Entre las corrientes más influyentes del pensamiento moderno, el existencialismo se alza como una respuesta a la incertidumbre del ser y a la urgencia de hallar sentido en un mundo cambiante. Lejos de ofrecer recetas, plantea la libertad como núcleo de la dignidad humana y como punto de partida de toda responsabilidad. La vida no se recibe hecha: se construye en cada decisión, en cada acto que marca huella en la historia. ¿Qué significa vivir auténticamente? ¿Qué implica no elegir y dejar que otros decidan por nosotros?


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"Nada acaece de veras en la existencia del hombre sin su elección. La estructura del hombre es esencialmente libertad, libertad que no es indiferencia, sino normatividad, deber ser: deber ser de la personalidad finita del hombre y por ello del ser unidad que la funda y de la comunidad que halla en este su terreno de encuentro y de inteligencia recíproca. Continuamente se halla el hombre frente a la alternativa crucial entre el ser y el no ser, entre la posesión de sí en la posesión de las propias posibilidades y el dispersarse y banalizarse de estas posibilidades, entre una vida anónima e insignificante y una vida intensa y significativa que se enraíce en la historia. Esta alternativa se ofrece continuamente a la elección del hombre, no ya en la indiferencia de sus opuestas posibilidades, sino en el llamamiento real, en continua renovación, que hace al hombre la posibilidad auténtica, en el acto de enderezarlo hacia la historicidad. La libertad del hombre está garantizada por la renovación incesante de este llamamiento. Cierto, el hombre puede también no escucharlo, y esta posibilidad es efectiva y real; es la posibilidad del pecado."

Abbagnano, Niccola, Introducción al existencialismo.

La libertad como fundamento existencial del ser humano


Nada resulta más decisivo para la vida del ser humano que la libertad entendida como elección. Nicola Abbagnano, en su Introducción al existencialismo, plantea que la existencia carece de sentido si no se asume el ejercicio de la libertad como acto constitutivo. El hombre no vive simplemente arrastrado por el azar o las circunstancias: se realiza en tanto elige, y esta elección se convierte en la medida de su autenticidad o de su dispersión. Así, la libertad no es indiferencia, sino el deber ser de una personalidad en proceso de consolidarse frente al mundo.

El existencialismo ofrece una visión en la que la libertad no se reduce a un campo ilimitado de posibilidades neutras, sino que se experimenta como responsabilidad. El hombre se encuentra constantemente ante la alternativa crucial entre ser y no ser, entre poseerse en sus posibilidades auténticas o perderse en la banalidad. Esta tensión define el drama existencial: la vida puede ser significativa y enraizada en la historia, o bien caer en la insignificancia de una existencia anónima. La libertad, en este marco, se convierte en la condición misma de la dignidad humana.

Abbagnano subraya que esta elección no ocurre en abstracto, sino en la cotidianidad. Cada decisión, desde las más triviales hasta las más trascendentes, responde a un llamado continuo de la posibilidad auténtica. La existencia se renueva en la medida en que el hombre escucha esa voz interior que lo dirige hacia una vida plena de sentido. Sin embargo, la posibilidad de rechazar ese llamado es igualmente real. El pecado, entendido filosóficamente, no es solo una falta moral, sino el abandono de la posibilidad de ser uno mismo en plenitud.

La libertad, en consecuencia, es la raíz de la historicidad del hombre. Una vida significativa no se construye en soledad absoluta, sino en la comunidad, en la reciprocidad de inteligencias que se reconocen mutuamente. El encuentro con los otros configura un terreno compartido donde la elección adquiere resonancia. Decidir no es solo afirmar un proyecto individual, sino insertarse en la trama histórica en la que toda existencia se desarrolla. Así, la libertad se convierte en una forma de responsabilidad social.

La condición humana implica, por tanto, vivir en la constante tensión entre autenticidad y dispersión. El riesgo de perderse en la inercia de lo cotidiano amenaza siempre al individuo. Sin embargo, el llamado a la libertad auténtica nunca cesa; se renueva incesantemente y ofrece al hombre la oportunidad de reencontrarse con su ser profundo. La libertad, lejos de ser un privilegio ocasional, es una condición garantizada por el mismo hecho de existir, aunque el hombre pueda ignorarla.

En este sentido, el existencialismo no promueve un nihilismo desesperanzado, sino una ética de la responsabilidad. Elegir es inevitable, y en esa inevitabilidad radica la grandeza del ser humano. La indiferencia se revela como una ilusión: cada acción, cada omisión, expresa un posicionamiento frente a la posibilidad de ser. Incluso no elegir es ya una elección, con todas sus consecuencias. La libertad, así comprendida, es ineludible.

