Entre la niebla y el asfalto infinito, los faros iluminan siluetas que no deberían existir, y el viento susurra secretos que hielan la sangre. En la Ruta 40, cada curva oculta un abismo y cada sombra guarda un lamento antiguo, recordando que la noche tiene memoria. ¿Quién realmente viaja cuando subes al autobús? ¿Y qué precio se paga por detenerse frente a lo que acecha en la penumbra?
El CANDELABRO.IlUMINANDO MENTES

📷 Imagen generada por GPT-4o para El Candelabro. © DR
Sombras en el Asfalto Eterno
Durante dos décadas, el volante de los autobuses interurbanos ha sido mi cetro en un reino de asfalto y niebla, un dominio donde el tiempo se estira como la Ruta 40 en sus tramos más desolados. He surcado noches eternas bajo el azote de tormentas que azotan las sierras mendocinas, he navegado entre precipicios donde el viento susurra secretos olvidados, y he enfrentado el vacío de carreteras que devoran la luz como bocas insaciables. Pero ninguna de esas vigilias se asemeja al velo de horror que descendió sobre mí en una madrugada de invierno, entre San Rafael y Malargüe, cuando el mundo se plegó sobre sí mismo y el velo entre los vivos y los errantes se rasgó con un susurro imperceptible.
Era un servicio de esos que el destino reserva para los insomnes y los condenados: salida a las 2:10 de la terminal, con el aire cargado de un frío que se filtraba por las grietas del chasis como dedos espectrales. Apenas cinco almas ocupaban los asientos, siluetas borrosas en la penumbra del habitáculo, envueltas en abrigos que olían a humo de leña y a tierra húmeda. El ayudante, Franco, un muchacho de veintitantos con ojos hundidos por el cansancio de turnos interminables, se acurrucó en el asiento delantero, su respiración convirtiéndose pronto en un ronquido irregular que rompía el silencio como un eco distante de tormenta. Yo, Mateo —así me llamaban en las paradas, aunque mi nombre completo se perdía en los formularios amarillentos de la empresa—, aferraba el volante con manos curtidas por el cuero y el frío, los ojos fijos en la línea blanca que serpenteaba ante mí, un hilo frágil en la tela negra de la noche.
La Ruta 40, esa serpiente de concreto que une los huesos de la Patagonia, se desplegaba ante nosotros como un sueño febril. No había luna esa noche; solo el reflejo intermitente de los faros en charcos de lluvia reciente, y el ocasional aullido de un coyote lejano que parecía lamentar algo irreparable. Habíamos dejado atrás las últimas luces de San Rafael hacía una hora, y el mundo se había reducido a nuestro cilindro de metal rodante: el zumbido grave del motor, el crujido de las suspensiones sobre baches invisibles, y el peso invisible de la soledad que siempre acompaña estos viajes. Pensaba en mi hogar, en la mujer que me esperaba con café tibio y reproches mudos por las ausencias, cuando, en el kilómetro 247 —ese número que ahora evoco con un escalofrío que me recorre la espina dorsal—, algo perturbó la monotonía.
A lo lejos, apenas un parpadeo en el margen de la carretera, tres siluetas emergieron de la nada. No eran sombras comunes; se erguían con una quietud antinatural, como talladas en la niebla misma. Dos hombres y una mujer, envueltos en capas oscuras que absorbían la luz de mis faros altos, sin el menor atisbo de equipaje o fatiga visible. El viento no agitaba sus ropas; el frío no parecía tocarlos. Levantaron la mano en un gesto sincronizado, una invocación silenciosa que me heló la sangre antes siquiera de detener el vehículo. Dudé, porque en ese tramo no hay paradas oficiales —solo el desierto y los fantasmas de accidentes pasados—, pero el instinto de quien ha visto demasiadas miserias humanas me impulsó a frenar. El autobús se detuvo con un suspiro hidráulico, y el silencio que siguió fue tan profundo que pude oír el latido de mi propio corazón, un tambor sordo en el pecho.
