En el corazón del siglo XIX, cuando la humanidad buscaba dominar la electricidad y transformar la comunicación, emergió la figura de Georges Leclanché, un visionario capaz de convertir la ciencia en progreso palpable. Su invención de la pila eléctrica marcó un antes y un después en la historia de la tecnología, impulsando el telégrafo, el teléfono y, con ellos, una nueva era de interconexión global. ¿Imaginamos hoy el mundo sin baterías? ¿Podríamos concebir nuestra vida sin su legado?
El CANDELABRO.ILUMINANDO MENTES

Imágenes Canva AI
Georges Leclanché y la Revolución Tecnológica de las Pilas Eléctricas: El Pionero que Transformó la Era de las Comunicaciones
La historia de la tecnología moderna está marcada por innovaciones que, aparentemente modestas en su concepción inicial, terminan revolucionando la civilización humana. Entre estos avances fundamentales se encuentra el trabajo del químico e ingeniero francés Georges Leclanché, cuya invención de la primera pila eléctrica fabricada en serie no solo resolvió problemas técnicos inmediatos de su época, sino que sentó las bases para el desarrollo de la moderna industria de las baterías y la expansión masiva de las comunicaciones telegráficas y telefónicas.
Georges Leclanché nació el 9 de octubre de 1839 en Parmain, Francia, en una época de profundos cambios políticos y sociales que marcarían tanto su vida personal como su trayectoria profesional. La inestabilidad política francesa obligó a su familia al exilio en Inglaterra durante su infancia, experiencia que le proporcionaría una perspectiva internacional valiosa para su futura carrera. Esta movilidad forzada, lejos de constituir una desventaja, le permitió acceder a una educación diversa y desarrollar la adaptabilidad que caracterizaría su posterior trabajo innovador.
Tras su regreso a Francia en 1856, Leclanché ingresó en la prestigiosa École Centrale des Arts et Manufactures, donde se graduó como ingeniero en 1860. Esta institución, reconocida por formar profesionales técnicos de excelencia, le proporcionó los fundamentos teóricos y prácticos necesarios para abordar los desafíos tecnológicos de la época. Su formación combinó conocimientos de química, física y ingeniería, una preparación multidisciplinaria que resultaría crucial para sus futuras contribuciones a la electroquímica y el diseño de sistemas eléctricos.
Su primera experiencia profesional significativa tuvo lugar en la Compagnie des chemins de fer de l’Est, donde se especializó en la instalación de sistemas eléctricos para la transmisión de la hora. Esta aplicación, aparentemente simple, requería soluciones técnicas sofisticadas y confiables. Los ferrocarriles del siglo XIX necesitaban sincronización temporal precisa para garantizar la seguridad y eficiencia de sus operaciones, convirtiendo la transmisión eléctrica del tiempo en una necesidad crítica. Sin embargo, las pilas eléctricas disponibles en ese momento presentaban limitaciones significativas que comprometían la confiabilidad de estos sistemas.
Las deficiencias de las pilas existentes motivaron a Leclanché a iniciar investigaciones electroquímicas sistemáticas. Sus experimentos iniciales con pilas de carbonato de cobre revelaron tanto las posibilidades como las limitaciones de las tecnologías disponibles. Esta fase exploratoria le permitió identificar los principios fundamentales que posteriormente aplicaría en su diseño revolucionario. La experimentación metódica con diferentes materiales y configuraciones electroquímicas constituía un enfoque científico riguroso que distinguía su trabajo de las mejoras puramente empíricas que caracterizaban muchos desarrollos tecnológicos de la época.
La situación política francesa de 1863 obligó a Leclanché a emigrar nuevamente, esta vez estableciéndose en Bruselas, donde fundó su propio laboratorio. Este contexto de independencia profesional resultó fundamental para el desarrollo de su invención más significativa. Librado de las restricciones corporativas y con acceso a recursos propios, pudo dedicarse completamente a perfeccionar su diseño de pila eléctrica. El laboratorio de Bruselas se convirtió en el escenario donde cristalizaron años de investigación y experimentación, dando origen a la primera pila eléctrica diseñada específicamente para la fabricación en serie.
La pila Leclanché, patentada en 1866, representó un avance cualitativo respecto a las tecnologías precedentes. Su diseño incorporaba una solución conductora de cloruro de amonio como electrolito, un cátodo de carbono, dióxido de manganeso como despolarizador y un ánodo de zinc. Esta configuración química específica no era accidental, sino el resultado de cuidadosos cálculos y pruebas experimentales que optimizaban tanto el rendimiento eléctrico como la estabilidad operacional. La utilización del manganeso como componente clave constituyó una innovación particularmente significativa que diferenciaba su diseño de las alternativas disponibles.
