Entre las figuras que marcaron un giro decisivo en la filosofía del siglo XX, Philippa Foot ocupa un lugar esencial al rescatar la ética de las virtudes en un contexto dominado por el emotivismo y el prescriptivismo. Su aguda crítica y su defensa de la objetividad moral redefinieron la manera de comprender el bien, la virtud y el florecimiento humano. ¿Cómo logró desafiar las ortodoxias filosóficas de su tiempo? ¿Por qué su legado sigue vivo en la ética contemporánea?
El CANDELABRO.ILUMINANDO MENTES

📷 Imagen generada por GPT-4o para El Candelabro. © DR
Philippa Foot: Pionera de la Ética de las Virtudes en la Filosofía Contemporánea
El 3 de octubre de 1920 nacía en Owston Ferry, Lincolnshire, una de las filósofas más influyentes del siglo XX. Philippa Ruth Foot transformaría el panorama de la filosofía moral contemporánea, rescatando la tradición aristotélica de las virtudes en un momento dominado por el emotivismo y el prescriptivismo ético. Su trabajo intelectual, caracterizado por una claridad conceptual excepcional y una profunda conexión con la experiencia humana concreta, estableció nuevos fundamentos para comprender la naturaleza de la moralidad, el razonamiento práctico y la relación entre hechos y valores. A lo largo de una carrera académica que se extendió por más de seis décadas, Foot desafió las ortodoxias filosóficas de su tiempo y abrió caminos que continúan siendo transitados por generaciones posteriores de pensadores.
Philippa Ruth Bosanquet nació en el seno de una familia aristocrática británica con conexiones tanto políticas como empresariales. Su abuelo paterno, el presidente estadounidense Grover Cleveland, y su padre, William Sidney Bence Bosanquet, industrial británico, le proporcionaron un entorno privilegiado que facilitaría su acceso a la educación superior en una época en que las mujeres enfrentaban considerables barreras institucionales. Su madre, Esther Cleveland, hija del expresidente Cleveland, transmitió a Philippa valores de independencia intelectual y compromiso social. Este trasfondo familiar, aunque privilegiado, no la aisló de las turbulencias históricas de su época. La Segunda Guerra Mundial marcó profundamente su formación, generando interrogantes éticos fundamentales sobre el deber, la virtud y las obligaciones morales en tiempos de crisis que resonarían a lo largo de toda su obra filosófica.
Foot ingresó al Somerville College de la Universidad de Oxford en 1939, justo cuando Europa se sumergía en el conflicto bélico más devastador de la historia moderna. Aunque sus estudios fueron interrumpidos por la guerra, durante la cual trabajó para el servicio gubernamental, regresó a Oxford para completar su formación en filosofía, política y economía. En Oxford, Foot fue alumna de destacados filósofos como Gilbert Ryle y se incorporó a un ambiente intelectual extraordinariamente fértil que incluía a figuras como Isaiah Berlin, J.L. Austin y H.L.A. Hart. Sin embargo, sería su amistad y colaboración con otras filósofas mujeres, particularmente con Elizabeth Anscombe, Iris Murdoch y Mary Midgley, lo que resultaría crucial para el desarrollo de su pensamiento. Este círculo de pensadoras, posteriormente conocido como las “filósofas de Oxford”, compartiría una preocupación común por recuperar la sustancia y la objetividad de la filosofía moral frente al predominio del análisis del lenguaje moral desprovisto de contenido normativo.
La filosofía moral anglosajona de mediados del siglo XX se encontraba dominada por dos corrientes principales: el emotivismo, que reducía los juicios morales a expresiones de sentimiento o actitud, y el prescriptivismo, que los interpretaba como comandos o prescripciones universalizables. Ambas posiciones compartían un supuesto fundamental heredado de David Hume: la estricta separación entre hechos y valores, entre el “es” y el “debe ser”. Para estas teorías, los términos morales no describían propiedades objetivas del mundo sino que expresaban actitudes subjetivas o prescripciones del hablante. Esta concepción dejaba la moralidad sin fundamento racional objetivo, convirtiéndola en materia de elección individual o convención social. Frente a este panorama, Foot comenzó a desarrollar una crítica sistemática que cuestionaba los presupuestos básicos de estas teorías y proponía una reconstrucción radical de la ética filosófica.
