Entre la razón y la barbarie, Max Horkheimer erigió un pensamiento crítico capaz de cuestionar los cimientos mismos de la modernidad. Filósofo, sociólogo y director de la Escuela de Frankfurt, denunció cómo la racionalidad instrumental puede convertirse en herramienta de dominación, al tiempo que defendía la ética como brújula para la acción humana. Su legado desafía la complacencia intelectual y moral. ¿Estamos dispuestos a pensar críticamente nuestra sociedad? ¿Podemos recuperar una razón orientada al bien común?
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Max Horkheimer: Arquitecto de la Teoría Crítica y Voz Ética de la Escuela de Frankfurt
Nacido en Stuttgart en 1895, Max Horkheimer emergió como una de las figuras más influyentes del pensamiento crítico del siglo XX, cimentando su legado no solo como filósofo, sino como director intelectual del Instituto de Investigación Social de Frankfurt. Su infancia en el seno de una familia judía acomodada, propietaria de una fábrica textil, le permitió acceder a una educación privilegiada, aunque marcada por tensiones entre la tradición religiosa y los ideales ilustrados. Desde temprana edad, Horkheimer mostró una inclinación por la literatura y la filosofía, lo que lo llevó a estudiar psicología y filosofía en Múnich, Friburgo y, finalmente, en la Universidad de Frankfurt, donde se doctoró en 1922 con una tesis sobre Kant. Este itinerario académico temprano sentó las bases para su posterior desarrollo como pensador crítico comprometido con la transformación social.
La década de 1930 representó un punto de inflexión decisivo en la vida y obra de Horkheimer, coincidiendo con el ascenso del nazismo y la consiguiente necesidad de exilio. En 1930, asumió la dirección del Instituto de Investigación Social, convirtiéndose en el primer académico no vinculado a la tradición marxista ortodoxa en ocupar ese cargo. Bajo su liderazgo, el Instituto se transformó en un laboratorio interdisciplinario donde convergían filosofía, sociología, psicoanálisis y economía, con el propósito explícito de desarrollar una teoría crítica capaz de diagnosticar y transformar las patologías de la sociedad moderna. Fue en este contexto que Horkheimer, junto a Theodor W. Adorno, inició una colaboración intelectual que daría frutos fundamentales, como la célebre “Dialéctica de la Ilustración”, publicada en 1947.
El exilio forzado en Estados Unidos, primero en Nueva York y luego en California, no detuvo su labor crítica, sino que la intensificó. Durante su estancia en tierras norteamericanas, Horkheimer observó con creciente preocupación cómo las estructuras del capitalismo avanzado y la cultura de masas neutralizaban las posibilidades emancipatorias de la razón. En “Teoría tradicional y teoría crítica” (1937), uno de sus textos fundacionales, distinguió entre una ciencia que se limita a describir el mundo tal como es —la teoría tradicional— y una teoría crítica que busca transformarlo, cuestionando los fundamentos ideológicos que sostienen la dominación. Este ensayo no solo definió el programa de la Escuela de Frankfurt, sino que estableció los parámetros éticos y epistemológicos de toda su obra posterior.
La colaboración con Adorno en “Dialéctica de la Ilustración” marcó un hito en la historia del pensamiento occidental, al proponer una lectura radicalmente crítica del proyecto ilustrado. Horkheimer y Adorno argumentaron que la razón, en lugar de liberar al ser humano, había derivado en instrumento de dominación, tanto sobre la naturaleza como sobre los propios individuos. La Ilustración, entendida como promesa de autonomía y progreso, se había convertido paradójicamente en su opuesto: en una racionalidad tecnocrática que perpetuaba la barbarie bajo nuevas formas. Este diagnóstico sombrío, elaborado en plena Segunda Guerra Mundial y el Holocausto, reflejaba la profunda desilusión de Horkheimer frente a las promesas incumplidas de la modernidad, sin renunciar, sin embargo, a la necesidad de una razón crítica capaz de resistir la barbarie.
A pesar de su pesimismo histórico, Horkheimer nunca abandonó la dimensión ética de su pensamiento. En obras posteriores como “Eclipse de la razón” (1947), profundizó en la distinción entre razón objetiva —orientada al bien común y a la justicia— y razón subjetiva —reducida a cálculo instrumental y eficiencia técnica—. Para él, el colapso de la razón objetiva en la modernidad avanzada explicaba la crisis moral y política de su tiempo. Su crítica no era meramente descriptiva, sino normativa: apuntaba a recuperar una racionalidad orientada éticamente, capaz de guiar la acción humana hacia fines verdaderamente humanos. En este sentido, su filosofía se inscribe en una larga tradición de pensamiento moral que va desde Kant hasta Hegel, reinterpretada a la luz de las catástrofes del siglo XX.