La estructura física de la celda Leclanché original reflejaba un diseño ingenioso que equilibraba eficiencia técnica y viabilidad manufacturera. El despolarizador de dióxido de manganeso se empaquetaba en una vasija porosa, con una barra de carbono insertada en el centro para funcionar como cátodo. El ánodo de zinc se sumergía junto con la vasija en la solución de cloruro de amonio, permitiendo que el electrolito líquido penetrara a través de la vasija porosa para establecer contacto eléctrico con el cátodo. Esta configuración garantizaba tanto la separación física necesaria entre los electrodos como la conductividad eléctrica requerida para el funcionamiento eficiente.
El reconocimiento internacional llegó rápidamente cuando su invento fue premiado en la Exposición Universal de París de 1867, evento que constituía el escenario más prestigioso para la presentación de innovaciones tecnológicas. Este reconocimiento no solo validaba la calidad técnica de su trabajo, sino que también proporcionaba la credibilidad necesaria para la adopción comercial. Los telégrafos belgas y los ferrocarriles holandeses se convirtieron en los primeros usuarios sistemáticos de la tecnología, demostrando su utilidad práctica en aplicaciones críticas de infraestructura y comunicaciones.
La superioridad técnica de la pila Leclanché se evidenciaba en múltiples aspectos operacionales. Producía una fuerza electromotriz de aproximadamente 1,5 voltios, un valor óptimo para las aplicaciones telegráficas y de señalización de la época. Su resistencia interna, medida en varios ohmios con el diseño original de vasija porosa, proporcionaba un equilibrio adecuado entre potencia de salida y estabilidad operacional. Estas características técnicas la convirtieron en la solución preferida para aplicaciones que requerían corriente intermitente con mínimo mantenimiento, condiciones típicas de los sistemas de comunicación telegráfica.
La evolución continua del diseño demostró el compromiso de Leclanché con la mejora tecnológica. En 1871, reemplazó la vasija porosa con “bloques de aglomerado” unidos a la placa de carbono mediante bandas de goma. Estos bloques, fabricados con una mezcla de dióxido de manganeso y aglutinantes prensada en moldes, proporcionaban mayor durabilidad y facilidad de manufactura. Posteriormente, introdujo una envoltura de tela de saco que reemplazaba la vasija porosa y sustituyó la barra de zinc con un cilindro del mismo material, incrementando el área superficial y reduciendo la resistencia interna.
El proceso electroquímico que genera electricidad en una pila Leclanché ilustra los principios fundamentales de la conversión de energía química en energía eléctrica. Los átomos de zinc en la superficie del ánodo se oxidan, perdiendo dos electrones y convirtiéndose en iones Zn2+ cargados positivamente. Estos iones se disuelven en el electrolito y se alejan del ánodo, dejando los electrones en la superficie metálica y creando una diferencia de potencial eléctrico. Cuando la célula se conecta a un circuito externo, los electrones fluyen desde el ánodo hacia el cátodo de carbono, generando la corriente eléctrica utilizable.
En el cátodo, los electrones se combinan con el dióxido de manganeso y el agua presente en el sistema, produciendo óxido de manganeso y iones hidróxido negativos. Una reacción secundaria involucra la interacción entre estos iones hidróxido y los iones amonio del electrolito, generando amoníaco y agua. Esta secuencia de reacciones químicas coordinadas mantiene el flujo constante de electrones y garantiza la operación sostenida de la pila. La elegancia de este diseño residía en su capacidad de mantener estas reacciones complejas en equilibrio durante períodos prolongados.
La pila Leclanché encontró aplicación inmediata y extensa en los sistemas de comunicación emergentes de la época. La telegrafía, que experimentaba una expansión acelerada durante la segunda mitad del siglo XIX, requería fuentes de energía confiables y de bajo mantenimiento para sus operaciones intercontinentales. Los sistemas de señalización ferroviaria, fundamentales para la seguridad del transporte, también adoptaron esta tecnología. Los timbres eléctricos y otros dispositivos de señalización residencial e industrial completaron el espectro de aplicaciones que impulsaron la demanda comercial de la pila Leclanché.