El primer artículo importante de Foot, “Moral Arguments” (1958), iniciaba su ataque frontal contra el emotivismo al demostrar que los desacuerdos morales genuinos presuponían la existencia de razones objetivas para la acción, no meramente la expresión de actitudes contrarias. Si la moralidad fuera simplemente cuestión de sentimientos personales, argumentaba Foot, no tendría sentido hablar de errores morales, de persuasión racional en ética o de aprendizaje moral. El lenguaje moral cotidiano, con su estructura de justificación y crítica, revelaba una lógica que las teorías emotivistas no podían capturar adecuadamente. Este trabajo temprano establecía el método característico de Foot: partir de las prácticas lingüísticas y conceptuales ordinarias relacionadas con la moralidad para extraer de ellas conclusiones filosóficas sustantivas. Su enfoque combinaba el análisis conceptual típico de la filosofía analítica con una atención cuidadosa a la psicología moral y a las condiciones reales de la vida humana.
La contribución más revolucionaria de Foot llegaría con su artículo “Moral Beliefs” (1958) y, especialmente, con “Moral Arguments” (1958) y posteriores trabajos donde desarrollaba su teoría del razonamiento práctico. Foot argumentaba que ciertos hechos sobre el bienestar humano, las necesidades humanas y el florecimiento humano proporcionaban razones objetivas para la acción independientemente de los deseos o preferencias del agente. Esta posición desafiaba directamente la ortodoxia humeana que había dominado la metaética moderna. Para Foot, decir que algo es bueno o malo, virtuoso o vicioso, no era meramente expresar una actitud sino hacer una afirmación evaluativa que podía ser verdadera o falsa en función de cómo ese algo se relacionaba con el florecimiento característico de los seres humanos como especie natural. Esta perspectiva naturalizaba la ética, vinculándola con hechos biológicos y sociales sobre la condición humana, sin caer en reducciones simplistas.
El concepto de virtud ocupaba un lugar central en la filosofía moral de Foot. Recuperando la tradición aristotélica, Foot entendía las virtudes como disposiciones del carácter necesarias para la vida humana buena, no como meras convenciones sociales o expresiones de preferencias culturales. El coraje, la templanza, la justicia y la sabiduría práctica no eran virtudes arbitrariamente elegidas sino rasgos de carácter que cualquier ser humano necesitaba desarrollar para vivir bien, dadas las características fundamentales de la existencia humana: nuestra vulnerabilidad, nuestra dependencia mutua, nuestra racionalidad y nuestra mortalidad. Las virtudes, argumentaba Foot, eran correctivas de tentaciones y deficiencias características de la naturaleza humana. El coraje corregía la tendencia natural al miedo excesivo; la templanza moderaba los impulsos hacia los placeres inmediatos; la justicia contrarrestaba las inclinaciones egoístas. Esta concepción vinculaba estrechamente la ética con la antropología filosófica, con una comprensión profunda de qué somos los seres humanos.
En 1967, Foot publicaba uno de los artículos más citados e influyentes de toda la filosofía contemporánea: “The Problem of Abortion and the Doctrine of Double Effect”. En este trabajo introducía el famoso “problema del tranvía” (trolley problem), un experimento mental que se convertiría en el paradigma de los dilemas éticos en la filosofía analítica. Foot presentaba escenarios en los que un tranvía fuera de control se dirigía hacia cinco personas, y el agente podía desviar el tranvía hacia otra vía donde mataría solo a una persona, o en una variación, podría empujar a una persona robusta desde un puente para detener el tranvía. Aunque las consecuencias eran numéricamente idénticas—salvar cinco vidas a costa de una—las intuiciones morales sobre los dos casos diferían dramáticamente. Este problema ilustraba la distinción entre matar y dejar morir, entre daño directo y daño colateral, revelando complejidades en nuestro razonamiento moral que las teorías consecuencialistas simples no podían explicar.
La doctrina del doble efecto, que Foot examinaba críticamente en relación con el problema del tranvía, sostenía que existe una diferencia moral significativa entre los efectos que se pretenden directamente y aquellos que se prevén pero no se pretenden. Esta doctrina, de raíces tomistas, había sido utilizada tradicionalmente para justificar ciertas acciones con consecuencias negativas previsibles. Foot, sin embargo, mostraba profundo escepticismo respecto a si la mera intención del agente podía tener el peso moral que la doctrina le atribuía. Su análisis sugería que lo moralmente relevante no era tanto la intención mental del agente sino la estructura de la acción misma: si el daño era usado como medio para un fin o era un efecto lateral de la acción. Esta distinción, más objetiva que la apelación a estados mentales internos, permitía trazar límites morales más firmes sin depender de la sinceridad o la capacidad de autoengaño del agente.
