Entre los pliegues de la existencia se oculta un enigma que ha acompañado al ser humano desde sus orígenes: la tensión entre el deseo de poseer el mundo y la certeza de su inalcanzable distancia. Este hiato, que se manifiesta como un abismo y un vidrio invisible, no solo delimita nuestra experiencia, sino que impulsa la creación, la filosofía y la poesía. ¿No es precisamente en esa imposibilidad donde se forja nuestra grandeza? ¿Y no es en la herida del límite donde nace la verdadera libertad?


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El Vidrio y el Abismo


Hay en la condición humana una fractura que late como herida eterna: una superficie invisible que permite ver pero no tocar, un vidrio frágil que, al mismo tiempo, es irrompible. La existencia nos entrega un festín de formas, sonidos y presencias, pero nunca permite que nos disolvamos del todo en ellas. Somos seres convocados a la contemplación, condenados a la distancia. Miramos, comprendemos, interpretamos, pero cuando extendemos la mano descubrimos la fría transparencia que nos niega. Y, sin embargo, es esa negación lo que nos constituye.

La vida fluye como espectáculo interminable. Las estaciones cambian, las ciudades vibran, los cuerpos envejecen y los ríos insisten en su curso, pero todo ocurre como si se desplegara detrás de un cristal. La realidad se ofrece como promesa inalcanzable: la escuchamos, la olemos, la pensamos, pero nunca nos fundimos en su interior. Somos testigos de una obra sin escenario tangible, espectadores de un mundo que nos muestra sus máscaras sin entregarnos su rostro. Y en ese gesto descubrimos que la plenitud es siempre diferida.

Fernando Pessoa, en su vasta melancolía, dio nombre a este vacío esencial: el hombre nunca se realiza por completo. Somos intervalos vivientes, criaturas suspendidas entre ser y parecer. Deseamos poseer, tocar, abrazar lo que contemplamos, pero el abismo se abre entre el gesto y el objeto. En cada anhelo late la imposibilidad. Somos dobles pozos que miran al cielo y cielos que se inclinan sobre los pozos, sin nunca encontrarse. El deseo humano es un arco tendido hacia lo inaccesible.

La conciencia, celebrada como el mayor don, es también la maldición más secreta. Nos otorga lucidez, pero esa misma claridad erige la distancia. Mientras el animal vive inmerso, el hombre contempla; mientras el animal se entrega al instante, nosotros lo analizamos. Y al analizarlo, lo separamos, lo transformamos en espectáculo. La claridad es cuchillo: ilumina, pero hiere. Ver con nitidez es también descubrir el vacío que separa al sujeto del objeto. No hay saber sin pérdida, no hay luz sin sombra.

Podría parecer un destino cruel: ser arrojados a un mundo que nunca podemos poseer. Pero quizá la paradoja resida en que justamente gracias a ese límite surge nuestra grandeza. Si todo nos fuera dado sin resistencia, si pudiéramos fundirnos en lo real sin distancia, careceríamos de pensamiento y de poesía. La herida engendra la palabra, la falta convoca la metáfora, la imposibilidad se convierte en fuente de creación. No hay arte sin vidrio, no hay filosofía sin abismo. La plenitud sería silencio; la distancia es canto.

La poesía es el intento de rozar lo intocable. Cada poema es una mano contra el cristal, cada verso un temblor que quiere atravesar lo translúcido. La filosofía, a su vez, es el diálogo con lo inaccesible: preguntar allí donde nunca habrá respuesta plena. Pensar es aceptar que lo real se escapa, y sin embargo insistir. Así, la cultura entera es hija de ese hiato: literatura, ciencia, música, pintura, todas son variaciones de un mismo gesto. Intentamos tocar lo que se niega, nombrar lo innombrable, habitar lo imposible.

El abismo que nos constituye no es un vacío estéril, sino fecundo. Somos pozos abiertos hacia el cielo y cielos inclinados hacia los pozos, y en esa distancia infinita nace el deseo. El hombre desea porque nunca alcanza. Esa falta, que podría verse como condena, es en realidad posibilidad. Si la vida estuviera colmada, no habría búsqueda. El hambre es lo que da sentido a la comida, la sed lo que otorga sabor al agua. Así también, el abismo es lo que da densidad a la existencia.

