Entre las ruinas del pecado y la esperanza de la redención, el pensamiento de Erasmo de Rotterdam se alza como un faro que desafía tanto al fatalismo como al orgullo humano. Su defensa del libre albedrío herido revela una fe en la dignidad del hombre aun bajo la sombra del mal. ¿Hasta qué punto somos realmente libres tras la caída? ¿Puede la gracia sanar una voluntad fracturada sin anular su esencia?
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“La libertad del albedrío fue herida por el pecado, pero no extinguida. Se volvió renga al punto de que, antes de recibir la gracia, somos más propensos a inclinarnos hacia el mal que hacia el bien; sin embargo, no está destruida, excepto que la enormidad de los crímenes y el hábito del pecado, convertido en una segunda naturaleza, ofusquen el juicio de la mente y obstruyan la libertad del albedrío de tal modo que aquél parezca extinguido y ésta desaparecida”.
Erasmo de Rotterdam, Discusión sobre el libre albedrío.
El Libre Albedrío Herido: La Visión Humanista de Erasmo de Rotterdam
En el corazón del debate teológico del siglo XVI, Erasmo de Rotterdam emerge como una figura pivotal al defender la capacidad humana para elegir entre el bien y el mal, a pesar de las secuelas del pecado original. Su obra Discusión sobre el libre albedrío (1524), escrita como respuesta al radical determinismo de Martín Lutero, articula una perspectiva equilibrada que ha influido en la comprensión moderna del libre albedrío. La cita central de Erasmo —”La libertad del albedrío fue herida por el pecado, pero no extinguida”— encapsula esta tensión entre la fragilidad inherente a la naturaleza humana y su potencial redentor. Este ensayo explora las implicaciones de esta idea en el contexto del humanismo cristiano, examinando cómo el pecado transforma, pero no anula, la agencia moral del individuo. Al integrar conceptos como la gracia divina y la propensión al mal, se revela una teología que promueve la responsabilidad personal sin negar la necesidad de intervención sobrenatural. En un mundo donde el debate sobre la libertad humana después del pecado persiste, la visión de Erasmo ofrece un puente entre fe y razón, invitando a reflexionar sobre la ética contemporánea y la psicología moral.
El contexto histórico del Renacimiento tardío y la Reforma Protestante es esencial para apreciar la audacia de Erasmo. Como humanista erudito, Erasmo abogaba por un cristianismo reformado desde dentro, enfatizando el estudio de las Escrituras y los Padres de la Iglesia en sus lenguas originales. Su confrontación con Lutero no era meramente doctrinal, sino un choque entre el optimismo humanista y el pesimismo agustiniano radicalizado. Lutero, en De servo arbitrio (1525), argumentaba que el albedrío humano está esclavizado por el pecado, incapaz de cooperar con la gracia sin una predestinación absoluta. Erasmo, en contraste, ve el libre albedrío herido como un remanente de la imagen divina en el hombre, citando pasajes bíblicos como Romanos 7:15-20 para ilustrar la lucha interna sin concluir en la impotencia total. Esta diatriba, o discusión académica, no busca victoria polémica, sino diálogo, reflejando el ideal erasmiano de philosophia Christi, una filosofía de Cristo accesible a todos. Así, el ensayo sobre el debate teológico sobre el libre albedrío de Erasmo se convierte en un manifiesto por la moderación en tiempos de polarización religiosa.
La noción de que el libre albedrío es “herido” por el pecado evoca la doctrina agustiniana del pecado original, pero Erasmo la matiza con un matiz de esperanza. Para San Agustín, el pecado de Adán introduce una concupiscencia que inclina al mal, deformando la voluntad. Erasmo concuerda en que esta herida hace al hombre “más propenso a inclinarnos hacia el mal que hacia el bien”, reconociendo la asimetría moral postlapsaria. Sin embargo, rechaza la extinción total, argumentando que la gracia preveniente —un don inicial de Dios— ilumina la mente y fortalece la voluntad antes de la conversión plena. Esta gracia no coacciona, sino que coopera, permitiendo elecciones libres aunque imperfectas. En términos de teología del libre albedrío, Erasmo integra elementos tomistas, donde la gracia perfecciona la naturaleza sin anularla, contrastando con el monergismo luterano. De este modo, la libertad humana no es un ídolo pagano, sino un don frágil que exige vigilancia y oración.