El primero en subir fue el hombre alto, de barba espesa y entrecana que le enmarcaba el rostro como un velo de musgo antiguo. Sus ojos, cuando se posaron en mí, no parpadearon; eran pozos de oscuridad que parecían contener recuerdos ajenos, como si me reconociera de un encuentro en un sueño compartido. No dijo nada; solo inclinó la cabeza en un saludo que rozaba lo ceremonial, y tomó asiento en la tercera fila, su presencia llenando el espacio con un aroma sutil a tierra removida y humo de hogueras extinguidas. La mujer lo siguió, con pasos que no producían el menor eco en el piso metálico. Llevaba un pañuelo negro ceñido a la cabeza, ocultando mechones que intuí grises como cenizas, y en sus manos huesudas apretaba una caja de madera pequeña, tallada con patrones intrincados que evocaban raíces entrelazadas y ojos vigilantes. No alzó la vista ni una vez; su mirada permanecía fija en el suelo, como si temiera encontrarse con la mía, y se sentó junto al hombre, la caja reposando en su regazo como un talismán maldito.
El tercero, un joven de figura esbelta y tez pálida como la cera de una vela consumida, fue el último. Ascendió con una gracia felina, casi ingrávida, y se dirigió directamente a la última fila, junto a la ventana empañada por el aliento colectivo del bus. Se sentó de espaldas a nosotros, su perfil recortado contra el vidrio, y allí permaneció, inmóvil, como si el paisaje nocturno lo absorbiera. Cobré los boletos con dedos que temblaban levemente —el papel era áspero, amarillento, como extraído de un libro antiguo—, y nadie pronunció palabra. El silencio se espesó, un manto opresivo que hacía que el zumbido del motor sonara como un lamento lejano, y el aire dentro del habitáculo adquirió un matiz gélido, un frío que no provenía del exterior sino de algún lugar profundo, como el aliento de una cripta abierta.
Avanzamos así durante veinte minutos que se estiraron como horas, el autobús devorando la carretera con una regularidad hipnótica. Franco se removió en su asiento, despertando con un gruñido somnoliento, y frotó sus ojos con el dorso de la mano. “¿Desde cuándo subieron esos tres?”, murmuró, su voz ronca rompiendo el hechizo como un guijarro en un estanque quieto. Lo miré de reojo, manteniendo la vista en la línea blanca que ahora parecía ondularse sutilmente, como si el asfalto respirara. “En la curva del 247”, respondí, mi tono más seco de lo que pretendía. Él se incorporó, escudriñando el interior con una expresión de confusión que rayaba en la alarma. “Yo no vi a nadie. ¿Estás seguro?” Su pregunta flotó en el aire, cargada de una duda que se clavó en mí como una espina. No respondí; atribuí su extrañeza al sueño interrumpido, pero en el fondo, una semilla de inquietud germinó, un presentimiento que se enroscaba alrededor de mi estómago como hiedra venenosa.
El frío se intensificó entonces, un velo de escarcha invisible que se posaba sobre la piel y hacía que el aliento se condensara en nubecillas efímeras. Miré por el retrovisor, atraído por un movimiento periférico: la mujer movía los labios en un murmullo inaudible, sus dedos trazando patrones diminutos sobre la tapa de la caja, como si invocara algo dormido en su interior. El gesto era rítmico, hipnótico, y por un instante, juré que el vapor de su aliento formaba formas efímeras en el aire —rostros borrosos, manos extendidas—. Sacudí la cabeza, culpando al cansancio, pero el autobús se sacudió de pronto con una violencia que me arrancó un jadeo. Fue como si hubiéramos embestido una barrera invisible, un obstáculo sólido y maleable a la vez, que cedió con un crujido sordo pero dejó su eco reverberando en los huesos del vehículo.