Tras el fin de la guerra, Horkheimer regresó a Alemania en 1949, reasumiendo la dirección del Instituto de Investigación Social en Frankfurt. Su regreso no estuvo exento de controversias, pues muchos de sus antiguos colegas lo acusaron de haberse vuelto conservador, especialmente tras su defensa de la democracia occidental y su distanciamiento de las corrientes marxistas más radicales. Sin embargo, esta lectura simplifica su evolución intelectual. Horkheimer no renunció a la crítica social, sino que la reformuló en un contexto histórico nuevo, marcado por la Guerra Fría y el auge del consumismo. Su preocupación por la “industria cultural” y la manipulación de las conciencias permaneció intacta, aunque ahora enfocada en los peligros del conformismo democrático y la pérdida de la capacidad crítica en las sociedades prósperas.
En sus últimos años, Horkheimer se volcó hacia una reflexión más explícitamente religiosa y metafísica, explorando la relación entre razón y religión, y reivindicando la dimensión utópica del pensamiento. En textos como “Materialismo y moral” (1963) y “La nostalgia del totalmente Otro” (1970), abordó la necesidad de una esperanza trascendente como contrapeso a la desesperanza histórica. Esta apertura hacia lo religioso no implicó un abandono de la razón crítica, sino una ampliación de su horizonte: si la razón por sí sola no podía garantizar la justicia, quizás la religión —entendida como anhelo de lo absolutamente justo— podía cumplir una función crítica insustituible. Esta fase tardía de su pensamiento ha sido objeto de renovado interés en las últimas décadas, especialmente en debates sobre secularización y ética postmetafísica.
La influencia de Max Horkheimer trasciende ampliamente los límites de la filosofía académica. Su teoría crítica ha inspirado movimientos sociales, estudios culturales, teoría política y hasta análisis del cine y los medios de comunicación. Pensadores como Jürgen Habermas, Axel Honneth y Nancy Fraser han reconocido su deuda con Horkheimer, aunque también han reformulado sus ideas para responder a los desafíos contemporáneos. Su crítica a la racionalidad instrumental sigue siendo relevante en un mundo dominado por la lógica del mercado, la tecnocracia y la gestión eficiente de la vida social. Del mismo modo, su denuncia de la “industria cultural” anticipó con lucidez los mecanismos de manipulación mediática y la estandarización del gusto que caracterizan la era digital.
Aunque a menudo eclipsado por figuras como Adorno o Marcuse en la recepción popular, Horkheimer fue el verdadero arquitecto institucional e intelectual de la Escuela de Frankfurt. Fue él quien definió su programa, reclutó a sus principales colaboradores y sostuvo el proyecto durante los años más oscuros del exilio. Su legado no reside solo en textos específicos, sino en haber creado un espacio de pensamiento crítico interdisciplinario que sigue siendo un referente indispensable para quienes buscan comprender y transformar las estructuras de poder en la sociedad contemporánea. Su obra invita a no resignarse ante la aparente inevitabilidad del orden existente, sino a ejercer una razón crítica que nunca renuncia a la posibilidad de un mundo más justo.
La vigencia del pensamiento de Horkheimer radica precisamente en su capacidad para articular una crítica radical sin caer en el dogmatismo, y una esperanza ética sin sucumbir al optimismo ingenuo. En un momento histórico marcado por crisis ecológicas, desigualdades estructurales y erosión de la esfera pública, su llamado a recuperar una razón orientada al bien común y a la justicia social resuena con una urgencia renovada. Su obra no ofrece recetas fáciles ni soluciones técnicas, sino una exigencia ética fundamental: pensar críticamente para actuar responsablemente. En este sentido, Horkheimer no solo fue un filósofo de su tiempo, sino un pensador para el futuro, cuya voz sigue interpelando a quienes se niegan a aceptar el mundo tal como es.
Max Horkheimer fue mucho más que un teórico de la crítica social: fue un humanista comprometido, un intelectual público que supo conjugar rigor académico con responsabilidad ética, y un pensador que nunca renunció a la posibilidad de la emancipación, incluso en los momentos más oscuros de la historia. Su vida y obra constituyen un testimonio perdurable de que la filosofía, cuando se ejerce con coraje y lucidez, puede ser una fuerza transformadora. En un mundo cada vez más fragmentado y desorientado, su legado nos recuerda que la razón crítica, lejos de ser un lujo académico, es una herramienta indispensable para la supervivencia moral y política de la humanidad.
Su pensamiento, profundamente arraigado en las contradicciones de su época, sigue ofreciendo claves para interpretar y desafiar las injusticias del presente.
Referencias:
Horkheimer, M. (1974). Eclipse de la razón. Buenos Aires: Sudamericana.
Horkheimer, M., & Adorno, T. W. (2007). Dialéctica de la Ilustración. Madrid: Akal.
Wiggershaus, R. (1995). La Escuela de Frankfurt: Historia, desarrollo teórico, significación política. Barcelona: Paidós.
Jay, M. (1996). La imaginación dialéctica: Una historia de la Escuela de Frankfurt y el Instituto de Investigación Social, 1923-1950. Madrid: Taurus.
Benhabib, S. (1986). Critique, Norm, and Utopia: A Study of the Foundations of Critical Theory. New York: Columbia University Press.
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