La imagen de un albedrío “rengo” —cojo o lisiado— es particularmente vívida en la prosa de Erasmo, simbolizando una movilidad reducida pero persistente. Esta metáfora subraya que, sin gracia, el hombre tiende al vicio por hábito y debilidad, pero retiene la capacidad de resistir. Por ejemplo, Erasmo cita el Eclesiástico 15:14-17, un texto deuterocanónico que afirma: “Dios dejó al hombre en poder de su propio albedrío”. Aquí, el pecado original y el libre albedrío no son antagónicos irreconciliables; el primero limita, el segundo persiste como vestigio de la creación buena. Esta perspectiva fomenta una antropología positiva, donde la educación, la oración y los sacramentos actúan como muletas para la voluntad lisiada. En el humanismo de Erasmo, esta idea se extiende a la reforma social: al afirmar la agencia humana, se promueve la responsabilidad colectiva contra abusos eclesiásticos, un tema recurrente en sus Elogio de la locura. Así, el ensayo revela cómo la visión erasmiana equilibra pesimismo y optimismo en la discusión filosófica sobre la libertad moral.
Profundizando en la propensión al mal, Erasmo advierte que “la enormidad de los crímenes y el hábito del pecado, convertido en una segunda naturaleza”, puede ofuscar el juicio hasta hacer parecer extinguido el libre albedrío. Esta “segunda naturaleza” alude a la adicción moral, donde repeticiones viciosas endurecen el corazón, como describe Jeremías 17:9: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas”. No obstante, Erasmo insiste en que esta oscuridad es velada, no absoluta; la gracia actúa como luz penetrante, disipando sombras mediante la fe y las buenas obras. En contraste con Lutero, quien ve al no regenerado como piedra muerta, Erasmo postula un sinergismo: Dios inicia, el hombre responde. Esta dinámica es crucial para entender el rol de la gracia en el libre albedrío, ya que evita tanto el pelagianismo —confianza exclusiva en la voluntad humana— como el fatalismo. Al analizar esta tensión, se aprecia cómo Erasmo navega entre extremos, ofreciendo una teología práctica para la vida devota.
La crítica implícita a Lutero en la obra de Erasmo radica en su rechazo al determinismo que, según el holandés, socava la moralidad cristiana. Si el albedrío es totalmente esclavo, ¿por qué predicar o exhortar? Erasmo argumenta que tales mandatos bíblicos presuponen libertad residual, citando 1 Timoteo 2:4 sobre el deseo divino de que todos se salven. Este debate Erasmo Lutero sobre el libre albedrío no solo divide reformadores, sino que moldea la eclesiología: una Iglesia que enseña asume agentes morales capaces de obediencia. Erasmo, pacifista y conciliador, usa su diatriba para invitar a Lutero al diálogo, no a la condena, reflejando su aversión a la violencia religiosa. En este sentido, su visión del libre albedrío herido promueve una ética de la misericordia, donde la comprensión de la debilidad humana fomenta compasión en lugar de rigidez doctrinal.
Influencias patrísticas enriquecen la argumentación de Erasmo, particularmente su diálogo con Orígenes y Jerónimo. Orígenes, con su doctrina de la apocatástasis, veía la voluntad como restaurable universalmente; Erasmo adopta esta esperanza moderada, adaptándola al pecado como herida curable. Jerónimo, su admirado traductor de la Vulgata, enfatizaba la lucha ascética, que Erasmo extiende al laico común. Comparado con Tomás de Aquino, quien en la Suma Teológica describe la gracia como elevando la libertad natural, Erasmo es más pastoral, menos sistemático. Esta síntesis patrística en el humanismo cristiano y el libre albedrío demuestra la erudición erasmiana, donde la tradición antigua ilumina dilemas modernos. Al revivir estos textos, Erasmo no solo defiende la libertad, sino que revitaliza el catolicismo como fe dinámica, accesible más allá de escolásticos áridos.
