Entre alianzas forzadas y decisiones éticas, Boris III de Bulgaria navegó la oscuridad de la Segunda Guerra Mundial, equilibrando la lealtad al Eje con la conciencia moral. Su reinado revela cómo un monarca, presionado por el nazismo, pudo escuchar a su pueblo y detener la deportación de miles de judíos. ¿Puede la obediencia ciega coexistir con la responsabilidad ética? ¿Hasta qué punto un líder puede desafiar al poder para proteger vidas humanas?
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Boris III de Bulgaria: Desobediencia Moral en el Corazón de la Segunda Guerra Mundial
En el tumulto de la Segunda Guerra Mundial, Bulgaria ocupó una posición ambigua como aliado formal de la Alemania nazi, mientras el rey Boris III navegaba entre lealtades políticas y dilemas éticos profundos. Nacido en 1894 como príncipe heredero de un reino marcado por las secuelas de la Gran Guerra, Boris ascendió al trono en 1918, a los 24 años, en medio de la derrota búlgara y la abdicación de su padre, Fernando I. Su reinado, inicialmente inestable por golpes de estado y tensiones internas, evolucionó hacia una dictadura real en 1935, caracterizada por un crecimiento económico que algunos historiadores denominan la “Edad de Oro” del tercer reino búlgaro. Sin embargo, la sombra del nazismo se cernió inevitablemente sobre Sofía, atrayendo a Bulgaria hacia el Eje por promesas de recuperación territorial. Esta alianza, sellada en marzo de 1941, permitió a Bulgaria anexar regiones de Macedonia yugoslava, Tracia griega y el condado de Pirot serbio, pero también expuso al país a presiones genocidas. El rol de Boris III en la salvación de los judíos búlgaros durante la Segunda Guerra Mundial emerge como un capítulo controvertido, donde la desobediencia moral del monarca, impulsada por protestas colectivas, evitó la deportación de aproximadamente 50.000 judíos de los territorios centrales búlgaros, contrastando con las deportaciones fatales desde áreas ocupadas. Este acto de resistencia sutil ilustra cómo líderes individuales, en contextos de alianza forzada, pueden inclinar la balanza hacia la humanidad.
La juventud de Boris III estuvo moldeada por conflictos bélicos y una educación militar rigurosa, que forjó en él un carácter reservado y pragmático. Hijo de Fernando I y la princesa María Luisa de Borbón-Parma, Boris creció en un palacio de intrigas diplomáticas, donde su conversión forzada al ortodoxismo en 1896 para apaciguar a Rusia simbolizó las tensiones dinásticas europeas. Participó en las Guerras Balcánicas y la Primera Guerra Mundial como oficial de enlace, ganando respeto por su valentía en el frente macedonio y colaboraciones con comandantes alemanes como August von Mackensen. Estas experiencias tempranas lo prepararon para un trono heredado en caos: la firma del Tratado de Neuilly en 1919 despojó a Bulgaria de vastos territorios, fomentando resentimientos nacionalistas que Boris canalizó hacia una neutralidad inicial en la década de 1930. Bajo su gobierno, Bulgaria experimentó prosperidad agrícola e industrial, con el rey mostrando afinidad por la vida rural, visitando aldeas en su automóvil personal para dialogar con campesinos. No obstante, la ascensión de regímenes fascistas en Europa lo impulsó hacia una alianza pragmática con Alemania, motivada por la devolución de Dobruja meridional en 1940 mediante el Tratado de Craiova. Esta decisión, aunque estratégica, alineó a Bulgaria con el antisemitismo nazi, culminando en la promulgación de la Ley para la Protección de la Nación en enero de 1941, que excluía a los judíos de la ciudadanía y les imponía restricciones ocupacionales y residenciales, emulando las Leyes de Núremberg.
