variedad y nutrientes complementarios, ayudando a prevenir deficiencias nutricionales comunes en poblaciones agrícolas.
Además, se consideraba un alimento sagrado debido a su capacidad de prosperar en terrenos inhóspitos, simbolizando la resiliencia de la vida en entornos adversos. Los mexicas, por ejemplo, la incorporaban en sus mercados o tianguis, donde se intercambiaba por otros bienes. Su dulzor natural la convertía en un deleite estacional, consumida fresca o en preparaciones simples como jugos o mezclas con otros frutos. Esta fruta no solo nutría el cuerpo, sino que fortalecía el vínculo comunitario, ya que su recolección involucraba a familias enteras en expediciones a zonas silvestres, fomentando el conocimiento ancestral sobre la flora local.
El uso medicinal de la pitaya era igualmente prominente en la medicina prehispánica. Tanto los frutos como los tallos y flores se empleaban en remedios tradicionales. La pulpa, con sus propiedades hidratantes, se utilizaba para refrescar el cuerpo y aliviar la sed en condiciones de calor extremo. Los tallos, licuados o macerados, servían para tratar afecciones renales, eliminar parásitos intestinales como amibas, mitigar dolores de cabeza y combatir problemas capilares como la caspa. 21 Estas aplicaciones se basaban en observaciones empíricas de las propiedades antiinflamatorias y antimicrobianas de la planta.
Las flores de la pitaya, conocidas como “reina de la noche” por su floración nocturna efímera, se preparaban en infusiones para tratar enfermedades cardíacas y fortalecer el sistema circulatorio. Los mayas, en particular, usaban las hojas y flores como diuréticos y agentes curativos para heridas, reconociendo sus efectos beneficiosos en la digestión y el control de la diabetes incipiente. 10 En el Códice Badiano, un herbario azteca del siglo XVI, se mencionan plantas similares con usos terapéuticos, aunque no específicamente la pitaya, lo que sugiere una tradición oral transmitida entre curanderos.
Estos remedios formaban parte de un sistema médico holístico, donde la pitaya se combinaba con otras hierbas para potenciar sus efectos. Su accesibilidad en regiones áridas la hacía invaluable para comunidades remotas, donde los conocimientos botánicos se pasaban de generación en generación. Aunque la evidencia arqueológica es limitada, etnobotánicos modernos confirman que muchas prácticas actuales en México derivan de usos prehispánicos, como el empleo de la pitaya en tratamientos para hipertensión y colesterol alto. 20
El simbolismo y el rol ritual de la pitaya enriquecían su presencia cultural en Mesoamérica. Su apariencia escamosa, reminiscentes de un dragón mítico, y sus colores vibrantes —rojo, blanco o amarillo— la asociaban con temas de transformación y renacimiento. En un contexto donde la naturaleza era sagrada, la pitaya representaba la resistencia ante la adversidad, creciendo en suelos pobres y floreciendo de noche, lo que evocaba ciclos lunares y la dualidad vida-muerte. 37 Para los mayas, su floración nocturna podía vincularse a deidades lunares o nocturnas.
En rituales, se ofrecía en altares como gratitud a la tierra y a dioses agrícolas como Chaac o Tlaloc, implorando lluvias en periodos de sequía. Algunas regiones la incluían en ceremonias de paso o fertilidad, donde su jugo simbolizaba sangre vital o elixir de vida. Aunque no hay códices directos que la representen prominentemente, analogías con otras cactáceas sagradas, como el peyote o el nopal, sugieren un estatus similar. Su forma exótica la convertía en un elemento decorativo en arte y ofrendas, reforzando su rol en la cosmovisión indígena.
En ciertas comunidades mixtecas y zapotecas, la pitaya se usaba en festivales estacionales, donde su recolección marcaba el inicio de ciclos agrícolas. Este simbolismo trascendía lo material, integrándose en mitos orales que narraban cómo la fruta emergía de la tierra como un regalo divino, fomentando la armonía con el medio ambiente. Así, la pitaya no era solo un recurso, sino un emblema de la interconexión entre humanos y naturaleza en la época prehispánica.
La pitaya encarnaba la esencia de la vida mesoamericana prehispánica: un fruto versátil que nutría, sanaba y simbolizaba la resiliencia cultural. Su origen silvestre en regiones áridas, su integración en la dieta y medicina, y su carga simbólica en rituales destacan cómo las sociedades indígenas aprovechaban sabiamente sus recursos naturales. Hoy, aunque comercializada globalmente, la pitaya preserva ecos de su legado prehispánico en prácticas tradicionales mexicanas, recordándonos la riqueza botánica y cultural de Mesoamérica. Su estudio no solo enriquece el conocimiento histórico, sino que inspira enfoques sostenibles en la agricultura moderna.
Referencias
- Paull, R. E., & Duarte, O. (2024). Origin, Production and History. In Dragon Fruit (pp. 1-20). CABI Digital Library.
- Ortiz-Hernández, Y. D., & Carrillo-Salazar, J. A. (2012). Agronomical, physiological, and cultural contributions of pitahaya (Hylocereus spp.) in Mexico. Revista Chapingo Serie Horticultura, 18(2), 273-289.
- Ariffin, S. A., et al. (2022). Review on the pharmacological and health aspects of Hylocereus or pitaya. Journal of Drug Delivery and Therapeutics, 12(1), 1-10.
- Mercado-Silva, E. M. (2023). Pitaya Nutrition, Biology, and Biotechnology: A Review. International Journal of Molecular Sciences, 24(18), 13986.
- Attanayake, R., et al. (2023). Nutritional Value and Therapeutic Benefits of Dragon Fruit. Molecules, 29(23), 5676.
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