Entre el humo de los cafés y el bullicio del Caribe colombiano, un grupo de soñadores transformó para siempre la literatura del siglo XX. Eran jóvenes que mezclaban periodismo, bohemia y vanguardia, que hablaban de Faulkner y del mar con igual pasión. En Barranquilla, entre risas y debates, nació una revolución narrativa que anticipó el realismo mágico. ¿Cómo un círculo de amigos logró redefinir la identidad literaria de Colombia? ¿Qué chispa encendió su inmortal legado?
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El Grupo de Barranquilla: Vanguardia Intelectual en la Literatura Colombiana del Siglo XX
El Grupo de Barranquilla representa uno de los episodios más vibrantes de la historia cultural colombiana, un colectivo de intelectuales que, en las décadas de 1940 y 1950, fusionó con maestría el periodismo y la literatura en el corazón de la Costa Caribe. Surgido en medio de un contexto de posguerra mundial y efervescencia local, este círculo de amigos y contertulios no solo desafió las convenciones establecidas de la escritura, sino que sembró las semillas del realismo mágico que luego conquistaría el mundo. Formado por figuras como Gabriel García Márquez, Álvaro Cepeda Samudio y Alfonso Fuenmayor, el grupo transitaba libremente entre crónicas periodísticas y narrativas innovadoras, reflejando la vitalidad bohemia de Barranquilla. Su legado perdura como testimonio de cómo una tertulia local puede transformar el panorama literario nacional.
La génesis del Grupo de Barranquilla se remonta a la Librería Mundo, un espacio emblemático regentado por el catalán Ramón Vinyes, quien fungió como mentor indiscutible para los jóvenes escritores barranquilleros. En este rincón de la ciudad portuaria, durante los años cuarenta, se reunían para debatir vorazmente sobre las vanguardias europeas y las novelas de William Faulkner, cuya influencia en la prosa fragmentada y el tiempo no lineal sería pivotal. Vinyes, con su vasta biblioteca y su acento exiliado, introdujo a los miembros en las complejidades de Joyce y Woolf, fomentando un diálogo interdisciplinario que abarcaba cine, pintura y música. Esta fase inicial del grupo, marcada por la migración cultural española, estableció las bases para una vanguardia literaria colombiana que priorizaba la experimentación formal sobre las tramas convencionales.
Con el cierre de la Librería Mundo, las reuniones se trasladaron al Café Colombia, donde el ambiente se volvió más informal y cargado de humo de cigarrillos y risas estruendosas. Aquí, el Grupo de Barranquilla consolidó su núcleo: José Félix Fuenmayor, Alfonso Fuenmayor, Germán Vargas Cantillo y Álvaro Cepeda Samudio, junto al joven Gabriel García Márquez, recién llegado de Aracataca. Estos “cuatro discutidores”, como los bautizó el propio Gabo, encarnaban el espíritu dialéctico del colectivo, donde una crítica literaria podía derivar en una parrand a cumbia hasta el amanecer. El periodismo, practicado por la mayoría en diarios locales como El Heraldo, servía de laboratorio para ensayar técnicas narrativas que luego migraban a cuentos y novelas, borrando las fronteras entre lo factual y lo ficticio.
La irrupción de La Cueva en 1954 marcó el apogeo del grupo, transformando un modesto bar en el epicentro de la bohemia intelectual barranquillera. Propiedad de Eduardo Vilá, este local subterráneo, con sus mesas de madera astillada y paredes grafiteadas, albergó debates furiosos sobre el existencialismo y el surrealismo, a menudo regados con ron y cerveza. Pintores como Alejandro Obregón y Enrique Grau se unían a los escritores, enriqueciendo las tertulias con visiones plásticas que inspiraron descripciones sensoriales en las obras literarias. La Cueva no era solo un espacio físico, sino un símbolo de resistencia cultural en una Colombia bogotana y conservadora, donde la Costa Caribe emergía como faro de innovación.
Uno de los aportes más tangibles del Grupo de Barranquilla fue el semanario Crónica, fundado en 1948 y publicado hasta principios de los cincuenta. Esta publicación independiente se convirtió en el vehículo principal para diseminar sus textos: crónicas satíricas de Vargas, poemas experimentales de Alfonso Fuenmayor y relatos breves de Cepeda Samudio que anticipaban el boom latinoamericano. Crónica no solo documentaba la efervescencia local, sino que criticaba con agudeza el establishment político y cultural, alineándose con la Violencia que azotaba al país. A través de sus páginas, el grupo de intelectuales barranquilleros demostró cómo el periodismo podía ser arte, fusionando reportaje con ficción para capturar la esencia caótica de la realidad colombiana.
Álvaro Cepeda Samudio emerge como figura paradigmática del Grupo de Barranquilla, cuya novela La casa grande (1962) encapsula la experimentación formal del colectivo. Ambientada en una hacienda bananera, esta obra entreteje diálogos radiofónicos y perspectivas múltiples, reflejando las discusiones en La Cueva sobre el montaje cinematográfico. Cepeda, periodista en El Espectador, trasladó su ojo observador a la narrativa, creando un mosaico temporal que prefigura el realismo mágico. Su influencia en García Márquez es innegable, ya que ambos compartían una fascinación por el Caribe como espacio mítico, donde lo cotidiano se transmuta en lo extraordinario.
Alfonso Fuenmayor, por su parte, aportó al grupo una dimensión poética y memorialística que perdura en sus Crónicas sobre el Grupo de Barranquilla (1978). Sus versos, publicados en Crónica, exploraban la oralidad costeña, incorporando ritmos de vallenato y cumbia en la métrica libre. Fuenmayor no solo escribía, sino que cronificaba: sus relatos de las noches en La Cueva capturan el pulso vital del colectivo, donde una anécdota periodística podía gestar un poema. Su obra, menos prolífica que la de Gabo pero igualmente incisiva, subraya el rol del Grupo de Barranquilla como puente entre tradición oral y modernidad literaria.
