Entre los nombres que forjaron la química moderna, pocos resuenan con tanta fuerza como Jöns Jacob von Berzelius, figura cuya precisión y visión redefinieron la manera en que entendemos la materia. Más que un científico, fue un arquitecto intelectual que unió método, lenguaje y descubrimiento en un legado que aún guía la investigación actual. ¿Qué impulsa a una mente a replantear los cimientos de la ciencia? ¿Y cómo su obra sigue modelando el futuro más de un siglo después?


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Jöns Jacob von Berzelius: Legado del Padre de la Química Moderna


Jöns Jacob von Berzelius, nacido el 20 de agosto de 1779 en Östergötland, Suecia, es recordado como uno de los químicos más influyentes de todos los tiempos. Su fallecimiento el 7 de agosto de 1848 en Estocolmo marcó el fin de una era de descubrimientos que cimentaron las bases de la química moderna. En apenas una década estudió alrededor de dos mil compuestos químicos, tomando el oxígeno como base de referencia para determinar los pesos atómicos.

La tabla de pesos atómicos publicada por Berzelius en 1818, con 42 elementos, se convirtió en una pieza clave para confirmar la teoría atómica de John Dalton. Este trabajo demostró que los compuestos inorgánicos se forman por átomos combinados en cantidades enteras, aportando solidez a un concepto que transformó la química para siempre. Asimismo, su precisión reveló la falsedad de la hipótesis de Prout, al mostrar que los pesos atómicos no siempre eran múltiplos enteros del hidrógeno.

Entre sus logros más destacados está el descubrimiento de elementos como el cerio en 1803, el selenio en 1817 y el torio en 1828. Además, logró aislar por primera vez el silicio en 1823, el circonio en 1824 y el titanio en 1825. Sus hallazgos ampliaron de manera sustancial el conocimiento de la tabla periódica y sentaron bases para el desarrollo de nuevos materiales y tecnologías, tanto en la ciencia pura como en la aplicada.

Berzelius no solo se limitó a descubrir elementos; también definió con precisión la diferencia entre compuestos orgánicos e inorgánicos, un avance fundamental para la clasificación y estudio de la química. Esta distinción guió el desarrollo de nuevas ramas científicas, fortaleciendo la comprensión de la estructura y composición de las sustancias. Su influencia se extendió incluso al lenguaje científico, creando términos que aún hoy permanecen en uso.

Uno de sus aportes más trascendentes fue la creación de un sistema de notación química basado en símbolos simples derivados del nombre latino de cada elemento. Este método reemplazó los complejos signos gráficos empleados por Dalton y otros, estableciendo un lenguaje universal que aún rige la escritura química, con ligeros cambios como el uso de subíndices en lugar de superíndices para indicar proporciones.

Su carrera académica fue igualmente notable. Berzelius estudió medicina en la Universidad de Uppsala entre 1796 y 1801, pero pronto su interés se volcó hacia la química experimental. Fue catedrático de Botánica y Farmacia en Estocolmo desde 1807, y entre 1815 y 1832 ejerció como catedrático de química en el Instituto Médico Quirúrgico Carolina. Ingresó en la Academia de Ciencias de Estocolmo en 1808 y en 1818 se convirtió en su secretario vitalicio, consolidando su influencia en la comunidad científica sueca y europea.

En sus primeros estudios investigó los efectos químicos de la corriente eléctrica, demostrando en 1802 la acción de los electrodos en ácidos y bases. Sus experimentos sobre electrólisis le llevaron a proponer que los compuestos se forman por una parte positiva y otra negativa, unificando el concepto para sustancias orgánicas e inorgánicas. Esta visión anticipó la comprensión moderna de los enlaces químicos y de la naturaleza eléctrica de las interacciones atómicas.

Berzelius defendió que los radicales orgánicos podían considerarse unidades constructivas casi tan indivisibles como los átomos, teoría que dominó durante décadas gracias a su prestigio. Aunque parte de sus ideas fueron refutadas por científicos como Auguste Laurent, su estructura conceptual contribuyó a moldear el pensamiento químico del siglo XIX, impulsando el debate y la experimentación.

A él se deben términos que forman parte del lenguaje científico universal, como catálisis, polímero, isómero y alótropo, aunque sus definiciones originales difieren de las actuales. Su uso temprano de la palabra “polímero” en 1833, por ejemplo, se refería a compuestos con la misma fórmula empírica pero diferente peso molecular, anticipando la posterior química de macromoléculas.

El laboratorio moderno debe mucho a Berzelius, quien introdujo técnicas hoy esenciales como el empleo de filtros de papel, desecadores y tubos de caucho. Estas innovaciones optimizaron la precisión experimental, aumentando la fiabilidad de los análisis y estandarizando procedimientos que siguen vigentes en la enseñanza y práctica de la química en todo el mundo.

Su obra escrita incluye títulos fundamentales como Ensayo sobre las proporciones determinadas (1810), Ensayo sobre la teoría de las proporciones químicas y la influencia química de la electricidad (1819) y, de manera especial, su monumental Tratado de química (1808-1818). Estos textos fueron referencia obligada para generaciones de químicos y consolidaron su reputación como figura clave en la consolidación de la ciencia moderna.

La vida y obra de Jöns Jacob von Berzelius encarnan el espíritu de la ciencia como búsqueda incansable de conocimiento. Sus descubrimientos, innovaciones técnicas y contribuciones conceptuales marcaron un antes y un después en la química. Incluso cuando sus teorías fueron corregidas por nuevos hallazgos, su método riguroso y su visión sistemática continuaron influyendo en la forma de investigar y enseñar la química.

Hoy, al recordarlo, no solo se rinde homenaje a un pionero que ayudó a descifrar la estructura íntima de la materia, sino también a un arquitecto del lenguaje científico que permite a los químicos de cualquier país comprenderse sin barreras. Berzelius sigue siendo un pilar de la ciencia, un ejemplo de perseverancia y exactitud que trasciende el tiempo, y cuya herencia perdura en laboratorios y aulas de todo el mundo.


Referencias:

  1. Partington, J. R. (1964). A History of Chemistry. Macmillan.
  2. Weeks, M. E. (1932). The Discovery of the Elements. Journal of Chemical Education.
  3. Ihde, A. J. (1964). The Development of Modern Chemistry. Harper & Row.
  4. Greenaway, F. (1974). Science International: A History of the International Council of Scientific Unions. Cambridge University Press.
  5. Leicester, H. M. (1956). The Historical Background of Chemistry. Dover Publications.

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