A lo largo de los años setenta y ochenta, Foot continuó refinando su teoría ética naturalista mientras enseñaba tanto en Oxford como en la Universidad de California en Los Angeles, donde fue profesora desde 1976. Su presencia en Estados Unidos facilitó el diálogo entre la tradición analítica anglosajona y las corrientes filosóficas norteamericanas, enriqueciendo ambos contextos. Durante este período, Foot profundizaba en la relación entre virtudes, bienes humanos y razones para la acción. Contra el internalismo motivacional—la tesis de que los juicios morales necesariamente motivan a quien los acepta sinceramente—Foot defendía una posición externalista: reconocer que algo es moralmente requerido no garantizaba automáticamente la motivación para hacerlo. Esta posición reconocía la realidad del amoralismo y la debilidad de la voluntad sin conceder que la moralidad fuera meramente subjetiva o relativa a las actitudes individuales.
El trabajo maduro de Foot culminó en su libro Natural Goodness (2001), publicado cuando tenía ochenta años. Esta obra sintetizaba décadas de reflexión filosófica ofreciendo una teoría completa de la bondad natural y su aplicación a la ética humana. Foot argumentaba que los juicios sobre bondad y defecto tienen una forma lógica común tanto cuando se aplican a plantas y animales como cuando se aplican a seres humanos. Decir que un roble particular es defectuoso porque no produce bellotas, o que un lobo es un mal ejemplar de su especie porque no puede cazar, implica una referencia a las formas de vida características de esas especies. Análogamente, los juicios sobre virtudes y vicios humanos refieren a las formas de funcionamiento características de los seres humanos como especie racional social. El coraje es una virtud no por decreto cultural sino porque los seres humanos necesitan enfrentar peligros para realizar sus proyectos vitales; la justicia es necesaria porque vivimos en comunidades interdependientes.
Esta teoría de la bondad natural enfrentaba objeciones predecibles. Los críticos señalaban que derivar valores de hechos biológicos cometía la falacia naturalista identificada por G.E. Moore, o que confundía descripciones científicas con prescripciones normativas. Foot respondía que su argumento no derivaba valores de hechos brutos sino que mostraba que los juicios evaluativos sobre organismos vivos constituían un tipo distinto de juicio con su propia lógica. Las evaluaciones sobre ejemplares de una especie no describían meramente frecuencias estadísticas ni expresaban preferencias subjetivas, sino que juzgaban qué tan bien un organismo realizaba las funciones características de su forma de vida. Este patrón evaluativo, aplicable a plantas y animales, también se aplicaba legítimamente a los seres humanos, aunque ciertamente la racionalidad humana introducía complejidades adicionales. La ética naturalizada de Foot no reducía lo humano a lo meramente animal sino que situaba la moralidad humana dentro del marco más amplio de la vida orgánica teleológica.
La influencia de Philippa Foot se extendió mucho más allá de sus contribuciones teóricas específicas. Su trabajo inspiró el resurgimiento contemporáneo de la ética de las virtudes, convirtiéndola en una alternativa seria frente al dominio de consecuencialismo y deontología en la filosofía moral anglosajona. Filósofos como Alasdair MacIntyre, Rosalind Hursthouse, Julia Annas y Michael Thompson desarrollaron teorías éticas que incorporaban o respondían a las intuiciones fundamentales de Foot. El problema del tranvía se convirtió en un caso de estudio estándar en cursos de ética, generando una industria académica completa dedicada a examinar variaciones del dilema y sus implicaciones para teorías morales rivales. Más recientemente, las discusiones sobre ética de las virtudes de Foot han encontrado aplicaciones en ética aplicada, bioética, ética ambiental y hasta en el diseño de sistemas de inteligencia artificial, donde la cuestión de cómo programar juicios morales ha revivido dilemas planteados originalmente por Foot.