La entrada de Bulgaria en el Eje en 1941 transformó su rol en la Segunda Guerra Mundial, convirtiéndola en un socio reticente que facilitó la invasión alemana de Yugoslavia y Grecia sin comprometer tropas en el Frente Oriental. Bajo el primer ministro Bogdan Filov, un simpatizante nazi, el gobierno búlgaro permitió el paso de divisiones alemanas a cambio de anexiones territoriales, expandiendo su control sobre regiones con poblaciones judías significativas. En estos territorios ocupados —Macedonia vardar, Tracia egea y Pirot—, los judíos no recibieron ciudadanía búlgara, dejándolos vulnerables a políticas discriminatorias. Mientras tanto, en el núcleo búlgaro, donde residían unos 50.000 judíos —el 0,8% de la población—, las medidas antisemitas se endurecieron gradualmente, con la creación de un Comisariado para Asuntos Judíos en 1942. Esta entidad, dirigida por Aleksandar Belev, colaboró con el oficial SS Theodor Dannecker para planificar deportaciones masivas, alineándose con la Conferencia de Wannsee. Un acuerdo secreto del 22 de febrero de 1943 estipuló la entrega de 20.000 judíos: 11.343 de las zonas ocupadas y 8.000 de Sofía, con el resto a seguir. Las redadas iniciaron el 9 de marzo, resultando en la deportación de más de 11.000 judíos desde Macedonia y Tracia hacia campos de exterminio como Treblinka y Auschwitz-Birkenau, donde casi todos perecieron. Este capítulo oscuro de la historia de Bulgaria durante el Holocausto contrasta con la resistencia emergente en el corazón del país, destacando la dualidad de su posición como aliado nazi.
La filtración de los planes de deportación en marzo de 1943 desató una ola de protestas que trascendió divisiones políticas y sociales, revelando la resiliencia de la sociedad búlgara frente al genocidio nazi. Dimitar Peshev, vicepresident del Parlamento y representante de Kiustendil, lideró la oposición inicial al interceptar telegramas de deportación y confrontar al ministro del Interior, Petar Gabrovski, logrando un aplazamiento temporal. Peshev, un conservador pro-monárquico, organizó una resolución parlamentaria el 19 de marzo criticando las acciones, aunque fue derrotada por la mayoría gobernante con la aprobación tácita de Boris III. La Iglesia Ortodoxa Búlgara, bajo el arzobispo Esteban de Sofía, emitió cartas pastorales invocando pasajes evangélicos como “lo que hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis”, y se reunió directamente con el rey para abogar por la misericordia. Intelectuales, parlamentarios opositores y ciudadanos comunes —incluyendo mujeres y obreros— formaron un coro de disidencia digna, no violenta, que presionó al gobierno central. Esta movilización colectiva, arraigada en una identidad nacional inclusiva que veía a los judíos como conciudadanos, forzó un cambio en la postura oficial. El 4 de abril, un informe alemán confirmó instrucciones de la “máxima autoridad” —el propio Boris III— para detener las deportaciones de los territorios prebélicos búlgaros, priorizando la mano de obra judía para construcciones viales y ferroviarias. Así, la salvación de los judíos búlgaros en la Segunda Guerra Mundial no fue un decreto solitario del monarca, sino el fruto de una desobediencia moral compartida que desafió la obediencia ciega al Eje.
Boris III, inicialmente inclinado a cumplir las demandas nazis por realpolitik, cedió ante esta presión pública, marcando un punto de inflexión en la historia del Holocausto en Bulgaria. En reuniones con embajadores alemanes, el rey articuló una resistencia velada, declarando que los judíos búlgaros eran “ciudadanos” indispensables para la economía de guerra, una frase que encapsulaba su coraje calculado. Esta decisión suspendió indefinidamente las deportaciones del núcleo búlgaro, salvando a unos 48.000-50.000 judíos de la muerte en cámaras de gas. Sin embargo, el alivio fue parcial: en mayo de 1943, el gobierno expulsó a casi 20.000 judíos de Sofía a provincias rurales, confiscando propiedades y asignando a hombres adultos a campos de trabajo forzado en condiciones brutales. Aunque evitó el exterminio, esta medida reflejaba la ambigüedad de la política búlgara: colaboración en territorios periféricos versus protección interna. El delegado apostólico Angelo Roncalli —futuro papa Juan XXIII— jugó un rol crucial al interceder ante Boris, facilitando certificados de bautismo falsos y rutas de escape hacia Palestina para miles de judíos eslovacos vía Bulgaria. La intervención papal, combinada con consultas suizas sobre emigración judía a Palestina —bloqueadas por el Foreign Office británico—, subraya las redes transnacionales que respaldaron la resistencia búlgara. En esencia, el rey Boris III emergió no como un salvador heroico isolado, sino como un facilitador de un esfuerzo colectivo que preservó la vida judía en Bulgaria durante la ocupación nazi.