Frené en seco, los neumáticos chillando contra el asfalto húmedo, y el mundo se redujo a ese instante de suspensión: el motor rugiendo en neutral, el corazón martilleando en mis oídos, Franco aferrado al salpicadero con uñas blancas. Bajé con la linterna en mano, el haz de luz cortando la niebla como una daga temblorosa. El pavimento se extendía intacto ante mí, sin una marca, sin un rastro de pelaje o sangre que explicara el impacto. Solo el viento, que ahora gemía entre los arbustos espinosos al margen de la ruta, y un silencio que parecía contener el aliento. Revisé debajo del chasis, el olor a goma quemada picándome la nariz, pero nada: ni un animal atropellado, ni una rama caída. El vacío me envolvió, un vacío que susurraba que lo que habíamos tocado no pertenecía a este plano.
Al reingresar, el cambio en el interior fue palpable, como si el bus hubiera exhalado un suspiro colectivo. Franco me miró con ojos desorbitados, su rostro ceniciento bajo la luz mortecina de la cabina. “¿Qué demonios fue eso?”, susurró, pero antes de que pudiera responder, su mirada se desvió hacia los asientos traseros. Siguió su gesto, y el mundo se inclinó. Los tres pasajeros habían desaparecido. Los asientos yacían vacíos, el tapizado arrugado como si nunca hubieran estado allí, pero el aire conservaba su esencia: ese aroma a tierra y humo, ahora mezclado con algo metálico, como sangre oxidada. Solo la caja permanecía, solitaria sobre el asiento de la mujer, su madera oscura reluciendo faintly bajo la lámpara parpadeante, como si absorbiera la luz en lugar de reflejarla.
Me acerqué con pasos que resonaban demasiado fuerte en el silencio, el corazón latiendo un ritmo errático. La caja era antigua, sus tallados —serpientes enroscadas alrededor de ojos ciegos, manos que se extendían en súplica— pareciendo moverse bajo mi escrutinio, como si cobraran vida en la periferia de la visión. La toqué con la yema de los dedos, y una humedad pegajosa se adhirió a mi piel: no agua, no condensación, sino algo viscoso, cálido a pesar del frío, que olía a hierro y sal. Franco, desde la puerta, profirió un gemido ahogado. “Tírala, Mateo. Por Dios, tírala al barranco”. Su voz era un hilo quebrado, pero algo en mí —una curiosidad malsana, o quizás el terror disfrazado de fascinación— me impidió obedecer. La levanté con cuidado, sintiendo su peso desproporcionado, como si contuviera no objetos, sino ausencias pesadas, y la deposité en el portaequipajes, entre las maletas de los otros pasajeros que dormían ajenos al drama.
Reanudamos la marcha, pero el autobús ya no era el mismo. Las luces interiores comenzaron a titilar con una irregularidad que sugería un pulso febril, proyectando sombras que se alargaban y contraían en las paredes como entidades vivas, danzando en los bordes de la percepción. El motor, que antes ronroneaba con confianza, ahora gemía en tonos graves, como si algo lo frenara desde dentro, cadenas invisibles tirando de sus entrañas. El viento exterior aullaba en crescendo, azotando el chasis con ráfagas que sonaban a golpes de puños impacientes. Y entonces, sin intervención mía, la radio —que había estado muda desde la salida, su dial fijo en estática— crepitó a la vida. El knob giró solo, un chasquido metálico que me erizó la nuca, y de los altavoces brotó no música ni charla banal, sino una voz femenina, distorsionada por capas de interferencia, como un eco arrastrado desde el fondo de un pozo.
“Kilómetro 247… no debiste detenerte”, repetía la voz, un mantra entrecortado que se enredaba en el éter como humo negro. No era una transmisión; era personal, íntima, como si las palabras se dirigieran directamente a mi alma, cargadas de un reproche antiguo. Franco soltó un grito gutural, un sonido primal que reverberó en el habitáculo, y se lanzó hacia la parte trasera, tropezando con sus propios pies en la penumbra. Lo seguí con la mirada, el volante resbaladizo bajo mis palmas sudorosas, y lo que vi me paralizó. En los asientos que habían estado vacíos, los tres habían regresado. No subieron; simplemente estaban allí, materializándose de la nada con una solidez que distorsionaba el aire a su alrededor, haciendo que el espacio se curvara como en un espejismo térmico.