Germán Vargas Cantillo, el más periodístico del núcleo, compiló en Las repúblicas imaginarias (1986) una serie de cuentos que satirizan la política colombiana con ironía faulkneriana. Como director de El Heraldo, Vargas utilizaba sus columnas para ventilar las discusiones del grupo, convirtiendo noticias en narrativas cargadas de simbolismo. Su prosa, precisa y evocadora, ilustra cómo los escritores barranquilleros usaban el periodismo como ensayo para la ficción, explorando temas como la corrupción y la identidad regional. El impacto de Vargas radica en su capacidad para humanizar la crónica, haciendo de lo banal un vehículo para la reflexión profunda.
Gabriel García Márquez, el miembro que trascendería fronteras, halló en el Grupo de Barranquilla su primer taller literario. En sus memorias Vivir para contarla (2002), Gabo describe cómo las tertulias con Cepeda y Fuenmayor le enseñaron a “mentir con la verdad”, técnica central en Cien años de soledad (1967). El realismo mágico, a menudo atribuido solo a él, germinó en esas noches de debate, donde se cuestionaba la linealidad narrativa y se celebraba el exceso sensorial del Caribe. El grupo no solo pulió su estilo, sino que le infundió una cosmovisión colectiva, donde Macondo es un eco de Barranquilla.
Más allá de la literatura, el Grupo de Barranquilla influyó en las artes visuales a través de Alejandro Obregón, cuya pintura El rapto de Europa (1950) captura la exuberancia tropical debatida en La Cueva. Obregón, con su pincelada expresionista, dialogaba con los escritores sobre la representación del cuerpo y el paisaje, integrando elementos folclóricos en lienzos que prefiguran el arte pop latinoamericano. Esta interdisciplinariedad enriqueció la vanguardia literaria colombiana, demostrando que el colectivo era un ecosistema cultural donde la palabra y la imagen se retroalimentaban mutuamente.
El impacto del Grupo de Barranquilla en la literatura colombiana del siglo XX es incalculable, al posicionar a la Costa como epicentro de innovación frente a la hegemonía andina. Sus miembros, dispersos por el exilio y la muerte prematura —como la de Cepeda en 1975—, legaron un corpus que anticipó el Boom Latinoamericano. Revistas como Eco y Sábado perpetuaron su espíritu, mientras que el periodismo narrativo de hoy debe mucho a sus crónicas. En un país fracturado por la violencia, este grupo demostró el poder de la palabra para tejer identidades compartidas.
Sin embargo, el declive del colectivo en los sesenta no fue un fin, sino una diáspora fructífera. García Márquez se radicó en México, llevando el eco de La Cueva a sus novelas; Vargas dirigió instituciones culturales en Bogotá; y Obregón influyó en generaciones de pintores. La restauración de La Cueva como centro cultural en los noventa revitalizó su memoria, atrayendo a investigadores interesados en los orígenes del realismo mágico. Hoy, el Grupo de Barranquilla inspira estudios sobre tertulias intelectuales en América Latina, recordándonos que la creación surge de la convivialidad.
En el contexto más amplio de la vanguardia literaria colombiana, el grupo se erige como catalizador de la modernidad costeña, desafiando el costumbrismo decimonónico con experimentos formales. Influenciado por el exilio español, incorporó perspectivas transatlánticas que enriquecieron la prosa nacional, haciendo del Caribe un laboratorio narrativo. Sus debates sobre Faulkner y el cine neorrealista forjaron un estilo híbrido, donde el periodismo se eleva a arte y la literatura desciende al pulso de la calle. Este legado subraya la importancia de los espacios periféricos en la configuración de identidades culturales.
La dimensión social del Grupo de Barranquilla no puede subestimarse: en una época de dictaduras y masacres, sus tertulias eran actos de resistencia, fomentando la libertad de expresión a través de la sátira y la ficción. Mujeres como Meira Delmar y Consuelo Araújo, aunque marginadas en relatos dominados por hombres, aportaron voces feministas incipientes. El colectivo, así, no solo innovó estéticamente, sino que modeló una ética intelectual comunitaria, donde el éxito individual se celebra colectivamente, como en el Nobel de Gabo en 1982, compartido simbólicamente con sus compañeros.
Finalmente, el Grupo de Barranquilla ilustra cómo un puñado de intelectuales puede reconfigurar el mapa literario de una nación. Su tránsito bidireccional entre periodismo y literatura no fue mero eclecticismo, sino una estrategia para capturar la complejidad del ser colombiano: mestizo, oral, resiliente. En un mundo globalizado, su ejemplo resuena como llamado a revivir tertulias que nutran la creación. El realismo mágico, nacido en esas noches caribeñas, nos recuerda que la grandeza literaria brota de lo local, de la cumbia y el ron, de amigos que discuten hasta el alba.
Su herencia perdura, invitándonos a explorar las raíces profundas de la literatura colombiana contemporánea, donde Barranquilla sigue siendo faro de inspiración.
Referencias
Cepeda Samudio, Á. (1962). La casa grande. Seix Barral.
Fiorillo, H. (2002). La cueva: Crónica del grupo de Barranquilla. Grupo Editorial Norma.
Fuenmayor, A. (1978). Crónica sobre el grupo de Barranquilla. Ediciones Gamma.
García Márquez, G. (2002). Vivir para contarla. Editorial Sudamericana.
Gilard, J. (1984). El grupo de Barranquilla. Revista Iberoamericana, 50(148), 397-408.
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