El éxito comercial de la invención se consolidó tras el retorno de Leclanché a París, donde estableció una sociedad con M. Barbier para la fabricación de las pilas “Leclanché-Barbier”. Como prácticamente la única empresa fabricante de pilas en Francia durante un período crítico de expansión de las infraestructuras eléctricas, la compañía experimentó un crecimiento extraordinario. La implantación masiva de los ferrocarriles y la introducción del teléfono crearon mercados en expansión continua que proporcionaron prosperidad económica y consolidación tecnológica.
La importancia histórica de la pila Leclanché trasciende sus características técnicas inmediatas para situarse como precursora directa de las modernas pilas secas de zinc-carbono. Esta conexión genealógica tecnológica es fundamental para comprender la evolución de la industria de las baterías. Las pilas húmedas, incluyendo la Leclanché original, presentaban inconvenientes prácticos significativos relacionados con el transporte, la emisión de gases peligrosos y olores desagradables. Sin embargo, los principios electroquímicos y la configuración básica de materiales establecidos por Leclanché proporcionaron los fundamentos para el desarrollo posterior de las pilas secas.
La transición hacia las pilas secas representó el siguiente paso evolutivo lógico en la tecnología inicialmente desarrollada por Leclanché. Las pilas secas mantuvieron el recipiente cilíndrico de zinc como polo negativo y la barra de carbón central como electrodo positivo, pero reemplazaron el electrolito líquido con una pasta electrolítica sellada para prevenir fugas. Esta configuración conservaba las ventajas electroquímicas del diseño original mientras eliminaba los inconvenientes prácticos asociados con los líquidos. La innovación conceptual de Leclanché había demostrado ser suficientemente robusta para adaptarse a nuevas configuraciones físicas sin comprometer su eficiencia fundamental.
Tras la muerte de Georges Leclanché el 14 de septiembre de 1882, su hijo Max continuó trabajando en el perfeccionamiento de la tecnología, incorporando mejoras como saquitos alrededor del electrodo positivo. Sin embargo, la aparición de numerosos competidores y la maduración del mercado redujeron gradualmente la posición dominante de la empresa original. La compañía experimentó sucesivos cambios de accionistas y finalmente se integró en el grupo CGE. Paradójicamente, mientras la empresa original perdía relevancia comercial, el nombre Leclanché mantuvo su prestigio tecnológico, siendo adoptado posteriormente por una sociedad suiza de pilas y acumuladores.
El legado de Georges Leclanché en el desarrollo de la tecnología moderna es fundamental y duradero. Su trabajo estableció los principios básicos de diseño electroquímico que continuaron siendo relevantes durante más de un siglo de evolución tecnológica. La pila Leclanché no solo resolvió problemas técnicos inmediatos de las comunicaciones del siglo XIX, sino que proporcionó los fundamentos conceptuales para el desarrollo de toda una industria. Su enfoque sistemático de la investigación electroquímica, combinado con una perspectiva práctica orientada hacia la manufactura en serie, estableció metodologías que permanecen vigentes en el desarrollo contemporáneo de tecnologías de almacenamiento de energía.
La contribución de Georges Leclanché a la revolución tecnológica moderna trasciende la importancia de un invento específico para constituir un ejemplo paradigmático de innovación científica aplicada. Su trabajo demostró cómo la investigación rigurosa, combinada con una comprensión profunda de las necesidades prácticas, puede generar soluciones que transforman industrias enteras. La pila Leclanché no solo facilitó la expansión de las comunicaciones telegráficas y telefónicas del siglo XIX, sino que estableció los fundamentos de la moderna industria de las baterías, tecnología esencial para el desarrollo de dispositivos electrónicos, automóviles eléctricos y sistemas de almacenamiento de energía renovable.
Su legado continúa siendo relevante en la actualidad, cuando el almacenamiento eficiente de energía eléctrica constituye uno de los desafíos tecnológicos más críticos para el desarrollo sostenible y la transición energética global.
Referencias
Bensaude-Vincent, B., & Stengers, I. (1996). A history of chemistry. Harvard University Press.
Cardwell, D. S. L. (1994). The Norton history of technology. W. W. Norton & Company.
Desmond, K. (2016). Innovators in battery technology: Profiles of 95 influential electrochemists. McFarland & Company.
Kragh, H. (2008). Entropic creation: Religious contexts of thermodynamics and cosmology. Ashgate Publishing.
Nye, M. J. (1993). From chemical philosophy to theoretical chemistry: Dynamics of matter and dynamics of disciplines, 1800-1950. University of California Press.
El CANDELABRO.ILUMINANDO MENTES
Descubre más desde REVISTA LITERARIA EL CANDELABRO
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