El hombre de barba se erguía en su lugar, la cabeza inclinada ligeramente hacia adelante, sus ojos —ahora pozos de ébano absoluto, sin blanco ni pupila— fijos en el frente del bus, como si perforaran el velo de la cabina para clavarse en mí. No parpadeaba; su respiración, si la había, era imperceptible, pero su presencia emanaba un frío que se extendía como raíces bajo el piso. La mujer sostenía la caja en su regazo, la tapa entreabierta revelando un interior de terciopelo raído, y de sus profundidades ascendía un vapor oscuro, tendrils perezosos que se enroscaban en el aire como dedos exploradores, portando un aroma a jazmín podrido y tierra fértil de tumbas recientes. Sus labios seguían moviéndose en ese rezo silencioso, pero ahora las palabras parecían formarse en el vidrio de las ventanas, letras efímeras que se disipaban al instante: “Devuélvenos”.
El joven pálido, en la última fila, había girado la cabeza hacia nosotros por primera vez. Su sonrisa era una grieta en la máscara de su rostro, una curva que no llegaba a los ojos, revelando dientes demasiado uniformes, demasiado blancos en la penumbra. Franco, acorralado contra la puerta trasera, comenzó a rezar en voz alta, un torrente de avemarías que se quebraban en sollozos, pero las palabras se perdían en el creciente coro de murmullos que llenaba el bus. Voces, cientos de ellas, susurrando nombres —el mío, el de Franco, nombres desconocidos que flotaban como hojas en un río turbio—. Las luces se apagaron entonces, un apagón total que sumió el interior en una oscuridad absoluta, rota solo por el fulgor espectral de los faros exteriores, que ahora iluminaban la carretera con un tono azulado, como luz mortecina filtrada a través de hielo eterno.
El autobús no se detuvo; prosiguió su avance autónomo, el volante vibrando bajo mis manos inertes, guiado por una fuerza que no era la mía. El motor rugía en armonía con los murmullos, un sinfónico de lamentos que se elevaba en volumen, envolviéndonos en una red de sonido que apretaba el pecho y nublaba la mente. Intenté girar la llave, apagar todo, pero mis dedos se negaban a obedecer, entumecidos por un frío que ascendía desde el piso como niebla de un pantano. Franco gritaba ahora, golpeteando la puerta trasera en vano, su silueta recortada contra la ventana como una marioneta enloquecida. Y en ese vórtice de pánico, sentí el toque: una mano fría, huesuda, posándose en mi hombro derecho con la delicadeza de una hoja caída, pero con un peso que me hundió en el asiento.
Giré la cabeza con lentitud agonizante, cada músculo resistiéndose como si el aire se hubiera solidificado. Era ella, la mujer, materializada a mi lado sin transitar el pasillo. Su rostro estaba a centímetros del mío, pálido como pergamino estirado sobre huesos frágiles, los ojos hundidos en cuencas sombreadas por moretones etéreos, un hilo de sangre oscura —no roja, sino negra como tinta— goteando desde la comisura de sus labios agrietados. “Devuélvenos”, susurró, su aliento un viento seco que olía a criptas y rosas marchitas. “Nadie puede llevarnos dos veces. El camino no perdona deudas”. Extendió la caja hacia mí, la tapa fully abierta ahora, revelando no objetos mundanos, sino tres boletos de autobús, amarillentos y manoseados, fechados en una noche de invierno del año anterior. El número de unidad era el mío, idéntico, grabado en tinta desvaída: el bus que yo conducía, el mismo que, según las leyendas susurradas en las terminales, se había precipitado al barranco en esa curva exacta, devorando a sus ocupantes en un torbellino de metal y gritos.