Aceptar la distancia no significa resignación, sino dignidad. El hombre no está llamado a destruir el vidrio ni a cerrar el abismo, sino a habitarlos con coraje. Vivir es caminar un puente que nunca llega a la otra orilla. La travesía no concluye, y sin embargo no carece de sentido: en la travesía está la grandeza. Nuestra vocación no es la fusión, sino la tensión. El gesto humano es heroico porque sabe de su imposibilidad y aun así persiste. Somos caminantes hacia lo imposible.

La angustia nace cuando olvidamos esta verdad y exigimos plenitud. Quien pretende romper el vidrio tropieza con la desesperación; quien exige colmar el abismo descubre el sinsentido. Pero quien asume la herida como constitutiva encuentra en ella el origen del arte y la esperanza. La vida no es alcanzar lo definitivo, sino persistir en el movimiento, sostener la mirada aunque no haya contacto. La grandeza humana no está en el logro, sino en el gesto insistente de tender la mano hacia lo inaccesible.

La historia entera de la cultura es el intento de habitar esa distancia. Desde los primeros trazos en cavernas hasta las catedrales góticas, desde las tragedias griegas hasta la música contemporánea, todo surge del vidrio y del abismo. Cada obra es un puente tendido sobre la nada, un intento de inscribir sentido en lo imposible. Ninguna creación suprime el hiato, pero todas nos permiten respirarlo. La cultura no cierra la herida, pero la convierte en belleza compartida.

En nuestro tiempo, sin embargo, se extiende la ilusión de que la distancia puede abolirse. La inmediatez tecnológica promete un acceso total: todo disponible en la palma de la mano, todo reducible a un clic. Pero esa transparencia es engañosa: solo multiplica el vidrio. Tocamos pantallas, deslizamos dedos, creemos acceder, pero no hacemos más que rozar otra superficie fría. Nunca hemos estado tan rodeados de cristales. El símbolo se ha vuelto literal: vivimos en la promesa de contacto, condenados a la superficie.

Frente a ello, el gesto poético y filosófico conserva su vigencia. No se trata de suprimir la distancia, sino de iluminarla. La poesía no rompe el vidrio: lo acaricia. La filosofía no cierra el abismo: lo contempla. La tarea humana no es abolir la falta, sino aprender a vivir en ella. Esa es la ética del abismo: sostener la herida sin negarla, inventar modos de habitarla. No se trata de ocultar la distancia con espejismos, sino de transformarla en fuente de creación y de esperanza.

Mirar sin tocar, contemplar sin poseer, preguntar sin respuesta: he aquí la condición humana. Y lejos de ser derrota, esta condición es grandeza. Porque en ese gesto persistente reside la dignidad. El vidrio nunca se romperá, pero a través de él se filtra la belleza. El abismo nunca se cerrará, pero en su hondura resuena el eco que nos impulsa a cantar y pensar. El destino humano no es la fusión, sino la fidelidad a la travesía inacabada.

Así, vivir es aceptar que no poseeremos el mundo, pero podremos nombrarlo. No lo tocaremos, pero podremos cantarlo. No lo colmaremos, pero podremos esperarlo. Somos seres de espera creadora, de mirada incesante, de travesía infinita. La herida que nos hiere es la misma que nos da voz. El límite que nos separa es el mismo que nos impulsa. El vidrio y el abismo no son enemigos, son la forma secreta de nuestra grandeza.

Y por eso, la vida humana se cifra en un acto humilde y supremo: continuar mirando. Mirar aunque no podamos tocar, mirar aunque la distancia sea insalvable. Perseverar en la contemplación es aceptar la verdad más honda: que el sentido no está en alcanzar, sino en desear; no en poseer, sino en mirar. El vidrio es transparencia, el abismo es apertura. Y la grandeza está en seguir mirando, incluso cuando sabemos que lo real nunca se dejará poseer.


Referencias

  1. Pessoa, Fernando. El libro del desasosiego. Ed. Acantilado, 2002.
  2. Heidegger, Martin. ¿Qué significa pensar?. Herder, 2005.
  3. Camus, Albert. El mito de Sísifo. Alianza Editorial, 2011.
  4. Ortega y Gasset, José. El espectador. Revista de Occidente, 1921.
  5. Zambrano, María. Claros del bosque. Editorial Seix Barral, 1977.

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