Entre mapas y mareas, Woodstown emerge como objeto de estudio para una ecocrítica que interroga los fundamentos del progreso. Este artículo no narra una gesta, sino examina el lenguaje, los símbolos y las decisiones técnicas que hacen legible un territorio y silencian su memoria. Al situar la obra de Daudet en diálogo con urbanismo y ética ambiental, proponemos una lectura que privilegia límites, temporalidades y riesgos; Es una cuestión práctica y ética. Hoy. ¿Qué ciudad queremos fundar? ¿Puede el progreso aprender a escuchar?


El CANDELABRO.ILUMINANDO MENTES 
📸 Imagen generada por ChatGPT IA — El Candelabro © DR

Woodstown hoy: diseño urbano resiliente y memoria del bosque


En «Wood’stown», Alphonse Daudet convierte la fundación de una ciudad en fábula moral. La urbe, alzada en la desembocadura del Río Rojo tras una guerra contra la selva milenaria, exhibe calles rectas, muelles y templos: signos de un orden que se impone. La jungla, sin embargo, no desaparece; queda allí, en torno a los muros, oscura y atenta. Wood’stown es así el emblema de una victoria frágil, obtenida más por violencia que por comprensión del territorio que pretende dominar.

El relato se puede leer como una alegoría de la modernidad: el impulso de geometrizar el mundo para hacerlo legible y explotable. La cuadrícula urbana opera como un teorema de soberanía; el damero borra meandros, diluye ambigüedades, deseca humedales. Esa voluntad de simplificación —celebrada como progreso— encierra una paradoja: cuanto más ignora las formas de vida que desplaza, más depende de ellas para sostenerse, y más vulnerable se vuelve a su retorno.

La escena inicial del “combate” contra la selva condensa una estética de conquista. Árboles abatidos, raíces arrancadas, animales expulsados: la ciudad nace, literalmente, de un despeje. No hay pacto, hay expulsión. La lista de obras —mercados, iglesias, muelles— instituye, a la vez, una economía, una moral y una logística. La urbanización aparece entonces como liturgia: cada piedra consagra una promesa de abundancia que necesita olvidar el sacrificio que la hizo posible.

El emplazamiento en la desembocadura no es azaroso. Una boca de río es una zona liminar, de mezcla y turbulencia, donde sedimentos, mareas y crecidas negocian sin cesar. Fundar allí una ciudad expresa un gesto de dominio sobre fuerzas móviles. Pero también conlleva una hipoteca ecológica: los cauces recuerdan a su tiempo y reclaman espacio. La rectitud de las calles contrasta con la plasticidad del estuario; ese choque de temporalidades alimenta la inquietud que atraviesa el cuento.

La selva, “inquietante, oscura y expectante”, se comporta como un personaje que observa. Su silencio no es vacío sino paciencia. Daudet le otorga una mirada que desbarata la ilusión de clausura: no hay fuera absoluto. El muro no separa mundos incompatibles; apenas posterga una conversación. Ese mutismo circundante es un recordatorio del límite: el triunfo urbano no ha domesticado la alteridad, solo la ha desplazado al borde del mapa, donde concentra su densidad y prepara su regreso.

Leída desde la ecocrítica, la ciudad de Daudet encarna la ficción de transparencia propia del siglo XIX: si todo se mide y se nombra, todo se gobierna. Sin embargo, el ambiente no es un tablero inerte. Las redes tróficas, los flujos de agua, los ciclos del suelo continúan operando bajo las losas. El cuento sugiere que la “naturaleza” no es exterior, sino infraestructura viva de la ciudad. El precio de confundirla con obstáculo es inaugurar riesgos que no caben en los planos.

El catálogo cívico —mercados e iglesias— señala otra tensión: economía y salvación convergen en un credo del crecimiento. El relato pone en paralelo los ritos del intercambio y los del culto, como si ambos legitimaran la empresa colonizadora. La ambición que anima a Wood’stown, virtuosa a sus propios ojos, necesita construir un relato de destino manifiesto. Pero la selva, muda y cercana, funciona como contra-teología: recuerda que ningún orden humano agota el sentido del lugar.

También resuena una política de la velocidad. La ciudad surge de golpe, comprimida en el tiempo de una campaña. Sus fundadores aceleran ciclos: talan en días lo que tardó siglos en formarse. Esa desincronía, que parece eficiencia, crea una deuda temporal. Los bosques retirados retenían agua, modulaban vientos, alojaban polinizadores. Al desaparecer, alteran ritmos que la urbe daba por supuestos. Lo que se percibe como victoria es, quizá, la apertura inadvertida de una caja de resonancias.