El mundo se fracturó en ese instante. El autobús frenó solo, un tirón brutal que nos lanzó hacia adelante, las correas de seguridad crujiendo en protesta. Grité, o creí gritar, pero el sonido se ahogó en el vacío. Cuando la oscuridad se disipó —o quizás cuando mis ojos se ajustaron a ella—, estábamos de nuevo en el kilómetro 247. La curva se curvaba ante nosotros como una sonrisa sardónica, el barranco a nuestra derecha un abismo negro salpicado de arbustos retorcidos. Los tres pasajeros habían evaporado; los asientos vacíos, el aire quieto de nuevo, pero la caja reposaba en el suelo de la cabina, abierta, los boletos esparcidos como hojas de un herbario maldito. Franco y yo bajamos en un mutuo trance, el frío exterior ahora un bálsamo comparado con el que nos había envuelto dentro. Nuestros pies crujían sobre la grava, y el viento traía un lamento bajo, como el eco de frenos lejanos.
A un lado del camino, semiocultas por la niebla que se arremolinaba como humo de un fuego invisible, tres cruces de madera improvisadas se erguían como centinelas. Flores secas —rosas mustias, claveles negros— yacían a sus pies, ofrendas olvidadas por manos temblorosas. Me acerqué, atraído por una compulsión que no podía nombrar, el haz de mi linterna bailando sobre las superficies rugosas. Las inscripciones eran toscas, garabateadas con cuchillo: nombres desconocidos, fechas que coincidían con la del accidente legendario. Pero en la cruz central, el grabado me golpeó como un puñetazo: “Mateo Ruiz, chofer eterno”. Mi nombre, mi apellido, tallado con una precisión que sugería familiaridad. Caí de rodillas, la tierra fría mordiendo a través de la tela de mis pantalones, y un vértigo me invadió: ¿era yo el fantasma, revivido en un ciclo de expiación? ¿O habían sido ellos, los errantes, quienes me habían marcado como uno de los suyos?
Regresamos al bus en silencio, Franco murmurando plegarias incoherentes mientras yo encendía el motor con manos que no dejaban de temblar. El viaje restante transcurrió en una bruma de agotamiento y terror residual; los otros pasajeros despertaron al amanecer, ajenos a la noche de pesadilla, preguntando por el retraso con sonrisas somnolientas. Llegamos a Malargüe con el sol tiñendo las sierras de oro falso, pero el alivio fue efímero. Renuncié a los turnos nocturnos esa misma semana, alegando fatiga crónica, y me confinó a rutas diurnas, bajo cielos implacables que no ocultaban sombras. Pero el kilómetro 247 me perseguía, no solo en mapas mentales, sino en sueños que se repetían con fidelidad cruel: la curva aproximándose, las siluetas alzando la mano, la caja latiendo como un corazón expuesto.
Meses después, en una parada polvorienta cerca de Bardas Blancas, me crucé con un colega veterano, un hombre de rostro surcado como el desierto mismo, que compartía cigarrillos y anécdotas en la sombra de su Scania. Hablamos de la ruta, de sus caprichos y traiciones, y él mencionó casualmente el tramo entre San Rafael y Malargüe. “Hay una curva, en el 247”, dijo, exhalando humo que se enroscaba como los tallados de la caja. “Hace años, un bus como el nuestro perdió el control. Neblina, hielo, quién sabe. Se fue al fondo, con todos adentro: pasajeros, ayudante, chofer. Dicen que no los encontraron del todo; partes del bus siguen allá abajo, oxidadas pero intactas, como si el barranco las hubiera escupido”. Hizo una pausa, sus ojos fijos en el horizonte. “Y a veces, en noches claras, los ven. Tres figuras al borde, esperando. Piden ride, pero si te detienes… bueno, nadie que lo haga ha vuelto igual”.
