Entre los pliegues de la tauromaquia, tradición que oscila entre arte y tragedia, se alza una fotografía que marcó la memoria colectiva: el picador Eugenio de Hierro llorando tras la muerte fulminante de Antonio Rizo Pastor en Bilbao, 1966. No es solo una imagen histórica, sino un testimonio del límite humano frente al riesgo asumido en el ruedo. Revela la fragilidad detrás del oro y la seda, y nos interpela con fuerza atemporal. ¿Qué es más duradero, la gloria o el dolor? ¿Qué nos enseña la muerte sobre la esencia del arte?


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📸 Imagen generada por ChatGPT IA — El Candelabro © DR

Lágrimas en la arena: memoria y tragedia de Antonio Rizo Pastor


La tauromaquia, tradición profundamente enraizada en la cultura hispánica, ha sido objeto de múltiples debates a lo largo de los siglos. En ella confluyen arte, ritual y riesgo, pero también tragedia y muerte. Una de las escenas más impactantes que la historia taurina recuerda es la muerte del banderillero Antonio Rizo Pastor, ocurrida en Bilbao en 1966, cuya memoria quedó fijada en una fotografía que captó al picador Eugenio de Hierro llorando desconsolado. La imagen no solo documenta un hecho aislado, sino que simboliza la fragilidad de quienes, entre oro y seda, se enfrentan a la violencia de lo imprevisto.

El 23 de agosto de aquel año, en la plaza de toros de Vista Alegre, se lidiaba un cartel de renombre: Paco Camino, Manuel Benítez “El Cordobés” y Andrés Torres “El Monaguillo”. Durante el tercio de banderillas, el toro “Bolero”, marcado con el número 176 y perteneciente a la ganadería de Álvaro Domecq, prendió a Rizo en el pecho. La cornada fue fulminante: el pitón alcanzó el corazón, arrebatando la vida del joven banderillero casi de inmediato. El silencio se apoderó de la plaza, transformando el bullicio festivo en un escenario de duelo colectivo.

La muerte de un torero en el ruedo constituye un recordatorio crudo de la vulnerabilidad humana frente a la fuerza bruta de la naturaleza encarnada en el toro. Sin embargo, lo que otorga singularidad a este suceso es la huella visual que dejó la fotografía de Eugenio de Hierro. En ella, un hombre curtido en la dureza del oficio aparece vencido por la emoción, secándose las lágrimas con un pañuelo. La imagen quebró el imaginario de invulnerabilidad del torero y mostró la dimensión más humana de quienes participan en esta liturgia.

La fotografía se convirtió en un documento histórico porque reflejó un doble contraste: por un lado, la majestuosidad del traje de luces, símbolo de valor y estética; por otro, la fragilidad de la carne y la devastación emocional que la tragedia provoca en los compañeros. Ese instante capturado, cargado de expresividad, humanizó la fiesta en un sentido inesperado. El llanto del picador despojó de solemnidad la escena para ofrecer un retrato de desconsuelo compartido, un espejo de la angustia que también recorría los tendidos.

Díaz Cañabate, cronista de ABC, relató la tarde con palabras que aún estremecen: el silencio de la banda, el rumor que corría por el tendido, la procesión de toreros hacia la enfermería y el gesto de inclinar la cabeza frente al cuerpo sin vida. La corrida se suspendió, no por reglamento, sino por el peso del duelo colectivo. La tauromaquia, espectáculo de gloria y ovación, se transformó en un ritual de despedida. El arte se detuvo ante la tragedia, y la arena, normalmente espacio de triunfo, se tornó lugar de muerte.

Este acontecimiento permite reflexionar sobre el carácter dual de la tauromaquia. Por un lado, exalta la valentía y la destreza humanas frente a la fuerza bruta; por otro, expone la fragilidad del cuerpo frente a lo inesperado. Antonio Rizo, joven banderillero con aspiraciones de crecimiento, encarnaba la esperanza de una carrera taurina. Su muerte truncó no solo una vida, sino también un futuro, un proyecto vital. Y en esa pérdida, se revela el reverso de la gloria taurina: la certeza de que cada tarde puede ser la última.