Las tensiones culminaron en la fatídica reunión de Boris III con Adolf Hitler en agosto de 1943, un encuentro que encapsuló las fisuras en la alianza búlgara-alemana. Invocado a Rastenburg, Prusia Oriental, el 14 de agosto, el rey enfrentó la furia del Führer por rechazar demandas clave: la declaración de guerra total contra la Unión Soviética, el envío de tropas al Frente Oriental y, sobre todo, la entrega de judíos búlgaros a los campos de la muerte. Hitler, irritado por la reticencia búlgara —atribuida a simpatías prorrusas y temores ante Turquía neutral—, argumentó vehementemente, pero Boris mantuvo su postura, insistiendo en la necesidad de mano de obra judía para infraestructuras críticas. Regresó a Sofía pálido y febril, presuntamente agotado por la confrontación. Diez días después, el 28 de agosto de 1943, a los 49 años, Boris sucumbió a un aparente infarto cardíaco en el Palacio Vrana. La versión oficial atribuyó la muerte a causas naturales, pero especulaciones inmediatas apuntaron a envenenamiento: periódicos estadounidenses alegaron un ataque ordenado por Hitler, mientras Joseph Goebbels sospechó de sabotaje italiano con toxina de serpiente. Teorías posteriores implican al NKVD soviético o incluso a facciones internas, aunque autopsias rechazadas y evidencias escasas dejan el misterio sin resolver. Su fallecimiento, en vísperas de la ofensiva soviética, facilitó un golpe de estado en 1944 que alineó a Bulgaria con los Aliados, pero sepultó su legado bajo el telón comunista posterior.
El legado de Boris III en la salvación de los judíos búlgaros durante la Segunda Guerra Mundial permanece envuelto en debates historiográficos, equilibrando heroísmo con complicidad. Reconocido póstumamente en 1994 por el Fondo Nacional Judío con la Medalla de la Legión de Honor —el primer no judío en recibirla—, y honrado con un monumento en el “Bosque Búlgaro” en Israel en 1996, su figura simboliza resistencia moral. Yad Vashem ha galardonado a individuos como Dimitar Peshev y clérigos ortodoxos como “Justos entre las Naciones”, pero retiró un memorial a Boris en 2003 por su consentimiento implícito a las deportaciones de 11.343 judíos de territorios ocupados. Historiadores como Frederick Chary argumentan que sus motivaciones fueron pragmáticas —preservar estabilidad interna y evitar represalias aliadas— más que humanitarias, mientras que narrativas búlgaras postcomunistas lo elevan como “el Unificador” y protector. Bajo el régimen soviético de 1944-1989, su nombre fue borrado de los textos escolares, resurgiendo tras la caída del Muro de Berlín como emblema de identidad nacional. Hoy, el Boulevard Boris III y el Parque Borisova Gradina en Sofía perpetúan su memoria, y eventos como el 80 aniversario de la “Rescate” en 2023 reviven discusiones sobre memoria colectiva. Esta ambigüedad enriquece la comprensión del Holocausto en los Balcanes: Bulgaria como rescatadora selectiva, donde la desobediencia civil forzó límites éticos en un aliado nazi.
La historia de Boris III de Bulgaria ilustra cómo, en la oscuridad de la Segunda Guerra Mundial, actos de desobediencia moral pueden trascender alianzas tóxicas y salvar vidas ante el genocidio. Su decisión de escuchar protestas —de Peshev, la Iglesia y la sociedad— no solo preservó a 50.000 judíos búlgaros de Treblinka, sino que desafió la maquinaria nazi, demostrando que la conciencia colectiva prevalece sobre la obediencia ciega. Aunque las deportaciones de territorios ocupados manchan este legado, resaltan la complejidad de la colaboración periférica en el Holocausto. En un era de polarizaciones, el caso búlgaro enseña que líderes como Boris, imperfectos y pragmáticos, pueden catalizar humanidad cuando respaldados por un pueblo valiente.
Su elección silenciosa —priorizar ciudadanos sobre decretos— resuena como lección perdurable: en tiempos de mal absoluto, la duda ética no es debilidad, sino semilla de redención. Así, el rey que amaba montañas y aldeas dejó un imperio no de conquistas, sino de vidas preservadas, invitando a reflexionar sobre responsabilidad moral en crisis globales.
Referencias
Bar-Zohar, M. (1999). Beyond Hitler’s grasp: The heroic rescue of Bulgaria’s Jews. Adams Media Corporation.
Chary, F. B. (1972). The Bulgarian Jews and the Final Solution, 1940–1944. University of Pittsburgh Press.
Pehe, J. (2023). Saving Bulgarian Jewry from the Holocaust: The role of the Bulgarian Orthodox Church. Journal of Church and State. https://doi.org/10.1080/17449057.2023.2216520
Pope, B. (2017). The Holocaust in Bulgaria: Rescuing history from ‘rescue’. East European Jewish Affairs, 47(2-3), 212-231. https://doi.org/10.1080/23256249.2017.1346743
United States Holocaust Memorial Museum. (n.d.). Bulgaria. In Holocaust Encyclopedia.
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