Asentí, el cigarrillo quemándome los dedos sin que lo notara, y guardé silencio sobre mi propia incursión en ese limbo. No le conté de la caja, ni de los boletos con mi nombre implícito, ni del susurro que aún oía en el viento: “Devuélvenos”. Pero desde entonces, cada tránsito por esa ruta —incluso bajo el sol meridiano, con el calor ondulando el asfalto como un espejismo— trae ecos. Sombras fugaces al margen: la mujer con su pañuelo negro, aferrando la reliquia de madera; el joven de sonrisa espectral, su palidez contrastando con el polvo dorado; el barbudo de ojos abisales, su barba agitada por un viento que no existe. Se materializan en la periferia, alzando la mano en súplica eterna, y el motor de mi vehículo —sea bus o auto particular— emite un suspiro extraño justo antes de la curva, un aliento humano, cargado de anhelo y advertencia.
He intentado exorcizarlo todo: consultas con curanderos en los valles, quemando sal y salvia en mi departamento estrecho de San Rafael, incluso un viaje al sacerdote de la catedral, quien me bendijo con agua que se evaporó en humo al tocar mi piel. Nada surte efecto; la marca persiste, un tatuaje invisible en el alma. Franco desapareció poco después de esa noche; renunció sin aviso, y rumores lo ubican en Buenos Aires, bebiendo en bares de mala muerte, murmurando de pasajeros que no suben ni bajan. Yo continúo, porque el camino es mi cadena, pero evito las madrugadas, prefiriendo la luz cruda que disipa ilusiones. Sin embargo, en las quietudes de la noche, cuando el viento patagónico raspa las ventanas, oigo el crepitar de la radio estática, y la voz regresa: “Kilómetro 247… el viaje no termina”.
A veces, en la terminal, entre el bullicio de maletas y despedidas apresuradas, capto fragmentos de conversaciones: otros choferes, con voces bajas y ojos huidizos, aludiendo a figuras errantes en tramos solitarios, a vehículos que se detienen solos, a cajas de madera que aparecen en portaequipajes sin explicación. ¿Es una plaga, un contagio de lo inefable, o solo el folklore de hombres que miran demasiado tiempo al vacío? No lo sé, pero en mis sueños, el ciclo se repite con variaciones sutiles: a veces soy yo quien espera al borde, la barba espesa cubriendo mi rostro rejuvenecido, la caja en mis manos conteniendo boletos con fechas futuras. Despierto sudando, el nombre grabado en la cruz resonando en mi mente: eterno.
La Ruta 40 guarda sus secretos en las grietas del concreto, en los barrancos que engullen promesas, en el viento que lleva ecos de gritos ahogados. He aprendido a no detenerse ante lo que la noche ofrece, a ignorar las manos alzadas en la penumbra, porque el verdadero terror no reside en lo que se ve, sino en lo que se intuye: que el viaje, una vez iniciado, no concede regresos. Y en cada kilómetro que devoro bajo el sol implacable, siento su mirada —los tres, unidos en un juicio silencioso—, recordándome que el asfalto es un tapiz tejido con hilos de los perdidos, y que yo, tal vez, soy solo otro nudo en su diseño.
Pero la tentación persiste, un susurro en el motor, un parpadeo en el retrovisor. ¿Y si un día, en una curva olvidada, cedo? ¿Y si el freno falla no por hielo, sino por una mano fría en el pedal? Entonces, el kilómetro 247 me reclamará, y me uniré a la espera, alzando la mano a los faros de un bus inocente, la caja latiendo con deudas pendientes. Porque en las venas de esta ruta corren no solo combustible, sino sangre de los que no llegaron, y el suspiro que oigo en la quietud no es del viento, sino de ellos: esperando, siempre esperando, el próximo que se atreva a detenerse.
Referencias
Borges, J. L. (1944). Ficciones. Emecé Editores.
Cortázar, J. (1951). Bestiario. Sudamericana.
King, S. (1978). El misterio de Salem’s Lot. Plaza & Janés.
Lovecraft, H. P. (1928). El caso de Charles Dexter Ward. En Obras completas (Vol. 2). Geeta.
Poe, E. A. (1839). La narración de Arthur Gordon Pym. En Cuentos (pp. 1-150). Losada.
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