Daudet no cae, sin embargo, en un romanticismo antitécnico. El cuento no es un anatema contra la ciudad, sino una advertencia sobre su modo de nacer. La cuestión no es urbanizar o no, sino cómo hacerlo sin declarar guerra al tejido que hace posible la vida urbana. Wood’stown podría haber sido un puerto poroso, con márgenes anfibios, corredores biológicos, plazas que aceptan la crecida. La fantasía del muro perfecto impide esos arreglos y deja a la urbe sitiada por su propio diseño.

El lenguaje de “triunfo sobre la naturaleza” revela una gramática bélica que estructura imaginarios políticos. En esa gramática, la selva es enemigo; ganar es despejar. Pero cuando el adversario es un ecosistema, “victoria” equivale a simplificación: menos especies, menos funciones, menos resiliencia. El cuento deja entrever que la verdadera oposición no es ciudad versus selva, sino diseño arrogante versus diseño atento. Lo primero acumula fragilidad; lo segundo aprende a convivir con lo vivo.

Leer hoy «Wood’stown» desde crisis climática y pérdida de biodiversidad lo vuelve profético. Nuestros diques, represas y grillas han multiplicado daños al pretender inmunizarnos. El relato, escrito en 1873, ya intuía el costo epistémico de confundir control con conocimiento. La selva expectante de Daudet no necesita moverse para desmentir la épica urbana: basta una crecida, una plaga o un incendio. Lo ecológico irrumpe como recordatorio de que la realidad no negocia con metáforas.

Por eso el cuento sugiere una ética del límite: reconocer que ningún plano agota el lugar. Diseñar implica escuchar. Una ciudad que quiere durar no aplasta el gradiente del estuario, lo incorpora; no borra el bosque, lo acompaña; no encierra el río, le abre espacio. Esa imaginación política —menos heroica, más paciente— convierte la frontera en umbral. En esa conversión, la selva deja de ser amenaza y deviene maestra: enseña a construir sin olvidar aquello que nos sostiene.

El dispositivo de poder que se insinúa es cartográfico. Poner nombres, trazar líneas, dictar ordenanzas: la urbe se fabrica también en el papel. La cuadrícula facilita catastros, impuestos y policía; hace “legible” el territorio. Pero lo legible para la administración no siempre coincide con lo comprensible para la vida. Entre ambos mapas —el del Estado y el de los seres vivos— media una distancia que el cuento exhibe sin didactismo, dejando al lector la inquietud del desfase.

Hay, además, una poética de la percepción. La selva no solo bordea: respira, humedece, oscurece los contornos. La ciudad, luminosa de día, se descubre de noche vulnerable al rumor de insectos y al crujir de ramas. Daudet trabaja ese contraste de atmósferas para tensar el ánimo del lector. No hay monstruos; los efectos son acústicos y lumínicos. El miedo urbano no nace de lo desconocido, sino de reencontrar lo conocido en otra escala: el bosque como multitud que no cabe en la mirada.

Traducido al presente, el cuento invita a revisar instituciones y planos. Servidumbres hidráulicas, bosques urbanos, parques de ribera y calles con bioretención no son ornamento: son gramática ecológica. Del mismo modo, corredores para fauna, límites a la expansión y suelos permeables transforman la “guerra” en negociación. El progreso deja entonces de medirse por hectáreas despejadas y se calibra por resiliencia compartida. La política pública se vuelve, por fin, ingeniería del cuidado.

En síntesis, Daudet nos entrega una parábola de la modernidad y sus cegueras. Wood’stown no es solo una ciudad nueva: es la escena repetida de una promesa que confunde orden con sabiduría. Al final, la jungla que mira no anuncia venganza, sino verdad: lo vivo persiste, retorna, desborda, exige respeto. Tal vez el auténtico triunfo humano no consista en expulsar la selva, sino en aprender a habitar con ella, donde la recta de la calle encuentre en el meandro del río su aliado.


Referencias

Daudet, Alphonse. “Wood’stown.” Le Bien Public, 27 de mayo de 1873.

Garrard, Greg. Ecocriticism. 2.ª ed., Routledge, 2012.

Buell, Lawrence. The Environmental Imagination. Harvard University Press, 1995.

Scott, James C. Seeing Like a State. Yale University Press, 1998.

Cronon, William. Nature’s Metropolis: Chicago and the Great West. W. W. Norton, 1991.


El CANDELABRO.ILUMINANDO MENTES 

#Woodstown
#AlphonseDaudet
#Ecocritica
#CiudadVsNaturaleza
#Urbanismo
#SelvaMilenaria
#Estuario
#Modernidad
#ResilienciaUrbana
#DisenoUrbano
#CrisisClimatica
#Biodiversidad


Descubre más desde REVISTA LITERARIA EL CANDELABRO

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.