La finitud de la vida añade un matiz crucial a este planteamiento. El hombre no dispone de un horizonte infinito de posibilidades; sus decisiones están marcadas por el tiempo y la mortalidad. De ahí que la elección cobre un carácter urgente: aplazarla indefinidamente equivale a renunciar a la autenticidad. La libertad no es una abstracción eterna, sino una tarea concreta que se inscribe en la temporalidad. En este punto, la historicidad del hombre se convierte en el escenario donde se juega su destino.

El pecado, en la perspectiva existencial, aparece como la posibilidad efectiva de negarse a sí mismo. No se trata únicamente de una categoría religiosa, sino de un estado ontológico: vivir de espaldas a la autenticidad, banalizar la existencia y refugiarse en la anonimidad. Este rechazo del llamado de la libertad empobrece la vida y la reduce a repetición vacía. La alienación, el conformismo y la indiferencia son manifestaciones de este modo de existir que rehúye la responsabilidad.

Frente a ello, el ejercicio de la libertad abre la puerta a una vida intensa y significativa. La autenticidad no se reduce a una afirmación subjetiva, sino que exige enraizarse en la historia y en la comunidad. La vida plena es aquella que reconoce la unidad que funda a la persona y se proyecta hacia los demás en un intercambio de reconocimiento. La libertad auténtica no es aislamiento, sino apertura al otro, compromiso con la colectividad y construcción de sentido compartido.

El planteamiento de Abbagnano resuena con las preocupaciones centrales de la filosofía contemporánea: cómo vivir en un mundo caracterizado por la incertidumbre, la fragmentación y la crisis de valores. La libertad, entendida como normatividad, ofrece una salida: no se trata de inventar arbitrariamente un sentido, sino de responder a un llamado que está inscrito en la estructura misma de la existencia. Esta perspectiva invita a asumir la vida no como peso, sino como tarea creadora.

En la práctica, esta concepción implica reconocer que cada decisión configura un proyecto. La libertad exige disciplina, reflexión y coraje para enfrentarse a las alternativas que la vida plantea. El hombre se encuentra siempre ante encrucijadas que ponen a prueba su capacidad de ser fiel a sí mismo. Esta fidelidad se traduce en autenticidad, en la coherencia entre la posibilidad elegida y el proyecto vital que se desea construir. La autenticidad, en consecuencia, no es un punto de llegada, sino un proceso constante.

La dimensión ética de esta filosofía se hace evidente al considerar las consecuencias sociales de la elección. La libertad no es solo personal, sino también colectiva. La historia se teje con las decisiones de individuos que asumen o rehúyen su responsabilidad. De allí que el llamado a la autenticidad no pueda desligarse de la construcción de una comunidad justa y significativa. La libertad se realiza plenamente cuando se orienta hacia un bien compartido.

Al analizar este marco, se observa que el existencialismo plantea un horizonte de exigencia y esperanza. Exigencia, porque demanda del individuo una atención constante a sus decisiones, un rechazo a la pasividad y una apertura al sentido. Esperanza, porque afirma que la posibilidad auténtica nunca desaparece, que siempre está ahí, renovándose y llamando al hombre a reencontrarse consigo mismo. Incluso en medio del fracaso o del error, la libertad ofrece una nueva oportunidad.

La conclusión que emerge de estas reflexiones es que la libertad no es una carga insoportable, sino la expresión más alta de la condición humana. Constituye el eje que articula la vida personal y la vida histórica, el punto de encuentro entre la finitud y la trascendencia. Elegir es crear, y en ese acto el hombre se realiza a sí mismo y contribuye a la configuración del mundo. El sentido de la existencia se juega en cada decisión, y de la respuesta a ese llamado depende la posibilidad de una vida auténtica.

En definitiva, la propuesta de Abbagnano invita a comprender la libertad como fundamento de la dignidad humana y como motor de la historia. La elección constante entre ser y no ser define el destino del hombre, quien encuentra en la autenticidad el camino hacia una vida plena. Esta concepción abre una perspectiva ética y existencial que sigue siendo actual: el hombre es libre, y en esa libertad se juega su grandeza y su responsabilidad. La alternativa permanece abierta; cada existencia es el escenario de esta decisión.


Referencias

Abbagnano, N. (2004). Introducción al existencialismo. Fondo de Cultura Económica.

Heidegger, M. (2003). Ser y tiempo. Trotta.

Sartre, J. P. (1996). El ser y la nada. Alianza Editorial.

Marcel, G. (2002). El misterio del ser. Caparrós Editores.

Jaspers, K. (1999). Filosofía de la existencia. Fondo de Cultura Económica.

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