Entre los nombres que resuenan en la historia de la música cubana, pocos tienen la fuerza simbólica de Celio González. Su vida refleja no solo la voz prodigiosa que lo llevó a la Sonora Matancera, sino también el pulso cultural y político de una época de cambios en Cuba y México. Figura de resiliencia, trascendió fronteras con el bolero y su autenticidad artística. ¿Qué nos revela su historia sobre la unión entre arte y destino? ¿Cómo su legado sigue inspirando nuevas generaciones?
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Celio González: El Satanás de Cuba y su Legado Musical
Celio Adán González Ascencio, mejor conocido como Celio González, ocupa un lugar destacado en la historia de la música latinoamericana. Nacido en Camajuaní, Cuba, en 1924, su vida estuvo marcada por una compleja mezcla de adversidades personales, talento innato y una determinación férrea para triunfar en el mundo artístico. Apodado “El Satanás de Cuba” y también conocido como El flaco de oro, se convirtió en una de las voces más representativas de la Sonora Matancera y un referente imprescindible del bolero y la música popular cubana.
Su infancia no fue sencilla. Afectado por una enfermedad hereditaria llamada focomelia, que le provocó malformaciones en manos y pies, encontró en la música una vía de expresión y superación. Su madre, figura central en sus primeros años, fomentó su inclinación artística y le brindó protección en un entorno difícil. A pesar de sus limitaciones físicas, Celio se integró en actividades comunitarias y desde joven acompañaba a su madre en la venta de artesanías. Esta formación temprana lo dotó de una capacidad de resiliencia que marcaría toda su trayectoria.
La primera etapa de su carrera estuvo vinculada a los concursos radiales, en especial su participación en La Corte Suprema del Arte en Sancti Spíritus, un espacio que impulsó a numerosos talentos cubanos. Más tarde, en Camagüey, con apenas diecisiete años, trabajó en la orquesta de Joaquín Mendivel y en el Conjunto Camacho. También fundó el Trío Nacional, demostrando desde temprano su iniciativa artística. Posteriormente, se trasladó a La Habana, epicentro musical de Cuba, donde colaboró con diversos conjuntos, entre ellos Los Jóvenes del Cayo de Alfonsín Quintana, el de Luis Santí y el Conjunto Casino.
El punto de inflexión de su carrera llegó en 1956, cuando ingresó como cantante de planta a la legendaria Sonora Matancera, dirigida por Rogelio Martínez. Su llegada se produjo tras la salida de Bienvenido Granda y Laíto Sureda, lo que implicaba una enorme responsabilidad: mantener el prestigio vocal de la agrupación más importante del Caribe en ese momento. El 23 de mayo de ese año grabó su primera canción con la Sonora, el bolero-rítmico Quémame los ojos, que rápidamente se convirtió en un éxito rotundo.
Su estilo vocal se caracterizaba por una intensidad interpretativa que combinaba fuerza y delicadeza, cualidades que le permitieron abordar tanto boleros desgarradores como ritmos festivos. Canciones como Total, Amor sin esperanza, Y no me engañes más y Besito de coco consolidaron su fama internacional. La crítica lo reconocía como un cantante capaz de transmitir emociones profundas, mientras que el público lo aclamaba por su capacidad de conectar de manera directa con sus vivencias cotidianas.
En 1959, el triunfo de la Revolución Cubana marcó un giro inesperado en su destino. A su regreso de una gira internacional, Celio descubrió que sus bienes habían sido confiscados por el nuevo régimen. Ante esta situación, emigró a México junto con su esposa Martha Torres y sus hijos. Este traslado no significó el fin de su carrera, sino el inicio de una nueva etapa de consolidación. Contratado por el sello Orfeón, fijó su residencia en Ciudad de México, país que lo acogió y donde desarrolló gran parte de su trayectoria posterior.
Durante la década de 1960, Celio González continuó su vínculo con la Sonora Matancera y firmó nuevamente con Seeco Records. Entre 1962 y 1965 grabó nuevos éxitos como Yo soy el son cubano, Vámonos de fiesta, Nobleza y Noche de farra. En paralelo, incursionó con otros sellos discográficos como Gema, Discos Teca, Alegre Records y Fania Records, mostrando una versatilidad que lo llevó a ser reconocido no solo en el ámbito del bolero, sino también en el son, la guaracha y otros ritmos populares.
