Entre las narraciones que han sobrevivido al paso de los siglos, pocas resultan tan esclarecedoras como las fábulas. Estas breves historias, envueltas en sencillez, esconden profundas lecciones sobre la condición humana y los límites del deseo. No se trata únicamente de advertencias morales, sino de espejos donde la sociedad puede reconocer sus excesos y carencias. ¿Acaso no seguimos persiguiendo sombras que se desvanecen al alcanzarlas? ¿Y no solemos despreciar lo real por la ilusión de algo mayor?
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📸 Imagen generada por ChatGPT IA — El Candelabro © DR
Un perro cruzaba un puente llevando en la boca un trozo de carne. Al mirar hacia abajo, vio en el agua su propio reflejo y pensó que era otro perro con una presa aún más grande.
Cegado por la codicia, abrió la boca para arrebatarle el bocado a su supuesto rival… y en ese instante su carne cayó al río, perdiéndolo todo.
El perro se quedó mirando el agua, dándose cuenta de que su ambición lo había dejado sin nada.
📖 Moraleja: La avaricia nos puede hacer perder incluso lo que ya teníamos seguro.
El reflejo de la avaricia: una lección sobre los límites del deseo humano
La fábula del perro y su reflejo constituye una metáfora universal sobre la naturaleza de la avaricia. A través de una narración simple, se revela una profunda verdad acerca de la condición humana: la tendencia a perseguir más de lo que se tiene, incluso a costa de perder lo ya asegurado. En la historia, el perro, cegado por la ilusión de un bien mayor, deja escapar lo real en busca de una sombra. Este relato no solo ilustra un episodio moral, sino que además refleja dinámicas psicológicas, sociales y económicas que han acompañado al ser humano desde tiempos antiguos hasta la actualidad.
El comportamiento del perro simboliza el impulso irreflexivo que muchas veces guía las acciones humanas cuando la ambición desmedida sustituye a la razón. En el campo de la psicología, se reconoce que la percepción de pérdida genera más ansiedad que la satisfacción que produce una ganancia equivalente. Esta aversión a perder, paradójicamente, puede llevar a decisiones arriesgadas que terminan produciendo aquello que se buscaba evitar: quedarse sin nada. Así, la moraleja adquiere relevancia científica al vincularse con teorías contemporáneas del comportamiento económico y la toma de decisiones.
La literatura moral de la Antigüedad, desde Esopo hasta Fedro, insistía en advertir sobre los peligros de la codicia. En todas las culturas, la avaricia ha sido vista como un vicio que nubla la prudencia y desestabiliza el equilibrio social. Cuando el individuo confunde sus deseos con necesidades esenciales, cae en un ciclo interminable de insatisfacción. El perro del relato no necesitaba más de lo que ya tenía: su carne era suficiente. Pero la ilusión de un bien mayor lo condujo a perderlo todo. Este fenómeno se reproduce en la sociedad moderna bajo diversas formas, desde el consumismo excesivo hasta las crisis financieras provocadas por la especulación.
El relato también ofrece un ángulo económico y político. En la historia humana, grandes imperios han caído cuando sus élites, movidas por el afán de expansión ilimitada, buscaron conquistar territorios más allá de su capacidad de administración. Al igual que el perro, que confundió su reflejo con una presa real, los gobernantes ambiciosos han confundido la apariencia del poder con su sustancia, generando colapsos que los dejaron más débiles que al inicio. La moraleja se convierte, entonces, en un recordatorio de que la sustentabilidad depende de reconocer límites y valorar lo que ya se posee.
La codicia, sin embargo, no se reduce al plano material. En el ámbito de las relaciones humanas, puede manifestarse como la incapacidad de valorar la amistad, el amor o la lealtad, siempre anhelando vínculos que parecen mejores, pero que no son más que reflejos idealizados. Este anhelo perpetuo impide la gratitud por lo presente y conduce a una constante frustración. El perro no percibió que lo que veía era solo su imagen duplicada. De la misma manera, los seres humanos suelen proyectar fantasías que, al perseguirse, se disuelven en decepción.
En la sociedad contemporánea, marcada por el marketing y la publicidad, el relato adquiere aún más pertinencia. Se nos invita constantemente a desear más: más bienes, más experiencias, más estatus. La economía digital, las redes sociales y la exposición continua a modelos de vida idealizados fomentan un espejo ilusorio que refleja una supuesta abundancia que rara vez corresponde a la realidad. El consumidor, como el perro, corre el riesgo de soltar lo que ya tiene en la búsqueda de algo que no existe más que en la superficie de las imágenes.
La enseñanza de la fábula trasciende el plano individual y llega al colectivo. En la administración de recursos naturales, por ejemplo, la avaricia se traduce en explotación desmedida que pone en peligro la supervivencia misma de la humanidad. Al perseguir ganancias inmediatas, se pierde la riqueza duradera que representan los ecosistemas equilibrados. Así, el reflejo en el agua se convierte en símbolo de aquellas promesas de prosperidad que, al alcanzarse con impaciencia, terminan erosionando la base misma de lo que se buscaba preservar.
En un sentido filosófico, la historia plantea la cuestión del ser y la apariencia. El perro se dejó engañar por la imagen de su propio objeto, confundiéndola con la realidad. Esta confusión entre lo aparente y lo real es uno de los problemas centrales de la epistemología clásica, desde Platón hasta Kant. El relato sugiere que la sabiduría consiste en discernir lo verdadero de lo ilusorio, y en reconocer que la posesión de algo tangible, por modesta que sea, puede ser preferible a la persecución interminable de lo que solo es un reflejo.
La reflexión sobre la avaricia nos invita a repensar el equilibrio entre deseo y satisfacción. No se trata de condenar toda aspiración, sino de reconocer la frontera en la que la ambición deja de ser motor de progreso para convertirse en causa de ruina. La historia del perro no critica el hecho de tener carne, sino el error de no apreciarla. En la medida en que se cultiva la gratitud y la moderación, el individuo encuentra estabilidad y resiliencia frente a las tentaciones que surgen de ilusiones pasajeras.
Finalmente, la moraleja concluye en una advertencia atemporal: la avaricia no solo nos priva de lo que anhelamos, sino también de lo que ya tenemos. El perro perdió su carne porque confundió un reflejo con una oportunidad. De manera semejante, los seres humanos arriesgan sus logros presentes cuando se obsesionan con metas inalcanzables. La sabiduría consiste en aprender a valorar lo concreto, reconocer los límites del deseo y construir un futuro basado en la prudencia.
La lección de este relato, aparentemente simple, conserva plena vigencia en un mundo donde los espejismos abundan y donde solo quienes saben distinguir lo real de lo ilusorio logran conservar su verdadero tesoro.
Referencias
Aristóteles. (1994). Ética a Nicómaco. Madrid: Gredos.
Esopo. (2005). Fábulas completas. Madrid: Alianza Editorial.
Kahneman, D. (2011). Thinking, Fast and Slow. New York: Farrar, Straus and Giroux.
Plutarco. (2006). Vidas paralelas. Barcelona: Ediciones Akal.
Seneca. (2003). De la brevedad de la vida. Madrid: Alianza Editorial.
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