El testimonio gráfico de Eugenio de Hierro adquiere, en este sentido, un valor de documento antropológico. La imagen del picador llorando desafía los estereotipos de masculinidad que rodean al toreo, mostrando que incluso en un universo regido por la valentía y el arrojo hay espacio para la vulnerabilidad. En el pañuelo que seca sus lágrimas se concentra la dimensión humana del espectáculo, recordando que los toreros son, ante todo, hombres sujetos al dolor y a la pérdida. Esa imagen ha trascendido como emblema de la memoria colectiva del toreo.

La tragedia de Rizo también plantea un dilema ético y cultural. Para quienes defienden la tauromaquia como arte, la muerte en el ruedo forma parte del pacto ritual: la vida entregada por la belleza y el riesgo. Para sus detractores, sin embargo, este hecho evidencia la crueldad de una práctica que expone tanto a hombres como a animales a un sufrimiento innecesario. El caso de Bilbao en 1966 avivó estos debates, que aún persisten en la actualidad, sobre la legitimidad cultural y moral de las corridas de toros.

Sin embargo, más allá del debate ético, lo que permanece es la potencia simbólica del recuerdo. Las lágrimas de Eugenio de Hierro no se recuerdan como un acto de debilidad, sino como la prueba más clara de fraternidad y humanidad en una profesión marcada por el peligro. El duelo compartido en aquella tarde se extendió a la afición, a la prensa y al imaginario taurino, dejando una herida emocional que la fotografía consolidó como memoria histórica. Cada año, al evocarse este suceso, se reactualiza el sentido de fragilidad en la tradición taurina.

La figura de Antonio Rizo Pastor, hoy recordada más por su trágico final que por su carrera, encarna una de las paradojas del toreo: la gloria del recuerdo no siempre procede de los triunfos, sino de las pérdidas que dejan huella. Su nombre permanece en la memoria de la tauromaquia precisamente porque su muerte evidenció la magnitud del riesgo asumido por todos los que pisan la arena. En su destino, se inscribe la advertencia permanente de que la tauromaquia no admite concesiones: el peligro es tan real como el arte.

El ensayo de esta tragedia invita a reflexionar sobre la función de la memoria y el poder de las imágenes. Sin la fotografía del picador llorando, quizá el recuerdo de Rizo Pastor habría quedado relegado a las crónicas periodísticas de una tarde aciaga. Pero esa imagen, multiplicada en el tiempo, otorga al suceso un carácter de símbolo. No es solo la representación de un dolor individual, sino la condensación visual del drama taurino en su máxima crudeza: gloria, riesgo, muerte y duelo. Un instante detenido que convirtió el dolor privado en patrimonio colectivo.

A casi seis décadas del suceso, la fotografía sigue interpelando a quienes la observan. No exige ser taurino para conmoverse, ni requiere conocimiento técnico del toreo para comprender la magnitud del dolor. Es una imagen universal, porque muestra a un hombre llorando por otro hombre, porque traduce la fraternidad del oficio en gestos humanos. Y es precisamente esta universalidad la que le da permanencia: más allá de la tauromaquia, el retrato del picador Eugenio de Hierro nos habla de la vulnerabilidad compartida de toda condición humana.

La historia de Antonio Rizo Pastor no es solo un capítulo doloroso de la tauromaquia, sino también una advertencia sobre los límites de la tradición, la fragilidad de la vida y el poder de la memoria. Su muerte transformó una tarde de toros en Bilbao en un relato de duelo, y su recuerdo, consolidado en la fotografía, continúa recordando que detrás de los brillos del oro y la plata, late un corazón humano. En esa arena quedaron no solo las huellas de un toro, sino también las lágrimas de toda una profesión.


Referencias

  1. Cañabate, D. (1966). Crónica taurina en ABC. Madrid.
  2. Fundación Toro de Lidia (2025). “Historia: Antonio Rizo Pastor y la tragedia de Bilbao”. ftorodelidia.org.
  3. El Paseillo en la Red (2013). “Tal día como hoy: Antonio Rizo Pastor”. elpaseilloenlared.blogspot.com.
  4. Delgado, F. (2004). La muerte en la tauromaquia: memoria, ritual y simbolismo. Ediciones Taurinas.
  5. Martín, J. (2017). “El poder de la imagen en la cultura taurina”. Revista de Estudios Culturales Hispánicos, 12(3), 45-63.

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