La vida personal de Foot estuvo marcada por su matrimonio con el historiador M.R.D. Foot en 1945, del cual se divorció en 1960. Aunque no tuvieron hijos, mantenía relaciones cercanas con su familia extendida y con su círculo de colegas filósofos. Políticamente, Foot se identificaba con posiciones de izquierda, habiendo sido miembro del Partido Comunista de Gran Bretaña brevemente en su juventud, aunque posteriormente se distanció del marxismo ortodoxo. Su pensamiento político, sin embargo, nunca fue tema central de sus publicaciones académicas, que permanecieron enfocadas en cuestiones de metaética y teoría moral. Esta separación entre compromiso político personal y producción filosófica reflejaba cierto carácter tradicional de la filosofía analítica británica, que tendía a evitar los grandes sistemas filosóficos que integraban política, metafísica y ética en visiones totalizantes.
Foot continuó siendo intelectualmente activa hasta edad muy avanzada. Participaba en conferencias, seminarios y continuaba revisando y refinando sus posiciones en respuesta a críticos y desarrollos filosóficos posteriores. Su longevidad intelectual permitió que presenciara no solo el impacto inmediato de sus ideas sino también su asimilación y transformación por nuevas generaciones de filósofos. En reconocimiento a sus contribuciones, recibió numerosos honores académicos incluyendo la Fellowship de la British Academy y doctorados honorarios de múltiples universidades. Sin embargo, quizás su mayor satisfacción provenía de ver cómo las preguntas que había planteado—sobre la objetividad de los valores, la naturaleza de las virtudes, los fundamentos del razonamiento práctico—habían transformado los términos del debate filosófico contemporáneo sobre la ética.
Philippa Foot falleció el 3 de octubre de 2010 en Oxford, exactamente noventa años después de su nacimiento. Su muerte marcó el fin de una era en la filosofía moral, cerrando el capítulo de aquella notable generación de filósofas de Oxford que había transformado la disciplina a mediados del siglo XX. Sin embargo, su legado intelectual permanece vibrante y continúa generando investigación filosófica productiva. Las preguntas que planteó sobre cómo conectar hechos y valores, sobre cómo fundamentar la moralidad en la naturaleza humana sin caer en reducciones simplistas, sobre cómo entender las virtudes en sociedades pluralistas, siguen siendo centrales para la filosofía moral contemporánea. Su insistencia en que la filosofía debe permanecer conectada con la experiencia humana concreta, su rechazo de abstracciones desvinculadas de la realidad, y su compromiso con la claridad conceptual establecieron estándares que continúan inspirando el trabajo filosófico riguroso.
La trayectoria intelectual de Philippa Foot representa un modelo de cómo el pensamiento filosófico puede evolucionar manteniendo coherencia fundamental mientras responde a objeciones y refina posiciones. Desde sus primeras críticas al emotivismo hasta la teoría madura de la bondad natural, Foot mantuvo un compromiso constante con la objetividad de la ética y con la posibilidad de fundamentar racionalmente los juicios morales. Su valentía intelectual al desafiar ortodoxias filosóficas dominantes, su rigor argumentativo, y su capacidad para iluminar aspectos de la experiencia moral ordinaria que las teorías abstractas oscurecían, la establecen como una de las filósofas más importantes del siglo XX.
En una época que a menudo privilegia la novedad sobre la profundidad, el trabajo de Foot recuerda que el progreso filosófico genuino requiere paciencia, precisión conceptual y voluntad de examinar críticamente los supuestos fundamentales que estructuran nuestro pensamiento.
Referencias
Annas, J. (2011). Intelligent Virtue. Oxford University Press.
Hursthouse, R. (1999). On Virtue Ethics. Oxford University Press.
Lawrence, G. (2006). “Human Good and Human Function”. En C. Taylor (Ed.), The Blackwell Guide to Aristotle’s Nicomachean Ethics (pp. 37-75). Blackwell Publishing.
MacIntyre, A. (1981). After Virtue: A Study in Moral Theory. University of Notre Dame Press.
Thompson, M. (2008). Life and Action: Elementary Structures of Practice and Practical Thought. Harvard University Press.
El CANDELABRO.ILUMINANDO MENTES
#PhilippaFoot
#ÉticaDeLasVirtudes
#FilosofíaMoral
#OxfordPhilosophers
#NaturalGoodness
#ProblemaDelTranvía
#ElizabethAnscombe
#VirtudYFlorecimiento
#Metaética
#FilosofíaContemporánea
#ClaridadConceptual
#LegadoIntelectual
Descubre más desde REVISTA LITERARIA EL CANDELABRO
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