El repertorio de Celio incluía tanto composiciones originales como interpretaciones magistrales de obras de grandes compositores latinoamericanos. Entre las más recordadas destaca su versión del bolero Vendaval sin rumbo, de José Dolores Quiñones, que aún hoy se considera un clásico del género. Su voz, cargada de melancolía y potencia, era capaz de transmitir con autenticidad el dolor amoroso, la pasión desbordada o la alegría festiva.
El apodo “El flaco de oro”, otorgado en reconocimiento a su estatura y delgadez, se sumó al de El Satanás de Cuba, un apelativo que reflejaba la intensidad casi demoníaca de su interpretación. Estos sobrenombres no fueron meros artificios publicitarios, sino expresiones del impacto emocional que ejercía sobre los escenarios. Celio se convirtió en un ícono de la cultura popular, presente en la radio, la televisión y los centros nocturnos de México y América Latina.
La discografía de González es extensa y refleja la riqueza de su trayectoria. Con Seeco Records lanzó álbumes fundamentales como La Sonora Matancera llegó (1958) y Canciones premiadas de Celio González (1961). Con Gema Records grabó ¡Qué rico canta Celio! (1966), acompañado por la orquesta de Pepe Delgado. En Discos Teca destacó con Melodías de Agustín Lara (1966), donde rindió homenaje a uno de los compositores más importantes de México. Incluso en los años ochenta, su figura se mantuvo vigente con grabaciones como El Zorro de Plata presenta al Flaco de Oro, realizado junto a Johnny Pacheco para Fania Records.
El reconocimiento a su carrera trascendió los discos. En México se publicó un libro que recogía su vida y obra, testimonio del impacto cultural que tuvo en ese país. Asimismo, en 2003 participó en un homenaje póstumo a Celia Cruz, reafirmando su vínculo con la Sonora Matancera y con los grandes exponentes de la música caribeña. Su muerte, ocurrida en Ciudad de México en octubre de 2004 debido a un paro respiratorio, significó el cierre de una etapa dorada para la música popular, aunque su legado sigue vivo en generaciones posteriores.
El aporte de Celio González a la música no puede entenderse únicamente desde la perspectiva de sus grabaciones. Su figura simboliza el tránsito de la música cubana hacia la diáspora, marcada por la Revolución y el exilio. En México, González se integró a una industria musical poderosa y en expansión, contribuyendo a consolidar el puente cultural entre Cuba y el resto de América Latina. Su voz se convirtió en una referencia indispensable para el estudio del bolero y de la evolución de la música popular del siglo XX.
En el análisis de su legado se observa un artista que encarnó tanto la tradición como la innovación. Por un lado, rescató el bolero clásico con interpretaciones apasionadas y fieles al estilo original. Por otro, experimentó con ritmos caribeños y adaptó su voz a las exigencias de nuevas generaciones, mostrando una capacidad de reinvención admirable. Su influencia se percibe en la obra de numerosos cantantes posteriores, quienes lo citan como modelo de interpretación y entrega artística.
A nivel sociocultural, Celio González también representa la historia de miles de artistas que, obligados por circunstancias políticas, buscaron en otros países un escenario donde continuar su arte. En México, su integración exitosa demuestra cómo la música trasciende fronteras y cómo el talento individual puede contribuir al enriquecimiento de culturas diversas. Su vida y carrera se convierten así en una metáfora de resistencia, adaptación y permanencia.
Celio González no solo fue un intérprete brillante del bolero y de la música cubana, sino también un símbolo de la resiliencia artística en tiempos de transformación política y social. Su voz, su presencia escénica y su capacidad para emocionar al público lo consagraron como una de las grandes figuras de la música latinoamericana del siglo XX. Hoy, a casi dos décadas de su fallecimiento, su legado continúa vivo en grabaciones, homenajes y en la memoria colectiva de quienes reconocen en él a un artista universal.
Referencias
- Díaz Ayala, C. (1999). La música cubana: Del areyto a la nueva trova. Editorial Cubanacán.
- Orovio, H. (2004). Diccionario de la música cubana. Editorial Letras Cubanas.
- Sublette, N. (2004). Cuba and Its Music: From the First Drums to the Mambo. Chicago Review Press.
- Sánchez, R. (2010). Bolero: historia de un amor. Fondo de Cultura Económica.
- Rondón, C. (2008). El libro de la salsa. Editorial Plaza & Janés.
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