Las implicaciones éticas de la visión erasmiana son profundas, extendiéndose a la responsabilidad moral en sociedad. Si el albedrío es herido pero no extinguido, el individuo debe cultivar virtudes mediante disciplina y gracia, combatiendo hábitos pecaminosos como adicciones contemporáneas. En ética aplicada, esto inspira programas de rehabilitación que asumen agencia residual, alineándose con psicología positiva que ve la voluntad como maleable. El libre albedrío en la ética cristiana de Erasmo critica el fatalismo que excusa el mal social —pobreza, corrupción— atribuyéndolo solo a predestinación. En cambio, promueve acción colectiva: educación para iluminar juicios ofuscados, justicia para romper ciclos viciosos. Así, su teología se traduce en un llamado humanitario, donde la libertad herida demanda solidaridad, no indiferencia.
En el panorama teológico moderno, el legado de Erasmo resuena en debates ecuménicos y filosóficos. Teólogos como Karl Rahner, en su antropología trascendental, ecoan el sinergismo erasmiano, viendo la gracia como oferta libre a toda conciencia. Filósofos existencialistas como Sartre, aunque seculares, confrontan la “mala fe” como hábito que enmascara la libertad, paralelamente al “ofuscamiento” de Erasmo. El debate contemporáneo sobre el libre albedrío y el pecado incorpora neurociencia, cuestionando si impulsos cerebrales anulan elección; sin embargo, Erasmo recordaría que tales determinismos biológicos no extinguen la agencia última, sino que la hieren, requiriendo gracia —o terapia— para restaurarla. Esta relevancia interdisciplinaria subraya la perdurabilidad de su pensamiento, puente entre fe y ciencia.
Además, en contextos de crisis moral global —guerras, desigualdades—, la idea de un albedrío propenso al mal pero cooperante con la gracia fomenta resiliencia ética. Organizaciones interreligiosas citan a Erasmo para diálogos sobre paz, argumentando que reconocer la herida compartida disuelve divisiones. Su énfasis en el juicio ofuscado por hábitos invita a reformas estructurales, como educación moral en escuelas, para prevenir la “segunda naturaleza” del odio. Así, el análisis del libre albedrío en Erasmo no es reliquia histórica, sino herramienta para navegar ambigüedades éticas actuales, promoviendo una humanidad responsable y misericordiosa.
La conclusión de esta reflexión sobre el libre albedrío herido en Erasmo de Rotterdam afirma su visión como un equilibrio magistral entre verdad bíblica y aspiración humanista. Al reconocer la herida del pecado sin capitular ante el desaliento, Erasmo preserva la dignidad humana como coautora de su salvación, dependiente siempre de la gracia divina. Esta sinergia no solo resuelve tensiones doctrinales del siglo XVI, sino que ilumina desafíos perennes: ¿Somos marionetas del destino o artífices de nuestro ethos? La respuesta erasmiana —heridos pero no extinguido— invita a una vida de vigilancia moral, oración y acción, donde la propensión al mal se transforma en testimonio de redención.
En última instancia, su teología del libre albedrío y gracia no es abstracta, sino vivencial, urgiendo a creyentes y escépticos por igual a ejercer su libertad coja hacia el bien mayor. Así, 500 años después, Erasmo nos recuerda que la verdadera libertad radica en la humilde cooperación con lo divino, forjando un mundo menos ofuscado por sombras pecaminosas.
Referencias
Bainton, R. H. (1950). Erasmus of Christendom. Charles Scribner’s Sons.
Erasmus, D. (1961). The freedom of the will (J. P. Dolan, Trans.). In J. P. Dolan (Ed.), Erasmus of Christendom (pp. 65-102). Charles Scribner’s Sons. (Obra original publicada en 1524)
Luther, M. (1969). The bondage of the will (J. I. Packer & O. R. Johnston, Trans.). Fleming H. Revell. (Obra original publicada en 1525)
McSorley, H. J. (1969). Luther: Right or wrong? An ecumenical-theological study of Luther’s major work, The bondage of the will. Newman Press.
Sider, R. J. (1987). Erasmus of Rotterdam: A biographical sketch. In T. A. Brady Jr., H. A. Oberman, & J. D. Tracy (Eds.), Handbook of European history 1400-1600: Structures and assertions (Vol. 1, pp. 221-238). E. J. Brill.
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